La revolución más complicada de la historia

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Fotografía: Cordon Press.

En la actualidad, cuando se cumple un siglo de la Revolución rusa en general y de la Revolución bolchevique en particular, podemos diferenciar tres enfoques ideológicos de ese fenómeno histórico. Primero, la visión marxista, muy en boga durante los años sesenta y setenta, y centrada en un enfoque materialista histórico. Tras la caída del Muro y el final de la guerra fría, en paralelo a la pérdida de influencia política de la izquierda en Europa, cobra fuerza la perspectiva liberal, incluso posmoderna, de la Revolución rusa. A cargo sobre todo de autores anglosajones, enfatiza el relato sobre el análisis estructural de los marxistas. Juega con la historia contrafactual (qué hubiera sucedido si…) en orden a demostrar que la Revolución rusa, en contra del análisis materialista histórico, no fue históricamente necesaria ni estaba predestinada a triunfar. Su visión es básicamente pesimista o negativista. Como muestra valga el título del libro de Figes, gran éxito editorial con numerosas ediciones a sus espaldas: La Revolución rusa. La tragedia de un pueblo; contrasta completamente con el conocido reportaje de John Reed: Diez días que estremecieron al mundo. Aquí, la revolución se planteaba como un fenómeno de alcance internacional, una épica basada en la lucha de clases y el Manifiesto comunista de Marx: «Trabajadores del mundo uníos, no tenéis nada que perder, excepto vuestras cadenas».

El tercer enfoque vendría a ser el que se está ensayando en la Rusia de Putin, que se centra más en la guerra civil y que implica un equilibrio delicado: rojos y blancos sufrieron, el fenómeno revolucionario alcanzó por tanto a todos los rusos —y pueblos del antiguo imperio— y todo ello debería servir para lograr una reconciliación histórica entre todos los actores implicados, dado que la revolución formó parte del destino nacional de Rusia. Pero entendido no como parte de la argumentación del materialismo histórico, sino en unos términos eurasianistas.

El argumento explicativo es tortuoso pero clarificador. Cuando ya era evidente que la guerra civil se había perdido en Rusia, a comienzos de los años veinte del siglo pasado, un grupo de exiliados blancos comenzó a elaborar una teoría política según la cual la nueva Rusia soviética cumplía los destinos históricos de la vieja Rusia imperial de siempre: extenderse por Asia Central, marcar hegemonía en Europa central, seguir luchando por la cimentación de Eurasia, en suma. Esta formulación paliaba la conciencia de desastre histórico y permitía cubrir el posible regreso a la madre patria de muchos de los exiliados. Resulta obvio que los primeros años de entusiasmo revolucionario no fueron el contexto ideal para considerar que el eurasianismo era algo más que una teoría de cuatro lunáticos dispersos por Europa. Pero durante la Segunda Guerra Mundial, Stalin no tardó en evocar a la madre patria y la guerra patriótica para potenciar la defensa del territorio soviético invadido por los alemanes. Esa es una de las razones de que hoy en día Stalin esté mejor considerado en la Rusia de Putin que el mismo Lenin. En enero de 2016, en el aniversario de la muerte del líder bolchevique, el presidente ruso dijo: «Muchas de esas ideas [de Lenin], como la de dotar a las regiones de autonomía, colocaron una bomba atómica bajo el edificio del Estado llamado Rusia, que más tarde explotó. Nosotros no necesitábamos una revolución global».

De esa forma, cien años más tarde, la Revolución bolchevique se ha venido transformando en una especie de revolución nacional, lo cual nos asegura una reformulación en clave nacional-socialista, asociada al destino de Rusia y a la presunta superioridad de su cultura. De esa forma tan paradójica, la moderna ultraderecha rusa puede terminar por nutrirse de aquello que sucedió en 1917.

Más allá de estas cuestiones conceptuales, la Revolución rusa merece una renovación interpretativa, aunque algunos puedan concluir que «cien años no son nada». Por suerte para los historiadores, fue un fenómeno muy complejo que no se quedó en la cabeza de Lenin ni en Petrogrado, esa ciudad en la bella capital escenográfica destinada a ser un decorado revolucionario tan formidable como el que ofreció París en su momento. De hecho, atendiendo a los marcos cronológicos, la Revolución rusa es un conjunto de tres explosiones revolucionarias: la de 1905, que supone el triunfo de la revolución burguesa; la de febrero de 1917, que vino a ser la revolución nacional-republicana; y la de octubre de ese mismo año, que es la Revolución bolchevique, con vocación de ser internacional, ya no solo meramente rusa. Aun así, ese conjunto de tres en una no fue un fenómeno aislado y único en su época. Entre 1896 y 1917, se sucedió una constelación de revoluciones, algunas sociales, otras antiimperialistas: la cubana, la guerra de los bóeres, la resistencia de los senusis libios, la Revolución de los Jóvenes Turcos, la de los constitucionalistas iraníes, la revolución republicana en Portugal, la Revolución mexicana, la del Doble Diez que hunde al Imperio chino milenario. Los entusiastas de Hugo Pratt conocen bien el glamour de estos rebeldes que tejen la primera globalización desde Shanghái hasta Lisboa, pasando por Ciudad Juárez.

Una vez acontecida la Revolución bolchevique, tenemos otro problema de cronología: ¿cuál es la duración del proceso revolucionario? Tienen razón quienes argumentan que en octubre/noviembre de 1917 tuvo lugar un golpe de Estado cuidadosamente planificado por Lenin y Trotski. Pero ese golpe dio paso a un periodo en el que se abordó la construcción de un nuevo Estado y una nueva sociedad, incluso una civilización. Por lo tanto, la pregunta no es fácil de resolver. La muerte de Lenin, en 1924, aunque ya había quedado seriamente incapacitado tres años antes, da una primera respuesta. Pero el proceso continuó su marcha con la victoria de Stalin sobre Trotski, y continuó levantando los planes quinquenales y la colectivización hasta el shock de la Segunda Guerra Mundial. Aun así, no es exagerado afirmar que la Revolución continúa hasta el asentamiento del nuevo Estado y la nueva sociedad, tras salir la Unión Soviética vencedora del choque contra el nazismo. La muerte de Stalin, en 1953, es el final del último gran protagonista de la Revolución de Octubre; y tras él la sociedad soviética ya es otra, y no puede ser manejada con los viejos y despiadados métodos revolucionarios. Las experiencias sociales y económicas de los años veinte y treinta ya han dado de sí todo lo que podían y todo se ha estancado. El Estado y el Partido se han burocratizado y solo pretenden ya gestionar su propia permanencia al frente del poder.

De los imprecisos límites cronológicos a los territoriales. La Revolución rusa, muchas veces acotada a la capital del Imperio ruso, Petrogrado, o a la cabeza de Lenin, en realidad se extendió por el inmenso territorio del desaparecido Imperio ruso, enfrentando a bandos que iban más allá de los rojos y blancos implicados en la guerra civil que se prolongó entre 1918 y 1921. De hecho, uno de los focos que desencadenó la contienda fue la ofensiva bolchevique, en el verano de 1918, contra la República de Komuch, en los Urales. Era este el refugio de los social-revolucionarios que habían intentado reunirse a principios de año en Petrogrado para legislar la Constitución, acto boicoteado por las nuevas autoridades bolcheviques surgidas del golpe de octubre (7 de noviembre en nuestro calendario gregoriano), tras al célebre asalto al Palacio de Invierno. Acción que, por cierto, había echado abajo al Gobierno provisional, que, aunque era ya de la camarilla de Kérenski, estaba compuesto mayoritariamente por socialistas y liberales, además de independientes.

De esa forma, la célebre Revolución de Octubre se dirigió contra un Gobierno básicamente de centro-izquierda que poco antes había proclamado la República y contra la izquierda no bolchevique en el sóviet. Recordemos que la célebre frase de Trotski «Vuestro tiempo ha concluido, marchad adonde debéis ir: ¡al basurero de la historia!» iba dirigida a los delegados del Congreso de los Sóviets —bundistas, social-revolucionarios, mencheviques— la noche del triunfo bolchevique en la Revolución de Octubre. Y la guerra civil se inició en la ofensiva contra social-revolucionarios apoyados por fuerzas de los aliados desde Siberia. La Revolución rusa, tal como aconteció en su enorme complejidad —y no solo en los «diez días que estremecieron al mundo» de Reed—, está repleta de paradojas; o al menos lo está en relación con las versiones más ortodoxas que hemos estudiado durante años. Por supuesto que hubo una larga y sangrienta guerra civil contra blancos antibolcheviques, pero también contra cosacos o nacionalistas ucranianos y bálticos o campesinos rebeldes. Y también tuvo su importancia el extenso movimiento anarquista en Ucrania, liderado por el carismático guerrillero Néstor Majnó.

Dentro de ese complejo nudo de conflictos que fue la Revolución rusa —toda ella, desde febrero de 1917, y no solo la de octubre—, cabe considerar la problemática musulmana. Verdadera asignatura pendiente de la revolución, setenta años más tarde tendría una importancia destacada en el final de la Unión Soviética, tras el fracaso que supuso la intervención en Afganistán. En octubre de 1917 venía asociada a la aspiración internacionalista de los bolcheviques: la revolución tenía que dejar de ser «rusa» y levantar a los trabajadores y clases desfavorecidas del mundo. El objetivo preferente de esa oleada era Europa, desde donde se extendería al resto del planeta a través de los imperios. Sin embargo, las masacres de la Primera Guerra Mundial no sirvieron para desencadenar esa revolución, y la inducción externa falló al fracasar la ofensiva del Ejército Rojo sobre Polonia en el verano de 1920.

A partir de entonces, el único camino que quedaba para la exportación de la revolución pasaba por Oriente: Asia Central y el Cáucaso, para levantar a los pueblos sojuzgados por el Imperio británico. Los dos problemas que ello comportaba eran importantes. De un lado, pueblos nómadas o agrícolas que no habían llegado a un nivel de desarrollo social que supusiera la existencia de clases medias y obreras como en Occidente. En segundo lugar, se trataba de musulmanes en su inmensa mayoría, al menos los pobladores del Asia Central. Por si faltara algo, los intelectuales musulmanes habían ido generando un ideario panislamista desde el Primer Congreso Musulmán de Moscú, el 1 de mayo de 1917. Liderados sobre todo por los tártaros, los musulmanes de Rusia comenzaron a organizar su propio Estado a partir del triunfo bolchevique, en octubre de 1917. Un mes más tarde se reunió en la ciudad baskiria de Ufá una Dirección Nacional de los Musulmanes que formó un Consejo Militar propio y convocó un Asamblea Nacional Musulmana.

Dispuestos a crear una dictadura del proletariado, los bolcheviques no solo liquidaron a la oposición de izquierdas (social-revolucionarios y mencheviques), sino que decidieron aplastar el naciente Estado musulmán, llevando a cabo una represión sistemática a partir de febrero de 1918, que concluyó en la primavera: por entonces, todas las organizaciones nacionalistas musulmanas habían sido barridas a lo largo de Rusia y sus líderes estaban muertos, encarcelados o en fuga.

En paralelo, el naciente Estado soviético decidió reclutar a los musulmanes para la causa de la revolución, dotándoles de sus propias entidades y de un Partido Comunista Musulmán autónomo, que nació en marzo de ese mismo año de 1918, así como de un Ejército Rojo Socialista Musulmán, para extender la revolución. La idea consistía en erradicar el nacionalismo musulmán y llenar ese hueco con comunismo musulmán controlado, a base de dirigentes de confianza y concienciados. Al frente de ese empeño figurarán dos líderes comunistas musulmanes: Mulla-Nur Vahitov, muerto tempranamente, y sobre todo Mirza Sultán Galiev. Este hombre, sin llegar a ser el «Lenin musulmán», será prácticamente el único ideólogo de la época dispuesto a conjugar socialismo e islam.

Sin embargo, en una nueva muestra de la complejidad de los fenómenos que alumbró la revolución de 1917, Sultán Galiev terminó por impulsar el proyecto de la Internacional colonial basado en la idea de que todos los pueblos musulmanes colonizados eran pueblos proletarios. Y desde ese punto de vista, se podía afirmar que el movimiento nacional en los países musulmanes poseía el carácter de una revolución socialista. A partir de aquí, Sultán Galiev terminó propugnando una Internacional colonial, destinada a impulsar la revolución de los pueblos no europeos y que no debería este integrada en la Tercera Internacional. Lo cual reflejaba la desilusión de los musulmanes ilustrados hacia una revolución socialista que creían había traicionado sus expectativas en Oriente al haber surgido de un pueblo europeo —el ruso— tan esencialmente imperialista como el resto, que estaba alumbrando un neocolonialismo soviético. El colofón para Sultán Galiev fue su detención en 1923, su expulsión del Partido y su ejecución en 1940.

Todo ello no significó el final del impulso revolucionario hacia Oriente. Pero nunca hizo vibrar a los bolcheviques como la posibilidad de contagiar a Occidente, en línea con las ideas de Marx. El Congreso de los Pueblos Oprimidos en Bakú, en 1920, que debería haber dado el pistoletazo de salida en esa nueva dirección, no tuvo continuidad y quedó largamente olvidado en la historiografía soviética; prácticamente no hay monografías sobre el evento. Pero no deja de ser irónico que el régimen soviético, años más tarde, terminara adoptando las ideas básicas de Sultán Galiev para la construcción de las nuevas repúblicas de Asia Central.

Todo ello no son sino pinceladas de una revolución que hemos estudiado durante un siglo en versiones resumidas, y en blanco o negro. Siendo Rusia el mayor Estado del mundo y uno de los más complejos, no es de extrañar que su revolución, de vocación ecuménica, haya sido asimismo la más complicada de la historia de la humanidad. Y también confusa. En todo caso, fue un acontecimiento que transcurrió en 1917, a principios del siglo XX, cuando incluso los revolucionarios profesaban un cierto grado de eurocentrismo, por cuanto la Europa de entonces era todavía, y realmente, el centro del mundo. Un siglo más tarde, en plena globalización, quizá vale la pena el esfuerzo de repensar la Revolución rusa como un fenómeno más global, específicamente universal y transversal, de lo que se ha venido considerando hasta ahora. Se extendió entre Polonia y Kamchatka, generó una verdadera banda de conflictos decisivos en la diagonal que va desde los países bálticos al Cáucaso, cuyas consecuencias nos alcanzan incluso hoy en día; prolongó la Primera Guerra Mundial más allá de 1918 y sus consecuencias acapararon todo el siglo XX, como mínimo, hasta 1991. A partir de la reinterpretación que se haga de ella en Moscú, incluso podría ir más lejos.

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4 Comentarios

  1. «Cualquiera que no se arrepienta del fallecimiento de la Unión Soviética no tiene corazón. Cualquiera que quiera restaurarlo no tiene cerebro.»

    Vladimir Putin

    El artículo está bastante bien, aunque corto, enhorabuena.

  2. Lo dice un prosoviético. La URSS es un referente, no un ejemplo.
    Mucha tela que cortar, pero no me resisto a copiar este enlace de Fernández Ortiz:
    33 tesis sobre le proyecto soviético.
    https://antoniofernandezortiz.com/33-tesis-sobre-el-proyecto-sovietico/
    Se echa de menos la referencia a la intervención aliada (Francia y RU, Japón y USA) a favor de los blancos y de los Ejércitos verde de los ucranianos y negro de Majno y los anarquistas. Casi nada. Lo de la soberanía nacional se les olvidó a las grandes potencias.
    Y ya que habla de los musulmanes no alude al «hujum», acción política benemérita contra el machismo islámico.
    En definitiva, la URSS se constituyó como imperio generador, una rearticulación del imperio zarista. No solo existe la dialéctica de clases, también la dialéctica de estados.
    La caída de la US fue una desgracia para la humanidad.

  3. La desintegración de la Unión Soviética no sólo fue fracaso del último gran ideal de la humanidad, sino que también estropeó al capitalismo al privarle de competencia, pues un sistema que impone la competencia entre sus súbditos, también necesita rivales con quienes competir, por eso se desmantelan los estados de bienestar con que el capitalismo persuadía la lealtad de sus perdedores, se degrada la democracia liberal entre anarquía y dictadura, y también los bienes y servicios pierden calidad, variedad y durabilidad por carencia de regulaciones oficiales, conformidad de los consumidores y estandarización de ofertas, por lo que no es el actual capitalismo comparable con el anterior a la Primera Guerra Mundial, cuando USA, Gran Bretaña, Francia y Alemania competían con calidad y variedad por el mercado mundial.

    Que la humanidad quede sin ideales puede ser causa de la crisis cultural posterior al fin de la Guerra Fría, además de que la estandarización global de procesos y ofertas propicia nuevos modos de censura sutiles pero eficaces.

  4. «no puede ser manejada con los viejos y despiadados métodos revolucionarios»???????? siempre lo mismo, se les escapa la Propaganda al menor viento

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