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Fui a Barcelona pero no estaba buscando a mi padre

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Terapeuta: Buenos días, Juan.

Paciente: Buenos días, Doctor.

T: ¿Qué le trae por aquí?

P: Hace unos días viajé a Barcelona… [suspiro]

T: Continúe.

P: Fui a Barcelona pero no estaba buscando a mi padre. Fui a presentar una novela y ya no quedaba ni rastro de él. Ni de él ni de la ciudad que conocí de su mano. Esa Barcelona para mí tenía algo muy superior a Madrid, era más culta y civilizada, como lo era mi padre con respecto a nosotros.

T: Su padre…

P: Recuerdo la primera vez que vi a mi padre, pero no la primera vez que le llamé papá. No sabría explicar cómo ocurrió o cuál fue el proceso. Sí sé que le llamaba papá y se me llenaba la boca. PAPÁ, PAPÁ, PAPÁ. Era increíble tener de pronto un padre y tener a un padre así.

T: ¿Cómo es su vida sin él?

P: Yo sin él, sin su recuerdo y sin su imagen, sin su ejemplo, sin su presencia constante y casi mítica en mi vida, sin su valentía y sus caídas, sin su sentido del deber y de la lealtad, sin todas las calles que paseamos juntos, sin los puñetazos que me enseñó a dar, sin su exigencia, sin su olor de los fines de semana por la mañana o sin sus manos como las del Copito de Nieve, creo que habría muerto cien mil o ciento veinticinco mil veces solo antes de cumplir diez años.

T: Un gran hombre su padre…

P: Mi segundo padre. Mi padre está muerto. Mi segundo padre también está muerto. Los hombres en mi familia han muerto todos o han huido.

T: ¿Y las mujeres de su familia?

P: En mi familia las madres odian con mucha más fuerza a sus hijas que a sus hijos.

T: ¿Su abuela odiaba a su madre?

P: La gran víctima de mi abuela fue su hermana, la pequeña de la familia, un ser fascinante, con muy pocas luces, ningún sentido de la responsabilidad, muchísimo vicio en el cuerpo y la valentía necesaria, o la falta de inhibiciones, para hacer todas aquellas cosas que mi abuela siempre quiso hacer pero jamás se atrevió.

T: ¿Y su madre?

P: Nos queremos. Nos queremos de verdad, e incluso a veces nos queremos mucho. Aunque hay una fuerte reserva por mi parte. Es la necesidad de protegerme. Mamá, como antes mi abuela y quizás antes mi bisabuela y mi tatarabuela y así hasta el final de los tiempos, es el enemigo, el auténtico monstruo, una criatura única con mil cabezas o una sucesión infinita de reencarnaciones. Hunde sus raíces en la tierra y casi llegan hasta el núcleo. Saca la fuerza de allí. Es mil veces más poderosa que yo.

T: ¿En qué año se conocieron sus padres

P: Yo tenía siete años. Fue en 1980.

Como ponen de manifiesto investigaciones en el campo de la psicología, los hijos criados en condiciones emocionalmente estresantes pueden clasificarse en dos categorías: los que sucumben y desarrollan conductas patológicas y los que, resiliencia mediante, salen reforzados, aunque no exentos de trastornos de la personalidad. Juan Vilá, hasta el momento, parece encontrarse en este segundo grupo, y para suerte de sus lectores, entre los que felizmente me encuentro, canaliza toda su rabia e impotencia a través de sus novelas. Sabemos desde hace tiempo que la infancia es la etapa clave para el desarrollo de la personalidad y sobre todo en lo referente a la autoestima. Y es la infancia el punto de partida desde donde Juan Vilá construye una autobiografía bumerán en la que cuanto más cáustico es un ajuste de cuentas, más ternura y amor acaba destilando el párrafo que lo engloba.

1980 es una novela hipnótica y colorista en la que acompañamos a su protagonista, el propio Juan Vilá, en la verbalización de sus miedos, emociones y sentimientos dentro su compleja constelación familiar. Al igual que los relatos autobiográficos de Amelie Nobthom, 1980 nos cautiva y sorprende en una lectura que dura un suspiro. Y, como en La lección de anatomía de Marta Sanz, podemos ver las entrañas volcánicas que mueven, propulsan e impelen la escritura de Juan Vilá.

Después de conocer a los amigos de Juan en El sí de los perros, a una de sus novias más voluptuosas en Señorita Google, y a toda su familia con tres grados de separación en 1980, espero con ansiedad a que Juan se convierta en padre y nos regale el siguiente de sus combates cotidianos. ¡Juan, siente la llamada!

*El relato que encabeza este texto es una conversación imaginaria entre Juan Vilá y su terapeuta donde las frases en cursiva están extraídas de la propia novela.

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7 Comentarios

  1. Otro falso diálogo verdadero en pocos días. Enhorabuena también.

  2. Eso es maltrato infantil, ¿lo saben? Concretamente, maltrato emocional y/o negligencia emocional. La forma más extrema de negligencia es el abandono, cómo parece que le pasó al autor del libro.

    No, el maltrato no hace más fuerte a nadie. Lo que sí hace fuerte es nacer y crecer en una familia que te quiera y que cubra todas tus necesidades, incluidas las emocionales.

    Además: la resiliencia es una arma de doble hoja, pues sirve también para quitar responsabilidad a los padres y echársela al hijo.

    No blanquean ustedes el maltrato. Tenemos ya demasiados niños mártires.

  3. Bueno, ante una mala infancia no hay sólo dos salidas, el hundimiento o la fortaleza. Estamos los que fluctuaremos hasta el final entre ambas.

  4. Ya me lo leí y me ha encantado, lo recomiendo mucho.
    Muy bestia y muy tierno a la vez.

  5. Para quienes lo comentaron: es sintomático y revelador que su verdadero padre, para el autor, sea el segundo de ellos, no el biológico. «No es quien te crea, es quien te cría».

  6. Vaya modo de anunciar un libro. Me ha emocionado tanto que me recuerda un poema de anteayer:
    Yo quisiera ser pirata,
    Pero no por el oro y la plata,
    Sino por el raro tesoro
    Que guardas entre las patas.
    Amén.

  7. Eduardo Roberto

    A mi viejo lo perdí dos veces,
    la primera en automático,
    pero la segunda, como si
    contrapaso se necesitase
    dura todavía porque no sé
    si era un pendenciero, un santo
    varón o un simple cabrón
    con una pinta inigualable.
    De mi madre pienso que me
    odió con ese odio decadente
    que cuando se van te dejan
    sin palabras. Pobre. La entiendo,
    condenada a parir hijos no es
    una santa misión para inocentes
    condenadas a remendar
    entuertos con la puntilla de los besos.
    De ambos me pregunto que
    habrá sido de sus huesos y por eso
    no entiendo a esos adolorados
    que se lamentan del presente
    dando la culpa al pasado de sus viejos.

    Efraín PDL Poeta fueguino, apolítico, tímido e impresionable.

    Muy buena lectura. Gracias.

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