Un campeón inesperado, una desgracia para siempre

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Roger Walkowiak, campeón del Tour 56
Roger Walkowiak, campeón del Tour 56. Fotografía: Presse Sports

El hombre (algo más de setenta años, pelo canoso, frente despejada, una barrigota que asoma entre pecho y cinturón) baja la cabeza, los ojos empiezan a titilarle como estrellas lejanas. Luego vuelve a mirar al entrevistador, sonríe con la sonrisa más triste del mundo. «Nunca hablo de aquello. Nunca. Ni siquiera con mi mujer. Nadie sabe cuánto sufrí». Otro silencio. Más largo. «Ojalá nunca hubiese ganado». Y el mutismo. Idéntico al de las últimas cuatro décadas.

«Ojalá nunca hubiese ganado». Palabra de Roger Walkowiak, campeón en el Tour de Francia de 1956.

Ese muchacho de apellido tan raro

La historia tiene varios comienzos, porque uno nunca sabe cuándo se empieza a ganar un Tour. Puede ser en Montluçon, en plena Auvernia, donde los galos no recuerdan nada de Alesia: ¿dónde está Alesia? No sé de qué me habla, si me habla de Alesia. O en Pamplona. O camino de Angers, un 11 de julio de 1956.

Probemos Montluçon. Sí. ¿Quieren una paradoja? Montluçon está a apenas cuarenta kilómetros del centro de Francia. Del centro geográfico de Francia, quiero decir (al menos de la europea, que, si nos ponemos con Nueva Caledonia y cosas por el estilo, se vuelve loca la brújula). Tampoco hay demasiado que ver allí, ¿eh? En el punto exacto. Una estación de servicio (los franceses son muy de estaciones de servicio), un pequeño puente piramidal, unas cuantas placas y mapas repartidos aquí y allá. Curiosidad, más que nada.

Y Montluçon, tan cerquita. Curioso, si quieren, porque en la zona abundan los apellidos con olorcillo polaco. Como en Normandía. Emigrantes que llegaron en la época de entreguerras, mano de obra barata, no pocas veces marginados dentro de su nuevo hogar. Buzones llenos de «K», de «W». Uno de esos corresponde a la familia Walkowiak. Que están de enhorabuena en 1927. Un niño, un bebé. Roger, le pondremos. Roger Walkowiak.

El garçon va creciendo. Años difíciles. Muchos lo señalan con el dedo. Por sus orígenes, por el acento cerrado que aún conservan sus padres. No es todavía siquiera un mozo y llega la guerra. Montluçon, tan cerca de Vichy. La Zona Libre, nada más que un eufemismo. Los alemanes ocupando minas, la conocida planta de neumáticos Dunlop, esa que ha dado trabajo a tantos como él, los que tienen aristas extrañas en nom et prenom. Mirar a otro lado cuando pasas junto a todo aquello que no puedes mirar de frente. Si vas en bici, por ejemplo.

Porque Roger practica el ciclismo. Desde chaval. Y no es malo, no. Qué va. Hasta llega a profesionales. Siempre en equipos vinculados a su zona. Riva Sport-Dunlop. Gitane-Hutchinson. Peugeot-Dunlop. Incluso el mítico St. Raphäel-Geminiani, ese conjunto que anunciaba, a partes iguales, una bebida alcohólica y la nariz más conocida del pelotón. Maillot rojo y blanco y celeste. El mismo de Anquetil, ahí es nada. Quel honneur.

Solo que…, en fin, nuestro protagonista no es Jacques. El otro es el Petit Prince y Roger Walkowiak no pasa de esforzado labrador a pedales. Algo parecido. Puestitos aquí y allá. Segundo en la Paris-Côte d’Azur (antiguo nombre de la París-Niza) en 1953. Tercero en el Tour de l’Ouest un año más tarde. Otra vez segundo, esta vez en el Critérium du Dauphiné Libéré, junio de 1955, casi diez minutos por detrás del gran Louison Bobet. No muy epatante.

(Tampoco tiene, claro, los ojos azules, el pelo dorado, de Anquetil. No, Roger posee una cara redonda, una nariz grandota, cejas espesas, muy negras. Jacques tiene el porte de aquellos que todo lo consiguen con una sonrisa. Walkowiak parece, solo, el amigo simpático.)

Ese currículum no te da para que te llamen campeón, claro, pero sí permite que cada enero encuentres un equipo dispuesto a pagarte algunos pocos francos. A veces, incluso llegas a participar en las grandes carreras. El Tour de Francia, por ejemplo, que Walkowiak conoció vistiendo los colores de conjuntos regionales, no le daba para alcanzar al combinado nacional. Ouest-Sud-Ouest en 1951 (maillot blanco con cuello rojo, nuestro protagonista fue 57.º), Nord-Est-Centre en 1953 y 1955 (maillot naranja que parecía la Holanda de Cruyff, 47.º en la general la primera vez, retirado en la segunda). Podías, incluso, acudir al extranjero. La Vuelta a España de 1956. Allí se presenta una selección francesa bajo la dirección de Sauveur Ducazeux, seguramente el hombre que más confiaba en las posibilidades de Roger. Tú vales, chaval, tienes un potencial enorme, solo te falta confianza. En tierras españolas, el líder debía ser Bobet, pero el bretón iniciaba su cuesta abajo irremediable y abandonó. Ni su hermano Jean, ni Dotto, ni Bergaud presentaban suficientes credenciales, así que los galos acabaron apoyando a Gilbert Bauvin. ¿Resultado? Séptimo en la general, a casi veinte minutos del ganador Conterno. Pérdida de tiempo.

Al menos así pensaba Roger. «Tuve que trabajar para Bauvin, pero me sentía más fuerte que él.» Bueno, es discutible. Mientras que Walkowiak anduvo toda la carrera en torno a los veinte primeros puestos, Gilbert acechaba el pódium hasta su hundimiento final. Al menos, el chico de Montluçon saboreó el placer de imponerse en el segundo sector de la decimotercera etapa, que unía Irún y Pamplona. Poco después tuvo que retirarse.

Tampoco es para tirar cohetes, ¿no?

Más que vítores, parecían lamentos

Pero hablábamos de Angers. El Tour de Francia, la prueba suprema. Edición de 1956, una en la que los grandes dominadores del pasado (Coppi, Louison Bobet, Gino Bartali, el bello suizo Hugo Koblet) están ausentes, una en la que Anquetil aún no ha llegado. Carrera abierta, terreno abonado para las sorpresas.

Pero ¿tanto? Roger Walkowiak es tímido, huidizo, no le gustan los focos ni las responsabilidades. Más aún, ni siquiera lo llaman del equipo de Francia para correr la prueba. No, allí van los buenos, los Darrigade, Antonin Rolland o Geminiani. A él lo ha reclutado un conjunto regional, que representa a Nord-Est-Centre, maillot morado y franja blanca, casi batallón comunero. Nueve compañeros desconocidos (hasta un italiano), y la única intención de dejarse ver y, con suerte, cazar alguna victoria en una jornada intrascendente.

Solo que su director no piensa así. Su director es Sauveur Ducazeux, el mismo que estuvo en la Vuelta a España, y arenga cada tarde a Walkowiak. Tienes que convencerte de tus posibilidades. ¿Recuerdas lo que decía de ti Jean Bidot, allá por 1951? Que le recordabas a Bobet. A Bobet, nada menos. Sí, tienes que creer en tus fuerzas. Y Walkowiak, apocado, amable, sonreía. Sí, Bidot dijo eso de mí, pero ahora no me ha convocado para vestir la camiseta tricolor. Ducazeux no se rinde, porque no te puedes rendir si contigo se rinden los tuyos. Lo mismo da, Walko, tú tienes que atacar, tienes que coger todas las escapadas que puedas. Y Roger, sumiso, obedece.

Hasta en ocho días llegué por delante del pelotón aquel Tour, contaba mucho más tarde. Especialmente en la etapa séptima. Casi doscientos cincuenta kilómetros entre Lorient y Angers, de Bretaña al Loira. Una treintena de corredores escapados, solo Bauvin del equipo francés. Esos días que todos se miran entre sí y nadie empieza a tirar porque me duele la espalda, yo ayer me caí, a mí me ha llamado mi suegra, yo es que estoy cansado, mira qué calor hace. Esas cosas. ¿Resultado? Diecinueve minutos al pelotón y el modesto Walko de amarillo. Una bonita historia para contar. Durará poco, porque queda toda la montaña, pero… una bonita historia para contar. De hecho, nuestro protagonista cae aún antes de los puertos. En Bayona, una cabalgada de todos los favoritos lo caza sin fuerzas y pierde casi un cuarto de hora. En fin, fue bonito mientras duró.

Solo que el chico de apellido polaco, el de Montluçon, empieza a sorprender aún más. Pasa los Pirineos con los mejores, apenas pierde tiempo con Bahamontes, con Gaul, con Adriaenssens. Quinto en la general. Ducazeux sigue animándolo. Lo estás haciendo muy bien, Roger, lo estás haciendo muy bien. Puedes dar la campanada, los periodistas se fijan en ti, quieren saber sobre el modesto que va tan arriba. Sigue así.

Y él continuó. En silencio, porque era hombre de pocas palabras, pero esforzándose. Por Turín vuelve a rodar entre los ases. Ojo, antes han pasado Izoard, Sestriere. Ya va segundo del Tour. Segundo del Tour tras la etapa diecisiete, nada menos. Queda el gran golpe. Camino de Grenoble. Mont Cenis, Croix de Fer, Luitel. Charly Gaul se saca uno de sus numeritos habituales y deja de rueda a todos. Federico Martín Bahamontes se saca uno de sus numeritos habituales y, viéndose incapaz de seguir el ritmo del luxemburgués, tira la bicicleta por un barranco. Sus compañeros de equipo tendrán que ir a por ella, porque los enfados pasan rápido, pero esas laderas alpinas parecen traicioneras. Llegará a meta junto a… Roger Walkowiak. El esforzado, el que tira sin mirar atrás, apretando los dientes, matándose a cada vuelta del pedal. Vuelve a vestirse de amarillo. Tras él marcha Gilbert Bauvin, ¿lo recuerdan? Aquel jefe de filas para quien había trabajado en la Vuelta a España. Yo estaba más fuerte que él, dijo entonces Roger. Confiado. Sonrisas, no, sonrisas para los otros. Pero confiado. Queda poco. Tan poco.

Nada.

Otra etapa montañosa, camino de Saint-Étienne. La crono final. Y el éxito. Walkowiak entra en París con minuto y medio sobre Bauvin, casi cuatro cobrados a Adriaenssens, más de diez pierde Bahamontes. El chico del equipo regional se impone sobre los líderes de las selecciones francesa, belga y española.

Un sueño. La mayor sorpresa nunca vista en el Tour de Francia.

Solo que allí, en el mismísimo Parque de los Príncipes parisino, iba a empezar la desgracia de Walko. Su maldición. Muchos aficionados lo consideran ganador indigno, no piensan que esté a la altura. Hay también, claro, un punto de condescendencia (este muchacho regional) y algo de racismo (con ese apellido no puede ser totalmente francés). «El público le aplaudió, sí —contaba Jacques Goddet, director de la prueba—, pero, más que vítores, parecían lamentos por su victoria». Nadie parecía contento, nadie estaba del todo satisfecho.

Walko, silencioso, saludaba con timidez. Quizá ya era consciente de lo que estaba por llegar.

Tour de Francia 1956
Fotografía: Presse Sports / Cordon Press.

La desgracia de la gloria

Porque a partir de entonces… nada. El estatus de Walkowiak había cambiado (en 1957 acudirá a defender su dorsal uno con los colores de la selección de Francia), pero no pudo acompañarlo con resultados ni popularidad. De los primeros, solo se salva una etapa en la Vuelta Ciclista a España de 1957 (tres victorias como profesional, dos parciales en la Vuelta y la general del Tour de Francia, ojo), en Cuenca. Acabó decimoquinto al final, a tres cuartos de hora de Jesús Loroño. El Tour fue aún peor, retirado en la decimoctava etapa cuando marchaba a un mundo de los mejores. Su estrella, si alguna vez la tuvo, estaba apagándose.

Volvió al año siguiente. Nuevamente con el equipo «titular». Fue el más lento de los doce seleccionados. Desde que consiguió su gran victoria, Roger Walkowiak solamente logró volver a entrar entre los quince primeros en alguna etapa de la Grande Boucle una vez. Llegando a Aix-les-Bains, después de subir Lautaret, Luitel y la trilogía de La Chartreuse. Miércoles, 16 de julio de 1958. Allí recordó viejos tiempos por sendas conocidas. Ganó Gaul, claro, pero Walkowiak pisó la línea de meta acompañando a Anquetil. Aquella resurrección, tan inesperada como modesta, lo salvó también de ostentar otro récord difícil de repetir. Terminó el Tour de 1958 en el puesto 75.º, con solo tres corredores detrás de él. Apenas siete minutos por encima del farolillo rojo, Walter Favre. Sin esa última demostración de orgullo, se hubiese convertido en el único ciclista capaz de ganar un Tour de Francia y ser, en otra edición, el último en la carrera.

En realidad, Walko jamás pudo soportar la presión. El público sabía que era ganador esquivo (como prácticamente todos en tiempos de transición), pero lo acabó convirtiendo en héroe indigno. Tomó lo que sí fue por lo que jamás habría querido ser. Y ahí no hay culpa propia, sino desprecio ajeno. Desde aquel momento, cada vez que una Grande Boucle se decide de forma inesperada en favor de un secundario, se habla de un «Tour a la Walko».

Cuentan que una vez retirado abrió un bar en su Montluçon natal. No duró mucho. Venían a verme, todos ellos, a preguntarme por el Tour. Y se burlaban, se burlaban de mí, algunos. Yo no quería hablar del Tour, nunca hablo del Tour, ni siquiera con mi esposa. Aquel éxito, el mismo que tantos han perseguido durante toda su vida, acabó convirtiéndose en maldición. Sus propios compañeros le dieron la espalda. Las estrellas, los aristócratas. Pensaban que afeaba el palmarés. Solo olvido, las más de las veces. Desprecio en otras. La prensa actuaba igual, porque siempre es más fácil seguir a las sonrisas del ganador que centrarse en el patito feo. Finalmente se retiró de la vida pública. Nada de bares, nada de estar de cara al público. Retorno a los orígenes. Una fábrica. No me hable, no me hable del Tour. Casi ermitaño, como Gaul. ¿El ciclismo? Un mal sueño.

Ojalá no hubiese ganado, ojalá no lo hubiese hecho. Todo aquel sufrimiento para nada.

(Roger Walkowiak falleció en 2017. En sus últimos años volvió a conceder entrevistas, a hablar del pasado. Parecía haber hecho las paces con todos. Con los otros ciclistas, con la bicicleta. Consigo mismo).

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8 Comentarios

    • ¿Jamás? Lo mismo en julio del 56 la aguantó un pelín más que el resto de participantes de la pruebecilla esa, ¿cómo se llama?. Ah! Sí! El Tour de Francia

  1. Demasiado poco se quería este chico. Llego a ganar yo un Tour como el suyo y al año siguiente sacó un maillot que pone: ” Me vais a comer la p*ll* y los hu*v*s por detrás. Un beso “

    • Como el suyo y como cualquier otro jajajaja. Gano yo un Tour (primero tengo que aprender a montar en bici, pero todo es ponerse) y CR7 a mi lado es un tío humilde.
      Todos esos que no han montado en una bici diciéndole a un tío que ha ganado el Tour de Francia que es indigno… Hay que tenerlos cuadrados.

  2. El “chauvinismo” de la época era tan abyecto que ni siquiera sabían tolerar sus propias victorias. Aquí siempre seremos de Walko y de los que ganen los Tours como él, ojalá a Voeckler no se le hubiera ido la pinza en 2011.

  3. Bonita historia, que desconocía. Muy bien narrada, me ha encantado el artículo.

    Y, por supueso, me desc*j*n* cada vez que alguien sugiere que España pueda ser un país racista. Miren al otro lado de los Pirineos, amigos.

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