Dicen los que han sobrevivido a una catástrofe, sea natural (un terremoto, la erupción de un volcán, un tsunami) o provocada (un bombardeo, un atentado terrorista) que, inmediatamente después de ocurrida, reina el silencio.
El silencio se impone cuando la convulsión es extremada, imprevisible, inabarcable. Lo envía la paz como regalo.
He oído contar a un anciano, que era adolescente en el Madrid de la guerra civil, que un día, cuando sonaron las sirenas previas a un ataque de la aviación sublevada, su abuela lo arrastró hasta un refugio bajo tierra, sin luz, lleno de gentes aterrorizadas, y allí, a su lado, se tumbó una muchacha tan asustada como él y que, en esas circunstancias, hicieron el amor. Dulcemente. En paz. Fue su primera vez y suponía que también para la chica; nunca volvió a verla y nunca olvidó su cuerpo ni la necesidad imperiosa de abrazarla y de sumergirse en lo más básico. Cuando a lo largo de su vida adulta se encontró ansioso, sin salida o desnortado, su memoria le servía en bandeja celestial el recuerdo imborrable de aquel sentimiento íntimo de disolución y abandono. Ese recuerdo, tan vivo durante años, se hizo perenne y acabó sobreponiéndose a las escenas que habían construido su vida familiar y laboral: así quería morir, abrazado a lo básico.
Hemos transitado una catástrofe, un silencio del que no podemos salir sino abrazando lo más básico. Esa es la impresión que uno tiene al visitar el Prado en estos días de Reencuentro, la exposición con la que el museo vuelve a la vida pública, la misma impresión que produciría escuchar, en el Año Beethoven, la Novena sinfonía interpretada por la Berliner Philarmoniker de la mano de Von Karajan o saborear una manzanilla en Sanlúcar de Barrameda: que el alma se nos acomoda al cuerpo sin borrones, que el traje nos cierra, que hemos llegado a casa, por fin, y que todo está donde tiene que estar.
Se cuenta que Azaña le advirtió a Negrín de que «el Museo del Prado es más importante para España que la república y la monarquía juntas» y que «si los cuadros desaparecieran o se averiasen gravemente tendría usted que pegarse un tiro». En otoño de 1936, el gobierno de la República decidió la evacuación de unas dos mil obras, las consideradas básicas, procedentes de los principales museos de la capital, con el fin de protegerlas de los ataques de los sublevados.
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