La lengua underground de Norteamérica

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Miembros del Black Panther Party ca. 1960. Imagen: Cordon.

Massachusetts, 1692. «No he hecho daño a nadie», dijo Mary Black. «Candy no era una bruja en su país, no era una bruja en Barbados», se defendía Candy (en tercera persona). Las dos mujeres fueron condenadas a la hoguera junto a una tercera mujer negra, Tituba, tras los juicios de la aldea de Salem. En este triste episodio inaugural de la historia de Norteamérica, en el que veinticinco personas acusadas de brujería fueron condenadas a muerte, hubo víctimas de ascendencia africana.

En la vieja Europa, la quema en la hoguera era el castigo oficial por brujería, y a la brujería se asociaba la negrura. Dado el extremismo religioso de los colonizadores de América del Norte, no es de extrañar que la visión que equiparaba lo negro con el mal continuara imperante en la incipiente sociedad norteamericana y se proyectara sobre la población de raza negra. El racismo, pues, está en el mismo ADN de los Estados Unidos. Hubo muchas más quemas de negros. Algunas muy conocidas, como la hoguera de Foley Square, Nueva York, en 1741, y otras no tanto, como las que se sucedían tras las revueltas de esclavos. La última quema de la que se tiene conocimiento ocurrió en los años diez del siglo XX; la víctima: Jesse Washington.

Son episodios relacionados con una parte de la historia de Norteamérica que permanece en gran medida invisible porque tuvo que llevarse a cabo en secreto y al amparo de la noche. Se trata de la red clandestina de activistas, rutas secretas y casas seguras que ayudó a miles de esclavos a escapar en las décadas anteriores a la guerra civil: las rutas underground. Las primeras menciones a estas rutas aparecen en periódicos de principios del siglo XIX: casos en los que dueños de esclavos fugitivos culpaban a las rutas del éxito de los prófugos y casos en que esclavos que habían intentado escapar reconocían, bajo tortura, sus planes de huir al norte siguiendo una ruta underground. Probablemente, la activista más conocida de la historia de las rutas underground fue Harriet Tubman, una esclava de Maryland que, tras conseguir escapar al norte, regresó cerca de veinte veces al sur para ayudar a escapar a cientos de esclavos.

El término underground —cuyo significado es ‘subterráneo, clandestino, oculto’— se usaba en el siglo XIX para referirse al secreto que los activistas debían guardar para poder lograr su objetivo. Posteriormente, ya en el siglo XX, underground pasó a ser un nombre con el que referirse, en primer lugar, a diversos movimientos de resistencia y, en segundo lugar, con el que designar movimientos contraculturales o subculturas, es decir, los que son diferentes de la cultura dominante, la mainstream. La cultura afroamericana es, por definición y desde su génesis, underground, aunque reconocible como cultura: el R&B, los escritores del movimiento conocido como renacimiento de Harlem, el dancehall, las pinturas de Mickalene Thomas… la lista podría ser bien larga. Sin embargo, hay un elemento central que todavía falta en esta lista: la lengua. Cien por cien underground.

Los intentos de reconocer el estatus de la lengua afroamericana como tal generan casi siempre un debate tan simplista que las ideas se polarizan en dos extremos: los que afirman que el habla afroamericana es una lengua diferenciada del resto y los que mantienen que es simplemente inglés mal hablado. La realidad, en este caso, no está entre los dos extremos.

La lengua entendida como sistema es una herramienta de comunicación que se formaliza desde afuera, por ejemplo, desde una academia, y se usa cumpliendo unas normas. La lengua en uso, sin embargo, es algo más complejo: el habla de las personas, un habla que varía en muchos sentidos. Es por origen y semejanza, por unidad fundamental, por lo que el habla se clasifica como lengua, por ejemplo, la lengua inglesa. Por otra parte, es debido a las particularidades más concretas del modo de hablar de los individuos que forman parte de un grupo social determinado o de una región específica por lo que se clasifica el habla en sociolectos y dialectos. Así observamos algo concreto, la lengua en uso. Eso que llamamos lenguas no son otra cosa que hablas —dialectos, sociolectos, idiolectos—. Científicamente, una lengua es una abstracción y en la realidad no hay sino hablas.

Dicho esto, hay otras cuestiones que considerar en el caso de la lengua underground. ¿Puede la noción de una lengua afroamericana per se explicar las infinitas variaciones en el habla negra norteamericana, que incluye una auténtica lengua, el gullah, además de un abanico de variedades de inglés afroamericano? Por conveniencia, sí. Podemos utilizar el término lengua afroamericana como abstracción para referirnos tanto a la lengua gullah que se habla en la costa de Carolina del Sur y Georgia como a las variedades vernáculas que hablan los individuos de ascendencia africana en el resto de Norteamérica.

Con esto no se sugiere que las dos variedades evolucionaran a partir de un antepasado común. La colonia de Virginia, clave en el origen del habla vernácula afroamericana, y la de Carolina del Sur, clave en el origen de la lengua gullah, no se fundaron al mismo tiempo. Virginia fue fundada en 1607 directamente desde Inglaterra. Por el contrario, los inicios de Carolina del Sur son los de una colonia de segunda generación.

Los primeros africanos, suministrados por una fragata holandesa, llegaron a Virginia en 1619 en calidad de sirvientes no abonados —en inglés, indentured servants, y en francés, engagés—, es decir, individuos con el derecho a recuperar su libertad tras un periodo de servidumbre de cinco o siete años. Normalmente, trabajaban en las casas de los colonizadores y estaban expuestos a la lengua mayoritaria, el inglés. No los hicieron esclavos hasta 1675, fecha en que despegó la producción industrial de tabaco y los dueños de las plantaciones comenzaron a importar africanos esclavizados en masa. Aun así, la población de ascendencia africana de Virginia no llegó a representar el cincuenta por ciento. Aprendieron inglés. De hecho, el habla de las tres mujeres negras quemadas en la hoguera en Salem no difiere sustancialmente del habla de los blancos que también fueron condenados.

La colonia de Carolina del Sur es cincuenta años posterior a la de Virginia. En el inicio, la población de ascendencia africana era minoritaria, pero en solo treinta años duplicó a la población de ascendencia europea. Además, la mayoría se concentraba en la costa, y los individuos de raza negra llegaron a ser mayoría abrumadora, con una ratio de nueve a uno. Apenas hay documentación sobre cómo era esta lengua de Carolina del Sur en su génesis, pero es prudente suponer que era una variedad de la lengua mayoritaria, la de los colonos europeos. También podemos hacer conjeturas sobre por qué se convirtió en una lengua distinta. El escenario sería el siguiente. La vida en las plantaciones era tan dura que la esperanza de vida era de cinco a diez años tras la llegada desde África o el Caribe, así que los colonos tenían que importar más mano de obra, más esclavos, para poder explotar sus plantaciones. Con esta situación, la lengua se iba modificando tanto por diferencias idiolectales o individuales como por el contacto con individuos recién importados, hablantes de otras lenguas. Esto causaba la introducción en cierto grado de elementos diferentes de la lengua de los fundadores dependiendo del tiempo de exposición de unas lenguas a otras, del tipo de relación que hubiera entre los hablantes y de las distancias tipológicas entre las variedades. Así se explica, al menos parcialmente, que surgiera una lengua diferenciada del inglés, la que hoy conocemos como gullah.

En el siglo XXI, si bien es cierto que la mayoría del habla negra se entiende como variante del inglés americano, aunque influenciada por aspectos de otras hablas negras de la diáspora, su uso no refleja la incapacidad de sus hablantes para utilizar el inglés estándar. A esto se suma la cuestión del acento, que tanta discriminación provoca, y no hay acento peor visto que el negro. Incluso los afroamericanos de clase media con carreras universitarias y dominio perfecto del inglés pueden verse discriminados si sus acentos se consideran de alguna manera identificables como de negros. Parte del debate se basa en la afirmación de que la lengua afroamericana no se entiende, y que su uso explica las altas tasas de desempleo entre la población negra. Bien. Si a los no hablantes les suena a chino, que lo llamen chino. O en este caso, habla afroamericana. Aunque sea por conveniencia.

Sankofa es una palabra en la lengua twi de la etnia akan de Ghana que hace referencia a la acción de mirar al pasado para recuperar el presente. En Norteamérica, esta palabra está representada por dos símbolos: uno es una forma de corazón tan estilizada que apenas parece un corazón; el otro es más obvio, un pájaro con la cabeza hacia atrás. El del corazón podría ser una modificación del símbolo del pájaro; el caso es que, si se juntan dos pájaros frente a frente con trazo esquemático, obtenemos un corazón. El símbolo del corazón es especialmente común en los Estados Unidos: aparece en puertas, verjas y ataúdes de afroamericanos. En África occidental, el símbolo del pájaro es frecuente en los diseños de la ropa que la gente se pone para acudir a funerales.

El vínculo con África tiene un gran peso simbólico: tomar del pasado lo que es bueno y traerlo al presente para progresar a través del uso del conocimiento. Sankofa. La lengua afroamericana es parte de la cultura, lleva sus señas de identidad. Si cae en desuso, gran parte de la mentalidad y cultura afroamericana se perderá también. Que no quede atrás la lengua más underground de Norteamérica. Sankofa.   


Bibliografía

—Franklin, John Hope. 2011. From Slavery to Freedom: a History of African Americans. New York: McGraw-Hill / Connect Learn Succeed.

—Mufwene, S. 2015. «The Emergence of African American English». En Handbook of African American English, ed. por Sonja Lanehart. New York: Oxford University Press.

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