Empleos de verano

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Las que empiezan a los quince años. Imagen: IFI Producción.

«Yo era una esteta beligerante y una moralista apenas disimulada.»
Susan Sontag, Cuestión de énfasis

«¿Qué hacías en 1977?»
Francisco Casavella, Elevación, elegancia, entusiasmo

Mejor que cargar con cestos de uva francesa y dormir hasta el rayar del alba en cuadras donde se hacinaban estudiantes pobres de Filosofía y Letras y curtidas familias de sureños resudados con sus churumbeles, yo prefería trabajar de extra en una película. Si resultaba una patochada pornográfica, lo asumía con mi típica filosofía mitómana de entonces: en peores plazas toreó Jane Fonda y mírala. Para mis adentros, humillada, con rencor: «Un día contaré esto en un libro».

La película se titulaba Las que empiezan a los quince años (y solo alguien muy tonto preguntaría «las que empiezan ¿a qué?»), y es tan absurda, torpe e ingenuamente cutre que no se entiende que no se haya convertido en película de culto ni se haya hecho un remake. A lo mejor porque la película ya era una versión cutre y sórdida de Las adolescentes, de Pedro Masó. Puede que sí, habrá que considerarla una reescritura sarcástica del cine de iniciación a la vida. Y tan cercana a la vida de sus actores que, sin pretenderlo, el realizador rodó una peculiar historia de cinémavérité.

Su director era Ignacio F. Iquino, responsable de títulos arriesgados durante el tardofranquismo como El Judas, Busco tonta para fin de semana, Juventud a la intemperie y Aborto criminal, entre cien mil títulos más, películas que ponían en un brete a la censura y a una parte de España en la frontera rumbo a Perpiñán. Iquino había coqueteado con el cine social de los sesenta y con el género negro, pero en 1977 el afamado guionista, director, productor y director de fotografía, rondaba los setenta años. Era un viejo apergaminado de cuerpo escuálido que vestía sahariana y pantalón oscuro; su expresión era airada y paseaba su afilada nariz aguileña y sus gafas de concha por los platós de la película mostrando en sus gestos que, por mucho que hubiese firmado con seudónimos como Steve MacCohy y John Woo, sabía que no era John Ford. Ni John Huston. La vejez no iba a hacerlo grande, solo prolífico. Y también sabía, tenía que saberlo, que ninguna platea iba a aplaudirle puesta en pie en ningún festival prestigioso como sí le sucedía a sus colegas Luis García Berlanga, Pedro Lazaga, Fernando Fernán-Gómez, Mario Camus, Pedro Olea… Iquino tenía en su filmografía títulos buenísimos: El sistema Pelegrín; Alto, fuerte y salvaje; Un colt por cuatro cirios; Quiéreme con música; Trigo limpio… pero solo eran buenos los títulos.

En el ocaso de su carrera, con sus películas violentamente torpes, sus absurdas tramas donde se podía predecir hasta dónde caería la ceniza de un cigarrillo y cómo removería el vaso de whisky el malo, con personajes grotescamente estereotipados a los que infundían vida actores novatos, tan perdidos y por eso tan arrojados que el espectador se divertía con la culpable crueldad del que sorprende un carnaval dentro de un manicomio, igual que esas familias bien francesas de principios del siglo XX que se acercaban los domingos al hospital de la Salpetrière y por una moneda se divertían contemplando a locos de verdad actuar como locos de verdad, Iquino estaba lanzando piedras contra el sistema del cine español infestado ya de progres, que eran tan señoritos como él. Todos esos… Carlos Saura, y el superproductor Elías Querejeta, Erice, Gutiérrez Aragón… todos copiaban tanto o más que él. La diferencia era que dándoselas de contestatarios, de intelectuales, de traumatizados, copiaban de los italianos, de los americanos de la New York University, de los franceses de París —él prefería copiar del cine de gánsteres marsellés—, de españoles en el exilio y de marxistas rusos, y hasta de suecos y protestantes, unas historias cargantes o bobas que ni ellos mismos comprendían y que, por eso y nada más que por eso, les daban derecho a pavonearse por los festivales y a que una prensa de barbudos los santificara llamándolos autores.

¡Autores! En esas películas chapuceras suyas se vengaba retratando a los españoles como eran, no como les gustaría ser. Voyeurs, analfabetos en la cama, acomplejados y salidos, pretenciosos y despiadados. Él no era, como esos barbudos, un pintor de corte que pinta bonito al cliente, al nuevo rico de la cultura, al parvenu del arte, sino un Goya incomprendido y ninguneado.

Iquino podía sentarse en una butaca de una sala de cine y tragar todo lo que venía de América, admirando en las películas de Cassavetes como se admira del reflejo en el espejo la impune y despiadada fidelidad, esos mordiscos de verdad que, mimo amargo, él protagonizaba en carne y hueso todos los días. Rostros. La máscara. Los farsantes. Noche de estreno. Gloria. Corrientes de amor, Maridos, Una mujer bajo la influencia, La muerte de un corredor de apuestas chino. Big Trouble.

Yo suponía que las pausas eran el momento decisivo del rodaje de esas películas baratas y desastradas, donde surgía la rabia triste de las actrices en fotos fijas que nunca colgarían en el vestíbulo de un cine. Caras de quinceañeras monas que se comían el cabreo solo porque esperaban tener dentro de no mucho un primerísimo plano en pantalla panorámica y el cartel de una sala de cine de la Gran Vía. Lolitas con las ganas, con los ojos bien abiertos. Ni pensar en volver a la caja del súper de barrio, ni a cuidar de niños mocosos o viejos cagones, ni de oficiala de peluquería para barrer montañas de pelo hasta que la encargada la largara con un puedes marcharte, ni de secretaria a la que el jefe se lleva fuera de la ciudad para echar un polvo en un hotel de mala muerte entre semana. Y sin embargo, esos eran los argumentos de las películas en las que se morían por actuar. Secretaria para todo. Chicas de alquiler. Aborto criminal. Ángeles sin paraíso.

Porque sí, sí, de verdad que el argumento de nuestro filme era de aúpa. Y ahí estaba yo, una intelectual de mayo del 68, ¡al menos en espíritu!, una estudiante de BUP que tenía que pagarse sus libros, una fan irredenta de À bout de souffle y de The Last Picture Show, una cinéfila que se tragaba sin rechistar dobles sesiones del ciclo Humphrey Bogart en el cine Ars, todo Bergman con subtítulos, una feminista prosandinista y antipinochetista que soñaba con ser fotorreportera internacional, o por lo menos periodista del níw yurnálism, enviada a esta encerrona por una agencia de modelos de San Gervasio que regentaban dos mariquitas, adonde llegamos otras dos chicas y yo en respuesta al único anuncio de oferta de trabajo de La Vanguardia que cuadraba con nuestros dieciséis años.

El chico de Las que empiezan a los quince años era un remedo proletario de John Travolta en Grease. O por reducirlo a una fórmula matemática, el factor proletario estaba elevado al cuadrado. Como el reparto entero protagonista de la película, era un chaval de barriada, de Cornellá o de Hospitalet, con ganas de comerse el mundo con su camisa blanca con chorreras y su apretado pantalón negro de pata de elefante. Piel blanca y facciones olvidables, melena que le caía en ondas sobre la nuca, untada con brillantina, cuerpo liviano, llevaba la camisa desabrochada hasta el ombligo y bailaba desenroscando bombillas con la mano derecha y dando indiscretos golpes de cadera hacia la izquierda.

La mujer del director, una dona catalana que en funciones de ayudante de dirección llevaba cual déspota africano la batuta del cotarro, nos trataba como a escoria. Todos los actores llevaban al set su propia ropa para componer el vestuario, pues el presupuesto apenas daba para vestir a la protagonista, una rubia de catorce años, de quietos ojos azules y aire alelado como de cordero sentenciado, que iba a todas partes acompañada de su mamá, una señora catalana com cal con rebeca echada sobre los hombros y peinado a lo reina Fabiola que le daba el mismo aspecto de belga devota.

La antagonista tenía diecisiete años y el típico rollo de chica espabilada de barrio que empieza a los quince años. Flacucha y patilarga como un flamenco, con un rictus provocativo torciéndole la boca, llevaba el pelo largo y de tono trigo oscuro suelto, vestía ceñidos vaqueros y calzaba botas negras de charol. Figuraba que ella era la ejemplificación del lado oscuro de la vida y que a resultas de una suma de circunstancias adversas, de lo más previsibles, había caído en la depravación por lo que era internada en un reformatorio, un paso más en su imparable caída en el arroyo.

El episodio del reformatorio estaba ideado para incluir escenas lésbicas y peleas de niñas tirándose del moño y desgarrándose el camisón, lucir hematomas y expresiones desabridas, un poco (muy poco) como Susan Hayward presa-sentenciada-a-muerte en ¡Quiero vivir!, de modo que las actrices noveles pudieran declarar luego en Fotogramas, con póster del mes enseñando las tetas, que esta interpretación había significado para ellas un reto personal y que, según el cronista erigido en portavoz de las mozas: «si bien al principio vacilaron, dado el tono subido de las escenas, y considerada su minoría de edad» (y su educación en las monjas, anda ya, refunfuñaba yo) en el transcurso del rodaje, pronto «comprendieron que estaban justificadas en el guio y que significaban un paso adelante en su carrera» (hacia el olvido y la nada, pensaba yo).

La antagonista descarada era, por no contradecir los tópicos, la que en asunto de fama se llevó el gato al agua, según se deducía al verla en portada del Lib. El Lib era el Play Boy español, solo que parecía hecho por fotógrafos miopes, o incluso con cataratas, pues publicaba todas las fotos desenfocadas cuando ya no había censura.

En cuanto a mi papel con frase —que me adjudicaron tras decidir que me quedaba bien un vestido malva de fiesta que alguien me prestó, si no fue porque no tenían a quién darle el papel—, consistía en acercarme al grupo de escolares depravadas que vestidas de uniforme y tomando refrescos de naranja con burbujas perdían la tarde en la discoteca, saludar con desenfado (este matiz lo incluía yo, suponiendo que al abismo se cae alegremente) y tomar asiento en un sofá circular. Nunca averigüé cuándo se considera que una es actriz: si cuando encuentras cien maneras de decir «hola» («hola» era mi frase) o cuando das con la única y exacta manera de decir «hola», porque la jefa suprimió mi personaje y mi parlamento. Sí, lo sé, lo sé, sé que lo de desaparecer en el montaje o cut final es un gaje del que no se han librado grandes actores y grandes actrices, que andando las décadas se desquitan en un documental exclusivo centrado en su exitosa trayectoria cuajada de premios, donde recuerdan con sonrisa indulgente tan amargos comienzos, pero entonces me pareció que sentenciaba mi carrera. (Y así fue.)

Porque con veleidades de sonar auténtica al estilo neoyorquino del Actor’s Studio, y como para eso necesitaba hacerme con la situación (como si no estuviera clara en medio de aquel grupo de descamisados), pedí que me explicara exactamente qué quería. «¡No pienses!» me respondió. Ni siquiera añadió «…¡y actúa!», pues allí ni Dios sabía nada de interpretación o de cine y la mujer del director en funciones de hombre-orquesta escupió: «¡No pienses!».

Aunque parezca mentira, y Dios sabe que pasarán cuatro siglos y mi incredulidad seguirá incólume, no me salvé de los estragos de la fama. Alguien vio esa película. Y no solo la vio: me vio. Y me reconoció por la calle y se detuvo a preguntarme si yo salía en Las que empiezan a los quince años. Era una bonita y tranquila tarde de verano, caminaba yo atareada y meditativa (cavilando, supongo, en las coordenadas perifrásticas del nihilismo existencial en la Cuarta Cruzada) por mi barrio, San Gervasio, tan apacible, tan burgués, tan ajeno al séptimo arte de serie Z, cuando aquel chaval del instituto Menéndez Pelayo me detuvo para interesarse por mi carrera cinematográfica. Me paré, estupefacta: uno reconoce a los actores protagonistas y a los secundarios principales o de reparto, incluso a los actores de carácter, ¡pero a una figurante…! ¡Cómo tenía que haberlo hecho para que se recordara mi actuación! ¡Y eso que no decía ni hola! Lo escruté. ¿Por qué un estudiante de BUP veía esa película? ¿No debería estar en la Filmoteca viendo El manantial de la doncella como correspondía? Negué con firmeza, con la convicción de Judas Iscariote. No, no era yo, te has confundido; despectiva: ¡ni siquiera la he visto! Y la plata y el oro que me pagaron por traicionar mi fe y mi cultura revolucionarias ya los había derrochado en un par de libros en el Drugstore de las Ramblas (y en un cacaolat). Losing my religion, The distance in your eyes, Oh no, I’ve said too much,  I set it up,  That’s me in the corner,  That’s me in the spotlight, Losing my religion…  Él me desmintió en silencio meneando la cabeza. ¡Tengo una hermana gemela!, me defendí. No me creyó. Cuando me dio la espalda y se alejó pensé que Andy Warhol había pronosticado cinco minutos de fama a cada quisque. Esos fueron los míos.

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6 Comentarios

  1. Ah! ¿Así que era usted? Siempre me pregunté de dónde sacaba Iquino (y otros de su cuerda) a los actores y actrices de sus, digamos, películas. ;)

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