
Es admirable la cantidad de tonterías que nos preocupan. Lo mucho que nos importan pequeñeces como no repetir vestido en alguna fiesta de la empresa, el incorrecto funcionamiento de una aplicación del teléfono, que no se note la arruga que llevo en la chaqueta, fulano y mengano no dieron «me gusta» en mis últimas entradas de Facebook, me están robando la wifi, joder, o «Pero ¿en serio no has visto la última serie de HBO?». Qué tremendo catálogo de chorradas ocupan a diario nuestros pensamientos. Dedicamos nuestra atención a asuntos cuyas consecuencias no alterarían nuestra vida en lo más mínimo, pero supongo que así son los peajes de la prosperidad. Cuando el diablo no tiene qué hacer, con el rabo mata moscas.
Quejarse porque en la tele te han ofendido como colectivo, acudir con urgencia al taller para reparar un arañazo en el coche, comprar seis carritos diferentes para el bebé según su edad, tirar bolsas con ropa de hace dos años porque es de otra temporada. Tengo la sensación de que, generación a generación, nos estamos volviendo gilipollas. Como si hubiésemos tocado techo y ahora avanzásemos marcha atrás. Sin embargo, de entre todos los problemas del primer mundo que nos acechan, hay uno que me maravilla por encima de cualquier otro: la delirante necesidad de que las bodas sean perfectas. Como extraídas de una revista. Ni un adorno mal colocado. Especialmente, claro, si se trata de la tuya.
«Mal. Va todo mal. El decorador se ha confundido de flores y ha traído hortensias en lugar de gerberas, en las últimas dos semanas he adelgazado tres kilos y el vestido me queda grande, a mi hermano le han cancelado el vuelo y no llegará a tiempo a la ceremonia y, para colmo, han dicho en la tele que va a llover. Es un desastre». Recibí este WhatsApp hace algunas semanas, el día anterior a la boda de una buena amiga a la que, ingenuamente, pregunté qué tal iba todo. Como si para una novia nerviosa una boda pudiese ir alguna vez bien.
Intenté explicarle que se trataba de una preocupación absurda. Siempre lo es. No ocurre nada si las flores están mal colocadas o no son las que deberían ser. Tampoco es un problema que hayas adelgazado un poco. Y menos aún que se ponga a llover. Lo divertido es precisamente eso. No hay cosa más aburrida que una boda impecable. Nos hemos obsesionado de tal modo con la boda perfecta que, cuando una no lo es —y no lo es ninguna—, hablamos incluso de gafe. Y hasta de maldición.
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En estos tiempos que corren este tipo de artículos te evaden de la realidad un rato. Gracias Manuel. Por lo que cuentas y como lo cuentas.
Parece una boda contada por mí. Y con eso está todo dicho.
Por no hablar de la de Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battemberg…¡hasta tiene una sevillana que la relata! Gracias por el entretenimiento.
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