Ventajas de viajar en tren: la verosimilitud está sobrevalorada

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Fotografía: David Herranz. Imagen cortesía de Filmax.

Imaginemos a una mujer que al volver a casa sorprende a su marido inspeccionando con un palito su propia mierda.

Imaginemos una historia que empieza así, con esa frase exactamente. Imaginemos que nos seduce un arranque tan poderoso y que seguimos leyendo o viendo la historia (eso dependerá de si es un libro o una película) porque sabemos que a un narrador lo ata el compromiso de explicar las cosas, en particular las rocambolescas. Imaginemos que aquella mujer, sin embargo, no llega siquiera a abrir la boca y que tampoco el narrador dice mucho más; al poco de empezar, otro de los personajes toma la voz y empieza a contarnos su propia historia («¿Le apetece que le cuente mi vida?», dice), que no tiene nada que ver con la de aquella mujer y su marido. Imaginemos que los personajes de aquella otra historia hacen seguidamente lo mismo y comienzan cada cual a contarnos las suyas propias; y que también los personajes de aquellas los interrumpen y comienzan a irse por las ramas con sus propias peripecias. Imaginemos una historia así, como fractal, que primero es una, luego dos, luego cuatro y luego ocho sin que ninguna llegue a completarse. O directamente un guirigay, por calificarlo con menos pompa. Imaginemos una traca de subordinación gramatical, un auténtico sindiós de voces como sintonizadas con el dial de una radio. E imaginemos que, para cuando quiera darse cuenta, de aquel primer narrador, el que le tomó a usted de la mano y le prometió a un hombre que hurgaba con un palito en su propia mierda, ya no queda ni el rastro. Y que, para entonces, ya no puede hacer otra cosa más que internarse más y más en la espesura.

Ventajas de viajar en tren no se titulaba, al principio, Ventajas de viajar en tren. Se titulaba Selva y tenía cerca de cuatrocientas páginas. Pero Antonio Orejudo, su autor, recortó y recortó («el buen escritor es alguien que borra más que escribe», dice) y solo dio por buena la novela cuando se quedó en las ciento cincuenta que tiene la edición original, publicada en el año 2000. Aritz Moreno ha tenido que hacer lo mismo, desbrozar, para completar la adaptación cinematográfica que se estrena este viernes. Y lo ha tenido que hacer por las mismas razones que Orejudo: para abrir camino, ni más ni menos, y conseguir salir al final. Para que Ventajas sea Ventajas y no sea Selva. Porque de Ventajas al final se sale, eso sí se lo anticipo. Y cuando se hace se siente uno un poco tonto, que siempre es algo muy sano. Tanto relucía esa mierda al final de la primera frase, tanto cautivaba nuestra atención, que corrimos a por ella y no caímos en la cuenta de que al hacerlo estábamos pisando y activando la trampa, ubicada en la primerísima palabra de la primerísima frase: «imaginemos». Y que solo hemos hecho eso, imaginar. Se ponga como se ponga, a usted nadie le prometió nada. En este contrato fraudulento la letra pequeña estaba escrita con letras bien gordas al inicio mismo del documento.

El peligro fundamental que implicaba llevar Ventajas a la pantalla tenía que ver con eso mismo, con la trampa. En el cine ya no habría que imaginar, ni siquiera se podría; ahora sucedería todo vivamente en una pantalla. Con la dificultad, además, de que los personajes tendrían cara y así es imposible que unos suplanten a otros o se hagan pasar por ellos sin que los espectadores nos demos cuenta. ¿Cómo tender una trampa en un medio que no permite precisamente una trampa como esa? Respuesta: tendiendo otras trampas, las que sí están permitidas, que disimulen esa otra, la que no lo está. Construyendo una trampa de trampas, urdiendo una verdadera estafa piramidal narrativa. Así es como Artiz Moreno (un debutante en el largometraje) y su guionista, Javier Gullón, han logrado entrar y salir de la selva. Han conquistado un ochomil de la única manera en que puede hacerse: sin atajos, con trabajo, a puro huevo y nada más. Y como prueba de ello quedan, además del acabado redondísimo de la cinta, sus muestras de estoicismo. La mayor, seguramente, es que no han cedido a la tentación de hacer una comedia negra o de enredo en esta historia negra en unos tramos, cómica en otros e indudablemente de enredo. Y que han vencido esa tentación con un reparto encabezado por comediantes tan acreditados como Pilar Castro, Ernesto Alterio, Quim Gutiérrez o Belén Cuesta, por citar solo unos cuantos.

Fotografía: David Herranz. Imagen cortesía de Filmax.

Es una película estupenda, qué más se puede decir. Cumple a rajatabla con la definición de manual de una buena adaptación: trata el texto original con devoción y hace conquistas propias tirando de las disciplinas puramente cinematográficas, especialmente la realización y la dirección artística, que recuerdan mucho a Javier Fesser, al Wes Anderson más contenido y a Jean-Pierre Jeunet en sus años mozos. Es una película que conseguirá que muchos espectadores abandonen la sala de cine igual que los lectores acaban el libro: sin saber cuántos de los personajes son verdaderos, cuántos no y cuántos son, en realidad, otros personajes. O cuántos son, a secas, porque ni eso puede saberse con certeza en Ventajas de viajar en tren. Por si no queda claro, en particular a quien no conozca el libro, lo diremos explícitamente: ese es el objetivo. A Oz solo se llega así, absorbido por un tornado. Para no reventarle el final, esto lo diremos con vaguedad: esas son, precisamente, las ventajas de viajar en tren.

Cambios hay, eso también se lo anticipamos a los más hooligans de Orejudo. El tono es más oscuro, por ejemplo, y se han caído del guion personajes como el profesor Montoro, Fat y Ander Alkarria. Era impepinable, no cabían, eso se ve con claridad; si algo se le tiene que reprochar a Moreno es que haya hecho un largometraje y no una miniserie, por ejemplo, en la que pudiese entrar todo Ventajas con literalidad. Y eso no es mucho reproche, para qué nos vamos a engañar. Y aunque algunos temas se han diluido al caerse sus personajes (el más notable, el escepticismo con la intelectualidad y la academia, tan característico de Orejudo), los esenciales ahí están. Ventajas, la película, es también una arenga antirromántica y un Black Mirror al revés, donde lo peligroso es la nostalgia. Una lección serena sobre el estatus impreciso de lo verdadero y su naturaleza meramente dialéctica. Una advertencia contra el realismo tan concienzuda y tan platónica que solo consiente predicar con el ejemplo: nunca realismo, siempre realidad. Biología, olores intensos, cosas pegajosas. Gore, sexo aberrante y mierda a punta pala. Y lo mejor de todo: sin trascendencia, sin altisonancia, sin darse importancia. Una historia que va fundamentalmente sobre friquis, croquetas y una Alicia que siguió entusiasmada al conejo blanco y al final se lo encontró hurgando con un palito en su propia mierda. Primero lúdica y entretenida y luego, ya si eso, todo lo demás.

3 comentarios

  1. Me han entrado ganas de verla.

    ¡Gracias!

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