Arte y Letras

¿Quién ha muerto hoy?

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Londres, 1948. Fotografía: Cordon Press.

«Nunca me propuse escribir obituarios», dijo en junio de 2018 Margalit Fox, autora de más de mil cuatrocientos obituarios para The New York Times, el día que anunciaba que dejaba de escribirlos para dedicarse a la literatura. «No ha nacido el niño que llega a casa de la escuela primaria y dice: “Cuando sea grande quiero ser… escritor de obituarios”». En su caso, Fox acabó escribiendo cientos de ellos —muy a menudo por adelantado— como resultado de quedar un puesto vacante. El departamento era considerado una especie de Siberia, a la que «te enviaban si querían castigarte, pero no tenían razones suficientes para despedirte», explicaba. Y, sin embargo, ella siempre sospechó que obituarios era «la mejor sección del periodismo», por la razón de que «seguías los temas desde la cuna hasta la tumba», y eso los volvía el género más narrativo de cualquier diario.

La necrológica exige una sensibilidad especial. Y también paciencia. En 2006, por una precipitación, The New York Times publicó el obituario de la bailarina estadounidense Katharine Sergava, que seguía viva, como le hicieron saber al diario amigos de la artista. Es un tipo de error esporádico, pero viejo. Ernest Hemingway decía disfrutar plenamente de las noticias periodísticas sobre su muerte tras un accidente aéreo en África. En aquella época, el escritor decía empezar los días con «el acostumbrado ritual matutino de una copa de champaña fría y un par de notas necrológicas» sobre su persona.

El obituario también exige nervios templados, como los del poeta británico Stephen Spender. En cierta ocasión se encontraba pasando unos días en casa de su amigo W. H. Auden cuando este recibió un encargo del Times de Londres para escribir la necrológica precisamente de Spender, para cuando se necesitase. Producto del desconcierto, esa noche Auden no durmió demasiado bien. De hecho, cuando por la mañana, durante el desayuno, se sentó a la mesa y tuvo a su amigo delante, no pudo sino confesar el encargo que le habían hecho desde el periódico, y le preguntó a Spender con cierto desenfado: «¿Hay alguna cosa en la que te gustaría que pusiese énfasis?». Después de todo deseaba que la nota necrológica quedase bien. Stephen Spender se encogió de hombros. No sabía bien qué decir. Su vida no era gran cosa. Se abrigó en el silencio y agachó la cabeza. No sabía si confesarle a su amigo Auden que él ya había escrito su necrológica por encargo del mismo periódico. 

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3 comentarios

  1. Murió hoy, a la edad correspondiente, quien esto escribe, y sabiendo que irrelevante será el espacio vacío dejado por su falta, ruega a los vivos continuar con la rutina que confirma la sospecha de que, estamos de más o no servimos para nada, y parte con oscura pena en su corazón por haber fallado en su misión.
    Murió hoy, pero de viejo por la espera, quien esto escribe inmensamente agradecido a la burocracia judiciaria pero apenado por no haber llevado a cabo su misión.
    (Dos escritos póstumos de un asesino en serie existencialista condenado a muerte y hallados en sus pertenencias)

  2. En el caso de dictadores y/o políticos canallas, sería interesante cotejar obituarios. Pienso en Franco, Stalin y Fidel Castro. Borges se habría deleitado con la idea.

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