
«¡Qué caballo, señoras y señores, realmente adorable! Una vez cabalgué a lomos de su madre». Estas palabras de Ted Walsh en plena retransmisión de una carrera simbolizan a la perfección el orgullo del espíritu británico que había que seguir recordando, contagiando, exaltando tal vez porque era ya muy tarde y el voraz siglo posterior a la era victoriana había derramado el deporte por todo el globo, multiplicando los adversarios que venían a erosionar y como a ofender el lejano esplendor del imperio, un esplendor perdido que sin embargo perdura aún, como una memoria genética, en el alma del Reino Unido. Ya no era que el caballo fuera británico. Era que se hacía humano a través de la figurada paternidad de Walsh. Así, no se invitaba al espectador a ver jinetes y caballos, sino a sentir en ellos la unidad indisoluble del orgullo imperial galopando libre sobre la hierba húmeda al mando firme de sus mejores hombres, de sus héroes ancestrales. Si Thomas Carlyle hubiese venido al mundo unas décadas más tarde sin duda habría añadido a las seis propiedades de Los héroes (1841) una séptima bajo el título «El héroe deportivo», de identidad, por supuesto, absolutamente británica. Para comprender esta singular hinchazón del espíritu, única en el mundo, es necesario remontarse en el tiempo y comprender que en algún periodo tuvieron que pasar muchas cosas de las que heredar una dignidad muy grande.
Unos cuantos deportes universales fueron creados en el Reino Unido en la segunda mitad del siglo XIX. Y otros tantos nacieron del ingenio británico cuando la vida de un considerable sector de la población, como el vestíbulo mental de la filosofía en la antigua Grecia, estimuló la invención de eso que desdobla la vida en diversión y que conocemos por juegos, grandes juegos al aire libre que reunieran a la vez a unos cuantos individuos, que los enfrentaran en dos bandos. Era inventar una nueva forma de batalla entre caballeros, puede que la más noble de todas, como la guerra sin violencia.
En realidad ningún territorio dio mejor expresión a la idea del homo ludens que la Inglaterra del otoño victoriano. Es allí donde se gestan los llamados deportes de campo, allí donde el destino histórico propició un mejor caldo de cultivo. En el apogeo de la Revolución Industrial, la política, la economía, la ciencia y la cultura británicas gobiernan y retratan el mundo occidental en el cambio de siglo. Ese orbe cultural alienta a pensadores, escritores, dramaturgos, músicos y exploradores, favoreciendo así las condiciones para que algún margen del ocio sintiera iguales ambiciones de conquista que cualquier otro campo de acción. Y la escuela británica respondió fundando el deporte moderno. El marco ideológico, profundamente religioso, actuó como manto del incipiente deportismo a través de movimientos y órdenes como la Muscular Christianity, cuya «doctrina de principios religiosos, conducta de caballeros y capacidad intelectual configuraron una filosofía diseñada a producir toda una generación de hombres saludables y capaces física y mentalmente de conducir el Imperio» (Sports Around the World: History, Culture and Practice, Nauright & Parrish, 2012). El resto fue obra de las autoridades políticas, que aprobaron en 1875 la Public Health Act con la intención de promover la actividad deportiva entre el proletariado y por la que el paisaje urbano comenzó a parcelarse en terrenos de juego por todo el reino. Instalado además en la educación y la escuela, el deporte ejerció, en suma, el papel de último proceso civilizador, tal y como sostiene la aceptada teoría de Norbert Elias.
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¡Qué excelente artículo de divulgación! !felicitaciones! Como apasionado del fútbol y argentino, siempre vi en la «pérfida Albion» el enemigo de derrotar, más tengo que aceptar que otro sería mi carácter o mi ánimo (cultura, como dice usted) si los ingleses, junto a los ferrocarriles no hubieran llevado el «fulbo» a mi país. Aún hoy rememoro divertido los vocablos antiguos (antes de la guerra de las Malvinas) para designar los lugares en el campo: bac, uin, fulbac, insai, centro fouar, el hilarante «orsay», penal, el corner. Recuerdo las memorias de un anciano inglés argentinizado que exaltaba la caballerosidad que imperaba en ese juego a comienzos del siglo pasado. Narraba que en los primeros encuentros el capitán inglés se acercaba al capitán argentino, todos españoles, árabes o italianos recién desembarcados que poco sabían del idioma, y preguntaba con inglesa flema: “ “¿Are you ready? Desconcierto total en la otra parte, pero la repetían por inercia. Con el tiempo esta costumbre dejó de ser usada porque nadie entendía qué quería decir. Desopilante. Sin embargo, siento algo de pena por Inglaterra que, siendo la inventora del fútbol jamás obtuvo un campeonato mundial claro y contundente. El de 1966 fue una deshonra, y qué decir del gol de Maradona, pero siempre anduvimos «a las patadas» con ellos. Tal vez no sepa que «a las patadas» y con aceite hirviendo, durante las guerras napoleónicas, echamos a sus tropas que intentaban conquistar Buenos Aires. Tuvieron que irse con el rabo entre las patas y se «llevaron la pelota» como esos pibes ofendidos y dueños de la de cuero que quieren ganar a toda cosa. Genial lectura.