Arte y Letras Historia

Más dedos que lunas

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Vietnam, 1969. Fotografía: DP.

Del telescopio con el que el papa seguía la conquista a las piscinas ebrias de espacio de la América Profunda. Del diario ABC a The Washington Post y al Pravda soviético. Cincuenta años después de que Armstrong pisara la Luna recordamos cómo se contó. Aquella fue, como la definió Jesús Hermida, una noche histórica… y una magnífica grosería.

Lunes, 21 de julio de 1969. Portada del diario ABC. Titular principal: «Y más allá… la Luna». Durante la madrugada española, mientras el país dormía (o no) la misión Apolo XI ha llegado a la Luna y dos de sus tripulantes, Neil Armstrong, primero, y Buzz Aldrin, después, han pisado el satélite, han dicho aquella hoy épica frase de «un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad» ―que al final resultó ser mentira, como el propio Armstrong contó en una entrevista en 2012 poco antes de morir, porque él solo pronunció la primera parte del enunciado y el resto lo completaron desde los despachos―, y han iniciado el viaje de regreso. En la primera página del periódico no hay en cambio ni Luna ni astronautas ni naves. La ocupa una foto del papa Pablo VI, con su santo ojo derecho pegado al telescopio del palacio de Castelgandolfo, como si alcanzara así ver a Armstrong poniendo el pie en la Luna. Como si él sí pudiera tener el poder para hacerlo. Aunque en ese caso, cabría preguntarle, ¿para qué usar telescopio? El periódico cuenta que el papa «ha contemplado la obra de Dios por medio de una mirilla del progreso». También que Norteamérica, al mismo tiempo, vive un estado «de euforia cósmica».

Este verano se cumplió medio siglo desde aquella noche en la que se alcanzó el sueño de la Luna. Cincuenta años desde que la misión de la NASA lograra el más difícil todavía, la proeza que el presidente Kennedy había prometido a sus compatriotas seis años antes, cuando les anunció que antes de que terminara la década el hombre ―bueno, en realidad, el hombre estadounidense blanco―, pisaría el suelo lunar y regresaría para contarlo. Cinco décadas desde que Estados Unidos logró la mejor victoria, la final, en la carrera espacial que se había iniciado doce años antes con el lanzamiento del Sputnik y en la que hasta entonces habían perdido casi todas las batallas. Pero la Luna no fue solo el hito científico, por supuesto. La paradoja, aquí, es que hay que verla al contrario que en el célebre dicho: si nos señalan la Luna, tenemos que mirar al dedo.

La frase de Armstrong es una prueba de ello. Rápido e improvisado ejercicio de marketing desde Houston, tuit certero cuarenta años antes de que los chistes, la política y la filosofía se resumieran en un puñado de caracteres de rápida propagación y efecto inmediato. Pero no el único. Toda la Luna fue un producto perfecto que iba más allá de la ciencia. Una idea que se podía vender y vendía, desde los productos que a ella se ligaron (como las cámaras Hasselblad, las primeras sobre el satélite, o los casetes de Sony, que registraron la historia) al patriotismo heroico de aquellos tres hombres de la misión, Armstrong, Aldrin y Michael Collins, que firmaron incluso contratos de exclusividad con la revista Life. Porque lo importante de la Luna no era conquistarla, sino contarlo después. Lo importante era mirar el dedo y saber de quién era. 

Así sucede si se mira cómo se narró el momento. Al día siguiente, la portada de The New York Times abría con el titular a toda página «Men walk on moon». Y el texto describía cómo había sido el primer aterrizaje del ser humano en otro mundo, «la realización de siglos de sueños», el «triunfo de la tecnología moderna», la demostración «más dramática de lo que el hombre es capaz de hacer si aplica su mente y sus recursos con una única determinación». Aquella Luna, como lo resumía el diario, el símbolo de lo inaccesible y lo imposible, estaba ya al alcance del ser humano y se convertía en el primer puerto de llamada de una nueva era espacial. Todos los periódicos del mundo lo contaron. Algunos titulares, como el «Man on the moon», que usó el Daily Mirror, se repetirían durante décadas. Y todos los periódicos usaron la conquista para contar también la Luna como ellos la veían.

«El Águila ha aterrizado. Dos hombres caminan por la Luna», decía The Washington Post en su primera. Pero necesitaba solo trece líneas del texto de la noticia en la portada para colocar un primer ladillo, ese pequeño titular en negrita que aligera la lectura, adorna y separa las partes de la noticia para poner un patriótico: «Plantada bandera americana». Eso era lo más importante que destacar para aquel periódico. Porque la Luna no era de los seres humanos, por mucho que lo dijeran los titulares, sino de los americanos. Y así se confirmaba después en otro artículo a pie de página en esa misma portada, que explicaba cómo millones de portadas en todo el mundo habían coreado en directo el alunizaje y la caminata. Bueno, como en los libros de Astérix: todos no… En Rusia, como la llama, decía el artículo, la proeza la ha despachado la agencia Tass con un teletipo de cincuenta y dos palabras (un tercio de las que tiene este párrafo) que después se ha leído, añadía el texto, de forma rutinaria en los boletines de las radios y las televisiones.

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El personal de NASA observa el lanzamiento del cohete Saturno V, que transportaba la nave Apolo XI, desde la sala de control de lanzamiento del Centro Espacial John F. Kennedy, 1969. Fotografía: NASA.

Para la Unión Soviética la Luna no era un éxito, sino un fracaso. Habían llevado la delantera en la carrera espacial y competían por ser ellos quienes plantasen su bandera. En Pravda, el principal rotativo del régimen, la noticia quedó relegada a la esquina inferior de la portada. Y durante años, todavía hoy se hace, se cuestionaría la realidad y la veracidad de aquella misión. «Yo tenía 34 años y estaba en Chernóbil. Teníamos un pequeño telescopio y miramos por él, pero no vimos a nadie allí. Así que todavía nos seguimos preguntando si fue cierto», diría, ya muchos años más tarde, Serguéi Jrushchov, hijo del entonces presidente Nikita Jrushchov.

El soviético y el papa se habían asomado a un telescopio similar en sus esquinas tan diferentes del mundo para mirar la misma Luna. El primero no vio nada. El segundo sonreía en la foto del ABC como si al otro lado hubiera visto a su jefe. También en España la Luna tenía muchas Lunas. Los había que lo aprovechaban, como el ABC, o El Alcázar, que ironizaba en portada con un «¿Qué hace la nave soviética?». Y los había que miraban solo la noticia, como Informaciones con su «Toda la Tierra mira a la Luna». Hasta el Marca, por encima de su cabecera, puso un faldón que anunciaba «La Luna, dominada». La Luna era tan grande que incluso al día siguiente, 22 de julio, aún seguía siendo la noticia principal. En las portadas se ve relegada a un segundo plano por otro acontecimiento que sin embargo sería aún más importante para España. Aquel día, en las Cortes, Franco designaría al príncipe Juan Carlos como su sucesor en la jefatura del Estado.

Pero el satélite no fue de ninguno de ellos en realidad. Aquella Luna, historia conocida, era del periodista Jesús Hermida, corresponsal entonces de Televisión Española en Nueva York, que narró el desembarco en directo desde el Centro Espacial de Houston. Veinte millones de españoles se calcula hoy que siguieron su retransmisión. Y, esta vez, si lo recordaban después es porque lo habían hecho. No como sucedería 14 años después, el 23 de febrero de 1981, con un golpe de Estado que miles de personas todavía juran hoy haber visto en directo por televisión, a pesar de que aquel día no se retransmitía la sesión de votación de Leopoldo Calvo-Sotelo que interrumpió a tiros Tejero.  

«El hombre deposita por primera vez su pie, su cuerpo, y con él, todo lo que el hombre tiene encima, su pensamiento, su alma y su corazón, y su conciencia también, en la Luna». «¡Observen, observen! El pie izquierdo, por primera vez en la Luna. Ahí está, ahí está…». «Observen como sigue aun con su mano. La tiene tendida hacia lo que es suyo, hacia la Tierra, hacia lo que le ha traído aquí, hacia lo que le une con su mundo, con su historia»… Así narraba el periodista mirando en su monitor aquella imagen en directo. «No sé cuáles han sido las primeras palabras de Armstrong en la Luna pero empiezo a sospechar que ha sido una simple indicación técnica», diría también.

Diez años después, Hermida escribiría un artículo en el que contaría aquella Luna de otra manera. En el mismo confesaba que de lo que dijo solo recordaba «una solemne, seguramente, estupidez: “Y miren cómo Armstrong tantea con sus pies el suelo de la Luna, como un niño extiende los brazos hacia su madre…”. Absolutamente gilipollas». Pero lo mejor era el recuerdo de la otra Luna. La de aquella noche en aquella América. La de la juerga desatada con ella. La que convertía así en crónica: «Y los hombres y las mujeres, ebrios de historia y de espacio, se echaron en las piscinas, y los vasos de plástico se echaron en las piscinas, y una sangre gloriosamente alcohólica se echó en las piscinas, y los huesos de pollo se echaron en las piscinas, y un manchurrón de labios y colorete se echó en las piscinas. Y por la mañana, ya, la Luna nos amaneció ahogada y beoda en las piscinas».

Esa era otra Luna, más alcohólica y hedonista, hecha carne. Otra que tampoco tenía que ver con el satélite, ni el universo ni la ciencia. Y por eso decía también Hermida que aquella había sido una noche histórica y espléndida. Pero, sobre todo, una «magnífica grosería».

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Un comentario

  1. Una curiosidad que pasó desapercibida en su momento: verdaderamente, Qué esperaban ver, especialmente el Papa, con esos telescopios? No había nadie de su entorno para decirle que no vería absolutamente nada, solo el disco lunar?

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