Así eres tú, así es el ritmo

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Fred Astaire en Daddy Long Legs, 1955. Fotografía: 20th Century Fox.

Pero, chico, si no bailas, alguien baila por ti. Es la vida misma.

(Ray Loriga, Ya solo habla de amor)  

Aquí estamos de nuevo, querido vidrio de Ikea. Otra vez. Tú y yo. El uno para el otro. Alejados del tumulto mientras suena «Pretty Woman» de fondo. Desde nuestra posición podemos divisar a un cincuentón con bigote y una prodigiosa tripa imitando en la pista de baile los pasos de Travolta en Pulp Fiction. Me tiene inquieto a la par que fascinado esa asombrosa capacidad para mezclar películas. ¿Será un lapsus cinematográfico o es algún tipo de espontáneo homenaje a la obra de Tarantino? Nunca lo sabremos. La cuestión es que el tipo se mueve con ritmo, gracia y seguridad. Baila como si nadie le estuviera mirando. Como si el «Pretty Woman» de Roy Orbison formase parte de la BSO de Pulp Fiction de toda la vida y los demás fuéramos los equivocados. Me fijo en sus pies. En sus manos. Baila bien el condenado. 

Comienza a sonar otra canción. Una de Coldplay. Y tú y yo, querido vaso de origen sueco, permanecemos clavados en la barra, observando atentamente los trajes, los chaqués, las coloridas corbatas, las flores en el pelo, los tocados, el vestido blanco de la novia, girando todo a nuestro alrededor como si estuvieran montados en un tiovivo. Se les ve felices bailando, llenos de vida. Y yo me aferro a ti. Eres mi ancla cuando se sale un planeta de su órbita, un planeta precioso, enfundado en algún vestido ajustado de color eléctrico, y trata en vano de arrastrarnos a la pista de baile. Y esbozo una sonrisa y te señalo a ti, querido vaso, como si fueras mi acompañante y no te pudiera abandonar. Eres mi coartada. Mi cómplice en este crimen. Mi aliado. Mi compañero en las trincheras. Y hago un gesto con el dedo: la siguiente, la siguiente. Pero para la siguiente canción yo ya me habré esfumado, por supuesto. Me habré hecho humo. Ya no estaré ahí para cuando vengan a buscarme. Solo estarás tú, viejo amigo, vacío en la barra, haciendo de señuelo. Yo habré salido a fumar al jardín. Y eso que no fumo. O estaré en los baños. O me habré puesto a hablar con un camarero, con la abuela de la novia o con el primer borracho que me cruce. Lo que sea. Lo que sea con tal de no bailar.

Sí. Me da pánico bailar. Auténtico pavor. Llámalo miedo escénico. Llámalo corofobia. No me dan miedo las películas de terror, ni las serpientes, ni los aviones, ni las películas de terror con serpientes en aviones, ni la sangre, ni la oscuridad, ni los payasos diabólicos de Stephen King (bueno, esto último tal vez no sea estrictamente cierto: cada vez que emiten It por la tele, cambio de canal y cierro la puerta de casa con llave). Pero si hay una cosa que me produce miedo, esa es bailar en público. Puede que suene absurdo. Y tal vez lo sea. Me da igual. No soy Tony Soprano y no tengo por qué avergonzarme de mis miedos, por irracionales que estos puedan parecer. 

Nunca bailo. La cuestión es que jamás he sentido esa necesidad de «expresarme a través del lenguaje de la danza» como leo que algunos cursis dicen por ahí. Puedo estar profundamente emocionado escuchando una canción y al mismo tiempo permanecer inmóvil, hierático, aparentemente impasible. No tengo esa pulsión de mover los pies cuando suenan los primeros acordes de mi canción favorita. Es más, ponerme a bailar supondría estropear ese momento. Necesito los cinco sentidos para disfrutar de la música. Así que nunca bailo salvo en contadas ocasiones en las que me encuentro inmerso en tal estado de euforia etílica que lo mismo bailo como amanezco en el foso de los leones del zoo más cercano. Pero en condiciones normales, nunca bailo. Jamás. Ni cuando estoy solo. Ni en los conciertos. Ni cantando en la ducha. Nunca. 

Mientras estoy escribiendo estas líneas, una actriz famosa presenta su nueva película en un programa de la emisora de radio que tengo puesta de fondo. Le comenta al locutor que para ella «bailar es una terapia». Yo, en cambio, necesito terapia para poder bailar.

A veces pienso que se trata de una condición heredada: mi abuelo nunca bailaba, mi padre nunca baila, mi hermano nunca baila. Y es curioso porque este es un tema que jamás hemos hablado entre nosotros. Simplemente se trata de una actividad que detestamos hacer. Bailar nos irrita y despierta en nosotros una antipatía irracional, casi infantil, que uno solo siente hacia el mejor jugador del equipo rival, el vecino ruidoso o ese mueble con el que te golpeas el dedo pequeño del pie cuando vas descalzo y a oscuras.

Ni siquiera creo que este pánico a bailar se deba al qué dirán o a un sentimiento de vergüenza: me gano la vida escribiendo así que hace tiempo que perdí el sentido del ridículo. También tengo que hablar de vez en cuando en público y, si bien no es algo que me encante hacer, logro realizarlo sin mayores traumas. Pero lo que me da pavor es plantarme en una pista de baile y no saber qué hacer a continuación con mi propio cuerpo. Es como conducir un coche sin frenos. Carezco de ritmo, swing , imaginación o lo que sea eso que se necesita para desenvolverse con soltura y naturalidad en un pista de baile. Todo lo noto forzado y absurdo. Me pongo tenso ante mi propia inoperancia. Es el miedo al vacío, a la nada, al abismo del precipicio. Puro horror vacui. Es el temido folio en blanco trasladado a una pista de baile. Como estar durante horas y horas frente a un examen del que no sabes ni una sola respuesta. Del que ni siquiera entiendes las preguntas porque están redactadas en otro idioma. 

Jake Clemons es desde hace unos años el saxofonista de la E Street Band de Bruce Springsteen. Ocupó en la banda el enorme hueco (en el sentido tanto literal como figurado de la expresión) que dejó su fallecido tío Clarence Clemons, auténtica leyenda. A pesar de llevar ya unos años tocando con la banda del Boss, Jake confesaba recientemente al director del New Yorker que todavía a día de hoy sigue teniendo terrores nocturnos y pesadillas recurrentes en las que Bruce Springsteen decide cambiar el repertorio del concierto cinco minutos antes de empezar y él tiene que hacer el solo de una canción que no conoce frente a un estadio abarrotado. Esa misma sensación de terror y parálisis es la que me atenaza cada vez que tengo que bailar. Así me estén viendo diez o diez mil personas.  

Hay un diálogo que me encanta de la película Guardianes de la galaxia entre Star-Lord, ese remedo de Han Solo interpretado por Chris Pratt, y Gamora, la extraterreste de la que se enamora:

Gamora: Soy una guerrera y una asesina. Yo no bailo.

Star-Lord: ¿Sí? Pues en mi planeta tenemos una leyenda acerca de personas como tú. Se llama Footloose. En ella, un gran héroe llamado Kevin Bacon le enseña a una ciudad llena de gente con palos en el trasero que bailar es lo más grande que hay. 

Yo no tengo ningún palo insertado en el recto. Y, como Star-Lord, creo que bailar es algo muy grande. Lejos de odiar que bailen a mi alrededor, miro con cierta envidia a esos amigos que logran encadenar movimientos graciosos, improvisados, llenos de ritmo, con gracia y hasta cierto estilo, al son de una canción. ¿De dónde sale esa naturalidad? ¿Dónde aprendieron esos pasos de baile? ¿Quién les enseñó a llevarse la mano a la cadera en ese preciso instante? Incluso hay algunos que bailan mal muy bien, elevando a arte su propia torpeza. 

Y sí. Ojalá supiera bailar como Kevin Bacon en Footloose.

O como bailaba el malambo, esa baile folclórico, salvaje, feroz, Rodolfo González Alcántara, el gaucho que describe bailando Leila Guerriero en Una historia sencilla: «Él era el campo, era la tierra seca, era el horizonte tenso de la pampa, era el olor de los caballos, era el sonido del cielo de verano, era el zumbido de la soledad, era la furia, era la enfermedad y era la guerra, era lo contrario de la paz. Era el cuchillo y era el tajo. Era el caníbal. Era una condena. Al terminar golpeó la madera con la fuerza de un monstruo y se quedó allí, mirando a través de las capas del aire hojaldrado de la noche, cubierto de estrellas, todo fulgor. Y, sonriendo de costado —como un príncipe, como un rufián o como un diablo—, se tocó el ala del sombrero. Y se fue».

O bailar como Elvis en Las Vegas. O como Ginger Rogers. Otras veces en las que estoy más nostálgico recuerdo una tarde de bochorno en Londres en la que me quedé boquiabierto con la elegancia de Tamara Rojo en el Royal Ballet. Y los días de lluvia me gustaría saber llevar el paraguas como Gene Kelly. O ser el Tom Jones de Las Vegas por una noche. O andar como un gato por los tejados al más puro estilo Sinatra cantando «I Won´t Dance». Y en los bares me encantaría moverme con la desvergüenza del patilargo Jarvis Cocker. 

Y otras veces sueño que voy por la calle tal y como se paseaba el gran Watusi por las calles de Barcelona en los libros del añoradísimo Casavella: «El Watusi es un baile. Una manera de bailar, digo. Un baile de América que si lo bailas mal pareces un pringado. Y el Watusi de pringado no tiene nada. Y a bailar, macho, a bailar no le ha ganado nunca nadie. El Watusi ya camina como si bailase. Y, cuando respira, o cuando fuma, te lo juro, respira y fuma como si siguiera un ritmo, como si estuviera escuchando una canción de puta madre en algún sitio. Y cuando se pone a bailar es como si se levantara un cristal que lo separa de los demás. El tío baila suave, pero con ritmo. Pisa como un tigre. Y puede hacerlo todo. La vuelta para atrás como Carmen Amaya o un taconeo como el Moira, pero en macho. Porque el tío es muy macho. Te lo puedes imaginar, un perro de la guerra, nada menos… Pero bailar, baila suave, corto, sin ocupar sitio, para que me entiendas. A mí me ha explicado que el ritmo viene de cómo eres. Así eres tú, así es el ritmo. Algo que viene antes que el compás. Porque hay gente que confunde el ritmo con el compás, pero no es lo mismo. A ver… yo conozco un puñado de basca que tiene compás para dar y vender. Pero no es lo mismo… El Watusi tiene ritmo, ritmo. ¿Te he contado que el Watusi es un baile?».

Siempre que vuelvo a leer esto me invade una tristeza tremenda. Todavía no sé si por no poder bailar como el Watusi o por no saber escribir como Casavella. O por ambas.

Pero yo no bailo. Nunca. Aunque de vez en cuando amanezca con un mensaje en el móvil que rece: «Ayer estuviste muy bailongo». Y un sentimiento de angustia me embargue porque para mí eso es el equivalente a recibir algo como: «Ayer corriste desnudo por la Gran Vía y terminaste vomitando en un coche de policía cuando te llevaban a comisaría esposado y gritando FUCK THE POLICE».  

Llámalo corofobia. Llámalo miedo escénico.

Así soy yo. Así es mi ritmo.

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