Malaparte

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Curzio Malaparte, 1955. FotografÌa: Carlo Bavagnoli / Getty Images.

Podría buscar mil excusas para ensalzar la figura del escritor italiano Curzio Malaparte, pero yo a ustedes no les voy a engañar.

Este hombre no entró en mi vida por su talento, lo hizo por su apellido.

Yo, de niño, no daba crédito a que, en la biblioteca de mis padres, un autor tuviera un nombre tan chungo. Ma-la-par-te. Y lo que ya me turbó sobremanera, entrada la adolescencia, fue que uno de sus libros se titulase Técnica del golpe de Estado. Me parecía un manual sobre algo malo, malísimo, que sufrían las democracias inocentes y buenas. No me lo podía creer. Qué clase de individuo tenía que ser, me preguntaba, para publicar tal cosa. Así hasta que un día me fijé detenidamente en la portada de su obra maestra, Kaputt, con unos soldados de la Wehrmacht pasándolas canutas, en lugar de aparecer como villanos desafiantes tal y como exigían mis esquemas morales. Eso hizo el resto. Me sedujo la incorrección, que es muy atractiva cuando eres joven, y me lancé a leerle. Qué más añadir… que me lo pasé pipa.

En realidad él no se apellidaba Malaparte. Se puso ese apellido —ya abrazó nuestro querido seudonimato— en sustitución de Suckert, de origen alemán, la nacionalidad de su padre, y en honor a Napoleón. Cuentan que dijo: «Bonaparte ya hubo uno», aunque él siempre se sintió italiano y voluntario que se fue a la Primera Guerra Mundial con diecinueve años. Más adelante, abrazó el fascismo de Mussolini para dar luego un giro muy característico de esas latitudes y convertirse tras la guerra a la causa aliada. No contento con ello, en la posguerra, puede que incluso se pasara de frenada en lo voluble cuando se convirtió en entusiasta de la China de Mao. Tanto, que a la misma China Popular le legó en el testamento su casa de Capri, una joya arquitectónica, en la que Godard rodó El desprecio, pasto del vandalismo durante los años que no pudo ser disfrutada por nadie debido a la impugnación de la herencia que hicieron sus despechados parientes. Imagínenlos: «¿Que se la ha dejado a los chinos, al Gobierno chino?».

De su extravagancia se ha dicho de todo. Que llevaba corsé, que se pintaba las uñas, que se afeitaba las manos, los brazos y el pecho. Que se teñía el pelo y se maquillaba. También que se esforzaba en seducir a las mujeres con el mismo esmero con el que luego no les ponía la mano encima. Decían que era demasiado narcisista, además de muy machista y muy celoso. Nótese el título de su primera obra, escrita a los quince años: La hediondez de las mujeres. Y que nadie osara tocarle los mismísimos. Se batió en duelo más de una docena de veces. En alguna ocasión, solo por una crítica negativa a una de sus obras.

Lo que sí le gustaba era el dinero. Nunca se cansó de perseguirlo, ganándose fama de veleta que se arrima en cada momento al sol que más calienta. Aunque en la última biografía publicada sobre él, Malaparte, vidas y leyendas, de Maurizio Serra, se destaca su modernidad, cosmopolitismo y que habría sido poco amigo, en realidad, de las ideologías de masas y totalitarias. En 1931, en la mencionada Técnica del golpe de Estado ya se mofó de Hitler llamándolo «Julio César con vestido tirolés». Este biógrafo lo denomina «anarquista de derechas». Muy contrario al clericalismo y mucho más al racismo. Cuando su país entró en guerra con Etiopía, sus elogios fueron destinados al valor del enemigo. No en vano, sostiene Serra, era «capaz de jugarse una amistad por un chiste».

De sus dos obras más emblemáticas, Kaputt y La piel, sobre la Europa ocupada por el Eje la primera, y el sur de Italia que se encontraron los aliados al desembarcar en Nápoles la segunda, también se ha dicho mucho. Se vendieron como churros y son libros más adictivos que la heroína. Pero también consta que no coinciden las fechas y lugares de sus maravillosas narraciones, de donde dijo haber estado. Parece que hay groseras exageraciones y falsificaciones de los hechos, e incluso anécdotas célebres de la Primera Guerra Mundial metidas con calzador en la Segunda. Un ejemplo, el relato de un niño partisano capturado por los alemanes; cuando el oficial, tuerto, comprueba su edad, decide dejarlo libre con la condición de que adivine cuál es su ojo de cristal. El crío, dice, replicó sin dudarlo que el derecho. Entonces el alemán, sorprendido, preguntó de nuevo que cómo lo había sabido con tanta seguridad. Y el pequeño soldado escupió: «Porque era el que tenía expresión humana».

Demasiadas dudas para un trabajo periodístico, me dirán ustedes, gentes de hoy, que ponen el listón muy alto. De hecho, estos libros fueron escritos en calidad de corresponsal de guerra. Pero nada de eso en la actualidad, sinceramente, tiene importancia. Al menos para mí. Mi problema con Malaparte es que desde que leí estos dos tochacos de cuatrocientas páginas, todas las películas sobre la Segunda Guerra Mundial empezaron a parecerme casi almibaradas. Cuentos ligeros de heroísmo barato con final de protagonista besando a una tía buena. Sin embargo, lo que él reprodujo en sus páginas, prestado o deformado, como fuere, quién sabe si no directamente inventado, son las imágenes más impactantes de esa crucial contienda que jamás yo haya visto o leído. Palabras que se graban en el córtex.

Las primeras páginas de Kaputt ya resultan terroríficas. El lector se adentra de la mano de Malaparte por las carreteras del frente oriental con una macabra visión. En cada curva —no hay señalizaciones— hay soldados con el brazo levantado indicando la dirección. Son cadáveres de soldados rusos congelados que los alemanes han plantado en la nieve a modo de postes. Tienen, detalla, «los ojos abiertos de par en par y la boca fuertemente cerrada».

En el campo de concentración de Smolensko, continúa, los soldados soviéticos que han sobrevivido se comen a sus compañeros muertos bajo la mirada indiferente de los oficiales alemanes. A uno de ellos, en el cerco de Leningrado, le atraparon en un agujero con carne humana en el capote.

Peor suerte corren sus animales. En Finlandia, en el bosque de Raikkola, los caballos de la artillería soviética, huyendo de las llamas que destruyen los árboles en mitad de la batalla, han ido a meterse en un lago. Busquen, lectores, el principio físico que explica lo siguiente: las aguas de ese lago están tan frías y tan calmadas que solo con un pequeño contacto se hielan de repente. Los caballos quedan atrapados. Congelados. A la mañana siguiente, sus cabezas, lo único que sobresale del hielo, también están heladas. Los soldados finlandeses, acostumbrados a su presencia, terminan frecuentándolos como tiovivos. Se divierten tontamente. Pero en primavera se acaba la fiesta cuando se pudren. Detritus aguado merced al deshielo. El hedor es insufrible. ¿No es bella la escena o qué?

Páginas después, en Ucrania, los soldados rumanos, siguiendo los pasos del avance del ejército alemán, buscan judíos entre los juncos al grito de «¡Ratas, ratas!». La Wehrmacht, a su paso, solo ha dejado judíos furtivos y esqueletos de hierro, cadáveres de máquinas. A estos soldados, cuando miran de arriba abajo a sus prisioneros, les sorprende que en el ejército de la URSS tengan mejores botas que ellos. Se hacen preguntas, discuten con Malaparte, hasta que un bombardero soviético se estrella cerca de ellos. La tripulación son seis mujeres. Han sobrevivido. Los fascistas rumanos las toquetean, las van desnudando poco a poco…

Malaparte
Kaputt. C.Malaparte. Editorial: Galaxia Gutenberg.

En los pogromos en las aldeas, los burgueses ucranianos ayudan a los nazis rumanos a perseguir a los judíos, hasta entonces sus vecinos, con cuchillos y barras de hierro. Los soldados aplastan a un hombre a culatazos contra una pared de su casa. Los hebreos son ahorcados en cualquier sitio. Cualquier parte es buena. Cuando más adelante el ejército alemán está de vuelta, también pasa por la soga a los campesinos ucranianos. En la estepa no queda nada. Nada.

Un día, Malaparte se topa con un tren detenido en la vía. Un caballero que le acompañaba, curioso, abre las compuertas de un vagón y se le caen encima, como racimos, cadáveres de judíos. Apenas se yergue, oye un griterío tras de sí. Los campesinos y los gitanos del lugar se están peleando por desnudar a los muertos. Luego venderán su ropa.

Las tropas alemanas asesinas, cuando regresan del frente, están agotadas, taciturnas, sí, como en todos los textos sobre esta guerra, pero Malaparte apunta un detalle difícil de olvidar: están todos más calvos. Hasta los jóvenes. Y cuando a alguno de los que han estado en la línea de fuego le saludan con un «Heil Hitler!», contesta «Ein Liter!» (una litera).

Estos soldados, criminales experimentados, cuando entran en las aldeas, ahora dan un respiro a los judíos. Primero van a por los perros. Sí, a por los perros de cada pueblo. Los persiguen con rabia.

Disparan contra los canes con sus ametralladoras. No importa el desperdicio de balas. Hasta les lanzan granadas. Están locos por exterminarlos. Han aprendido, a precio de sangre, que los soviéticos, cuando son atacados por Panzers, tienen perros adiestrados que, cargando en el lomo una bomba con una pequeña antena colocada, salen corriendo desde su trinchera hacia cada tanque y al más mínimo contacto los hacen volar por los aires. Hitler les martilleó con propaganda contra los perros judíos y, llegado el momento de la verdad, temen más a los perros a secas.

Tampoco le va mucho mejor a los felinos. Se entera el autor departiendo con los jerifaltes nazis de que los jóvenes de las SS, para ingresar en el cuerpo, deben superar la llamada «prueba del gato». Es sencilla. Con un cuchillo, sacarle los ojos a un minino. Así se forja un verdadero asesino.

El periplo termina en la Gran Croacia de Ante Pavelic. Malaparte va a conocerlo a su despacho. Le llama la atención un cubo de lo que parecen ser ostras de Dalmacia. Le pregunta si es su desayuno y el dictador croata le dice que no, que son veinte kilos de ojos humanos que le han regalado sus fieles soldados ustachas. Este diálogo, dicho sea de paso, ha acabado hasta en algunos manuales de historia. Por ponerlo en duda, es preciso citar que en el diario Madrid del 29 de septiembre de 1969, en un reportaje sobre Yugoslavia titulado «Aquí se dispara», en referencia a que en Praga en el 68 los ciudadanos checoslovacos no se enfrentaron a los tanques soviéticos, un italiano entrevistado aseguró que Malaparte le había confesado que ese detalle era mentira. Aunque las atrocidades de los fascistas croatas fueron de tal magnitud que hoy en día a las personas más diligentes y versadas en la historia balcánica no les extraña tal nivel de abyección. Lean sobre el campo de concentración de Jasenovac. Igual Malaparte, con lo de los globos oculares, solo quiso decir poco para contarlo todo.

Sea como fuere, al final de Kaputt al menos hay un lugar para la risa. Y cómo no, este momento llega de la mano de un español. Es cuando el diplomático Agustín de Foxá, muy amigo de Malaparte, le revela que un día, junto a César González Ruano, estando borrachos, exhumaron en un cementerio madrileño el cadáver de lo que resultó ser un marinero. Al descubrirlo, se santiguaron ante él como creyeron más oportuno: «Por el norte, por el sur, por el este y por el oeste». Es lo único refrescante de la obra, un sacrilegio.

No obstante, en la segunda parte, en el libro La piel, también te ríes. Por ejemplo cuando los napolitanos, conchabados con los negros del ejército americano, roban camiones enteros de suministros. En las familias locales había hambre. Pero, ya puestos, también afanan un Sherman, un tanque entero, que desmontan y descuartizan en un patio interior en dos horas escasas. En ninguna película nos han contado los americanos que los pueblos que liberaban estaban tan precarios como para robarles los carros de combate.

Eso indica cuánta debía ser la desesperación por llevarse algo de comida a la boca a la hora de explicar otras conductas humanas menos jocosas. La prostitución también estaba a la orden del día, además del latrocinio. Pero no solo de mujeres, también de niños. Sus madres los vendían a los soldados marroquíes, hindúes y argelinos, que por lo visto gustaban de esa mercancía infantil para saciar los apetitos sexuales. Dos dólares un niño, tres una niña. Barato. Diez veces menos que un kilo de carne de cordero, se le quejaban a Malaparte los lugareños.

Porque la oscilación de los precios según las leyes de la oferta y la demanda eran trágicas para las gentes humildes del sur de Italia. Cuando llegaban campesinas de los pueblos cercanos con la intención de prostituirse de forma estajanovista, el precio de la carne humana bajaba y se incrementaba el de los alimentos. Una chica de veinte años, cuenta el autor, pasaba a costar de diez dólares a cuatro en solo una semana.

Y también, por supuesto, había prostitución masculina. Algo de lo que el cine nunca quiso saber nada. Eran los soldados humillados y derrotados del ejército fascista italiano. No habían sido admitidos para luchar junto a los aliados con el general Badoglio y no tenían más opciones que ponerse a merced de los cientos de homosexuales que bajaban de toda Italia en su búsqueda. Era un ahora o nunca. Un aquí y ahora para aquellos, él los llama «invertidos», pudientes.

No obstante, el autor tiene el detalle de agradecer a los homosexuales del mundo su impagable labor en el servicio secreto del lado de los aliados. Según cuenta, los gais eran los agentes más cotizados. «Imposible saber cuántas vidas humanas han sido salvadas gracias a las caricias secretas de los mignons» («monadas», en francés), informa el periodista. Que el ejército alemán en retirada no destruyera la industria del norte de Italia, explica, se debió a que Dolmann, de las SS, fue persuadido de no hacerlo por su amante romano. Y ojo, en estas páginas tampoco faltan las escenas lésbicas entre señoritas nacionalsocialistas. Realismo y paridad.

Es que fue una lucha de todo el pueblo. En el sur de Italia la población civil se enfrentó a los alemanes en cruentas guerrillas urbanas. Era lo primero que se veía al entrar en la Nápoles liberada, describió Malaparte y yo nunca lo vi en la gran pantalla: cadáveres alemanes con los rostros desfigurados a tijeretazos, las gargantas de los muertos abiertas a mordiscos. Algunos habían sido prendidos e inmovilizados por grupos de veinte chiquillos y, una vez tirados al suelo, les habían incrustado clavos de un palmo en el cráneo. Ahí yacían, con la cabeza como Hellraiser, pero en serio.

Esos críos napolitanos eran capaces de reventar tanques. Muchos de ellos, a lo kamikaze, se arrojaban con cestos de paja ardiendo en las manos para prenderles fuego. Otros, más audaces, en el terrible calor del sur de Italia, les ofrecían racimos de uvas cuando se los cruzaban en las carreteras. La ejecución era sencilla. En el mismo momento en el que comenzaba a levantarse la cubierta de la torrecilla, les metían dentro granadas de mano robadas a los muertos. Nada más espantoso que la muerte del tanquista.

Con todo, la escena más impactante de ambos volúmenes se sitúa de nuevo en Ucrania, en Jampol, sobre el Dniéster. Un hombre yacía en la calzada aplastado por un carro blindado. Un grupo de civiles se afanó en retirarlo de en medio. Suavemente. Lo hicieron utilizando una pala bajo los contornos del cadáver. «Como se levantan los bordes de una alfombra», matizó el plumilla. Esa «alfombra de piel humana» tenía una «delgada armazón ósea», describe, era «una verdadera telaraña hecha de huesos machacados», parecía «un vestido almidonado». Cuando por fin lo despegaron del suelo, uno de ellos clavó la punta de su pico en el lado de la cabeza y echó a andar ondeando esa bandera. Daba igual el porqué.

Malaparte deja para el final de la segunda entrega esta escena. Le sirve de sentencia. «Aquella piel se balanceaba al viento como un auténtico estandarte. Le dije a Lino Pellegrini: “He aquí la bandera de Europa, nuestra bandera”». Qué poco han cambiando los símbolos. En eso no exageró Curzio Malaparte.

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7 Comentarios

  1. Leí Kaputt con dieciséis o diecisiete años, en una edición argentina de 1955 que estaba en la biblioteca de mi padre y que ahora tengo yo.
    La releí hará cuatro o cinco años. Es cierto que atraviesa la novela esa especie de lirismo macabro, con imágenes magníficas como la cesta de ojos, los caballos helados o los soviéticos como indicadores.
    Aunque la imagen que perduró para mí fue la de los soldados soviéticos que han sido separados en analfabetos y letrados y lo que ocurre después.
    La Técnica también la tenía en una edición de 1960, de Plaza y Janés, con portada con la imagen de Trotsky y ya deshojada, pero la leería con cuarenta años y hace algún tiempo se la regalé a mi hijo mayor.
    De esta recuerdo la definición que daba el mismo Trotsky, “como dar un puñetazo formidable a un paralítico”.

  2. Líquido sobreenfriado y perros de Pavlov (tal vez algunos perros de la España rural hubieran preferido ser perros de Pavlov).

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