
Si hay una guerra que hasta hoy ha sido menospreciada por los libros de historia, por las revistas especializadas y los programas académicos diseñados por cualquier cátedra de universidad pública o privada, elitista o mundana, nacional o extranjera, esa es la Guerra del Licor. Una guerra contemporánea y cruel. Una guerra que presenta episodios solo en apariencia pacíficos en toda reunión, ya sea familiar o no, en la que una mesa bien surtida de alimentos de todo tipo, puede que incluso algunos de origen vegetal, sea la excusa para que, una vez pasado el tour de force de los postres, tras el que los más cautos se habrán retirado a tiempo, ciertos elementos subversivos, generalmente parientes políticos de quinto grado o aún más lejanos que más tarde nadie recordará haber invitado, se saquen de la chistera una botella de tamaño medio con las palabras SINGLE MALT bien destacadas en una etiqueta de color crema con ribetes dorados. Siguen exclamaciones de admiración y reconocimiento, muchas veces fingido. Los invitados se separan con cautela y se refugian en oscuros rincones siguiendo pautas vigentes desde hace varias generaciones. Se empiezan a formar bandos entre aquellos adictos a digestivos más autóctonos, como los tradicionales orujos industriales y sucedáneos del pacharán, y los adeptos a la nueva moda de los combinados a base de agua tónica y ginebra. Varias voces explican al unísono, y a veces formando una suerte de canon involuntario, la diferencia entre un whisky de malta y uno de grano, entre un vatted (1) y un blended, entre un bourbon y un Templeton Rye. Y rara es la ocasión en que alguien tiene razón y se puede iniciar la batalla por una causa justa.
Hace tiempo —tanto que no es fácil recordarlo a no ser que uno se haya sometido a algún tipo de terapia informal, por no decir directamente loca— que para dejar claras estas cuestiones recibimos en España la visita de un emisario del Reino Unido quien, siguiendo un minucioso plan dentro de esta Guerra del Licor y buscando nuevos aliados, no escatimó esfuerzos en demostrar cuál era el bando correcto mediante demostraciones públicas de lo que podríamos denominar un élan vital bien empapado en etanol. Desde los años en que pasara su nada tierna infancia mirando el mar desde el malecón del puerto de Southampton —o quizás fuera Portsmouth, pero nunca, en ningún caso, Newcastle—, la mayoría de las veces esperando la llegada del navío en el que se había embarcado su padre huyendo de la tierra firme y de unas responsabilidades conyugales nada claras, nuestro buen amigo tenía todos sus recuerdos saturados de whisky escocés.
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Conmovedora historia y asombrosas noticias sobre un licor que no es santo de mi devoción, pero que sin él, las novelas de detectives no tendrían ese encanto entre la ensoñación y la violencia. Excelente lectura. Gracias.
El arte de los destilados está presente en la historia desde el antiguo Egipto, pero el instinto por embriagarnos debe llevar con nosotros solo Darwin sabe cuanto. Gran artículo, un disfrute de lectura absoluto.