Clementine Hozier & Winston Churchill: amor verdadero

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Clementine Hozier con Winston Churchill, una semana antes de su matrimonio en 1908. (DP)

Un escarabajo se desplaza con lentitud cerca de sus pies. Se mueve con sus ágiles patas sobre el musgo que crece entre las losas de piedra que pavimentan el suelo. Clementine Hozier, sentada en el banco, apoya las palmas de sus manos sobre sus rodillas y escucha a Winston Churchill que, a su lado, no para de hablar. Están solos. Ya debe haber transcurrido más de media hora —calcula ella— y nada. Clementine, aburrida de la verborrea de su anfitrión, concentra su mirada en el insecto y piensa: «Si el escarabajo llega a la pared sin que Winston se me haya declarado, es que ya no lo va a hacer». Es el día 11 de agosto de 1908, poco más de las once de la mañana. Cae una leve llovizna y se han cobijado dentro del templo de la diosa Artemisa. Es una pequeña construcción que imita en su estilo un santuario griego. Tiene cuatro columnas jónicas y un único banco sin respaldo en el centro. El templo forma parte del palacio de Blenheim que es propiedad de la familia Churchill y se sitúa en el condado de Oxfordshire. Están cerca del edificio principal, pero a la suficiente distancia como para disponer de intimidad. Winston sigue hablando y el escarabajo se ha detenido. Clementine recuerda que Artemisa —también conocida como Diana por los romanos— es la diosa de la caza y de la virginidad. Artemisa es independiente y segura de sí misma. Clementine sabe que, a sus veintitrés años, tiene mucho en común con esa diosa. Por ese motivo, mientras sigue con sus bellos ojos el camino del insecto y escucha el discurso de su amigo, comienza a ponerse nerviosa. El papel de presa que espera ser cazada no va con su temperamento. Y lo peor es que el cazador no se decide a disparar. Como él no se lance de una vez, se levanta y se marcha. De hecho, en dos horas tiene que volver a Londres. Y ya son tres los días los que lleva en Blenheim como invitada. Winston ha tenido tiempo suficiente para declararse.

Winston pidió matrimonio a Clementine aquella mañana. Y lo hizo antes de que el escarabajo llegara a la pared del templo. La boda se celebró treinta y dos días después en la iglesia de Santa Margarita de Westminster. Se habían encontrado por primera en 1904, en un baile en la residencia de los marqueses de Crewe, en Londres. En aquella ocasión, Churchill no causó buena impresión a Clementine. Lo encontró arrogante e insustancial. Durante los cuatro años que mediaron entre el primer encuentro y la boda, Clementine se prometió con otros dos hombres. Fue ella la que rompió los compromisos —en uno de los casos, con los regalos de boda ya enviados— al entender que los candidatos no le convenían. Volvieron a coincidir en marzo de 1908, en una cena. Lo primero que le dijo Churchill —recordaría Clementine años después — fue: «¿Ha leído usted mi libro?». A pesar de eso, pasaron toda la velada hablando. Aquel día, Winston se enamoró de ella y ese amor se mantuvo vivo a lo largo de cincuenta y siete años, hasta la muerte del mandatario británico.

Winston Churchill

Durante la Primera Guerra Mundial, setecientos mil soldados británicos perdieron la vida y más de millón y medio resultaron gravemente heridos. Cerca del ochenta y cinco por ciento de los fallecidos tenia edades comprendidas entre los quince y los veintinueve años. Después de la guerra se habló de una lost generation (generación perdida) en referencia a que, según algunos historiadores, la mayor parte de los jóvenes que perecieron en la Gran Guerra pertenecían a las clases privilegiadas. Esos chicos que entonces estudiaban en la universidad, terminada su carrera, se hubieran incorporado a los mejores puestos de la administración, desempeñado altos cargos en las empresas privadas o llegado a ser importantes científicos. En definitiva, debían haber sido los que dirigieran el país. Reino Unido, si esto era cierto, había quedado huérfano de hombres bien preparados para llevar las riendas de su futuro. Esta teoría fue largamente discutida durante la primera mitad del siglo pasado. Estudios recientes como Britain Lost Generation of the First World War demuestran que no fue un mito.

En octubre de 1930, Winston Churchill publicó Mi juventud, unas memorias de sus primeros años de vida. Entonces Churchill tenía cincuenta y cinco años. Los diecisiete mil ejemplares de la primera edición se agotaron en pocos días. En dicho libro, que aún hoy es el más vendido del autor, se contaban sus hazañas en la guerra de los bóeres en Sudáfrica —donde fue hecho prisionero y logró escapar—  y más aventuras bélicas en otras colonias del Imperio británico. El volumen se abría con la siguiente dedicatoria: «A una nueva generación».

Uno de los pasajes más destacables de dichas memorias es el siguiente (Pág. 75 de la versión inglesa):

Venid jóvenes, hoy sois más necesarios que nunca para colmar el vacío de una generación esquilmada por la guerra. No perdáis ni un minuto. Debéis ocupar vuestros puestos en la línea de salida que marca el inicio de la lucha por la existencia. ¡De veinte a veinticinco! ¡Esos son los años cruciales! No os contentéis con el estado de cosas que se os presenta. «Vuestra es la tierra y cuanto hay en ella». Tomad posesión de vuestra herencia, asumid vuestras responsabilidades […]  Ni aceptéis nunca una respuesta negativa. Jamás os abatáis por el fracaso. No os dejéis engatusar por el simple éxito personal o la aceptación de los demás. Cometeréis toda clase de errores; pero si sois generosos y veraces, además de fieros, no podréis herir al mundo ni angustiarlo seriamente. La tierra ha sido hecha para ser seducida y cortejada por la juventud. Pues si ha vivido y prosperado ha sido solo como consecuencia de una serie de subyugaciones repetidas.

Es un mensaje para los jóvenes, una llamada a la nueva generación para que den un paso al frente y con urgencia asuman de forma valiente e inteligente sus responsabilidades. Pero, a la luz de su biografía, en estas palabras también se describe la actitud con que su autor se enfrentó a la vida; no solo siendo joven, sino a lo largo de toda su larga existencia. Churchill nunca se conformó con la situación si él pensaba que debía ser modificada. Utilizó todas las herramientas a su alcance para convencer al mundo de su valía y para persuadir a los demás de que tenía razón. En pocas palabras: nunca se rindió.

Winston Churchill nació en el palacio de Blenheim en 1874. Vino al mundo en plena época victoriana y forjó su carácter bajo la influencia de los valores y principios morales de aquel tiempo en Inglaterra. Haber alcanzado la madurez en el apogeo del Imperio británico, pertenecer a una de las naciones más ricas del mundo y tener antepasados que habían intervenido decisivamente en la historia lo hicieron sentirse un hombre marcado por el destino. Churchill era descendiente del duque de Malborough, que a comienzos del siglo XVIII tuvo una participación destacada en la guerra de sucesión española. Aquello de «Mambrú se fue a la guerra» viene de esa contienda y de aquel aristócrata inglés. La conciencia de pertenecer a una élite que por entonces controlaba el ochenta por ciento de las tierras y detentaba el poder político en el Reino Unido fue para Churchill, más que una excusa para una vida fácil y cómoda, el motivo de un sólido y decidido compromiso con el destino de su país. Consideraba —y lo puso por escrito— que los privilegiados como él estaban obligados a poner su vida al servicio del Imperio británico y de sus ciudadanos; incluyendo los no nacidos en las islas británicas.

Desde muy joven, Churchill fue consciente de sus capacidades. Muchos de sus contemporáneos lo tacharon de arrogante y de excesivamente ambicioso. Otros lo acusaron de poner sus intereses personales por encima de los de la nación. Incluso llegaron a señalarlo como «lunático y loco peligroso». Esas críticas nunca lo apartaron de su misión, de lo que él estaba convencido que debía hacer. Algunos de sus errores costaron miles de vidas (Galipolli), pero sus aciertos, su coraje y su capacidad de liderazgo salvaron el honor del Reino Unido y a sus conciudadanos de perecer bajo las bombas de los aviones nazis en la Segunda guerra Mundial. Winston Churchill combatió como militar en Sudáfrica, India, Cuba y Sudán. Escribió sesenta libros y miles de artículos. Dio centenares de discursos; fue nombrado ministro en tres ocasiones y llegó a presidir el gobierno en otras dos. Transcurridos cincuenta y cinco años desde su muerte y gracias a la última y definitiva biografía, Churchill, por Andrew Roberts, (Critica, 2019, traducción de Tomás Fernández Aúz) se puede afirmar sin miedo a equivocarse que el estadista británico consiguió sus propósitos y, en general, no defraudó al pueblo británico.

Una investigación histórica y psicológica de Winston Churchill permite señalar dos características fundamentales en su carácter: un nivel muy alto de energía física y mental y un sólido equilibrio emocional. La combinación de esas dos cualidades hizo posible un hombre como aquel. Toda esa fuerza, sin el elemento anímico, hubiera hecho del estadista británico un caballo desbocado incapaz de llevar a cabo sus planes. La mayoría de autores que han estudiado su trayectoria señalan su inmensa ambición, su gran ego y su afán de protagonismo como fuente de su vigor y de su empuje. Los hagiógrafos hablan de su patriotismo y algún biógrafo malintencionado llega a citar la megalomanía como estímulo. Poco se ha escrito, sin embargo, sobre su matrimonio con Clementine Hozier como fundamento de la vida de Winston y como la fuente principal de la entereza necesaria para entrar y salir más o menos indemne de todos los arriesgados proyectos que emprendió. En un mundo como el del siglo pasado, donde la contribución de las mujeres a la historia no era tomada en cuenta (menos aún si se trataba de una simple ama de casa), los méritos de Clementine Hozier fueron menospreciados. Hoy podemos decir que la intensa vida de Winston Churchill, conociendo bien sus virtudes, defectos y excesos, hubiera terminado muy mal si no hubiera contado con el amor (y el consejo) de su mujer. En este artículo nos incumbe analizar la calidad y características de dicha relación amorosa.

At Territorial Army maneuvers, 1910 (he was 35, she 24)

Amor verdadero

Tanto Winston como Clementine tuvieron una infancia infeliz. Lady Blanche Hozier, la madre de ella, había mantenido tantas relaciones extramaritales que su hija nunca llegó a estar completamente segura de quién era su verdadero padre. Los progenitores de Clementine se divorciaron en 1891, cuando ella tenía seis años. La norteamericana Jennie Jerome, la madre de Churchill, no fue a la zaga de su consuegra en lo referente a su vida sexual. Tuvo varios amantes, entre lo que se contaba el mismísimo príncipe de Gales, heredero al trono. Se casó tres veces; su último marido era más joven que su hijo. Con ocho años, Winston mandaba cartas a su madre pidiendo que fueran a visitarlo al colegio en el que estaba interno —«My dear mamma: I hope you will come and see me soon»—. Sus padres, con una vida profesional y social muy ocupada, no solo no lo visitaron, sino que casi nunca respondieron a sus cartas. La forma en que Churchill habla en sus memorias de Elizabeth Everest, su niñera, lleva a concluir que fue la única persona de la que recibió algo de cariño maternal.

Clementine y Winston tuvieron cinco hijos (Marigold murió con dos años). Habían tomado buena nota de lo ocurrido en sus respectivas familias y aprendido que la fidelidad entre los cónyuges es fundamento de una familia feliz. De ahí que se empeñaran en construir y en fortalecer su relación de pareja a lo largo de todo su matrimonio. La historia de los Churchill es un buen ejemplo para analizar cómo la voluntad es el motor de un amor verdadero y duradero. Pasaron por muchas dificultades a lo largo de su vida conjunta. Sus peleas, como cuenta su hija Mary, fueron numerosas y sonoras. Con gritos y portazos. Un día, Clementine lanzó un plato de espinacas a la cabeza de su marido. Tuvieron la tentación de buscar consuelo o desahogo en otras relaciones. Pero, conscientes del daño que a medio y largo plazo causarían a sus hijos y a ellos mismos, mantuvieron la lealtad mutua como pilar inamovible de su unión.

El amor verdadero, al contrario que el amor romántico, no es un fin en sí mismo. La llama que mantuvo viva la relación de los Churchill y el fruto que dio lo demuestra. Un amor verdadero es aquel que a lo largo de los años, y de forma desinteresada, busca la realización plena como persona del ser amado. De ese modo, contribuyendo a que el otro saque a la superficie su mejor versión como persona, el que ama termina también poniendo en práctica sus mejores capacidades. Así, el amor acaba dando sentido a la vida de los amantes. Clementine y Winston no hubieren sido los mismos por separado. Para que podamos calificar de verdadero un amor de pareja deben concurrir los siguientes elementos: admiración, lealtad, sinceridad e intimidad.

Admiración

Uno de los mayores errores de Churchill fue el intento de invadir Turquía en 1915, durante la Primera Guerra Mundial. Con lo que se llamó la campaña de Gallipolli, se pretendía ocupar el estrecho de los Dardanelos para acabar tomando la ciudad de Constantinopla (la actual Estambul). Si tenemos en cuenta el número de muertes que causó la campaña (sesenta mil británicos y ochenta y cinco mil turcos), se podría considerar que se trató de su peor equivocación. Entonces Churchill desempeñaba el cargo de primer lord del Almirantazgo (ministro de Marina). Dado que el frente occidental de la guerra había llegado a un punto muerto, se embarcó, contra la opinión de sus asesores, en una operación militar que según él acabaría con el Imperio otomano, sacaría a los turcos de la guerra y permitiría a los rusos, aliados de Inglaterra, una salida al Mediterráneo a través del Bósforo. Lo fines eran ambiciosos, pero los medios no estuvieron a su altura. La armada británica a su mando no era suficiente y se precisaba del apoyo del ejército. Kitchener, el secretario de Estado de Guerra (ministro de Defensa), no asignó a la operación suficientes efectivos terrestres. Aun así, Churchill decidió poner en marcha la acción bélica. En julio, varios meses después del inicio de la operación, cuando ya se comenzaba a vislumbrar que la idea de Churchill acabaría en un estrepitoso fracaso, Kitchener le pidió que personalmente visitara los Dardanelos para analizar sobre el terreno por qué no se estaban cumpliendo los objetivos. Winston sabía que en su viaje corría un riesgo alto y escribió una carta a Clementine. Le pidió que solo abriera el sobre si fallecía. La misiva, entre otras cosas, decía:

En general he sido feliz, y muy especialmente desde que te conocí, querida mía. Tú me has enseñado lo noble que puede llegar a ser el corazón de una mujer. Si hay algo en el otro mundo, cuidaré de ti. Entre tanto, pon tus ojos en el futuro, siéntete libre, mira por los niños, conserva mi memoria… Que Dios te bendiga.

Es fácil dar por sentado que Clementine admiraba a su marido. Pero los historiadores, hasta ahora, no habían dejado constancia de la admiración que él sentía hacia ella. En febrero de 1928, Clementine, que había sido diagnosticada de cáncer de mama, tuvo que someterse a dos mastectomías. Después de las intervenciones, Churchill escribió a su hijo Randolph: «Si algún día descubres —cosa de la cual no dudo— que eres un hombre que no conoce el miedo, sabrás de donde te viene esa cualidad». En 1934, en unas declaraciones al periódico News of the World, Churchill afirmó que su matrimonio discurría por cauces armónicos: «Ha sido el acontecimiento más dichoso y feliz de toda mi vida. ¿Acaso puede haber algo más maravilloso que recorrer el camino de la vida en compañía de un ser incapaz de un pensamiento innoble?».

El amor sin respeto mutuo es perecedero. Pero, si se quiere alcanzar una categoría superior de amor, es necesario que concurra la admiración. Dejó escrito George Sand que «el amor sin admiración es solo amistad». Y Platón, en El banquete, afirmó que para conseguir la Eudamonia (fin principal del ser humano que consiste en el bienestar y en el perfeccionamiento personal) es necesario un amor cuyo componente primero debe ser la admiración por las cualidades y virtudes del otro. De esa manera, en palabras de Platón, «el amor nos hace más completos». Cuando pasan los años y la belleza física y el sexo pierden protagonismo, es el descubrimiento y embeleso ante los atributos y aptitudes de la persona amada lo que fortalece y hace crecer la relación amorosa. Los largos años de matrimonio de los Churchill ofrecen un amplio y rico campo de observación para constatar la necesidad de la admiración como ingrediente imprescindible para un verdadero amor.

Lealtad

En diciembre de 1934, lord Moyne, rico heredero de la familia Guinness, invitó a los Churchill a un viaje de cuatro meses por las Indias Orientales Neerlandesas. El objetivo era traer a Inglaterra ejemplares vivos del dragón de Komodo. Winston, ocupado por la política y la redacción de varios libros, declinó la invitación pero animó a su mujer a unirse a la aventura. Clementine había sufrido problemas de salud y de estrés y su marido argumentó que el viaje le ayudaría a recuperar el sosiego. Después de atravesar el canal de Suez, el Rosaura, que así se llamaba el barco, se adentró en el océano Índico y luego en el Pacifico. Navegaron por delante de las costas de India, Birmania, Tailandia, Malasia, Indonesia, Borneo, Papua Nueva Guinea, Australia y Nueva Zelanda. Los fines de la expedición se cumplieron y al zoo de Londres llegaron dos dragones de Komodo, de los cuales, el de mayor longitud (dos metros) se mantuvo con vida hasta 1946.

Además de lord Moyne y su amante, en el barco viajaba otro invitado, Terence Philip, un marchante de arte de cuarenta y dos años. El señor Philip era soltero, alto, delgado, bien parecido, elegante y culto. «Lo contrario, en casi todos los aspectos, a su marido» apunta Sonia Purnel en Clementine, su biografía de la mujer de Churchill. Al comienzo del viaje, Clementine —que tenía cuarenta y nueve años— se quejaba por carta enviada a su marido de la situación: «Aunque hasta ahora me gusta lo que he visto del señor Philip, lo cierto es que no lo conozco muy bien, así que la idea de pasar los días en tête-a-tête con un extraño va a ser una lata (o eso supongo, porque no es algo que haya vivido nunca) mayor aún que la de la completa soledad». Trascurridas las semanas, su opinión sobre Terence, y sobre pasar tiempo con él, cambió radicalmente. «En los meses que duró el viaje, como es lógico, mi madre quedó románticamente prendada por él», «Fue un clásico idilio de vacaciones», escribió Mary Soames, hija de los Churchill, en su libro Winston and Clementine: the personal letters of the Churchills. Clementine, años después, describió así lo ocurrido: «Fue una verdadera relación de balneario».

En una parada en la ciudad de Madrás (India), fue tomada una foto de Clementine y Terence. Ella, ataviada con un vaporoso vestido blanco, se mostraba sonriente y ocupaba un lugar innecesariamente cercano a él. Aparecía radiante, esbelta, en lo mejor de su belleza. En sus cartas siguientes le contó a su marido lo bien que lo pasaba con su nuevo amigo en la pequeña piscina que el anfitrión instaló sobre la cubierta del barco. En otra misiva le relataba cómo perdió un pendiente en un picnic que celebraron en una isla de coral cerca de Sumatra: «Al regresar al barco me di cuenta de que había perdido un pendiente. Ya sabes que no soy nadie sin mi par de perlas en mis orejas. Así que Terence volvió y lo encontró».

De regreso a casa, Clementine trajo junto con su equipaje una paloma de Bali, una elegante ave exótica con plumaje entre rosa y beige. La paloma murió dos años después y fue enterrada en la casa de campo de los Churchill, en Chartwell. Clementine hizo colocar una pequeña lápida junto a la tumba con unos versos del poeta escocés William Paton Ker:

No es bueno vagar sin rumbo
Ni alejarse de los hombres sobrios
Pero hay una isla allá lejos
Pienso en ella de nuevo.

Andrew Robert, biógrafo de Churchill, no da crédito a que en aquel viaje se cometiera una infidelidad. Sonia Purnel, biógrafa de Clementine, niega que hubiera alguna prueba de relación sexual. Boris Johnson (actual primer ministro de Reino Unido), en su libro El factor Churchill, se refiere a ciertos rumores sobre las inclinaciones homosexuales de Philip. Y de manera más clara, Roy Jenkins, biógrafo y amigo de Churchill, afirma que no ocurrió nada y que todo fue una ingenua pantomima montada por Clementine que, al encontrarse en una edad en la que comenzaba a envejecer, intentó dar celos a su marido. En ningún momento Churchill se sintió celoso; conocía muy bien a su esposa.

Recientemente, se ha publicado que en 1933 Churchill mantuvo un romance con lady Doris Castlerosse. Esta señora (que entonces tenía treinta y dos años y había mantenido un reciente idilio con Randolph, hijo de Winston) se había separado del vizconde de Castlerosse y había pasado a desempeñar tareas de secretaria privada del mandatario británico. Como pruebas del affaire se aportó el que ella contara a su sobrina y a su hermana que había sido amante de Churchill y que Jack Colville (ayudante de este último) diera a entender en una conversación privada de 1985, siendo un hombre mayor, que esa aventura era real. Se citó además el hecho de que Churchill y Doris intercambiaran numerosas cartas y telegramas y que Winston le hiciera tres retratos al oleo. La realidad fue que al mandatario británico le divertía el temperamento alegre y chispeante de Doris. Quedó finalmente demostrado que solo mantuvieron una relación de amistad y así lo afirma Andrew Roberts en su biografía. Doris Castlerosse fue la tía abuela de la supermodelo Cara Delevigne. Ese hecho también se apunta por parte de Andrew Roberts como una explicación a la reciente repercusión que esos supuestos amoríos tuvieron en los medios de comunicación.

La lealtad se define como la devoción o el sentimiento de apego hacia otra persona que se traduce en el apoyo firme a los intereses del otro. Esta cualidad, para ser ejercida, requiere un acto ininterrumpido de voluntad y lleva incluidas otras virtudes como la sinceridad, la honestidad y la fidelidad. En el matrimonio que nos ocupa la lealtad se mantuvo inquebrantable, y en los dos sentidos, a lo largo de los años.

Winston and Clementine campaigning in his Woodford constituency in 1945

Sinceridad

Esta cualidad es un ingrediente de la lealtad, pero en el caso de la relación de pareja que aquí analizamos merece un capítulo aparte.

Después de la Segunda Guerra Mundial, consciente de la gran tensión bajo la que habían vivido sus padres y a la vista de que muchos matrimonios de su entorno se estaban rompiendo, Mary Soames escribió una carta a su madre con la intención de animarla:

A pesar de todas sus dificultades —su temperamento autoritario y exasperante— él realmente te quiere y te necesita mucho. Sé que a veces has deseado la felicidad tranquila y banal de estar casada con un hombre normal en lugar de los esplendores y las miserias que conlleva estar unida a un ser vehemente como mi padre. Pero los dos sois animales nobles, me tienes que admitir que vuestros caracteres son semejantes. (…) Tu triunfo es que has llegado a ser todo para papá sin traicionar tu alma, sin ser infiel a tus ideas.

Quizás la mejor cualidad de Clementine Hozier fue la franqueza. En todo lo que tuvo que ver con su marido y con su familia expresó siempre su opinión. Dijo lo que pensaba, aunque al hacerlo perjudicara sus propios intereses a corto plazo o generase serios conflictos con su marido y con sus hijos. Clemetine Hozier es la demostración de que, si una persona solo busca hacer el bien, no debe tener miedo a dar su parecer.

Después del fracaso militar en los Dardanelos, tras ser obligado a dimitir como ministro por el Comité de Guerra, Churchill se volvió a alistar en el ejército. Pidió reincorporarse a su batallón. El 18 de noviembre de 1915, el comandante Winston Churchill, vestido con el uniforme de voluntario del 4º Regimiento de Húsares de Oxfordshire de Su Majestad, se presentó en el cuartel general de Saint-Omer, en el frente bélico de Francia. Hizo el saludo militar preceptivo ante sir John French, comandante en jefe de las fuerzas británicas en Francia, que le dio a elegir entre un puesto en el Estado Mayor o el mando de una brigada sobre el terreno. Churchill eligió la segunda opción.

No estaba obligado a unirse a las tropas. Si lo hizo fue porque le parecía la postura más honorable. Como primer lord del Almirantazgo había enviado decenas de miles de hombres a arriesgar (y dar) su vida por su país. No podía quedarse en casa a salvo de las bombas mientras sus compatriotas seguían cayendo en el campo de batalla. Por ese motivo, una vez en el frente, prefirió un puesto en primera línea. De hecho, pudo haber muerto o ser herido en tres ocasiones a causa de explosiones o balas perdidas.

Durante los seis meses que peleó contra los alemanes envió más de cien cartas a Clementine. En ellas, además de decirle reiteradamente lo mucho que la echaba de menos y que besaba su foto todas las noches, escribió que se sentía «muy feliz» allí porque «había olvidado lo que significa estar libre de preocupaciones. Esta es una bendita sensación de paz». Y añade: «No me explico cómo he podido pasar tantos meses sumido en esa desdichada impotencia en lugar de haberlos dedicado a la guerra». Aprovechó sus cartas para pedir que le mandasen «botes de carne cocinada, latas de sardinas, chocolates, cigarros puros, una máquina de escribir, queso de Stilton, uvas y tres botellas de brandy». En otra carta solicitó que cada diez días le enviaran «libros de Shakespeare».

El mismo día en que Kitchener, el ministro de Defensa británico, dio la orden de evacuar todas las tropas de los Dardanelos (lo que certificaba definitivamente el fracaso de la operación de Gallipolli iniciada por Churchill) este último, desde una trinchera del frente occidental, escribió a Clementine: «A pesar de que los cadáveres sobresalgan del suelo, el agua y la cochambre que todo lo invade; a pesar de los tropeles de gigantescas ratas y de los envenenados chirridos de las balas que nos pasan zumbando por encima de la cabeza, resulta que en medio de este dantesco escenario y de los males que nos acechan, agudizados por la humedad, el frío y las mil pequeñas incomodidades del día a día, he encontrado la felicidad y una alegría que llevaba muchos meses sin conocer». Winston Churchill en su máxima expresión.

El 5 de marzo de 1916, Churchill volvió a Londres con un breve permiso. Aprovechó para pronunciar un discurso en la Cámara de los Comunes, de la que continuaba siendo parlamentario, y para reunirse con varios integrantes del gobierno. La política volvió a entrar en su cabeza y la idea de dejar el ejército y regresar al parlamento empezó a crecer. Churchill contó a su mujer desde el frente sus inquietudes y deseos de reincorporarse a la vida civil. Habían pasado solo dos meses y medio en la guerra. Clementine, aunque gracias a las cartas de su marido conocía con detalle el peligro que corría cada día, se mantuvo firme y le ofreció uno de los mejores consejos de su vida:

Si anticipas en exceso tu regreso a la Cámara de los Comunes, todo el mundo te tomará por un aventurero, mientras que si continuas en el frente te encontrarás en una posición honorable y comprensible hasta el momento en que una parte de la nación solicite que prestes tus servicios al Estado. Si vuelves antes de que se produzca ese llamamiento, podrías perjudicarte (…). Amado mío, aunque solo sea una vez en la vida, te ruego que seas paciente. Todo llegará si sabes esperar (…). No podría soportar que perdieras tu aureola militar (…). Siempre has sido un hombre interesante, ten también grandeza, mi amor.

En una situación tan difícil, Clementine demostró su lealtad a la persona que amaba. Ella estaba enamorada de un hombre valiente, honorable y consecuente; no de un aventurero ventajista con afán de protagonismo. En el corto plazo, como cualquier mujer apasionada por su marido, deseaba su vuelta. Pero eso no era lo más importante. Cuando el amor deja de ser un fin en sí mismo y se convierte en un medio para alcanzar fines superiores, actuar en función de deseos inmediatos acaba por desnaturalizar ese sentimiento de admiración necesario para el amor verdadero.

En plena Segunda Guerra Mundial, el 10 de mayo de 1940, Churchill fue nombrado primer ministro de Reino Unido. Tres días después, pronunció ante la Cámara de los Comunes su más famoso discurso: «No tengo nada más que ofrecer que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor». El momento era crítico y había que decir la verdad a la nación. En pocos días las tropas alemanas habían ocupado Holanda y Bélgica y avanzaban sin oposición por el territorio francés. La última semana del mes, trescientos mil soldados franceses e ingleses fueron acorralados en Dunkerque, en la costa francesa frente a las islas británicas. La situación era desesperada. En la que fue una de sus ideas más geniales, Churchill pidió a los ingleses que tuvieran cualquier tipo de embarcación que cruzaran el canal para colaborar en el rescate de las tropas. Al tiempo, se ordenó a dos mil soldados hacer frente a los nazis en Calais, lo cual permitió ganar tiempo y conseguir la evacuación de Dunkerque. Los hombres que defendieron la ciudad de Calais fueron aniquilados. El instante más oscuro, libro de Anthony McCarten, describe con detalle lo ocurrido en aquellos difíciles días (basada en este libro se hizo una muy recomendable película protagonizada por Gary Oldman, como Churchill, y Kristin Scott Thomas en el papel de Clementine). Como es fácil comprender, la tensión que se vivió en el búnker desde el que Churchill y su Estado Mayor daban las órdenes fue muy alta. Debido al estrés sufrido, Winston llegó a caer enfermo en esos días. En la película se puede apreciar la manera en que el dirigente británico trataba a sus colaboradores.

El 27 de junio de ese mismo año, pocas semanas después de aquellos días angustiosos, Clementine mandó a su marido la siguiente carta.

Cariño mío:

Espero que me perdones, pero tengo que decirte algo que debes saber. Uno de tus colaboradores (amigo leal) ha venido a comentarme que existe el peligro de que tus colegas y colaboradores acaben disgustados contigo por esos modales tuyos tan altaneros y sarcásticos. (…) Me he quedado de una pieza y muy preocupada, porque durante todos estos años he estado acostumbrada a que todos los que trabajaban contigo o a tus órdenes te tuvieran un cariño especial.

Y sí, mi querido Winston, he de confesar que yo también he percibido el deterioro en tu comportamiento; no eres tan bondadoso como antes.

Es a ti a quien corresponde dar las órdenes, y puedes despedir a cualquiera que no las cumpla —con excepción del rey, el arzobispo de Canterbury y el presidente de la Cámara—. Pero precisamente porque posees ese poder, tienes que mezclar la gentileza con la bondad e incluso con la calma olímpica, cuando te sea posible. Eras tú quien decía que «Solo por la calma se reina sobre las almas». No soporto la idea de que no te admiren y respeten quienes sirven al país y te sirven a ti…

Perdona, por favor, a tu leal y atenta

 Clemmie

Es muy posible que la carta sentara mal a Churchill. Clementine conocía de antemano el efecto que causarían sus palabras. De ahí que se disculpe tanto al comienzo como al final de la misiva. Pero estaba cumpliendo con su deber. Una vez más, debía recordar a su marido que él no era de ese modo como se estaba comportando, que ella amaba a otro hombre, a alguien educado, considerado con sus subordinados y capaz de auto controlarse. Clementine, por el bien de su relación amorosa, necesitaba seguir admirando a Winston. Debía corregirlo, aunque doliera.

Intimidad

Por su propio significado, la intimidad como ingrediente del amor verdadero es el más difícil de comprobar. Si una pareja expone su intimidad al libre escrutinio de los demás deja de ser intimidad. Otra dificultad reside en el hecho de que los dos integrantes de la pareja eran ingleses de clase alta que vivieron su amor durante la primera mitad del siglo XX. Hay pocas pruebas de que Clementine y Winston disfrutaran de ese ámbito privado y cómplice en el que con libertad absoluta una pareja expresa sus sentimientos y desata la pasión mutua. La escasez de pistas y la larga duración de su compromiso constituyen las mejores pruebas de la existencia de esa intimidad. Aun así, recientemente se ha publicado correspondencia que nos ofrece algunos indicios.

Mary Soames, una de las hijas del matrimonio, editó una selección de las cartas intimas que la pareja intercambió. El libro, Winston and Clementine: the personal letters of the Churchills, llegó a las librerías de Reino Unido en 1998 y revela que, a pesar de la vida pública tan ajetreada que llevó siempre Winston y de los muchos viajes y compromisos sociales que esa vida pública trajo consigo, los Churchill supieron mantener un espacio íntimo compartido. En el libro se reproducen las cartas incluyendo, en muchas de ellas, los dibujos que los corresponsales hicieron al final de las misivas, junto a la firma. Gracias a ello podemos obtener datos sobre el cariño con que siempre se trataron.

Se llamaban apodos cariñosos. Él era «cerdito» y ella «gatita». Clementine termina una carta de 1909 de la siguiente manera: «My beloved Pug take great care of yourself— your cat sends you all her love with a great many kisses. The Clem-Pussy- Bird». Y firma con el dibujo casi infantil de un gato con un gatito bajo su cola y con «kat and kitten» (gato y gatito). En septiembre de ese mismo año, al cumplirse el primer aniversario de boda, Winston le escribe: «Mi más íntimo deseo es penetrar aún más profundamente en tu corazón y en tu naturaleza y arrebujarme entre tus brazos. Me siento tan seguro contigo que, en tu presencia, no tengo que utilizar ningún tipo de disfraz. Has sido tan dulce y buena conmigo que me siento incapaz de expresar lo agradecido que me siento hacia ti». Un año después del matrimonio es común llamarse con esos apelativos cariñosos. Lo inusual es mantenerlos a lo largo de más de cincuenta años.

Numerosos biógrafos de Churchill apuntan que no se sintió nunca muy atraído por el sexo opuesto. Alguno de ellos llega a decir que fue un hombre «asexuado». Mary Soames, su hija, afirma que su padre nunca fue un ladies man, pero que admiraba a las mujeres bellas e inteligentes. Boris Johnson argumenta que, tan ocupado como siempre se mantuvo, simplemente no tuvo tiempo para dedicarse a los esfuerzos que una doble o triple vida requiere.

Estando Churchill en el frente francés durante la Primera Guerra Mundial, Clementine se queja por carta de la poca intimidad que han podido disfrutar durante los tres días de permiso de los que Winston dispuso y a los que hacemos referencia más arriba. Esta sería la única referencia por escrito que ella hizo en toda su vida al componente sexual de su matrimonio: «La próxima vez que volvamos a vernos espero que tengamos algo de tiempo para estar los dos solos. Todavía somos jóvenes, pero el tiempo vuela y nos roba el amor, dejándonos solo la amistad, que es un sosegado consuelo, pero que no resulta tan estimulante ni tan cálida». Churchill le respondió: «Querida mía: no hables de amistad conmigo. Te quiero más cada día que pasa y necesito más que nunca tu presencia y tu belleza». Él tenía treinta y nueve años y ella diez años menos.

Cuando Churchill ya había cumplido los ochenta y ocho años y era consciente de que estaba perdiendo facultades a la hora de expresar sus ideas por escrito, mandó esta nota a su mujer con ocasión de su septuagésimo cumpleaños:

Cariño mío:

Esto no es más que para darte
Mi mejor amor y mis mejores besos
Cien veces repetidos
Escribiendo no soy muy divertido
Ni profundo, pero mi pluma
Mientras escribe
Lleva consigo mi corazón.
Tuyo desde siempre y para siempre

W.

Winston Churchill murió dos años después, en 1965. Clementine Hozier continuó con vida doce años más, falleciendo el 12 de diciembre de 1977. En aquello últimos años su hija Diana se suicidó y su hijo Randolph murió de un ataque al corazón. Clementine afrontó las dos pérdidas con remarcable entereza. Afirmó el pensador chino Lao-Tse que «Ser profundamente querido por alguien te da fortaleza, y querer profundamente a alguien te da coraje». El amor de los Churchill continuó dando fruto aunque faltara uno de ellos. Clementine y Winston fueron enterrados en la misma tumba en la iglesia de San Martín, en Oxforshire, muy cerca de donde él le declaró su amor por primera vez.

Sir Winston and Lady Churchill at London Airport for a Mediterranean cruise

Epílogo

Entre 1919 y 1921, el escritor Rudyard Kipling formó parte de una comisión que, presidida por Winston Churchill en calidad de ministro de Defensa, se ocupó después de la Gran Guerra de honrar la memoria de los fallecidos en acto de servicio. Kipling había perdido a su hijo John, de dieciocho años, en la batalla de Loos de septiembre de 1915. Antes de que todo aquello ocurriera, en 1910, Kipling publicó su conocido poema «If». El poema comienza así: «Si puedes mantener la cabeza en su sitio cuando todos a tu alrededor/ la pierden y te culpan a ti./ Si puedes seguir creyendo en ti mismo cuando todos dudan de ti». Continua con: «Si puedes encontrarte con el triunfo y el fracaso/ y tratar a esos dos impostores de la misma manera». Y termina de esta manera: «Si puedes caminar junto a reyes, sin menospreciar por ello a la gente común/ Si ni amigos ni enemigos pueden herirte / tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella, / y —lo que es más—: ¡serás un hombre, hijo mío!». Churchill admiraba a Kipling y citó este poema en numerosos discursos y artículos. En 1937, en una cena, dijo que «todo buen británico debe, en algún momento de su vida, aprender de memoria el poema «If»». Es evidente la influencia que el poema de Kipling ejerció sobre la mente de Churchill cuando redactó las palabras que en su libro de memorias sobre sus primeros años dirigió a los jóvenes (ver comienzo de este artículo). Churchill consiguió ser un hombre. Con sus defectos y sus virtudes; con sus excesos y su gran sensibilidad, Winston Churchill es uno de los mejores ejemplos de ser humano de los que disponemos en la actualidad. Pero una persona se hace gracias a sus circunstancias y, entre ellas, las más importantes son las personas con las que comparte su vida. Sin Clementine Hozier a su lado todo hubiera sido muy diferente.

Por Ana, que está siempre ahí


Posfacio

En 1907, el premio Nobel de Literatura se concedió a Rudyard Kipling, el primer inglés en recibirlo. Winston Churchill lo ganó en 1953.

Bibliografía:

Churchill: A Biography. Autor: Roy Jenkins. Editorial: Plume, 2002;  1001 páginas

Clementine. The life of Mrs. Winston Churchill. Autora: Sonia Purnell. Editorial: Viking, 2015, 436 páginas.

El factor Churchill. Autor: Boris Johnson. Editorial: Alianza, 2014; 471 páginas

CHURCHILL. Autor Andrew Roberts. Editorial Crítica, 2019; 1478 páginas

Winston and Clementine: the personal letters of the Churchills. Autora: Mary Soames. Editorial: Doubleday; 702 páginas.

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35 Comentarios

  1. Causa pasmo encontrar un artículo laudatorio a uno de los genocidas de mediados del siglo XX, fan absoluto de Mussolini.
    Una exposición de sus crímenes sistemáticos en contra la humanidad (en particular la asiática) la encontrará en:
    http://amistadhispanosovietica.blogspot.com/2017/09/un-carnicero-genocida-y-filofascista.html
    Al final de ese artículo, encontrará muchas perlas de las que escribió.
    Dudo que la fidelidad de un hombre a su esposa sea eximente de los crímenes de guerra que origine.
    Le dejo otro enlace de postre:
    https://en.wikipedia.org/wiki/Bengal_famine_of_1943
    Hay que tenerlos muy cuadrados para hacer el encomio de semejante carnicero.

  2. Es cierto que Winston Churchill cometió gravísimos errores a lo largo de su vida. Y algunos de ellos costaron muchas vidas. En el artículo destacó alguno de ellos. Le voy a contar alguno más: Fue racista (se opuso con todas sus fuerzas a la autonomía de la India). Fue un misógino (luchó contra el voto femenino y las sufragistas lo odiaban). Le puedo citar algunos más. Al final de mi artículo afirmo que WCH es uno de los mejores ejemplos de hombre que tenemos. Con sus virudes, defectos y excesos. Hizo cosas muy buenas y muy malas. Mi propósito no era analizar la figura histórica de Curchill (de sobra estudiada), sino su relación conyugal y su efecto sobre un hombre muy relevante en la historia del siglo XX. Y también quería destacar la valía como persona de Clementine Hozier, siempre a la sombra del mandatario británico.

      • No me valen sus ejemplos. Esas mujeres fueron cómplices de dictadores. En el Reino Unido, por entonces, como ahora, había una democracia. Con una Cámara de Lores muy criticable y con un colonialismo muy poco potable, es verdad. Pero una democracia al fin y al cabo. Por ello no le acepto poner a Clementine Hozier (bastante más liberal y defensora de los derechos humanos y de las minorías que su marido) al mismo nivel que esas mujeres.

        • Si Carmen Polo no hubiera estado cierto día de marras en el Paraninfo de la universidad de Salamanca, Millán Astray le habría pegado un tiro en la cabeza allí mismo a Miguel de Unamuno. ¿No le vale el ejemplo?
          Pero el tema es que Churchill fue un genocida, un ASESINO DE MASAS, como Stalin o Hitler. Y la democracia inglesa se circunscribía estrictamente a la isla, no al imperio. Oiga usted, que sólo en la India fue directamente responsable provocó la muerte de dos millones de personas por hambre. Que, además, arrasó a la población civil alemana durante los tres últimos meses realizando más bombardeos que durante todos los años anteriores juntos para que no quedara patrimonio alguno en Alemania. Que entra por derecho propio entre el Holocausto y Holodomor. Que Franco era a su lado un aprendiz muy poco aventajado y Slobodan Milošević, casi un benefactor. Y que usted escribe «Winston Churchill es uno de los mejores ejemplos de ser humano de los que disponemos en la actualidad.» ¡Si era un genocida hijoputa miserable! ¿Cómo escribe usted eso?

          • Ya salió Stalin.
            Pero dejen en paz al vencedor de los nazis.
            Nada más que por eso debería tener una estatua en cada plaza de Europa.

            • Otra idiotez de calibre. ¿Ha oído hablar de las «purgas»? Asesinaba rusos por cupo, hasta el extremo de que nadie, ni siquiera Hitler mató a tantos. Fue responsable del genocidio en Ucrania («Holodomor «). Por no hablar de que estuvo entre los países colaboracionistas. El pacto Ribbentrop-Mólotov no sólo consistió en partir en dos a Polonia (donde Stalin perpetró la «Zbrodnia katyńska»), sino en proveer a la Wehrmacht de los materiales industriales necesarios para barrer de Europa todos los gobiernos parlamentarios. Sus gulags fueron visitados por las SS para copiar la estructura y administración precisa para los campos de exterminio. Cambió de bando a última hora, cuando lo atacaron. Era peor que Hitler. Retiraron su estatua hasta en su ciudad natal.

              • «Idiotez» sobre todo su forma de expresarse, si me permite, que va muy subido de tono, con independencia de lo que diga.
                Para tanta sensibilidad humanitaria emplea la injuria con mucha soltura.
                Es difícil poner tantos errores históricos en tan pocas líneas.
                Me da la impresión de que solo escribe a partir de lo que ha leído en la prensa amarilla
                Lo del «cupo» da risa, es tan rastrero (acepción 2, de vuelo bajo) desde todos los aspectos, que es risible, sobre todo intelectualmente.
                Stalin, que fue un tirano (y uso este término descriptivamente), lo hizo todo (lo bueno político y lo malo moral) por el pueblo soviético (desde Vladivostok a Kaliningrado) primero y por todos los trabajadores del mundo después. Decir que mataba a su población por cupos es delirante y ridículo.
                Sobre Ucrania le remito a Douglas Tottle y la obra Fraude, hambruna y fascismo: el mito del genocidio ucraniano de Hitler a Harvard. Ahí verá lo mucho que tiene que ver la «hambruna» y W.R. Hearst.
                Lo del dichoso pacto ya es un tópico negrolegendario anticomunista tan pobre que clama al cielo. Stalin estuvo casi implorando hasta pocos días antes de la firma que Francia y RU pactasen con él frente a Hitler; hasta mandaron esos países una legación en barco ese verano, más con la intención de marear la perdiz que de llegar al acuerdo. Francia y RU tenían firmados con Alemania exactamente los mismos tipos de Tratado de No Agresión que el Ribbentrop-Molotov. Aislado de la alianza con Francia/RU, Stalin hizo lo que tenía que hacer militarmente, con independencia de consideraciones ideológicas, buscar tiempo y acabar de preparar la defensa.
                El GULAG no era un conjunto de campos de exterminio, eran campos de concentración y trabajo. Y el número de víctimas incomparablemente menor. En los veinte años en todos los campos Gulag hubo menos muertos que en Auschwitz. Deje de atender las paridas de Solzhenytsin (novelista novelero), Escohotado (filósofo fumado) y Losantos (periodista infatuado) y lea historia: Victor Zemskov o Grover Furr, por ejemplo.
                La pasada semana se cumplió el 75º aniversario de la Victoria, la cual celebran con gran esplendor en Rusia y otros países eslavos. En 1945 la opción pública occidental en su gran mayoría tenía clara que dicha victoria había tenido lugar con el protagonismo indiscutible de la URSS y Stalin. Hoy, tres cuartos de siglo después, tras muchas películas y propaganda se le da más valor al día D que a Kursk y Stalingrado.
                Echen un vistazo al número de soldados y civiles muertos de cada país y verán quién ganó la guerra: tan fácil como sumar dos y dos.
                Y definitivamente eso es lo que jode, que nuestra civilización, frente al repugnante y criminal nazi-fascismo, fue salvada por el Padrecito y sus hijos.
                Salud (y deje de hablar de «idioteces», que es muy feo)

                • Aparte de exhibir su fanatismo, usted no cita fuente alguna. No sabe nada. Sólo de literatos. Y consignas genocidas («hizo lo que tenía que hacer»).
                  Desde 1993 los datos están a disposición para la investigación los archivos de la URSS. Hay que saber ruso.
                  Eso sí, el primero en hablar de los cupos fue Jruchov. Unas cuantas fotos fueron publicados por Правда siguiendo las directrices de la Гласность de Mijaíl Gorbachov y de ahí, a las rotativas del resto del mundo.
                  Hasta donde llega mi conocimiento Andrei Zhukov es uno de los pocos que ha seguido el arresto de alrededor de 1,5 millones de ciudadanos soviéticos y la ejecución de 700.000 de ellos sólo entre 1937-1938, gracias a su «Padrecito». El proceso científico es costoso y su recopilación le ha llevado 27 años.
                  A usted no le va la historia, sino la historieta.

                  • Bueno va, qué andanada de ponderados juicios historiográficos.
                    Está usted ofendidísimo con todo, le va dar un jamacuco.
                    Aquí el que huele a fanático más bien es usted con el tonito que emplea para todo.
                    Ya me gustaría a mí (por morbo y entretenimiento, que estamos confinados) ver de qué pie cojea.
                    Usted no defiende a ningún criminal, seguro, ya, ya, viene del espacio, donde todo el mundo es puro.
                    Bien.
                    He dado referencias varias veces, ni más ni menos que usted.
                    Usted no sigue un hilo, suelta perdigones en su balbuceo ofendido
                    Si dice esas chorradas después de mi entrada, no voy a seguir echando margaritas a los cerdos.
                    Que le den viento fresco, negrolegendario (eso sí que es ser fanático)
                    (Por cierto, gloria a Zhukov, Georgui, el Mariscal).
                    Salud, camarada.

                    • Usted cita literatos, pero no fuentes.
                      De la desclasificación de archivos de la URSS usted no sabe nada. Ni siquiera sabía que los cupos de asesinados eran públicos desde la época de Gorbachov. Probablemente él tendrá más conocimiento que usted. También de ruso.
                      Tampoco sabe llevar una discusión racional. Intercalar bobadas y exabruptos, sí que sabe en cuanto no siguen su guión y sus fantasías. Al menos uno por frase: «ofendidísimo», «jamacucos», «tonito», «morbo», «de qué pie cojea», «viene del espacio», «suelta perdigones», «balbuceo ofendido», «margaritas a los cerdos», «que le den», «negrolegendario».
                      Pero el problema sigue siendo el mismo: ¿y los datos? ¿qué datos maneja usted?
                      Ninguno. Usted no sabe nada.

                    • Dios santo, qué obtusa es esta alma bella y qué contumaz.

                      Tanto hablar de fuentes, mencionarle a Zemskov y como si oyera llover.

                      https://en.m.wikipedia.org/wiki/Viktor_Zemskov

                      https://rebelion.org/los-muertos-de-stalin/

                      http://ecsocman.hse.ru/socis/msg/276748.html

                      https://macarronesleninistas.wordpress.com/2013/02/05/gulag-i/

                      Ahora dirá no sé qué. Que faltan datos y he escrito «contumaz».
                      Este señor es del tipo «Dale la burra la vuelta al trigo»

                      Los datos dicen que los famosos 100 millones se los creen los perezosos intelectuales, que no saben sumar y restar, como usted.

            • Que insultar ya sabemos que sí sabe. Además, que es casi lo único que sabe. Pero eso no reemplaza a los datos.
              Ha vuelto usted a darse un escopetazo en el propio pie. A propósito de la primera referencia que cita, la wikipedia (vaya nivel intelectual) lea usted el párrafo de la nota 9 y a pie de página, el documento referenciado.
              Hay un traductor para el ruso en google.
              La suerte tampoco le acompaña.

              • ¿Pero qué dice? Se va a morder la lengua y va a tener un derrame.
                Esta que se agarra con las uñas a cualquier rebaba.
                Para el ruso, inglés y francés me basto en familia, afortunadamente.
                Zemskov no es precisamente comunista, lo que dice es que los datos (con fuentes, como a usted retóricamente le gusta y a mí sin retórica) que maneja la gentecilla negrolegendaria son disparatados.
                No ve los datos porque no los quiero ver, no se entera porque no se quiere enterar.
                Aquí hay también a manta datos y es muy sobrio y morigerado, a ver qué saca ahora.
                https://antoniofernandezortiz.com/
                Suerte.

                • De la wikipedia que usted citó: «Viktor Zemskov, quien publicó muchos documentos de la NKVD y la KGB, está muy lejos de comprender la esencia del Gulag y la naturaleza de los procesos sociopolíticos en el país. Sin distinguir el grado de precisión y fiabilidad de ciertas cifras, sin hacer un análisis crítico de las fuentes, sin comparar datos nuevos con información ya conocida, Zemskov absolutiza los materiales publicados presentándolos como la verdad última. Como resultado, sus intentos de hacer declaraciones generalizadas con referencia a un documento en particular, por regla general, no aguantan».
                  Lea usted lo que usted mismo cita.
                  Mala suerte. Puede usted seguir insultándome en cada frase. Da igual. Usted no aporta ningún dato. Salta de unas cosas a otras. No posee criterio. Ni es capaz de juicio crítico.
                  No sabe usted nada.

                  • Vaya, usted lo sabe todo. Sabe relacionar, tiene juicio crítico y no insulta nunca. Lamento profundamente la temprana muerte de su abuela y su actual soledad.
                    No puede usted contradecir mis datos porque la alternativa es aceptar los discursos de Solzhenitsyn, Conquest y el infausto Libro negro llenos de cifras tan desmesuradas y absurdas que no se compadecen con la victoria en la guerra, el desarrollo de los 50, los logros de la carrera espacial y los censos oficiales.
                    Pero usted no se entera de las cifras que le contradicen porque no quiere, porque leer a Fernández Ortiz o a Daniel López Rodríguez no va con su nariz levantada de malhuele.
                    Lea lo que no cuadra con sus prejuicios, a ver si así amplia su visión.
                    Salud, camarada.

          • Qué barbaridad, lo que hay que leer. Ve usted una película (Mientras dure la guerra) y ya lo asume como el relato histórico.

            Sepa que Millán Astray y Unamuno acabaron el debate dándose la mano y no salió escoltado por Carmen Polo sino por su hijo, que sencillamente fue a buscarlo y salieron andando.

            Hágase un favor y deje las críticas feroces y posturas extremas para otros fueros (le recomiendo forocoches), y aquí venga ya desfogado y a decir las cosas con un mínimo de raciocinio (y conocimiento).

  3. Desde luego Winston Churchill fue mucha mejor persona que los comentaristas que leo aquí arriba, por las que manifiesto mi más olímpico desprecio. Hacia sus opiniones, y por si quedaban dudas, también hacia sus personas.

    • Vaya, cuando decía sus lindezas sobre los hindúes y demás, era una maravillosa persona racista. Y cuando bombardeaba civiles alemanes de modo terrorista, era un maravilloso «¿?». Cuando mataba griegos comunistas, era un maravilloso limpia-rojos criminal. Olímpicamente, aplíquese el cuento.

  4. Que Churchill tiene claroscuros no es nuevo. Que había mucho británicos que dudaban de él en el 40 con el historial que tenia tampoco. El problema es que si la vara de medir que se le aplica es la del padrecito Stalin….
    Máximo, yo estoy muchas veces de acuerdo con sus opiniones (en lo referente al nacionalismo sobre todo), pero creo que las hambrunas de Ucrania fueron responsabilidad suya. Supongo que lo habrá hecho, pero recomendaría leer Vida y destino de Grossman.
    La campaña del bombardero Harris no tiene un pase. Pero tampoco lo tiene la matanzacdel bosque de Katyn, o las violaciones masivas de las alemanas, o el lanzamiento de las bombas atómicas.
    Hay montón de esqueletos en todos los armarios.
    De todos modos la figura es fascinante y el artículo me ha gustado mucho.

    • Sí, lo tengo leído y regalado a mi hija.
      Los kulaks ucranianos eran un pelín revoltosos. Para alcanzar las cotas de productividad para alimentar a obreros de las industrias y al ejército en construcción, la colectivización fue forzosa. No fue una fiesta, hubo muchos muertos. Pero ni hubo hambruna con la dimensión que se dice, ni se pretendió matar de hambre, eso es sencillamente falso. Casi todas las fotos en las que se basaron para la campaña en los medios de Hearst eran fotos de la guerra civil en la misa Rusia, 10 antes, y de la 1ª GM en el antiguo Imperio austro-húngaro.
      Le pongo el pero de las violaciones masivas, otro mito, tanto o tan poco como cualesquiera otros (una vez ya es inaceptable).
      Precisamente hoy estaba leyendo en el ABC sobre las violaciones de los yanquis en Francia y resto de Europa tras el Día D: a mansalva y desproporcionadamente condenados soldados negros. La cifra que daba el artículo era 17.000 mujeres, Otro libro de una historiadora alemana habla de más de 800.000 en toda Alemania por todos los aliados, no los soviéticos sólo.
      Lo demás habría que discutirlo poco a poco.
      Lo que digo de Stalin es que su figura habría que analizarla con más frialdad. Anselmo Santos, Antonio Fernández Ortiz, los citados Zemskov y Furr… Que cometió crímenes es innegable, pero la cuestión es si fue un gran gobernante o no. Yo, por supuesto, creo que sí, levantó una potencia de una país casi feudal; preparó militarmente a la nación frente a lo que se le avecinaba; extendió la educación, la sanidad, las 8 horas laborables, la igualdad entre hombres y mujeres…;en los años 50 la URSS producía más que USA, el temor a la potencia de la URSS empujó a los Estados occidentales a construir los Estados del Bienestar, en almoneda ahora; apoyó los movimientos de liberación de los países de colonizados…
      Mucho bueno. A costa de sangre y fuego, sí.
      La construcción de imperios tiene esas cosas. La almendra es a qué se dedica, a dónde dirige sus objetivos. A oprimir o a liberar.
      ¿Qué nos contarán los indios de las praderas americanas, los negros de la plantaciones, los irlandeses esquilmados por los británicos, los sudamericanos intervenidos durante más de un siglo por el vecino del Norte. los congoleños masacrados por los belgas, los hindúes, pakistaníes y bangladesíes pisados por el Imperio Británico…? Pues todo esto no son setas del bosque, son el precio de la construcción del capitalismo.
      Bueno, encantado, Kilgore.

  5. Espero que el autor del artículo sepa disculparme por dos matices que quiero añadir sobre su semblanza de Churchill.
    El primero es acerca de los retratos que le hizo a lady Doris Castlerosse. Dice que fueron al óleo. Churchill pintaba (y nada mal) a la acuarela. Roy Jenkins en su biografía dice que nunca se pasó al óleo. Quizá haya aquí un error.
    El segundo es acerca del mando que tuvo durante la Primera Guerra Mundial. En efecto, esperaba que le dieran el mando de una brigada, pese a no tener empleo de general. No se lo dieron, e hicieron bien. Lo que le ofrecieron fue el mando de un batallón. el 6º de Fusileros Escoses, si no recuerdo mal. Uno de los militares del batallón (luego metido en política dentro del nacionalismo escocés) escribió sobre el paso del teniente coronel Churchill por el batallón, y lo hizo en términos elogiosos.
    En cuanto a su conclusión sobre la figura de sir Winston, estoy de acuerdo con usted. No creo que Churchill pretendiera que nadie le canonizara. Él solo quería hacer bien su trabajo. Y lo hizo. Tenía dos guerras que ganar, y las ganó. Hubiera sido mucho peor para él, para Europa, y para el mundo, que las hubiera perdido.

  6. Busco, estimado José, en mi ejemplar en inglés de la biografía que Jenkins escribió sobre Churchill y dice exactamente lo contrario. Pág 279. Estamos a finales de los años veinte del siglo pasado. Winston está de mala uva y aburrido. No han contado con él en el nuevo gobierno. Es verano y una invitada a su casa de campo, que pinta con acuarelas ( «watercolours») lo anima a hacer lo mismo. Churchill nunca había cogido un pincel hasta ese momento: » She persuades him to take a brush and try for himself. He was captivated. (…) The pale delicacies of watercolours were however no long for him. He esa quickly on to the harder stuff of oils». Luego cuenta como una pintora llamada Hazel Lavery le enseñó el uso de los diferentes colores y las técnicas del oleo. Osea, se inició con las acuarelas y pasó rápidamente al oleo, que -cuenta Jenkins – aunque era más difícil, le divertía mucho más. Un saludo.

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