Un sultán en Les Elfes: la vida privada de Jacques Anquetil

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Jacques Anquetil, 1962. Cordon Press.

Él tiene los ojos claros, el cabello hecho con rayos de sol, la nariz prominente, NOBILIARIA. Tiene, también, sonrisa de tímido que no lo es, modales de aristócrata sobrevenido, un tono de voz profundo, respuestas de acero a preguntas de miel.

Ella posee el mirar del mar normando, le guedejean bucles dorados disfrazándose de colinas norteñas. Posee rostro de Jeanne Moreau, réplicas del mejor Truffaut, una personalidad a la vez torrencial y pausada. 

Ella se llama Janine, pero todos la llaman Nanou. Él se llama Jacques, pero todos le llaman Monsieur crono, o Maître o, sencillamente, Anquetil, quel champion. Se conocieron y se amaron. Ardorosa, desgarradoramente. Hasta aquí la historia flota en tonos pastel. 

Todo lo demás se escapa de lo habitual.

El campeón 

Cuando se retiró, Jacques Anquetil (Mont-Saint-Aignan, 1934) podía presumir de ser el mejor ciclista que jamás hubiese competido. O, al menos, el que mayor y más selecto palmarés posee. Cinco veces ganó el Tour de Francia, dos el Giro de Italia, una la Vuelta a España. También Lieja, o el formidable doblete formado por la Dauphiné Libéré y la Burdeos-París. La segunda, una prueba de seiscientos kilómetros, empezaba apenas siete horas más tarde de terminada la otra. De Niza a París en un avión privado. Dicen las malas lenguas que puesto a disposición por el mismísimo Elíseo. «Hace sonar La Marsellesa en el extranjero», dirá de él un tal De Gaulle. Anquetil, claro, se impuso también en ese desafío. Como hacía siempre con las cosas que le importaban…

Un mito, pues. Paradójico, contradictorio. Era el que más ganaba, pero el público… bueno, jamás le tuvo demasiado aprecio. Ellos querían a los otros. A los que escalaban, Gaul o Bahamontes. A jovenzuelos arrogantes como Rivière, o veteranos sufridores como Bobet. Y, sobre todo, a él. El chico del Lemosín. El que siempre se caía, el de las desgracias, el esfuerzo, el rostro contraído por el sufrimiento. No importaba que Anquetil le dominase siempre, era Poulidor quien llevaba toda la fama. 

Aclaremos desde un principio: el normando tampoco hacía mucho para conectar con la gente. Demasiado altivo (pero era solo un rasgo de su timidez), demasiado orgulloso (pero fue únicamente trasunto de su ambición), demasiado cliché burgués (él, que siempre amó la tierra, que cuando le diagnosticaron la enfermedad que lo llevaría a la tumba lloraba por no ver crecer los árboles que plantó con sus manos). Sí, Anquetil era genial e incoherente como son los seres especiales. «Solo quiero tener algo de razón, incluso cuando estoy completamente equivocado», dijo un día. «Nunca he amado la bicicleta… pero lo hice todos los días, apasionadamente», contó otro. En 1961, durante la última etapa del Tour de Francia, el público lo recibe con pitos, cansados de su superioridad, de su aparente falta de épica. Con el dinero que ganó en esa edición Jacques Anquetil compró un barco. Siffléts, lo llamó. 

Silbidos.

Pero ese fue el ciclista, y del ciclista hoy no hemos venido a hablar. Quizá otro día, en el futuro. Pero hoy no. Hoy escribimos sobre la persona. Y les prometo que la historia es aún más extraña…

El campeón y su esposa

Cuando Jacques Anquetil acude a la clínica de André Boëda es solamente un proyecto de campeón que apenas acaba de pasar a profesionales. De su potencial habla el que Boëda, todo un mito normando de la medicina deportiva, acceda a llevar su preparación. Pronto el médico cae rendido ante la magnética personalidad de Jacques, esa muestra de retraimiento y osadía que lo caracterizará más tarde en el imaginario popular. André resulta epatado desde el primer día.

Su esposa no piensa igual. Ella se llama Janine, Janine Boëda en aquel tiempo (aunque todos la llaman Nanou) y es alta, y rubia, y siempre va correctamente vestida, y fuma con toda la elegancia de los años cincuenta en Francia. Aspecto de musa de la nouvelle vague, leve frialdad distante para con aquel recién llegado que no le quita ojo. Un muchacho con mala educación y una pizca de encanto personal. Pero nada más. Por el momento.

Porque poco a poco Janine va cambiando. Primero ríe feliz con las muestras de ingenio del ciclista. Más tarde empieza a seguir sus resultados, cada vez más brillantes. Al final se sorprende a sí misma ansiosa, esperando cada visita de Jacques Anquetil, descontando las horas que la separan de volverlo a ver, tenerlo cerca de nuevo. Será el 2 de marzo de 1957 cuando, en palabras de Nanou, el techo de una habitación caiga sobre sus cabezas. «Al amanecer supe que amaría a Jacques totalmente, hasta el día de mi muerte».

El escándalo es mayúsculo, y a ello contribuye la fortuna deportiva de Anquetil, quien en julio de ese 1957 gana el primero de sus cinco Tours de Francia. Para el bisoño corredor, apenas veintitrés años, Janine es una conquista, sí, pero también un regalo del cielo. Bella, inteligente, sofisticada… con ese punto de encanto distante que tanto se reprochará a Jacques más tarde. Por envidia, seguramente. El escritor Paul Fournel lo cuenta maravillosamente. «Con diez años quería ser Anquetil, quería tener su bicicleta, su aspecto, su despreocupación». Eran, sí, una pareja perfecta.

Solo que para surgir hubo de quebrarse otra. Boëda se siente lógicamente traicionado por aquel a quien un día admiró e incluso llegó a considerar amigo. Se repite la historia de Coppi y la Dama Bianca, todo es cíclico. En octubre de 1958 Nanou y André se divorcian. El 22 de diciembre del mismo año aquella mujer de personalidad arrolladora pasa a ser Janine Anquetil.

Los dos. Triunfales por toda Europa. Tan bellos, tan cultos, tan elegantes. Tan jóvenes, tan guapos, tan enamorados.

El gran tirano de la carretera y su musa.

Jacques Anquetil a la mesa con su mujer Janine y los hijos de esta (Annie y Alain) de vacaciones en Saint Gervais en 1965. Cordon Press.

El campeón, su esposa y su hija

Cuando Jacques pone punto final a su carrera deportiva empieza, para él, el momento de vivir. De vivir a lo grande, sin mesura, sin pensar en el mañana. Nunca fue ejemplo de ascetismo, claro, no se caracterizó por anteponer las dos ruedas a los placeres que ofrece el mundo. Pero, aun con eso, la bicicleta es amante celosa, y exige mucho más de lo que da. 

Pero ella cuelga, ahora, de un gancho en el garaje, junto al Citroën DS y los recuerdos de mil triunfos. Está allí, criando polvo, a la sombra. Apartada en una pequeña esquina de Les Elfes, el espectacular castillo normando que Jacques y su esposa han comprado en 1967 y donde viven junto a Annie, la hija que tuvo Janine con el doctor Boëda. El mismo chateau que había pertenecido a la familia de Guy de Maupassant, aquel donde se alojaron tipos como Flaubert. Ahora eran otros los huéspedes. Se llamaban Raphäel Géminiani, Ocaña, Stablinski, Pierre Chany, Antoine Blondin. Gente del ciclismo, antiguos rivales, periodistas y escritores. Las fiestas duraban tres días, el champán y el whisky descargados en palés. La vida era bella en aquel entonces. O, al menos, lo era de puertas afuera.

Porque Jacques, el ciclista que todo lo pudo, empieza a morirse por dentro. Desea descendencia, tener entre sus brazos una criatura que sea suya y de Janine, una que tenga los mismos ojos azules, profundos, que los enamoraron al uno del otro. Pero no es posible. Tras dos partos muy duros Nanou se ha practicado una ligadura de trompas. No habrá más bebés. Y Jacques, ensoberbecido, dueño y señor absoluto de aquel rincón feudal, se consume de rabia.

Todo quiebra en 1970. El hombre entra en la habitación que comparte con Nanou. Se tambalea, huele a alcohol, su pronunciación es pastosa. «No puedo más, no puedo más. Quiero tener un hijo, un hijo mío. Si no puedo hacerlo contigo me marcharé a París, buscaré a una prostituta y le pagaré durante nueve meses para quedarme con el niño». Hay llantos, sollozos. Ambos, por diferentes razones, están aterrados. Y entonces empieza a suceder.

Aunque parezca increíble, todo lo contará años después Sophie Anquetil en un libro desgarrador, polémico y contradictorio que se titula Pour l´amour de Jacques. Esta Sophie será la hija de Jacques Anquetil. También la nieta de Janine, a quien amará como a una segunda madre. Han leído bien, sí…

Hablan seriamente, durante horas. Él la ama, ella lo ama a él. No es ese el problema, entonces. Después van a la habitación de Annie, la hija de Janine, y se lo explican. Poco a poco. La muchacha acaba de cumplir dieciocho años. Tardan semanas en aclarar las cosas, pero acabará pasando. Jacques Anquetil engendra un hijo que tendrá su sangre y la de Janine. Pero no será con ella, sino con su hija. Nanou lo entiende como el acto supremo de amor hacia su hombre. Annie, solo dieciocho años, acepta. Lo hace, nos contarán después, enamorada de Jacques, queriendo también hacer un regalo íntimo a Janine. Tiempo más tarde llega al mundo una niña a la que pondrán por nombre Sophie. Una niña que llamará «mamá» indistintamente a Annie y a Janine. De cara al mundo será la hija de Jacques y Nanou, pero en Les Elfes todos saben la verdad. Incluso la pequeña, a quien jamás se le oculta nada. «Me convertí en el ser más adorado del mundo», escribirá, «en alguien amada por su padre y por sus dos mamás (…) Cuando fui al colegio y me di cuenta de que el resto de los niños solo tenían una madre me eché a llorar. Por ellos. Porque no tenían el mismo grado de afecto que poseía yo». Es, dice, una historia de profundo amor. De una mujer hacia su marido. De una hija hacia sus padres. De un hombre hacia la vida. Eso le parece a ella, a Sophie. «Nunca me sentí engañada, amenazada, utilizada, acaparada, rechazada».

A nadie se le escapa lo anómalo de la situación. Jacques actúa como un sultán en Les Elfes durmiendo indistintamente con Janine y con Annie. La niña, Sophie, crece feliz en mitad de ese trío. Las mujeres parecen caer rendidas siempre al encanto de Anquetil, a su sentido del humor, a su profundo mirar glauco. Algunos autores llegarán a insinuar que el cerebro de esta convivencia extravagante fue Janine. La Reine-Mère. Sophie cuenta una charla con Nanou bastante clarificadora: «¿Piensas que nos aprovechamos de Annie porque tenía dieciocho años? ¿Que abusamos de la autoridad que teníamos sobre ella? No fue así. Le rogué que lo hiciera, pero pudo rechazarlo. Y Jacques se negó al principio. Cualquiera menos ella. Pero yo sabía que no podía ser nadie más que ella». Parece, como poco, descontextualizar el affaire, liberar al padre de la responsabilidad. «En el universo Anquetil no se aplican las leyes del mundo exterior», escribe Sophie que dijo Annie. Es Jacques quien manda. Es Jacques quien dispone. Será Jacques, claro, quien rompa definitivamente aquella convivencia. 

Lo hará de la forma que todos ustedes están pensando.  

El campeón, su esposa, su hija y sus últimos días

Annie no fue la única hija que tuvo Janine con André Boëda. Estaba también Alain. Alain, que idolatra (otro más) a Jacques Anquetil. Alain, que vive en Ruan junto a su esposa, Dominique. Alain que, tras pasar una mala racha, se muda a Les Elfes. Con ella, claro. Y ocurre.

Durante su carrera deportiva Jacques Anquetil siempre tuvo fama de campeón generoso, de dejar que el resto de los ciclistas lograsen también sus laureles, sus victorias. Un emperador magnánimo, podríamos pensar. Pero en su vida personal nunca fue así. Tirano acaparador y egoísta, hombre que anhelaba poseer, conquistar, aquello que deseaba. También un seductor clásico, claro. Facilidad de palabra, encanto mundano, el físico que aún no se había ajado con el tiempo. Dominique, la nuera de Janine, la cuñada de Annie, la tía de Sophie, la esposa de Alain… esa Dominique cae también en sus redes. Y el (precario) equilibrio que mantenía aquella mansión norteña y decadente se quiebra.

Janine deja el castillo, Annie hará lo propio. Parece que solo Sophie se queda al lado de su padre, con el espíritu roto entre las tres casas que considera suyas. Los últimos años del clan son duros, ásperos. Alain ve cómo su esposa lo abandona por su padrastro. Juntos tendrán, en 1986, un bebé llamado Christopher. La existencia de todos, que pivotaba alrededor de Jacques Anquetil, se ha resquebrajado. 

La historia tiene un epílogo. Uno que, quizá, hace aún más inexplicable todo lo anterior. Enredo sobre enredo. Amor aun después del amor, dirán algunos.

La víspera del bautizo de Christopher a Jacques Anquetil le diagnostican cáncer de estómago. Tiene solo unos meses de vida. Los árboles, los niños… ya saben. En noviembre de 1987 el antiguo campeón está hospitalizado en la clínica Saint-Hilaire, de Ruan. Por allí aparecen periodistas, compañeros (a Poulidor tiene la sangre fría de decirle que también llegará segundo a la muerte), sus seres más queridos. Salvo Nanou, ella nunca va al hospital. Dos días antes de morir Jacques pide por favor que alguien vaya a buscar a Janine a su apartamento de París, que la traigan, su único ruego es volver a verla una vez más. Horas más tarde Janine, a quien todos llaman Nanou, entra en la habitación. Sophie, la hija-nieta, nos cuenta la escena. No dice nada, sobra con el silencio. Se sienta en la cama de Jacques, estrecha su mano, débil, entre las suyas. Los dos se miran. Así, sin palabras, fijos los ojos de uno en los del otro como en tantas ocasiones en el pasado. 

Una última vez, más allá de las cosas de la vida, de la espuma de los días, se amaron.

El 18 de noviembre de 1987 fallece Jacques Anquetil. Con él se fue un tiempo diferente, un campeón polémico, orgulloso y genial. También un hombre contradictorio, posesivo y egoísta. Un ser humano. Toda una historia. 

Jacques Anquetil y Janine, 1965. Cordon Press.

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8 comentarios

  1. Impresionante artículo

  2. blunsburibarton

    Al leer el texto me ha venido a la cabeza la fascinación que ejercen determinadas personas. Ese magnetismo que pocos hombres y mujeres poseen y que hace inevitablemente que muchas personas sientan interés por follar con él o con ella. El poseer ese don peculiar, que ya de entrada envidio con malicia, y el saber manejarlo son dos cosas distintas. Y por saber manejarlo me refiero a que la persona que disponga de esa facultad sepa sacar provecho a su favor y que ello no le suponga daño con independencia de lo que otras personas que han caído en sus redes puedan llegar a sentir.

    Me cuesta un poco empatizar con el papel pasivo de Alain en esta historia -magníficamente contada- que no desvela demasiado acerca de cómo resulta su situación una vez que el campeón ya retirado se cepilla a su esposa. Sabemos, sin muchos detalles, que se ve obligado a volver a casa de su madre y padrastro, lo cual es en sí mismo una derrota, y también que sentía admiración por Anquetil, pero ¿qué pasa después? Después de que su mujer hubiese caído en sus redes, luego, qué. Qué tal su relación con Dominique. Qué actitud tomó cuando su padrastro cayó irremediablemente enfermo, ¿admiración continua? Porque otros por menos habrían rebanado pescuezos.

    Y me pregunto todo esto porque me resulta imposible ponerme en la situación de Anquetil, que ha gozado de las mieles del triunfo y de ese atributo tan poco común de resultar insoportablemente atractivo, pero sí que podría solidarizarme con Alain, que parece en el relato un perdedor, y del que sin lugar a dudas podría construirse una tragedia. Y ahí es donde yo me he quedado con las ganas.

    • Blackfoot

      Toda esta historia no es más que la manida ‘erótica del poder’ elevada a la enésima potencia. Si ese tipo no hubiese apuntado maneras desde sus comienzos, nunca habría vivido esa historia. Sería el típico con mucha labia que conoce las palabras y frases exactas para cepillarse a alguna de vez en cuando y punto. Pero su inmenso poder le propició lo que tantas veces ha sucedido. ¿Cuántas veces has visto a un tío feo pobre con una tía de escándalo? Mira a Donald Trump, si ese tío fuese un currito que ganase 900$ al mes, iba a estar con su señora esposa. En cambio, las mujeres poderosas jamás se arriman a un tío común, siempre buscan a un igual en carisma y poder y son más sutiles, manejan a la perfección el arte de la seducción y la manipulación. De hecho, eso va implícito en hombres y mujeres a la que se autoperciben mínimamente atractivos para el sexo opuesto hablando en términos heterosexuales, pero especialmente en la inmensa mayoría de mujeres cuando se saben poseedoras del don del uso y manejo de un hombre. ¿Suena machista? Me la suda, esto es la verdad. Las feministas saben mucho de llevar pancartas pero poco de genética. Y la genética no la van a cambiar personajes como Leticia Dolera, donde luego, en su vida privada, la que nadie ve ni conoce, se comportará exactamente igual.

      • Siguiendo tu argumento, q no comparto, la pregunta seria ¿qué es peor, un hombre rico y viejuno q se cepilla modelos sin tener en cuenta su forma de ser, sólo su físico o una mujer rica y viejuna que se cepilla hombres ricos y viejunos, pero normalmente con más personalidas que las modelos?
        Cuestión de preferencias no?

        • Blackfoot

          Amigo Jorge, todo tiene sus matices, obviamente. Mi comentario era una generalización y como tal, siempre hay excepciones.

      • blunsburibarton

        Está claro que cada cual puede adoptar un relato desde una perspectiva distinta. A mí me parece que resumir esta historia bajo el enfoque de la erótica masculina del poder (no sé muy bien cuál es el contrapunto cuando es la mujer la que reúne las condiciones de atractivo físico y posición social y económica) es dejar a un lado muchos aspectos esenciales. Tampoco tengo del todo claro ahora que el magnetismo excesivo de algún privilegiado pueda explicar toda esta historia. Quizá aqui me he dejado llevar por la descripción del personaje que aparece en esta entrada.

        Soy Alain, mi padrastro, Jacques Anquetil, se ha acostado con mi madre, mi hermana y mi mujer y no sé qué va a pasar con mi hija (realmente no sé si esta última llegó a existir), pues es un punto de vista realmente peculiar. Me imagino a este en un bar charlando con su padre imaginando cómo cargarse a Anquetil.

        Por cierto, a través de la Wikipedia, que cita como fuente Le Nouvel Observateur, parece que madre e hija no aguantaron mucho tiempo viviendo juntas en el palacete de Anquetil. Annie se acabó marchando porque no quería convivir más con su madre, le propuso a Anquetil una alternativa del tipo o ella o yo y fue la hija de Janine la que optó por marchar. Fue entonces cuando Janine le propuso a Alain y a su mujer vivir con ellos. En esa situacion Anquetil consiguió seducir a Dominique al parecer para dar celos a Annie. Parece que la situación no es exactamente la de un Anquetil que convivía en un harén con tres mujeres unidas por ese vínculo tan peculiar.

    • ray victory

      los franceses tienen un calificativo….para Alain…»content cocu» (literalmente «cornudo contento»). Un clásico en sus juegos sexuales, que son más rebuscados, y sofisticados. Sírvase de ejemplo, a Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, que tenían el pacto de acostarse con quiénes quisieran….pero con la condición que había que contarlo (si uno preguntaba) con todo lujo de detalles: cómo la tenía, por dónde te la metió/se la metiste primero…. lo dicho, más sofisticados y retorcidos. Y más divertidos, que nuestro «la maté porque era mía» patrio…

  3. Anquetil y familia dan para un novelón y para una serie de Netflix también

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