
Uno de los autobuses que llevan de Brasov a Bran, el pueblo del supuesto castillo de Drácula en la región rumana de Transilvania, da buena cuenta de en qué clase de juego están participando los turistas. Todo el techo del bus está lleno de banderines de diversas ciudades y equipos de fútbol. Y todo es todo, el conductor ha colocado los adornos con horror vacui. Hay hasta bufandas conmemorando partidos del Mundial de Brasil. Una orgía de souvenirs en homenaje al turismo sin sentido. Ver por ver sin saber muy bien qué. Y en este caso, con el agravante de que ir a Rumanía a buscar a Drácula es como ir a una taberna andaluza para seguir el rastro de Vega, el luchador español del Street Fighter. Ese personaje se lo inventó un japonés de buena mañana. No tiene nada que ver con nosotros. Con el Drácula transilvano es lo mismo. Es un invento anglosajón. En ese bus se pueden escuchar, de vuelta del castillo, varias conversaciones simultáneas de decepción. Pero qué hacemos aquí si lo que buscamos no existe, se preguntan. A los rumanos no les queda otra que encogerse de hombros. Y hacer caja en la medida de lo posible, claro. Si la culpa es de alguien, de ellos desde luego que no es.
El castillo de Bran es un castillo normal y corriente. Una fortificación medieval en un risco. Perteneció a la familia real rumana y sus enseres son lo que se puede ver en cada una de sus habitaciones. El único turista que se entera de algo es el local. Desgraciadamente, el resto tenemos los linajes aristocráticos rumanos un tanto abandonaditos. Los turistas anglosajones cruzan estupefactos cada estancia y, como en cualquier punto turístico del planeta, los gritos, mofas y chistes solo se escuchan en dos idiomas: castellano y catalán. El resto observa con atención los juguetes de los años treinta de los infantes para mirarse unos a otros como diciendo: «Vale, ¿y Drácula qué?». De Drácula nada. Este es el castillo de Drácula porque así lo decidieron los primeros turistas americanos que entraron en Rumanía en los setenta. Les encajaba con la descripción que venía en la novela de Bram Stoker y así se quedó. Por supuesto, nadie en Bran se ha tomado la molestia de contradecirlos. Más bien al contrario.
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Siempre está el turista que se informa antes de viajar, el que descubre que Drácula como tal no existe, sinó un conde llamado Vlad, el empalador, y ahí se te abre una nueva ventana al mundo, a la época de los otomanos y a los horrores de torturas que usaba Vlad entre otros.
Buena lectura como siempre :)
Hola Álvaro. Excelente artículo, una vez más.
El castillo de Bran es considerado el castillo de Drácula, aunque no queda claro que Vlad Tepes haya pasado por allí. Sí se sabe en cambio que el castillo de Poenari fue una de las residencias de Vlad Tepes, pero los 1480 escalones que hay que subir para alcanzarlo le restan atractivo turístico; quizá esto cambie con la construcción del teleférico que llevan anunciando hace años.
Siguiendo los pasos de Vlad Tepes, recomiendo la visita al castillo de Hunedoara, donde estuvo encarcelado durante 7 años. Para muchos, el castillo más bonito de Rumania.
Sobre el lugar de entierro, hay también una teoría que sostiene que Vlad Tepes murió en un bosque cerca de Comana, un pueblo a 40 km. al sur de Bucarest, y que fue enterrado en el monasterio de Comana.
Más artículos y fotos sobre los lugares de Vlad Tepes: https://rumaniando.com/?s=tepes
Una buena lectura. Muchas gracias.