¿Quién decide lo que comemos?

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Sentarse ante el plato es uno de los rituales diarios que el ser humano cumple con mayor placer y con menos quejas. Una necesidad vital tan satisfactoria como para que el propio acto de cocinar, la elaboración de lo que comemos, se haya ido perfeccionando a lo largo de la historia hasta convertirse en una de las bellas artes. 

Sentarse junto a Juan Echanove y David de Jorge durante cuarenta y cinco minutos, sin cortes ni censura, para presenciar un diálogo que busca responder a la cuestión «¿Quién decide lo que comemos?» es un ejercicio mucho más imprevisible y divertido que encarar un plato. Porque, aunque los ingredientes del debate inicialmente lo plantean como una reflexión sobre los hábitos alimenticios modernos, en manos de Echanove y De Jorge la operación no tarda en convertirse en algo inesperado: un paseo a través de recuerdos culinarios, menús durante la infancia, recetas culpables, mercados a primera hora de la mañana, banquetes para invitados o comidas familiares firmemente cimentadas en esa estructura inamovible del primer y segundo plato acompañados de postre. A lo largo de su encuentro, los contertulios parecen tener claro quién decide lo que comemos, y por eso mismo se aventuran a rebozarse en todas las cuestiones paralelas al origen de nuestros manjares. A abordar lo que ocurre en el mundo que rodea a la vajilla, a preguntarse cómo comemos lo que comemos, el porqué es necesario dedicarle más tiempo al trabajo en la cocina o lo satisfactorio que resulta hoy en día toparse con un cruasán como Dios manda.

En un mundo actual dominado por los gurús de la comida, la preocupación por la salud y la desinformación sobre prácticas alimentarias alternativas, los dos artistas aquí reunidos apuestan por redefinir las nuevas modas evocando a la tradición: «Cuando mis abuelos venían de A Coruña con el maletero cargado de pimientos de padrón, empanadas, tartas de Mondoñedo, quesos de tetilla y cajas de vino de albariño de Barrantes, ejercían como influencers sobre sus hijos y sus nietos», deduce De Jorge. Durante la charla también se sentencia que la culpa de todo lo que acaba sobre la sartén probablemente la tenga la educación que se arroja sobre los pupitres: «En las escuelas, los chavales deberían aprender cosas tan importantes como los cambios estacionales, los productos de determinadas estaciones, y de qué manera influyen […] Conocer el planeta y su estado», apuntaba Echanove, «Porque es lo que enseña la gente a decidir qué deberíamos comer cada uno».

Entremedias, la conversación se detiene sobre las citas y compromisos con la báscula y su poder de presión, pero también sobre cómo se ha perdido el hábito de rellenar la cesta de la compra en el mercado, los viajes a la luna (físicos y metafóricos) y quiénes no han regresado todavía de ellos, las dificultades para combinar una alimentación sana y una vida nómada de actor, lo inteligente de dedicarle a la cocina cuatro horas semanales y lo peligroso de escuchar a los falsos profetas culinarios junto a los mensajes que enarbolan («Hay gente que se ahoga en ese océano espantoso», se alarma De Jorge). Durante la charla, Echanove tampoco se olvida de abordar una de las grandes cuestiones universales, de lanzar uno de los mayores interrogantes de nuestra civilización: «¿Qué decides, morcilla o chorizo?». «Pero ¿por qué hay que elegir a quién quieres más, a tu padre o a tu madre?», replica el cocinero.

¿Quién decide lo que comemos? ¿Cómo comemos lo que comemos? ¿Nos han educado lo suficiente en la cocina? Estamos aquí para rebañar todas esas dudas. Se aconseja a los espectadores que vengan comidos de casa, o abandonarán el plató con el apetito rugiendo en las entrañas.

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