Creencias: ¿cómo se eligen?

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Credit Image: © Aman Rochman/ZUMA Wire

Una mujer estaba preparando un jamón al horno, cuando su esposo, mirando lo que hacía, le preguntó porque cortaba los extremos… Le respondió sin vacilar que así lo hacía su madre.

El marido y los hijos insistieron y la madre se prodigó en explicaciones alambicadas como que así permitía que el calor del horno penetrara por los extremos, o que los cortes facilitaban la mezcla de ingredientes con el consiguiente aumento de su sabor…

En otra ocasión, estaban en casa de la madre de la mujer y le preguntaron por qué cortaba los extremos del jamón para meterlo en el horno. La discusión fue idéntica a la anterior y concluyó con la misma tesis: —Lo hago así, porque así lo hacía mi madre.

No quedando satisfechos con el origen de la receta, decidieron visitar a la abuela que, aunque era muy mayor aún vivía.

Plantearon a la abuela la misma pregunta y ella contestó: —Lo hago así porque no cabía en mi horno.

La costumbre de creer impide a la gente observar. (Aristóteles)

¿Cómo llegan los colectivos humanos a considerar que algo es cierto? ¿Qué criterios utilizan para determinar que un conocimiento es fiable? Y también, ¿de qué modo se instalan ciertas creencias y otras no tienen éxito por muy veraces y contrastadas que sean? A veces simplemente se utilizan para ello criterios de orden lógico o se aplican reglas de verosimilitud, pero otras veces no es tan fácil identificar el procedimiento que convierte algo en cierto o falso. Hay afirmaciones que se instalan con gran facilidad en el colectivo social. Sin embargo, otras necesitan de arduas demostraciones para ser aceptadas. ¿Qué hace que unos asertos penetren la membrana social y se instalen en la mente colectiva como si fueran los pensamientos de toda la vida y otros sean rechazados emocionalmente sin necesidad de dudarlos?

Para que un aserto sea aceptado como verdad, debe pasar por tres fases: primero, ser ridiculizado. Después debe sufrir una fuerte oposición. Finalmente, ser aceptado como obvio. (Arthur Schopenhauer)

Existen varias vías para explorar estas preguntas y una de las más relevantes consiste en que se llegue a concluir que ese pensamiento o comportamiento se ha utilizado toda la vida. Convertir un comportamiento actual en una tradición que se hizo siempre, es un modo eficaz de consolidar una creencia como buena.

Por ejemplo, se piensa que la familia biológica tal y como la conocemos es la estructura social básica desde siempre. Sin embargo, es conveniente añadir que, en la antigüedad, la crianza de los niños era comunal. Se tenía dificultad para saber quién era el padre de cada niño, e incluso se creía que podía tener varios padres y el nacimiento provenía de la acumulación del esperma de varios hombres, y que cada uno de ellos aportaba una característica del niño que iba a nacer. La necesidad de saber por parte de los hombres quiénes eran sus hijos movilizó el pensamiento que se plasmó en la legislación como la patria potestad y esto ocurrió en Europa con el inicio del derecho romano (desde el año 753 a. C.) y se extendió a América con la colonización (a partir del año 1492 d. C.).

Las siguientes afirmaciones gozan de amplio consenso y tienen facilidad para ser aceptadas:

  • Lo primero que hay que hacer para empezar el día es desayunar. No se puede abordar la jornada con el estómago vacío.
  • Hay que comer cinco veces al día.
  • El ayuno debilita, aunque sea por periodos cortos de tiempo.
  • Comer más de un huevo diario es malo para la salud.
  • Si permites que tus hijos pequeños duerman contigo en la habitación, jamás querrán dormir solos en su cuarto.
  • Si atiendes las necesidades que el niño te plantea y lo abrazas cuando te lo pida, se convertirá en un malcriado y nunca será independiente.
  • Cuanto antes aprendan los niños las cosas (leer, sumar, restar…) mejor. Hay que darse prisa para que aprendan todo lo posible.
  • Antiguamente había más respeto por los mayores que ahora.
  • Los jóvenes actuales son más vagos que los de generaciones pasadas.
  • (Le dejo este espacio para añadir alguna otra que conozca)

Más allá de la polémica acerca de cuánta razón pueden tener o no, lo interesante es saber por qué este tipo de creencias anidan en la población con más facilidad que sus argumentos antagonistas. Hay hipótesis aproximativas como la necesidad de pensar como la mayoría para ser aceptado en la comunidad. Pero, ¿qué trance individual y colectivo posibilita la consolidación de ciertos pensamientos y el rechazo de otros?

Las condiciones del contexto vital en cada momento histórico influyen esencialmente en la elaboración de las creencias predominantes. Por ejemplo, hacia el final de la Edad Media se instaló progresivamente en la población una mejora de la expectativa ante la vida. El retroceso de la violencia indiscriminada supuso un avance en la percepción de la seguridad física. Así como la mejoría de la supervivencia contribuyeron al mayor proceso de consolidación de las nuevas creencias colectivas.

La perspectiva del tiempo tenía en la época clásica una percepción circular con la sensación de estar siempre en el mismo punto[1]. Ciclos de repetición como el día y la noche, o las estaciones del año fijaban la atención del ser humano en una percepción del tiempo cíclica. Imagen que fue evolucionando a una contemplación del tiempo de carácter lineal, con la perspectiva de un futuro más satisfactorio que el presente o el pasado. Dicho de otro modo, en la Edad Media no se confiaba en que el futuro fuera a ser mejor que el presente.

El concepto de crédito bancario es un ejemplo de lo que estamos diciendo. En la época clásica esta idea no hubiera funcionado porque, para que tenga éxito, es preciso instalar en la población el pensamiento de que los tiempos que vendrán serán mejores, o al menos lo suficientemente buenos para poder afrontar la deuda del préstamo, cosa difícil de percibir en épocas de gran incertidumbre en las que no se podía garantizar que la vida fuera estable y segura en el futuro. La esperanza en un futuro mejor y la confianza en el desarrollo y el crecimiento fue una de las creencias colectivas más relevantes de la modernidad[2].

Esta confianza en la estabilidad vital y social tiene que ver con importantes procesos de orden social y económico. Especialmente en lo relativo a la regulación de la violencia para garantizar una vida más segura. Poco a poco, las intrigas palaciegas fueron sustituyendo a la espada. En la época clásica la sociedad estaba estructurada en una división tajante entre nobles y plebeyos. Con la aparición de los oficios, la irrupción de la burguesía y la diversificación de los trabajos, se generó una tupida red de interdependencias. La necesidad que tenían unos ciudadanos de otros atemperó la violencia y la rebajó notablemente, porque las necesidades que unos tenían de otros se hicieron más patentes, lo que configuró otro tipo de creencias colectivas acerca de la civilización[3].

Se inicia el proceso de la contención de las pasiones y el desplazamiento del deseo momentáneo a un futuro mejor. Es la irrupción del campo de la conciencia interna o psíquica y la introducción de la idea del desarrollo, del crecimiento y del progreso.

Por todo ello, cobra una relevancia esencial el factor de autocontrol. Una de las características más relevantes de nuestra cultura fue el tránsito de la coacción externa por parte de las autoridades a la necesidad de autocoacción. La industrialización y el adiestramiento de la fuerza de trabajo consolidó este proceso. El tránsito de la esclavitud al sistema de formación de operarios, obreros e incluso profesionales del más alto nivel requiere del autogobierno de comportamientos, capacidades y conciencia acerca de lo que cada uno debe autorregularse. El control de la población pasa de ser gobernado por una única autoridad a que cada ciudadano se autorregule[4]. Podría pensarse que llegó un momento en el que la esclavitud no era rentable por los dispositivos de control de las poblaciones que requería. Sin embargo, parecía mejor que cada obrero se responsabilizara de su propio control. Autocontrol que afecta al deseo y, por tanto, a la gestión de la vergüenza y la culpa.

La atención se desplaza desde el exterior al interior del sujeto. Las batallas que en la antigüedad se libraban por la fuerza y en contextos exteriores, comienzan con la modernidad a librarse en el interior del sujeto. Cobra fuerza la elaboración psíquica de la realidad. De la literatura épica, hazañosa y exterior a la novela de gestión interior. Cuesta trabajo pensar qué diría una persona del siglo IX o X en Europa si alguien le dijera que tiene ansiedad o episodios de melancolía. Seguramente no entendería nada.

La evolución del discurso y la práctica judicial es relevante en este sentido. En la época clásica el juicio se celebraba a puerta cerrada, la población no podía asistir. Sin embargo, la ejecución de la pena era pública. Con la modernidad el juicio se convirtió en público y la ejecución de la pena pasó a ser privada[5]. La modernidad evitó la exhibición del horror del castigo.

Otro elemento esencial para instalar una creencia colectiva está relacionado con la legitimidad de la misma. Se trata de convencer a nuestro interlocutor de que el pensamiento que defendemos lo dice alguien superior en jerarquía o sabiduría. Que no lo digo yo, sino que proviene de una autoridad, que además no es local sino universal[6].

Las fuentes relevantes que dan legitimidad al pensamiento pueden ser:

  • Expertos profesionales.
  • La ciencia.
  • Ancestros que reflejan la sabiduría del origen de la cultura y con ello se acercan a la primera vez que alguien lo dijo y que seguramente fue una transmisión de los cielos y de seres sagrados, en definitiva, de alguien superior. En esto reside la oportunidad seductora del mito.
  • El mismo dios.
  • Las leyes de la naturaleza. Por ejemplo, el argumento que defiende la división de la sociedad en castas se apoya a menudo en que es lo más natural, para favorecer la higiene, evitar la contaminación o defender la pureza[7].

Notas

[1] Mircea Eliade. 2001: El Mito del eterno retorno. B. Aires: Emecé.

[2] Yuval Noah Harari. 2015: Sapiens. De animales a dioses. Barcelona: Debate. Pág. 346

[3] Norbert Elías. 1993. El proceso de la civilización. Méjico: Fondo de cultura económica. Págs. 466ss.

[4] Elías. Op. Cit. Pág. 454.

[5] Michel Foucault (2002): Vigilar y castigar. B. Aires: Siglo XXI

[6] Noah Harari. Op. Cit. Pág. 221

[7] Noah Harari. Op. Cit. Págs. 156-157

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17 Comentarios

  1. Me ha parecido una reflexión muy interesante, especialmente en los tiempos que corren.

    Puede que todo se reduzca a una cuestión de fe.

    Creer lo que dice “la ciencia” sin haber el leído el informe, conocer al autor, o presenciado el experimento es poco más que creer lo que te ha dicho un extraño de internet, y no hay medios materiales prácticos para contrastar que lo que diga “la ciencia” sea cierto o no (más allá de realizar el experimento uno mismo).

    Incluso tenemos que confiar en que lo que vemos — y el resto de nuestra experiencia sensible — es fiel representación de la realidad, sabiendo que existe el error ¿Os acordáis del vestido que cada uno veíamos de un color diferente?

    En una sociedad que desprecia tanto la religión, resulta irónico cómo las creencias menos contrastadas son las que mejor calan en el colectivo.

    Al final, pese a la posibilidad del error, parece razonable confiar en las razones de tu madre antes que en la de un extraño de internet, pues al menos sabes que tu madre quiere lo mejor para ti, y te dará lo que ha sido mejor para ella.

    Me inspiro en estas dos lecturas, que recomiendo encarecidamente:
    – El criterio, de Jaime Balmes.
    – El capítulo acerda de la tradición del libro Ortodoxia, de G.K. Chesterton.

    ¡Enhorabuena por el artículo!

  2. El propio Popper (que no es santo de mi devoción, pero no es un cualquiera) aseguraba que en última instancia la justificación lógica del racionalismo tiene que acabar dando paso a la fe en la razón. No hemos encontrado aún mejor herramienta para la acción.

  3. Yo no tengo nada en contra de las creencias siempre y cuando sus efectos no trasciendan el ámbito al que pertenecen, el estrictamente personal. Lo que no admito de ninguna manera es la falacia por la cual, partiendo de la lógica, el empirismo, la ciencia y el racionalismo, la religión arrima el ascua a su sardina y, utilizando el resquicio “popperiano”, propugne la misma legitimidad a ciencia y creencia.

    • No, por supuesto que no la tienen.
      Nada de ciencia y creencia, si por esta se entiende creencia religiosa. De lo que hablaba es de que no hay mecanismo lógico para fundamentar la razón.
      Puedo estar de acuerdo con eso con Popper.
      Desde luego que no en su “racionalismo crítico”, su escepticismo blando, que da en agnóstico en lo religioso y desbarra hacia lo idealista en lo ontológico.

    • Supongo que, del mismo modo que la creencia en el psicoanálisis, la homeopatía y las teorías económicas neoliberales: decisiones individuales interesadas. O creencias sin fundamento, porque en algo hay que creer.

      • Era una pregunta retórica/irónica/capciosa al autor del artículo. No esperaba respuesta; pero, como quien no quiere la cosa, has tocado un tema clave: “en algo hay que creer”. ¿Es imprescindible creer plenamente en algo o alguien?

        • ¿En la ciencia? ¿En la razón? ¿En la lógica?
          La razón es un recurso humano que va más allá de la lógica y eso es algo que siempre he apreciado como fundamental.
          Los “lógicos” que conozco siempre son agnósticos, positivistas, no me resultan convincentes, se quedan en una superficie.
          En cualquier caso, y respondiendo, el conocimiento es una creencia fundamentada. Sí, hay que creer en eso, razón, ciencia.

  4. Que yo recuerde Popper considera (en su etapa más clásica) que la diferencia entre una creencia legítima e ilegítima radica en la contrastabilidad.
    El psicoanálisis, por ejemplo, no es falsable. Si usted tiene un padecimiento x, la culpa es de la represión sexual. Si no hay represión sexual, entonces es a causa de la represión sexual de sus padres. Esto vale para explicar desde la miopía hasta el cáncer. Esto no es una creencia legítima. No es ciencia. Es estúpido.
    El materialismo dialéctico es igual, cosa de y para tontos. Su fe radica sobre una tontería (que de todos los problemas que usted tenga tienen la culpa otros, en especial el capitalismo como método de producción dominante y ningún crimen cometido en nombre del socialismo futuro lo es; se trata de un “medio”). Esta morralla simplista entra fácil si uno es un imbécil o un resentido o ambas cosas.
    Lo mismo a propósito de los cultos religiosos. Si sustituimos el materialismo dialéctico por Dios, el proletariado por el pueblo de Dios, Marx por Jesús, los comisarios políticos por los frailes, el infierno de los capitalistas por el infierno a secas, “El Capital” por “La Biblia” etc., llegamos a otro producto incontrastable.
    Matar o morir por una creencia es cosa de idiotas, porque puedes estar equivocado. Pero es un error infravalorar los bajos instintos de un idiota.
    Cuanto más contrastable sea una teoría, más científica y legítima será. Cuanto menos, tanto más se acercará a las ciencias sociales y humanas (y a páginas de opinión como revista jotdown). Y si no admite ser contrastada en absoluto, entonces, amigos, hemos topado con un producto simple apto para la fe de un idiota máximo.

    • Qué pesado eres.
      Ya tardaba en llegar alguna coz enfermiza.
      Otra vez por los cerros de Úbeda, lo cual no sé si es prueba de idiotez o de debilidad.
      Aunque desde que has comparado a Doré con los garabatos de algunos has caído bastante bajo (sin negar que hay novelas gráficas geniales).
      El otro día que si China tiene un desarrollo formidable, pues Mao es un asesino.
      Hoy que si Popper puede haber dicho algo válido (me quedo sin dudas con Bunge o con Bueno, materialistas sin complejos), pues que si el diamat es de los idiotas.
      El materialismo dialéctico, aparte de algún autor y de alguna aportación concreta, es bastante deficiente por monista. Es burdo, salvo las aportaciones pluralistas de Ilienkov y alguno más.
      Reducir marxismo y materialismo histórico al diamat es muy pobre.
      Sus desarrollos, afortunadamente, llegan mucho más lejos.
      Es más yo diría que eso sí que es de idiotas, hablar de lo que no se sabe. Y tú lo único que piensas de marxismo/comunismo/China/Urss es kakós. No, no es muy racional.
      Haces una descalificación moral general de esa cadena y luego eso te sirve para la epistemología , la ontología, la historia, la sociedad y lo que te echen. Y así, una y otra vez.
      No sé si todo eso que piensas de mí (cerdo, ignorante, analfabeto, tonto, asesino…) lo piensas también de todos los rojos, comunistas y ultraizquierdistas (como Frabetti, por cierto). Quizá es solo de mí, pero como lo relacionas con el comunismo y rojos hay tantos…
      De verdad, Constantino, ¿tú crees es odio es señal de una moralidad saludable?
      En fin, cada vez estoy más convencido de que cada día que pasa estás peor.
      Cuídate, estás empezando a provocarme ternura por tu desvalidez.

      • Yo tengo un perrro que se llama Diamat! Es lo unico que me dejó un novio ruso que tuve y que se larguó con to mi dinero. Os iba aproponer que useis palabras quentienda to dios porque lo ques tu y el Constantine me teneis de losh nervios ya.

        • Hola, Isobel
          Hacía tiempo que no te veía por aquí.
          Sí, la verdad, es que es cansino :-D
          Pero, ya sabes, dos tontos muy tontos: acaba el carril y seguimos los tontos.
          Saludos.

      • Yo hablo de la creencia y la contrastabilidad de Popper. Si usted se siente aludido, es su problema. “El que se pica, ajos come”.

  5. ¿y quienes eligen creer porque la ciudad las dio de lado? La ciencia de la histerectomía, de la histeria, de la sistemática cesárea, la que resta importancia a la endometriosis, a los dummies de coche en femenino, a los infartos sin dolor en el pecho…

  6. ¿y quienes eligen creer porque la ciencia las dio de lado? La ciencia de la histerectomía, de la histeria, de la sistemática cesárea, la que resta importancia a la endometriosis, a los dummies de coche en femenino, a los infartos sin dolor en el pecho…

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