
En pleno confinamiento pago para que Amazon me traiga de España a Nueva York el nuevo libro de Angélica Lidell Dicen que Nevers es más triste. La edición de La uña rota es impecable: un diseño de calidad, sobrio y lleno de belleza, con tintes mortuorios. Desde que hace más de una década publiqué la primera tesis doctoral sobre la obra Liddell —algo que marcó para siempre mi primer cuarto de siglo—, había casi abandonado a la dramaturga, como quien necesita desintoxicarse. Pero en estos tiempos apocalípticos había vuelto a buscarla e invocarla preguntándome cómo estaría, qué pensaría. Decido leer este libro que recoge sus reflexiones durante el duelo a la muerte de sus padres estando yo embarazada. Me parece interesante enfrentar mi pulsión de vida a su pulsión de muerte, medir así nuestra fuerza en este contexto pandémico y añadir algo de emoción a mi eterno confinamiento americano. Revelar nuestras respectivas luchas internas mientras fuera se calibra una guerra que sacude al mundo.
Si hace años pensaba en ella al tiempo que en Artaud y en Pasolini, ahora me viene también a la mente Klaus Kinski. Pienso en cómo, paulatinamente, Angélica se ha ido convirtiendo en su personaje, incapaz de discernir la realidad de la distorsión, fusionando la crítica social más acertada con pura enajenación.
Pero Liddell no está loca. He conocido a muchos locos en mi vida, su peligrosidad radica en su secretismo, en su incapacidad de advertirnos quienes son. Lo peor es siempre la mala sorpresa, el revés inesperado, nuestra ceguera, también causada por su inconsciencia. Pero insisto: Liddell no está loca, es, de hecho, bastante cabal. Su oscuridad está masticada, identificada, es expresable, la comparte, es pública. Su obscenidad es desesperación existencial elevada a la máxima potencia. Pornografía del alma —que no erotismo—, una búsqueda de alivio al vaciarse, como se busca el orgasmo. Escritura como forma de purgación.
Liddell se posiciona en contra de la reproducción desde hace años. Ya lo contaba en Lesiones incompatibles con la vida. Los abortos la fortalecen. Pero este es para mí su mejor texto; el más revelador, donde se cuestiona, «¿no puedes contar una historia que no sea la tuya?», «¿qué limites te pones?» o «si te quitas la máscara te quedas sin cabeza»; se sincera, «Y pedimos perdón por odiar tanto, o simplemente por no ser capaces de querer» y muestra en verdad su vulnerabilidad. Porque, aunque arremete contra las parejas con niños como si nadie inteligente debiera formar una familia —como si fuera algo egoísta, vulgar, aburrido y destructivo—, utilizando generalizaciones simplistas cargadas de resentimiento; también confiesa que nadie le manifestó nunca que quisiera tener un hijo con ella. Este libro está escrito desde la carencia de amor. Desde la ausencia y la soledad. Desde el sexo más vacío; el sexo como escapismo. Y, sobre todo, desde el desgarro más absoluto que supone la pérdida de los padres. Porque el ser humano, hasta en su lecho de muerte, es hijo y llama a su madre. Porque lo natural es ser abandonados como hijos, esa es nuestra condena. Teniendo conciencia, ¿para qué someter a alguien a ese dolor ineludible? ¿No es cruel? ¿Acaso no saben las madres que la vida implica accidentes, enfermedad, locura, sufrimiento? «Papá, mamá, llevadme con vosotros» repite la autora a lo largo del texto a modo de estribillo, de plegaria.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.





