
La versión oficial asegura que durante la Guerra Fría tanto el bloque occidental como el bloque del Este fueron recatados en lo que respecta a pisar lo fregado en los dominios del enemigo. Pero, a pesar de lo que afirman todos los libros de historia, lo cierto es que durante la década de los ochenta Rusia invadió el mundo entero. Y lo hizo de manera sigilosa, tirando de una tecnología avanzada capaz de hechizar a millones de seres inocentes, rellenar sus sueños de ladrillos y hacerles sudar las noches suplicando por la llegada, desde los cielos, de un palito que les rellenase los huecos.
El juego perfecto
En un pedestal a cuarenta y dos metros de altura sobre las aceras de Moscú, un Yuri Gagarin tallado en titanio sonríe pese a insinuar, con su pose de superhéroe a punto de levantar el vuelo, que probablemente se encuentra demasiado cerca del suelo como para sentirse cómodo. Aquella versión del cosmonauta soviético aterrizó en la avenida de Lenin durante el olímpico 1980 para convertirse desde entonces en espectador eterno de los devenires tecnológicos del país: sus doce toneladas de peso están plantadas frente a la Academia de las Ciencias de Moscú.
A mediados de los ochenta, el matemático Alekséi Pázhitnov trabajaba en el interior de aquella Academia de las Ciencias educando la inteligencia artificial del Elektronika-60, un primitivo ordenador ruso tremendamente aburrido y frío por pertenecer a una época donde la informática aún no había descubierto que su verdadero fin era convertirse en una marmita de pornografía, selfis en el váter y videojuegos. En aquel departamento de computación Pázhitnov mataba las horas muertas transformando algunos de sus entretenimientos de mesa favoritos en programas informáticos. Y entre aquellos pasatiempos predilectos se encontraba un puzle clásico basado en encajar una docena de pentominós (figuras geométricas formadas por cinco cuadrados unidos entre sí por sus lados) sobre una superficie dada, un rompecabezas al que la humanidad llevaba jugando desde los años cincuenta.
Al programador se le antojó engorroso amaestrar tanta pieza y optó por simplificarlo todo reescribiendo las normas del juego. En lugar de doce pentominós barajaría siete tipos de tetrominós (piezas formadas por cuatro cuadrados) para arrojárselos a los jugadores en un espacio cerrado y que se las apañasen rotándolos para encajarlos sin dejar lagunas. Las reglas eran sencillas: la partida se daba por perdida cuando la pila de bloques tocaba techo y el usuario debía ensamblar las piezas en líneas horizontales sin fisuras, una acción que desintegraba la hilera y hacía descender la altura de la tapia. El Tetris, combinación de las palabras «tetrominó» y «tenis», acababa de nacer. Un pasatiempo que resultó tan rotundo como para canibalizarse a sí mismo: la leyenda asegura que Pázhitnov se enganchó de manera tan obsesiva al prototipo que casi se le olvida terminarlo.
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Yo tuve que dejar el tetris porque me enganchó de tal manera que al acostarme a dormir cerraba los ojos y veía caer las piezas. Me asusté de verdad.
Jaja me pasaba lo mismo. No sólo veías las piezas cayendo aún con los ojos cerrados, es que tampoco podías dejar de oír la odiosa musiquita!
jajajajaja yo nunca he llegado a ese nivel, pero si es cierto que me he pegado buenas viciadas al Tetris, es un juego que se jugará toda la vida en mi opinión, ya que es el típico que puedes jugar cuando haces trayectos largos o estás esperando para cualquier cosa. Un clásico.
Gracias por el articulo. Muy interesante!
Un artículo magnífico. Y sí, yo también tuve un enganche terrible con el tetris :-)
Desopilante lectura y comentarios que parecen provenir de los sobrevivientes de un juego infernal. Gracias
Viendo tantas cabezas gachas
evoco con emoción la canción
patria que nos recordaba de
morir en pie y con la cerviz
erecta, pero el tiempo pasa
y hoy soy más feliz mirando
con avidez una pantalla donde
siempre ando de fiesta.
Un articulo magnifico. Muchas gracias!