
Pero, chico, si no bailas, alguien baila por ti. Es la vida misma.
(Ray Loriga, Ya solo habla de amor)
Aquí estamos de nuevo, querido vidrio de Ikea. Otra vez. Tú y yo. El uno para el otro. Alejados del tumulto mientras suena «Pretty Woman» de fondo. Desde nuestra posición podemos divisar a un cincuentón con bigote y una prodigiosa tripa imitando en la pista de baile los pasos de Travolta en Pulp Fiction. Me tiene inquieto a la par que fascinado esa asombrosa capacidad para mezclar películas. ¿Será un lapsus cinematográfico o es algún tipo de espontáneo homenaje a la obra de Tarantino? Nunca lo sabremos. La cuestión es que el tipo se mueve con ritmo, gracia y seguridad. Baila como si nadie le estuviera mirando. Como si el «Pretty Woman» de Roy Orbison formase parte de la BSO de Pulp Fiction de toda la vida y los demás fuéramos los equivocados. Me fijo en sus pies. En sus manos. Baila bien el condenado.
Comienza a sonar otra canción. Una de Coldplay. Y tú y yo, querido vaso de origen sueco, permanecemos clavados en la barra, observando atentamente los trajes, los chaqués, las coloridas corbatas, las flores en el pelo, los tocados, el vestido blanco de la novia, girando todo a nuestro alrededor como si estuvieran montados en un tiovivo. Se les ve felices bailando, llenos de vida. Y yo me aferro a ti. Eres mi ancla cuando se sale un planeta de su órbita, un planeta precioso, enfundado en algún vestido ajustado de color eléctrico, y trata en vano de arrastrarnos a la pista de baile. Y esbozo una sonrisa y te señalo a ti, querido vaso, como si fueras mi acompañante y no te pudiera abandonar. Eres mi coartada. Mi cómplice en este crimen. Mi aliado. Mi compañero en las trincheras. Y hago un gesto con el dedo: la siguiente, la siguiente. Pero para la siguiente canción yo ya me habré esfumado, por supuesto. Me habré hecho humo. Ya no estaré ahí para cuando vengan a buscarme. Solo estarás tú, viejo amigo, vacío en la barra, haciendo de señuelo. Yo habré salido a fumar al jardín. Y eso que no fumo. O estaré en los baños. O me habré puesto a hablar con un camarero, con la abuela de la novia o con el primer borracho que me cruce. Lo que sea. Lo que sea con tal de no bailar.
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