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La parada del 19

parada del 19

De todos los viajes que hicimos con la desportillada máquina del tiempo del desván, los que más nos encendían las mejillas, los que más nos infartaban el aliento, eran los de la parada del 19.

Nos lanzamos desde lo alto del puente de Owl Creek cogidos del brazo de Ambrose Bierce. Surcamos los fondos abisales con el Nautilus de Verne. Sentimos horror cuando Jonathan Harker nos presentó a aquel conde insaciable. Nos llevamos la mano a la boca cuando Victor Hugo le arrancó brutalmente los dientes a Fantine. Y quisimos tirarnos a la vía para frenar aquel tren tolstoiano que descuartizó a la señora Karenina.

A las madres siempre les contábamos la misma mentira envuelta en esfuerzo.

—¿A dónde vais?

—A estudiar a la casa de un compañero.

—¿Y cómo vais?

—En el 19.

Salíamos con una bufanda como las del primer Holmes y con todos los deberes por hacer. No era un autobús escolar lo que cogíamos mi primo y yo. Brrrm. Brrrm. Era un siglo entero.

Por entonces, vivir era una novela con su planteamiento, nudo y desenlace. 

El XIX era el «planteamiento», aquella chimenea de la abuela adonde arrojábamos las revistas del Reader’s Digest, aquel chaquetón de esquimal con olor a naftalina, las fotos en sepia en las que salíamos disfrazados de D’Artagnan y todos esos antiguos cachivaches que cogíamos como manzanas. El XX era el «nudo», un pantalón que se nos quedaba pesquero como a un crío en la edad del estirón. En el XXI vendría tu «desenlace».

Me lo contaste paseando por el camino del pueblo que lleva a un puente romano. Lo de la nueva novia. Lo de la nueva enfermedad. Lo del nuevo tratamiento. Lo del miedo nuevo. Y hubo un estremecimiento de otoño viejo cuando hiciste la gracia.

—Si me muero… 

—Anda, tira. 

A mí me gustaría que este folletín lo escribiera el bueno de Clarín, que sabe del sacerdocio de la descripción. O el perverso de Wilde, que amasa atmósferas que ahogan y te mete en una mina donde se intuyen los desprendimientos. A mí me gustaría ser justo ahora con los adjetivos justos. 

No escribir «de todos los viajes que hicimos con la desportillada máquina del tiempo del desván». Dejar en pelotas tu sustantivo y tu primera persona del singular. Retratar a quemarropa tu sonrisa derrotada.

La enfermedad debió de durar un lustro. Cuando le dieron un año de vida, decidieron casarse. Cuando la enfermedad se extendió, decidieron tener a Clara. Creo que eligió la habitación de la niña y hasta le compró unos libritos.

Recuerdo aquella tarde en que yo le hice la postrera visita y, allí en casa, él era un moderno Scalextric de cables y morfina. Aquel último día no nos salió Austen, ni Stevenson, ni Melville, qué nos iba a salir. El primo leía una mierda de libro. O decía que lo leía. Porque nadie está media hora con una página de Los tres cerditos

—¿Qué coño miras?

—Esto.

La ecografía tridimensional del feto con el rostro de Clara cayó al suelo. Luego te tiraste tú, con quince kilos menos ya. Quedaba un mes para el parto. Me dijiste que solo pedías alcanzar a verla, a cogerla. Fue la única vez que te vimos llorar.

—Verla. Aunque sea un día.

A tu padre le habías dicho que se quedara con tus deportivas, porque allá donde viajabas no las ibas a necesitar. Metías libros en cajas como quien se muda. Los tres tomos de Marx en cuero rojo, claro, fueron para mí.

—¿Te acuerdas del XIX? —preguntaste. 

—Y del 19… —contesté.

Han pasado tantos años que ya ni sé dónde dejamos el marcapáginas. Allá donde estés, te cuento. 

Por el puente de Owl Creek quieren trazar una autovía y poner mamparas para que nadie se tire. El conde aquel ya no provoca pesadillas en los niños, que solo tienen miedo a quedarse sin móvil. Mejor que 20 000 leguas de viaje submarino, la gente prefiere Marina d’Or. Dostoyevski suena para central del Real Madrid, o uno que se llama parecido. No te rías. Llevé la desportillada máquina del tiempo a un Cash Converter y solo me dieron cincuenta euros.

«No dormí bien, aunque la cama era bastante confortable; tuve toda clase de sueños extraños. Un perro estuvo aullando toda la noche al pie de mi ventana», releo hoy a Stoker, que cuenta mejor que uno el desvelo aquel: el titilar de las estrellas (ya nadie escribe titilar); el ulular del viento (ya nadie escribe ulular). «Me dormí cuando ya amanecía, y me despertaron las repetidas llamadas a mi puerta». 

Toc. Toc. Toc. Toc.

Era el 16 de enero de 2006 y había muerto Luis a los treinta y siete años de edad.

Su hija Clara, decimonónica, nacería solo doce días después.

Ya ves, primo. Ni en La Regenta se escriben finales como el tuyo.

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Un comentario

  1. E.Roberto

    El Dolor y el Tiempo fraguan buenos relatos. Estaba por escribir «me gustó» pero no sé si es lo adecuado. Por el primer sustantivo, digo. Tal vez «benéfico contagioso» sería lo más próximo. Lástima que la novia – madre sea una gran ausente.

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