Casas tomadas

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Foto: Alfonso Vila

Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.

(Julio Cortázar, «Casa tomada», 1947)

Veo la casa de este o de aquel, vivo allí, respiro allí, hasta advertir que…
¿conoce aquel hálito peculiar que sopla en cada casa?
En la suya, en la mía…
Pero nosotros, en nuestra casa, ya no lo advertimos,
porque es el hálito mismo de nuestra vida, ¿me explico?
Eh, veo que usted asiente…

(Luigi Pirandello, «Con la muerte encima», 1905)

«Pretendo narrar cien cuentos, o fábulas, o parábolas o historias, como queramos llamarlos, narrados en diez días por un honesto grupo de siete señoras y tres jóvenes en el pestilencial tiempo de la pasada mortandad»: Boccaccio comparte en el proemio la intención de su Decamerón (1349-1353). Narrar, desde aquel presente, la estrategia de supervivencia ante la peste florentina de 1348: contar historias, novelle, término que ya implica la novedad, la buena nueva, el relato (del latín novellus/nuevo). Los relatos se cuentan en voz alta, se escuchan. La narrativa se construye mientras se comparte, se basa en la reciprocidad. Los diez personajes se han refugiado en un locus amoenus, una villa, en el campo. Este es el marco que articula la sucesión de los cien relatos, diez al día, durante diez días (en una simetría muy dantesca). Cada relato se desarrolla de forma autónoma, la variedad de temas refleja la sociedad contemporánea y la obsesión de Boccaccio por inspeccionar el poder de la palabra y de sus usos, para docere, deleitare, movere (instruir, entretener y emocionar, como aconsejaba Cicerón en Sobre el orador).  Allí, en aquella campiña florentina, la palabra compartida cumplía, además, una función sanadora: narrar para sobrevivir. Y de eso se trata: narrarnos, para entender y entendernos, tal vez a través del silencio.

En mi casa no somos diez, sino cinco (mi marido, nuestros dos hijos de cinco y cuatro años, el gato Julio y yo). Nosotros también nos contamos historias, en nuestra casa, ese espacio —físico y emocional— del barrio de Poblenou barcelonés. Como tú, llevamos dos semanas aquí. ¿Confinados? ¿Encerrados? «Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo», decía Wittgenstein. Me pregunto si no estaremos confinando el propio lenguaje, imponiendo fronteras —confines, precisamente–— que autoexcluyen la libertad del relato. Porque las palabras construyen realidad, son huellas que se imprimen antes de transformarse en experiencia.

Estamos en casa, decía.

Y nos contamos historias. Las leemos, las escuchamos, las interpretamos. Como los personajes del Decamerón, todas y todos (o casi) nos estamos narrando en tiempo real, ¿no crees? Periódicos, redes sociales, skypes, whatsapps, vídeos, canciones, memes, fotos, diarios. Aunque intentes no escuchar, la tempestad de relatos te persigue. Modernos Prósperos, desde nuestras islas mágicas, controlamos esta narrativa que se construye mientras se fragmenta y se diluye. Y acumulamos memoria —textual, gráfica, sonora—, memoria de este presente que ya es futuro. Y es memoria que pesa. Pesan los números, las imágenes, la imposibilidad de contar.

Estamos en casa, decía.

Italo Calvino define la levedad a partir del noveno cuento de la sexta jornada del Decamerón: el protagonista es el poeta Guido Cavalcanti, emblema del intelectual que no se deja influir por las masas. «Lo que nos sorprende», escribe Calvino en sus Seis propuestas para el próximo milenio, «es la imagen visual que Boccaccio evoca: Cavalcanti liberándose de un salto “sì come colui che leggerissimo era”. Si quisiera escoger un símbolo propicio para asomarnos al nuevo milenio, optaría por este: el ágil salto repentino del poeta filósofo que se alza sobre la pesadez del mundo, demostrando que su gravedad contiene el secreto de la levedad, mientras que lo que muchos consideran la vitalidad de los tiempos, ruidosa, agresiva, rabiosa y atronadora, pertenece al reino de la muerte, como un cementerio de automóviles oxidados». Y así estamos ahora, entre dos reinos, en el limen. Nos estamos quedando sin palabras. En El castillo de los destinos cruzados, una novela combinatoria de 1969 (ampliada en 1973 con La taberna de los destinos cruzados), Calvino imagina a un grupo de viajeros que han perdido la capacidad de hablar y se refugian en un castillo y en una taberna. Y allí se cuentan por turno sus historias, sin palabras, combinando las cartas del tarot Visconti (en el castillo) y del Marsella (en la taberna). Narran cruzando referentes, fragmentos de mitos y personajes (Hamlet, Orlando Furioso, tantos otros), figuras de un pasado remoto convertidas en reflejos del presente. Y la narrativa es cada vez distinta, más compleja, en su hacerse y en su interpretación. Es la narrativa del silencio, la noche de la palabra, el llanto beckettiano en el escenario desierto.

Estamos en casa, decíamos.

«Al principio, pues, peste no, absolutamente no: prohibido hasta pronunciar la palabra. Luego, fiebres pestilenciales: la idea se admite de refilón con un adjetivo. Luego, verdadera peste no: o sea, peste sí, pero en cierto sentido; no peste exactamente, sino una cosa para la que no se sabe encontrar otro nombre. Finalmente, peste sin duda, y sin discusión: pero ya se le ha unido otra idea, la idea del veneno y del maleficio, la cual altera y confunde la idea expresada por la palabra que ya no se puede retirar», escribió Alessandro Manzoni. Los Novios (1827), la primera novela moderna de la literatura italiana, narra la separación y los obstáculos a los que se enfrenta la pareja protagonista, Renzo y Lucía, en el marco de la peste que diezmó la población de Milán en 1630. La construcción del relato procede por etapas, en una relación dinámica entre realidad y ficción. Más allá de la arquitectura exquisita de la novela, de la profundidad de sus personajes, de la metaliterariedad de la propuesta narrativa, Manzoni nos recuerda que la palabra dice, bendice y maldice. Porque es voluble  y está expuesta a la subjetividad, a los límites de nuestro mundo, personal y colectivo. Un mundo que ahora parece desdibujarse en su relato fragmentario.

Hemos tomado nuestras propias casas, digo.

La belleza de la lengua está en la inversión, que cambia los significados, expande los referentes, ancla el lenguaje al texto. Estamos experimentando una inversión uterina: del afuera hacia dentro, del abrazo a la soledad amniótica. Nos estamos encontrando y perdiendo en nuestras casas, mientras contamos historias y aplaudimos cada noche a los profesionales que nos protegen. Mientras conspiramos —eso es: cum-spirare, respirar juntos— para no perdernos al otro lado de la casa. Mientras rompemos y rehacemos nuestro léxico. Mientras, como Natalia Ginzburg, plasmamos nuestro Léxico familiar (1963): las frases que «son la base de nuestra unidad familiar, que subsistirá mientras permanezcamos en el mundo recreándose y resucitando en los puntos más diversos de la tierra». De dentro hacia fuera, y al revés, en una tensión que es libertad. Y dolor también. Y soledad.

Estamos en casa y nos movemos con nuestras historias, las historias nos (con)mueven. Hay historias detrás de cada número. ¿Quién las contará? ¿Cuándo? «¿Quién apreciará toda esta suma de coraje cotidiano? ¿Quién le dará un reconocimiento a todo este valor desconocido?», escribió la cronista Matilde Serao en sus diarios de 1916  (Parla una donna/Habla una mujer). Y sus preguntas retumban ahora en las casas.

Me doy cuenta de que he dialogado, sobre todo, con autoras y autores italianos. Será porque allí aprendí las primeras palabras, reinventadas en aquel léxico familiar que construimos mis padres, mi hermana y yo, mientras el sol cada noche se bañaba en el mar. El Vesubio a la derecha, la costa amalfitana a la izquierda. Los sonidos de la calle en el comedor. El balcón siempre abierto. Su sintaxis la estamos (re)descubriendo: ojo hacia el mundo, encajado en el orden de la fachada que contrasta la simetría desordenada de la interacción. Su semántica la (re)construimos: el balcón es el espacio de la mirada, el sentido del convivio, el aroma del café en la memoria olfativa. Y la pragmática de este balcón que dejamos abierto, para que el aire entre, circule y salga renovado, es la narrativa de máxima proximidad.

Y sin embargo me siento lejos. Cuántos estamos lejos: «los que, como tú, tienen dos sangres en las venas, nunca encuentran reposo ni contento: cuando están allá quisieran estar acá y apenas regresan sienten deseos de volver a partir», escribía Elsa Morante en La isla de Arturo (1957). Dos sangres circulan por nuestros cuerpos, la nuestra y la de esas casa tomadas, la de la palabra y de sus traducciones, la del saludo y de la despedida.

Seguimos en casa. Seguimos contando historias, refugios narrativos. Y saldremos, como Dante, a contemplar de nuevo las estrellas.


Las citas están extraídas de las siguientes ediciones:

Alessandro Manzoni, Los Novios, Traducción de María Nieves Muñíz, Madrid, Cátedra, 2015.

Elsa Morante, La isla de Arturo, Traducción de Eugenio Guasta, Barcelona, Lumen, 2017.

Giovanni Boccaccio, Decamerón, Traducción de María Hernández Esteban, Madrid, Cátedra, 2018.

Italo Calvino, Seis propuestas para el próximo milenio, Traducción de Aurora Bernárdez y César Palma, Madrid, Siruela, 2005.

Natalia Ginzburg, Léxico familiar, Traducción de Mercedes Corral, Barcelona, Lumen, 2016.

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4 comentarios

  1. Pingback: Confinamiento XXIII: De mundo planos y casas tomadas | La piel y la palabra

  2. Qué buenas palabras! En las dos acepciones. Lástima que sean tan huidizas. Es una lucha continua con ellas, parecen dóciles, y hasta toman mi rutina: agua, espejo, pijama, café, la inercia e lo inerme de la modorra cuando más frágiles somos, porque las otras, las de la claridad y la abundancia todavía no se han puesto de acuerdo con los planes del día de ayer que ya me olvidé. Palabras que se han adueñado sin violencia de mis historias y me dejan más huérfano que nunca. Solo ellas saben lo que escribí. Palabras, que a veces no eran para mí. Todavía me pregunto quién era y dónde estará ahora: Gracias por la excelente lectura.

  3. Algo no funcionó.

    La dirección era exacta, la de mi casa,
    pero el destinario otro, un desconocido;
    sólo la mitad de un encuentro incomprensible
    narrado dentro de un sobre celeste, humedecido
    por el tiempo que pasó dentro del buzón
    junto a ofertas, avisos y boletas del gas y la luz.
    El remitente y la caligrafía eran la de una mujer
    que me comunicaba con parsimonia prolija
    y letra diminuta que “él continuaba en la clínica”,
    (por lo visto alguien a quien conocíamos los dos)
    “que a pesar de todo te ama y te recuerda”,
    “que ha pasado tanto tiempo por la misma sangre”;
    (y otra vez esa tristeza oscura por lo absurdo
    de ser amado sin que lo supiera), y me pedía
    que comprendiera, que hiciera un esfuerzo,
    y que me olvidara de aquellos viejos rencores,
    que le escribiera, aunque fueran cuatro líneas,
    para que pueda irse un día en santa paz.
    Después me contaba sobre «nuestra madre»
    que continuaba a cocinar, “no ya como antes,
    como podrás imaginar, pero gracias a Dios
    no molesta y goza todavía de buena salud”.
    Al final un beso, su nombre y la fecha.
    Contestar no podía, devolverla al remitente
    menos aún porque mi curiosidad la abrió,
    y además me había encariñado con estos
    inesperados «parientes» que surgen del enredo
    abismal de infinidad de historias de odio y amor.
    La pegué en el álbum familiar de tapas gruesas,
    en la última página, junto al retrato de ella,
    que también me amó y ya no puede escribirme,
    y trato de imaginarme cómo serán sus rostros.
    Me faltarían las fotos.

  4. La frase «Algo no funcionó» se refiere al hecho de que el escrito posterior tendría que haber estado en el primer comentario, en un solo bloque. Ahora sí, algo no funcionó.

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