De Egipto a Las Vegas: una historia del póker

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Amarillo Slim en las 1974 World Series of Poker.

A mediados del siglo XX, un periodista estadounidense escribió: «Nuestro juego nacional no es el béisbol, sino el póker». Había, pensaba él, algo intrínsecamente americano en ese juego de cartas nacido, al menos en su versión moderna, en la Louisiana del siglo XIX. Un juego que había alcanzado la madurez y su forma definitiva en los casinos flotantes del río Mississippi. Que había servido de entretenimiento hasta a los regimientos de soldados destacados en el Salvaje Oeste, como atestigua la crónica militar Dragoon Campaigns to the Rocky Mountains, publicada en 1836. Aun así, la primera mención del póker estadounidense, muy famosa entre los historiadores del juego, delata sus orígenes europeos: la hizo en 1829 un actor británico llamado Joseph Cowell, que estaba de visita en Nueva Orleans y observó una partida de un juego al que los nativos llamaban poker, pero que no era no muy distinto a otros que ya se practicaban en Europa. El problema es que nadie ha sido capaz de reconstruir con total fiabilidad documental cuáles son las raíces exactas del póker.

Ni siquiera se sabe con seguridad cuándo se empezó a jugar con cartas, ni de qué manera. La referencia literaria más antigua que se conoce a un juego de cartas procede de la China del siglo IX, pero se especula con la posibilidad de que ya se usaran cartas desde tiempos aún más antiguos. No se ha podido demostrar porque las cartas, al contrario que los dados de marfil o las fichas de piedra, se descomponen y se pierden con facilidad. Una posibilidad es que las primeras cartas no fuesen en sí mismas el núcleo del juego, sino meras representaciones del dinero con el que se apostaba. Desde China, los juegos de cartas viajaron hacia la India y se piensa que en el siglo XII ya se usaban naipes no solamente en Asia oriental, sino también en Persia y en el norte de África. Los primeros juegos de cartas similares a los actuales y bien documentados datan del Egipto de principios del siglo XIII. Durante el sultanato mameluco se usaban barajas de cincuenta y dos cartas, repartidas en cuatro palos que, ya por entonces, estaban representados por copas, monedas de oro, espadas, y mazas para jugar al polo. A lo largo del tiempo han existido juegos que usan un número muy variable de cartas, pero parece ser que el estándar de cincuenta y dos ya era habitual: el relato tradicional dice que era una referencia a las cincuenta y dos semanas del año, y que los cuatro palos representaban las cuatro estaciones.

Las cartas egipcias o naib (origen del término naipe) se parecían mucho a las que todavía hoy se usan en países como España, y también son el origende la baraja francesa que se utiliza en el póker. En aquella baraja árabe cada palo tenía un as y otras nueve cartas numeradas, además de tres cartas superiores o «nobles»: un rey, un virrey, y un ministro. Una baraja elaborada era un producto de fina artesanía, así que podía ser una posesión lujosa. La prohibición religiosa del islam suní impedía representar las figuras humanas del rey y sus ayudantes, así que, para designar la esas tres figuras, se usaba una muy elaborada caligrafía ornamental.

Cuando los juegos de naipes árabes llegaron a la Europa mediterránea, se diseminaron con rapidez por países como España o Italia, donde la nobleza empezó a practicarlos con entusiasmo. Hasta se adoptaron los mismos palos, aunque, como el deporte del polo era casi desconocido en Europa, el mazo de golpear la pelota fue sustituido por el basto de madera que aún hoy vemos en la baraja española. También se usaron figuras humanas para representar al rey, a una reina en el lugar del virrey árabe, y a un paje o «sota» (o, en ocasiones, a un príncipe). Esta adaptación del formato árabe a los gustos de la Europa del sur terminaría siendo conocida como «baraja latina». Poco más tarde, los juegos de naipes se extendieron a Francia y Alemania, países donde se buscó facilitar la fabricación artesanal. Los cuatro palos «latinos» fueron sustituidos por símbolos más sencillos: corazones, hojas de bellota (después convertidas en tréboles), hojas de árbol (que la imaginación reconvertiría en armas, pues hoy se las llama «espadas» en algunos idiomas, y «picas» en español), y losas (después rebautizadas como «diamantes»). Hoy, a esta baraja francesa —o germano-francesa— la llamamos también baraja «de póker», aunque el póker estaba muy lejos de existir cuando fue diseñada.

Los juegos de naipes ya se habían extendido por toda Europa en el siglo XVI, y los había de muchas modalidades. Los que podrían considerarse los más antiguos antecedentes del póker eran un juego español llamado primero y otro italiano llamado primo visto, que implicaban apuestas y faroles, aunque no se conocen bien sus mecanismos y pudieron ser versiones de un mismo juego que cambiaba de nombre y de reglas según la época y el lugar. En cualquier caso, el juego del primero debió de ser muy popular en Europa, pues William Shakespeare lo menciona —por su nombre en español— en la comedia Las alegres comadres de Windsor. Esto era sin duda un guiño travieso de Shakespeare hacia su audiencia, pues los juegos de naipes estaban prohibidos en Inglaterra, al igual que el tenis, los bolos o el primitivo football. El único juego alentado por las autoridades era el tiro con arco.

Entre los viejos juegos europeos ya los había que implicaban apuestas en torno a combinaciones de naipes como parejas, tríos, o cuartetos. En esos casos, solían emplearse barajas que solo tenían veinte cartas, si participaban cuatro personas, o veinticinco, si participaban cinco. Pues se repartían cinco cartas iniciales (y definitivas) a cada jugador y, no habiendo posibilidad de cambiar ninguna de ellas, se iba aumentando la apuesta según una mezcla de intuiciones estadísticas y psicológicas, adquiriendo gran importancia la táctica del «farol». En ocasiones se faroleaba sin haber mirado las propias cartas; en varios países, esta arriesgada apuesta a ciegas y sin saber con qué jugada se contaba, era anunciada con la misma bravucona frase: «Ya las he visto».

No se sabe cuál de los muchos juegos europeos pudo ser el antepasado del póker, por lo que se ha llegado a especular con la posibilidad de que el póker provenga de un juego persa, el as-nas. Pese a la escasez documental, la lógica parece indicar que todas las papeletas las tiene un juego alemán llamado poch, una de tantas adaptaciones europeas del primero. En el siglo XVII, el poch sería adoptado por los franceses y rebautizado poque. Esto encaja a la perfección no solo con la evidente similitud del término poque con el inglés poker, sino con el hecho de que el poker estadounidense nació en Lousiana, territorio francófono que apenas veinte años antes había sido vendido por Francia a los Estados Unidos. Los colonos franceses llevaron el poque a la muy nocturna y animada capital de Lousiana, Nueva Orleans. Se propagó por el Mississippi y en la década de 1840 aparecía ya en diversos libros sobre juegos y apuestas. Aunque todavía era frecuente el uso de veinte o veinticinco cartas, el viejo estándar de cincuenta y dos terminó imponiéndose, surgiendo las primeras variantes modernas del juego, como el straight poker, más parecido al juego europeo, y el stud poker, que combinaba cartas boca abajo con otras visibles, y que fue durante mucho tiempo la versión más popular.

El póker se convirtió en parte indisoluble de la idiosincrasia estadounidense con la expansión colonial hacia la costa oeste y el nacimiento de la muy competitiva cultura de los pioneros, muy en especial las periódicas fiebres del oro que seguían al descubrimiento de ese metal en diversos puntos geográficos. Los buscadores que acababan de hacer fortuna apostaban una parte de sus ganancias en partidas donde, más que la honra o el propio dinero, buscaban decidir cuál de los ganadores de la búsqueda de oro era también el ganador sobre la mesa de juego. Quienes buscaban la emoción del juego con apuestas reales, pero con un bajo riesgo, podían optar a modalidades como el split poker, donde el ganador de cada mano no se llevaba todo el dinero apostado, sino que el botín se repartía entre dos o más jugadores, de acuerdo a un sistema predeterminado de normas. Esto minimizaba las ganancias, pero también las posibles pérdidas. Además, reducía el poder de los faroles y permitía evitar la feroz competitividad de las partidas del Salvaje Oeste. Esta modalidad solía ser practicada entre quienes no disponían de mucho dinero, o entre quienes preferían la caballerosidad a la ganancia, caso de ciertos ambientes burgueses.

El stud poker se mantuvo como modalidad más famosa durante mucho tiempo, incluso después de haberse inventado la modalidad que, con el paso del tiempo, le iba a arrebatar ese papel: la variante Texas hold’em. Apareció a principios del siglo XX en Robstown, un pequeño pueblo tejano. Fue extendiéndose por el resto del estado, aunque durante más de cinco décadas fue una rareza más allá de Texas, hasta el punto de que nadie lo llamaba Texas hold’em, sino sencillamente hold’em. A mediados de siglo, la modalidad tenía sus propios jugadores profesionales en Texas, leyendas como Amarillo Slim, Doyle Brunson o Crandell Addington, pero seguía sin hacer ruido en otros lugares (aunque empezaba a haber jugadores profesionales no tejanos que se abrían camino en el hold’em, como Puggy Pearson, natural de Tennessee). Estos jugadores profesionales tejanos se trasladaron a Las Vegas en 1967 y se llevaron el hold’em consigo, aunque solamente había un casino que organizaba partidas de hold’em. Se llamaba Golden Nugget y su ambiente poco cuidado —el suelo estaba cubierto de serrín mezclado con engrudo— espantaba a los clientes adinerados.

Pese al bajo estatus del Golden Nugget, el hold’em empezó a llamar la atención de otros jugadores profesionales, y hasta de los directores de otros casinos. Crandell Addington recordaba que en la modalidad predominante por entonces, el draw poker, se apostaba dos veces por mano. En el hold’em que él y sus paisanos habían llevado a Las Vegas se apostaba cuatro veces por mano, lo cual, según Addington, permitía jugar de forma más estratégica. Y esto premiaba el talento de los jugadores, lo cual permitía no solo organizar partidas por niveles, sino que ofrecía la posibilidad de montar atractivos torneos profesionales.

Un par de años después, un casino más presentable, el Dunes, les ofreció la posibilidad de organizar allí un torneo llamado Gambling Fraternity Convention, que más tarde terminaría convertido en el celebérrimo World Series of Poker, un equivalente al campeonato mundial de ese juego. Gracias a la preponderancia de los tejanos y de la atención que habían suscitado sus estratégicas partidas, el hold’em (de repente más conocido como Texas hold’em) se convirtió en la modalidad predominante en ese torneo, y más tarde en todo el mundo. Las retransmisiones televisivas demostraron que el hold’em tenía mayor poder de entretenimiento, además de ser un juego más estructurado en el que las tácticas del momento jugaban un papel considerable, y el stud poker, que aún conservaba cierta popularidad, terminó de ser doblegado. Así, una modalidad que durante más de medio siglo había pasado desapercibida en los garitos de Texas terminó convertida en la reina absoluta de los tapetes.

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