«Pero, Dino, el baloncesto, ¿qué es?»

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Dino Meneghin en el Tracer Milano, 1986/1988. Fotografía: Cesare Galimberti (DP).

La tarde cae sobre Trieste y Dino Meneghin inicia su rutina habitual: vendaje en los tobillos, vendaje en las rodillas, el mítico número once colgando de la percha, ahora con los colores del Stefanel, su tercer equipo en más de veinte años de carrera… Adidas ha querido calentar un poco el partido con un anuncio en el que padre e hijo parecen luchar a puñetazos sobre una cancha de baloncesto, pero a Dino la idea le desagrada: él no es ningún boxeador, es un baloncestista. Sabe que fuera de Italia muchos no lo tienen tan claro, que su exuberancia física, esa envergadura rocosa que parece elevar al pívot por encima de sus 2,05 metrod ha dado lugar a muchos equívocos, pero ese no es su problema y no va a darle más vueltas.

Sigue siendo un animal competitivo, eso sí. A la prensa le gustaba decir aquello de «se pegaría hasta con su hijo» y su hijo ya está ahí, en el otro vestuario, con la camiseta del mítico Varese, esperando a sus dieciséis años el momento de enfrentarse a la leyenda que ha sido su padre, que será siempre su padre. No viven juntos. No han vivido juntos nunca y aunque los periodistas intentan sacar de ahí titulares jugosos el joven Andrea cierra inmediatamente el paso: «Siempre ha sido un buen padre, siempre ha estado pendiente de mí».

Dino piensa en lo que sería jugar junto a su hijo y la idea le aterra. Todo el mundo sabe a estas alturas que el león no es tan fiero como lo pintan: rivales que nunca son enemigos, cafés con Clifford Luyk después de matarse por alguna Copa de Europa… Años después escribiría: «Cuando vi a Andrea allí en medio, tan delgado, me sentí viejísimo. Lo pasé mal jugando, miraba cómo se movía, me daba miedo que le dieran un golpe demasiado duro. Ahí entendí que jamás habría podido compartir equipo con él porque me habría pasado el partido intentando protegerle».

Mejor, por tanto, jugar contra él. Un rato, solo un rato, y seguimos con lo nuestro. Cuando le hablan de retirada, Dino recuerda que sigue siendo titular en su equipo, un buen equipo además, y que fue titular en las dos finales que el Tracer de Milán le ganó al Maccabi en 1987 y 1988, formando pareja interior con Bob McAdoo. No hace ni tres años que ha ganado su último triplete. Hay una cierta confusión en torno a su estilo de juego: él es duro, sí, claro que es duro, pero sobre todo es rápido y eso no lo está perdiendo. No una rapidez de sprint de veinte metros para machacar el aro sino una rapidez única de reacción, necesaria para cerrar bien el rebote, para anticipar el pase rival, para atacar la canasta contraria en el pick and roll. Lo que también se puede llamar «inteligencia».

Si además mantiene ese tirito de tres o cuatro metros que siempre le ha dado buen resultado, ¿por qué dejarlo tan pronto?

Con todo, los cuarenta son más que una cifra, en eso estamos todos de acuerdo. El debut de su hijo le recuerda al suyo propio, aquella propuesta inesperada de Nico Messina y aquel primer entrenamiento del Ignis al que se presentó con unas zapatillas rojas, el mismo color que vestía el Milán, su gran rival en los setenta, su propio equipo durante los ochenta. Cuando le preguntó a su madre si le podía comprar zapatillas de baloncesto, la madre le contestó: «Pero, Dino, el baloncesto… ¿qué es?».

«El partido de las tijeras»

¿Y qué era el baloncesto en Italia a finales de los años sesenta? Como dice Franco Pinotti, «mucha elegancia y mucha floritura pero poca competitividad». Si eso lo cambió la pizarra de «Asa» Nikolic, la inagotable billetera de Borghi o la rabia de Dino Meneghin, nunca lo sabremos, pero el caso es que la combinación fue imparable: aquel Ignis de Varese ganó cinco Copas de Europa y jugó otras cinco finales en diez años. Enfrente podía estar Cosic, podía estar Rullán, podía estar Tkachenko o quien quisiera ponerse, pero el Varese llegaba siempre puntual a la cita europea.

Meneghin recuerda aquellos años como el rey depuesto de Coldplay recuerda los viejos tiempos: «I used to rule the world, seas would rise when I said the word». Los partidos, la fama, los frecuentes flirteos amorosos, las charlas con su inseparable Aldo Ossola… Aún ahora, 15 de noviembre de 1990, siente el respeto en los ojos del rival, porque eso no se pierde nunca… y si se pierde ya sabrá él cómo recuperarlo. Siente el respeto de los jugadores y siente el respeto del público. Un público que le ovaciona en cada cancha porque Meneghin no pertenece a nadie y pertenece a todos. Si la afición de Varese supo perdonarle que se fuera al Milán, al odiado Olimpia de Dan Peterson y su base fetiche, Mike D´Antoni, ¿qué sentido tiene que los demás anden silbándole a estas alturas?

Era bueno, piensa. Era muy bueno. Tan bueno como para ser el primer europeo elegido en un draft de la NBA, en 1970, aunque él nunca se enterara: tenía menos años de los permitidos y los Atlanta Hawks no estaban para andar avisando a jugadores seleccionados en undécima ronda. Cuando llegó su segunda oportunidad, ya en 1974, con los Knicks, Varese era una tentación demasiado fuerte, el menisco empezaba a incordiarle y sobre todo su compromiso con la selección italiana le impedía dar el paso al profesionalismo.

Nos quedamos ahí, en la selección italiana. Palabras mayores. A los diecinueve años ya era el pívot titular. A los veinte, Italia ganó a Estados Unidos en el Mundial de Ljubljana y acabó en cuarta posición. Al año siguiente, conseguiría su primera medalla en un cuarto de siglo. La primera medalla de una selección que no descansaría hasta conseguir deshacerse del dominio de yugoslavos y soviéticos, algo que haría a lo grande, en Nantes, en 1983, ante la España de Epi, Martín y compañía.

Fernando Martín, lo más parecido a Meneghin que había salido en Europa en muchos años.

¿Cómo no recordar aquello y sonreír?, ¿cómo no desearle a su hijo Andrea, ya internacional en las categorías inferiores, una hazaña parecida? La final de Nantes y todo lo que vino antes de la final de Nantes, por ejemplo, el partido ante la decadente selección yugoslava. «El partido de las tijeras», que lo llamaron. Cosas que los hijos deberían saber: quedaban cinco minutos y la selección ganaba bien, once puntos arriba. En esas, Drazen Petrovic tira a Gilardi, Gilardi sale a por él, el genio de Sibenik se va corriendo… y a partir de ahí se monta una buena: Kikanovic sale de la nada para darle una patada a Villalta, Sandro Gamba le agarra antes de que se suba a la mesa de anotadores junto a Moka Slavnic, y cuando llega Meneghin nota que alguien le da un puñetazo por la espalda. Tiene treinta y tres años y es el capitán, ¿qué esperan?, ¿que se eche atrás, que ponga la otra mejilla? Ve a Grbovic salir corriendo como una rata y le persigue para pedir explicaciones, puede que algo más, pero cuando el yugoslavo llega al banquillo empieza a hurgar en un botiquín y saca unas tijeras enormes con las que amenaza a todo el que se acerque.

Le tuvieron que sacar de ahí los gendarmes. Fue todo una hermosa locura, la culminación de una rivalidad entre vecinos que jugaban a copiarse antes de iniciar su autodestrucción, cada uno a su manera.

El rey está viejo… pero sigue siendo el rey

Piensa en aquellos compañeros: Brunamonti, Marzorati, Saccheti, Villalta, Gilardi, Antonello Riva… casi todos siguen en activo en este primer año de los noventa, compartiendo ese aire de «pillos», de «viejos lobos» que han ido cultivando con los años. Sí, está viejo, para qué negarlo, y por si hubiera dudas ahí está el chico delgado que solo juega siete minutos y se va sin anotar pero que le abraza al final del partido, provocando que el inmenso Dino, el inquebrantable Dino, esté a punto de echarse a llorar. El Stefanel ha ganado el partido y se encamina a unos cuantos años gloriosos: Dejan Bodiroga, Gregor Fucka, Alessandro de Pol, Larry Middleton… hasta la fusión con el Olimpia, de nuevo Milán, bajo la dirección, ahora desde el banquillo, de su amigo Mike D´Antoni, el lugar ideal para retirarse a los cuarenta y cinco años con un homenaje en toda regla frente a la selección italiana.

Eso sería más tarde, como más tarde sería la explosión de Andrea Meneghin, sus propios coqueteos con la NBA, su propio oro europeo frente a la España de Alberto Herreros y Alfonso Reyes… Lo que queda ahora es la hoja de estadísticas del partido: seis puntos y cuatro rebotes. Sí, está viejo, pero sigue cumpliendo y si quieren que se retire, tendrán que retirarle. No ha hecho falta ningún combate de boxeo para demostrar que Meneghin, de momento, sigue habiendo solo uno.

Doce ligas, seis copas, dos recopas, una Korac y, por encima de todo, siete Copas de Europa en trece finales. Si Dino Meneghin fuera un club, sería el segundo más laureado, solo por detrás de su eterno rival, el Real Madrid. No es poca cosa. Él solo quería demostrarle a su madre que merecía la pena comprarle esas zapatillas rojas y se le ha ido la mano. Veintisiete temporadas como profesional, ahí queda eso. Si su hijo hubiera querido preguntarle qué era el baloncesto, él podría haber contestado a lo Luis XIV, «el baloncesto soy yo».

Pero, obviamente, su hijo ya lo sabía.

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4 comentarios

  1. Agustín Serrano Serrano

    Me ha gustado mucho leer este artículo.

    Felicidades.

  2. Javier

    EL gran baloncesto de aquello años, Ya viví un Dino viejo y a punto de retirarse pero lo recuerdo como una buena persona a pesar de su fortaleza algo parecido a Tachenko.

  3. Cayetano de la Serna

    Una maravilla, como todo lo que publicáis

  4. Daniel Arnal

    Precioso artículo, obviamente por tema y contenido, pero sobre todo por ejecución.
    Enhorabuena Guillermo.

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