Arte y Letras Literatura

Doce finales que justifican cualquier medio

Doce finales 1
Leo Tolstoy (1828-1910). Granger Collection, New York.

Sigue hasta llegar al final; allí te paras. (Alicia, Lewis Carroll, 1865)

(Peligro, spoiler)

El final de una buena obra literaria, ese bien tan preciado. En la sociedad de hoy, perecedera y presurosa, donde los lectores arrojan el libro por la ventana si este no les ha convencido en la página treinta, glosar los encantos de las últimas páginas es también un canto a la paciencia, a la tenacidad del ser humano que espera hasta el epílogo, que busca la emoción literaria desde la faja hasta el colofón. Porque una narración puede sorprender en esa hora postrera, puede darle sentido a todo de un golpe, puede quitárselo, puede destrozar una obra maestra o elevar una obra mediocre a los altares de la literatura universal. Por eso, a continuación, se enumeran doce desenlaces de relatos que no dejaron indiferente a nadie, para bien o para mal. Doce finales recordados, doce finales canónicos. La crema epilogar de la historia literaria. Ah, y pese a que ya se avisó con anterioridad, sepa el lector que a continuación se jugará, descarada pero elegantemente, con el noble arte del spoiler.

El Quijote

Cómo no, toca empezar con el padre de la novela moderna: don Miguel de Cervantes Saavedra. Tras dos tomos en que las andanzas y los viajes del noble hidalgo junto a su inseparable escudero, «desfaciendo agravios y enderezando entuertos», ponen las bases de lo que sería la narrativa en los siguientes cuatro siglos, el manco de Alcalá coloca a su protagonista en una cama, agonizante. Allí, de nuevo en La Mancha, al amparo del resto de los personajes, recupera la cordura, muere el idealismo, se impone la realidad. Quizá la presión a la que le somete esa existencia es la que acaba por matar a Alonso Quijano, quien tras más de mil páginas desfallece en su camastro. El último capítulo de la novela contiene los mejores párrafos que la narrativa universal ha sido capaz de parir, una melancolía tenue, una nostalgia elegante.

El extranjero

Esta pequeña novelita, la gran obra maestra de Camus, refleja la inmoralidad del hombre que ha dejado de creer en su propia realidad. Mersault, el protagonista, encuentra su existencia vacía, insulsa, innecesaria. El problema llega cuando empieza a considerar del mismo modo la existencia de los demás y decide descerrajarle un tiro en la playa a un hombre cualquiera. Cuando es arrojado como un perro a la cárcel, no se arrepiente, no muestra remordimiento alguno. Nadie puede hacer nada por él: ni los habitantes de su antigua vida, ni su abogado defensor, ni el párroco del penal. El desenlace es un monólogo triste, donde Mersault cierra la novela con una frase escalofriante: «Me queda esperar que el día de mi ejecución haya muchos espectadores y que me reciban con gritos de odio».

La Celestina

En esta obra, mitad género dramático, mitad género narrativo, su autor, Fernando de Rojas, tira por la calle de en medio: muere hasta el apuntador. Pese a que la mítica tragicomedia es considerada como el paso de la Edad Media al Renacimiento, y que predica una cierta libertad en el amor que Calixto y Melibea se profesan, el autor decidió castigar a los dos amantes por regar una relación tan poco legítima, que plantó con ortodoxo método una trotaconventos, y que, por supuesto, no aprobaba nadie allí. Resultado: Celestina es asesinada a manos de Sempronio y Pármeno, criados de Calixto; Calixto, atolondrado, muere al trepar por una escala; Melibea se suicida; los dos criados son ajusticiados. Escabechina.

Ana Karénina

Otro clásico, esta vez tolstoiano. Una de esas novelas que alcanzaron la cima del género en el XIX, siglo que, además, vio nacer a los novelistas más brillantes de la historia de la literatura. En la línea de otras novelas de corte similar, como Madame Bovary o La Regenta, Tolstoi dibuja el cuadro de la alta sociedad rusa a través de los ojos de Ana, que, como sus análogas francesa y española, siente una angustiosa asfixia en su papel de esposa sumisa. Las tres novelas cuentan con un final sorprendente, pero me he decantado por Karénina porque es, de las tres protagonistas, quien soluciona la trama de una manera más abrupta: arrojándose a las vías del tren. La narrativa europea no se había preparado aún para perdonar la infidelidad.

Don Juan Tenorio

El sempiterno mito nacido en España: el don Juan, adulador, traicionero y calavera. De todas las versiones que de este clásico se han hecho, me he quedado con la de Zorrilla, pese a tratarse de una de las más tardías. Y es que el final es, quizá, lo que hizo que la obra del pucelano quedara en el imaginario por encima, incluso, del don Juan de Tirso, de Byron, de Molière o de Mozart. Y es que Zorrilla perdona las canalladas del personaje en un final de lo más romántico: cementerio, espectros, ángeles, cantos celestiales, apoteosis y un don Juan que termina subiendo al cielo en lugar de bajar, como había sido menester hasta entonces, al infierno.

El proceso

La literatura de Kafka no tiene género. Está a medio camino entre la novela y el cuento, entre el humor y el ensayo, entre la angustia y la sátira. Esta multiplicidad de planos es lo que enriquece la obra, no demasiado compacta, del checo. Esta rareza, este exotismo que roza la excelencia, se concentra en El proceso, novela que Kafka no editó, que dejó inconclusa pese a escribir el desenlace. La historia es simple pero insólita: el señor K se levanta una mañana, escucha un rumor de pasos al otro lado de la puerta, hasta que esta se abre y es detenido sin que el lector ni el propio K sepan por qué. El desenlace se teje después de que K intente defenderse por todos los medios. No lo consigue y el final es descorazonador: dos funcionarios le clavan un cuchillo en el corazón. «¡Como un perro!», fue lo último que K escuchó. Contaban sus amigos que Kafka leía este final a carcajadas. ¿Hay algo más kafkiano?

Luces de Bohemia

Max Estrella, el hombre que teorizó como nadie alrededor del esperpento, representó para Valle el ocaso del poeta modernista, criado al albur de la miseria. Escritores que no esperaban otra cosa que servirse de la poesía para respirar, que se llevaron la literatura a la vida. Tras un día de paseo junto a los protagonistas de la bohemia española, trifulcas y calabozos incluidos, Max Estrella acaba muriendo solo. Disfrutará este Sawa de cartón, ya en su condición de triste finado, de un entierro poco concurrido, de una despedida íntima por la que pasea el rey de los malditos, Rubén Darío. La última escena es definitoria: pese a que al difunto le ha tocado la lotería, su mujer y su hija se han suicidado.

La montaña mágica

La historia de Hans Castorp, recluido en un sanatorio de los Alpes, le sirve a Thomas Mann para teorizar sobre esto y aquello con una crítica mordaz sobre la vida burguesa antes de la Gran Guerra, con un canto melancólico para aquel tiempo que ya nunca volvería. Y es que el final es tan abrupto como estruendoso, tan extraño como, nunca mejor dicho, mágico. Castorp abandona el sanatorio para alistarse en el ejército, cruza una Europa asolada, y el narrador nos deja con su protagonista caído en la batalla, desconociendo si morirá o vivirá. Eso sí, con su estilo poético habitual, deja en el aire una pregunta maravillosa: «¿Será posible que, de esta bacanal de la muerte, que también de esta abominable fiebre sin medida que incendia el cielo lluvioso del crepúsculo, surja alguna vez el amor?».

Nada

La gran novela de posguerra, el friso de una sociedad oscura y decadente, la de la España de los años cuarenta, reflejada en el pequeño piso de la calle Aribau, en Barcelona. Es un relato triste, donde la asfixia del cuchitril en el que se hacinan los familiares de Andrea, la protagonista, por momentos se traslada al propio lector, que siente como la angustia de aquellos años de hambre y miseria se agarran al pecho. Pese a todo, el final de la novela es relativamente esperanzador, no exento de tragedia. El suicidio de Román termina por hacer explotar el polvorín de la casa de Aribau, y Andrea lee con esperanza la carta de su amiga Ena, que la invita a trasladarse a Madrid. El final deja ese poso optimista: Andrea tiene trabajo, alojamiento y deja atrás el infierno del pasado.

El retrato de Dorian Gray

Una de las cumbres modernistas, el culto a la estética y la nostalgia por una juventud perdida se dan cita en esta obra que Oscar Wilde colocó entre las mejores de la historia. El argumento acelera cuando Dorian se percata de que su vida lujuriosa y obscena se refleja en un retrato que guarda en su casa. Por el contrario, su cuerpo escapa al paso del tiempo, contrastando con la degradación que se va dando en la pintura escondida. En un final trágico, Dorian Gray asesina a Basil, el pintor del retrato, y con el mismo cuchillo desgarra la pintura degradada. Cuando la policía encuentra el cadáver de Dorian, lo que hay tirado en el suelo es el cuerpo de un anciano destruido, decrépito, corrupto.

Marianela

La historia del famoso ciego galdosiano, con un eco evidente en la ceguera que más tarde sobrevino al propio Galdós. Marianela es una muchacha huérfana, fea y analfabeta que cuida de Pablo, hijo del rico y poderoso Francisco Penáguilas. Ambos se enamoran con cierta inocencia, fruto de una juventud tranquila en algún lugar del norte de la península. Cuando la medicina cura la ceguera de Pablo, este se desencanta de Marianela, azuzado por la fealdad aparente de la muchacha. La joven, hundida por la decepción que ha traído consigo la vista de Pablo, nos lleva de la mano a uno de esos finales galdosianos que tanto sorprenden: intenta suicidarse. Pese a no conseguir su cometido, enferma y dolorida, el desinterés de Pablo por su intento de suicidio acaba matándola de pena, con una realidad tan oscura que casi roza el naturalismo.

Sanditon

Para cerrar el artículo aparece un final de novela distinto a los anteriores. Jane Austen escribió Sanditon durante los últimos meses de su vida. El proceso de escritura se produjo tan contra reloj, que la narración se detiene en el capítulo 12. Pocas semanas después, Austen fallecería prematuramente, por causas que aún levantan sospechas. Hay quien habla de envenenamiento, hay quien dice que se trató de la enfermedad de Addison. Volviendo a nuestro final, lo curioso del caso es que hasta ocho autores han intentado finalizar lo que Jane dejó inconcluso. Desde su sobrina, años más tarde, con la que se dice que pudo discutir la trama, hasta Alice Cobbett en el siglo XX o Reginald Hill en 2008. Ninguno con la habilidad literaria de Austen, que dejó a sus lectores sin el desenlace de la historia sobre su heroína Charlotte Heywood.

Doce finales 3

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2 Comentarios

  1. Faltando un par de páginas para terminar Adiós a las armas me di cuenta de que Hemingway estaba guardando una última bala para su novela… Y desde entonces ese final, para mí, justifica toda su obra.

  2. Salambó, de Flaubert.. Por mucho que sea una novela de temática histórica, el autor da rienda suelta a su imaginación en la espeluznante traca final.. Imposible imaginarse una versión cinematográfica o televisiva que recree semejante escena.

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