
En la ficción hay un elemento que muchos olvidan pero que es fundamental: el silencio. No es lo mismo que el tiempo. No es lo mismo que el vacío. No es lo mismo que la nada. Callar tiene un cuerpo, tiene un papel dentro de la trama. Precisamente porque es tan fácil confundirlo con otras figuras, el silencio es resbaladizo pero infalible. Ni siquiera me refiero a un silencio sepulcral: basta con los silencios adecuados para que tengan el peso necesario, ni muy largos ni muy cortos. La mentira puede ser también un silencio —otra de sus formas—. Para que el silencio sea un silencio útil en la ficción hay que presentarlo con sutilezas y en su justa medida.
Los silencios que maneja Isabel Coixet son silencios para medir los tiempos de la historia, para hacerla avanzar con sus juegos y sus trampas, para que a la fuerza desconozcamos durante gran parte de la narración quién es quién, qué ocurrió y cuándo —el porqué es otro asunto—. En A los que aman, Matilde y Armancia, las niñas protagonistas, gestionan el silencio a medias, y también calla Valeria. Matilde es una niña bien educada, de las que están más guapas calladitas, y es sencilla, y es amable, y es gentil, y va vestida de la época paseando por el bosque, y calla; solo sabemos de ella mientras está enamorada. De ella poco adivinaremos si no es cuándo y cuánto ama. Armancia es quien juega mejor con el silencio y lo convierte en parte de su propia conspiración. Es quizá el silencio más silencio, al uso. Está enamorada secretamente del hombre que ama a su hermana y por eso debe jugar sucio: esconderá las cartas que este le envía y callará hasta el final de la película. Es una niña todavía, a diferencia de la hermana, que es una mujer, y por eso su silencio es todavía más cruel, porque está alterando las normas de un juego del que apenas sabe nada. Valeria está al otro lado de estos dos silencios, y es el tercero de los femeninos: hija del profesor de esgrima, crece como una niña solitaria que apenas habla en su infancia. De mayor tampoco es que hable demasiado y, cuando lo hace, es en francés. Su silencio es un silencio necesario porque es el que requiere el adulterio.
Isabel Coixet, de todos modos, aunque juega con la elasticidad del silencio, finalmente se descubre: gestionar el mutismo de las tres protagonistas —y de otras en distintas películas— no sirve de nada si al final no las haces estallar. Matilde confiesa lo que todos están esperando que confiese: que se ha dado cuenta de quién la ha amado de verdad. Armancia se marcha, ya sola, sin padres ni hermana, y también le desvela a su amado que no la correspondía que las cartas eran muy hermosas. Y Valeria, en el cementerio, le habla con la crudeza que le ha permitido estar callada la mayor parte del tiempo: le dice lo que él no quiere escuchar. Aunque en un primer momento pudiera parecer que el gran silencio de A los que aman es el del hombre, que pasa toda su vida sin decirle a la mujer que quiere que la pretende, no sería nada sin esos otros tres silencios. Y, finalmente, él también puede hablar de aquello que ha callado siempre: es el narrador de la historia, y por lo tanto es quien tiene la oportunidad de dar su versión. El silencio es, pues, la excusa para la catarsis final.
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Gracias. Sin Coixet no quedan películas. Sin Sofia Copola y su intro en «Somewhere» no sabes lo que son 6 minutos sin más que el ruido de un coche(de competición). La transición entre escenas es bastante lenta, pero eso no se entiende como «silencios». Silencios, muchos, no hay, en realidad. Ruidos, si, algunos. Cámara en hombro y a aguantar. Sofia Copola hace parecer al «Chateux Marmott» como un sitio «común». Pero Isabel Coixet es la protagonista de este post. Prefiero «Mar Adentro», «La vida secreta de las palabras» es muy dura. Actualizaciones pendientes a parte.