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La Mancha: localizaciones para una alucinación 

Localizaciones la mancha Foto José Ignacio Miguel.
Foto: José Ignacio Miguel.

Quizá no haya escritor menos lisérgico en toda la literatura castellana que Azorín. Qué sequedad la suya, qué higiene y qué naturalidad, aunque para algunos resulte una naturalidad un tanto artrítica. Más que frases nos va dejando suspiros, puede que estertores; escribe como respiran los gatos adormilados, con ese ronroneo plácido y constante. En fin, inaugura un nuevo castellano, junto a Baroja, cosa que no se hace todas las semanas, y de vez en cuando, tras algunos desmadres, volvemos a él. Es Azorín (¡Azorín!) esa figura un tanto medrosa y exclamatoria que observa el mundo con fino cachondeo. Muy fino, tan fino que hasta pasa desapercibido si se lee con prisa. Porque hay en Azorín un humor de payaso triste, de hombre perplejo y sabio. Ojeaba yo esta tarde su libro La ruta de Don Quijote y he acabado releyéndolo entero. Es buenísimo. 

La historia es bien conocida; en 1905, y con motivo del III Centenario de la publicación de la primera parte del Quijote, Ortega Munilla, director de El Imparcial, encarga unas crónicas a Azorín sobre los pueblos de La Mancha que supuestamente recorrieron Don Quijote y Sancho Panza. Al parecer, Ortega Munilla le pone en las manos una pistola, por si acaso. Azorín, entonces, se va a los pueblos. Visita Argamasilla de Alba, Puerto Lápice, Ruidera, la cueva de Montesinos, Campo de Criptana, El Toboso y Alcázar de San Juan. No debieron caer muy bien en La Mancha esas crónicas. Si a cierto escepticismo de espíritu propio de Azorín le sumamos el paisaje humano con el que se encuentra, grupúsculos radicales de casino en lo que respecta a la vinculación de Cervantes y el Quijote con sus pueblos, y el también desolador escenario por el que transita, entonces nos haremos una idea de lo poco que gustarían esas crónicas en estos lugares. Echando un vistazo al libro Por los caminos del Quijote, editado por la Junta de Castilla y León en el año 2004, el autor José Guerrero Martín resalta una Mancha que según él Cervantes no osa ultrajar nunca, al contrario que los del 98: «Luego, unos afligidos y enlutados señores, en su mayoría de la periferia, cargados de melancolía y aplicando unos análisis distantes de la realidad, nos descubrieron otra Mancha —mucho más uniforme, monolítica y plana—, para quedar desde entonces como una estepa polvorienta, con unos pueblos en perpetua siesta y donde las cigarras se enseñorean del paisaje».

Nunca está a gusto el retratado con el retrato; lo encuentra uno siempre demasiado parecido a sí mismo. De todas formas el paisaje castellano se convierte en paisaje literario por obra y gracia de esa generación llamada del 98, y no hay agencia publicitaria que logre eso, por muy bien pagada que esté. Después se acerca uno al tal paisaje y la polvareda que levanta un viento eterno emborrona toda la literatura que llevamos encima. 

En el año 2005, allá por octubre, coincidiendo con el IV Centenario de la impar obra de Cervantes, convencí a un amigo para echarle un vistazo a esos paisajes idealizados, o maltratados, según se vea, por los del 98. Uno creció aburriéndose con Martín Santos como lectura obligatoria en el instituto; dando el salto atrás nos poníamos directamente en los Baroja, Azorín, Unamuno, Machado. El paisaje seco y desnudo les venía al pelo. Esos señores un tanto pedestres y a su aire se leían con mucho gusto. Por supuesto La Mancha era Cervantes. La Mancha era esa tela algo borrosa que se ponía al fondo del escenario, tras los actores, mientras estos hacen sus bufonadas y recitan sus parlamentos. La Mancha era por lo tanto, por una suerte de condicionamiento clásico, esas bufonadas y esos parlamentos. Nada menos. Cómo no ir.

Buscábamos un paisaje literario, la sombra de Cervantes más que la de Caín. Es curioso cómo funcionan estas peregrinaciones literarias. Tienen algo de excursión infantil. En nuestro caso además no había vuelta de hoja; estábamos en trance de dejar atrás la juventud y convertirnos en eso que llaman ser adulto. Le echamos aceite al Golf rojo y destartalado y dejamos atrás nuestras lluvias y nuestras nieblas y ese verde rabioso gallego para internarnos en el Quijote, o al menos en ese paisaje imaginario y en parte real (la realidad de hace cuatrocientos años) que era el territorio mítico cervantino. Esperábamos encontrar toda la gama de ocres habidos y por haber, incluyendo el rojo oxidado de algunos campos. Por supuesto encontramos todo eso y más. Tengo alguna foto. Nos descolgamos con frecuencia de las autopistas y carreteras generales para perdernos por rectas inmensas de caminos asfaltados. Nunca habíamos visto rectas tan largas ni viñedos de tal extensión. Estábamos en el cogollo de la españolidad, o de una cierta españolidad. Había que hacerse una idea. Practicamos mucho el paletismo de urbanita o incluso el de periférico, según tuviéramos ganas de una cosa u otra, y parábamos de vez en cuando para dar descanso al motor y rellenar el aceite si hacía falta, cosa que hizo mucha falta a lo largo del viaje, trayéndonos no pocas preocupaciones y obligándonos a buscar gasolineras donde no había ni casas. 

Por supuesto el paisaje de La Mancha resulta desolador al principio; es inevitable, sobre todo para un periférico del norte. Los pueblos se nos aparecen como asentamientos sin mucha vida, arenosos, polvorientos, acuciados por un viento que avanza remolineando como ese demonio de Tasmania de los dibujos animados. El sol cae por todas partes, no hay escapatoria. El cielo es de un azul violento y amenazador. Quizá esa primera impresión se deba a que entrábamos en todos los pueblos a una hora intempestiva; la hora de la siesta o del culebrón. Ni un anciano secándose al sol a la puerta de casa. 

Buscábamos La Mancha de esos señores enlutados y afligidos y la encontramos, porque afortunadamente el progreso no ha llegado a todas partes, para que así los que vivimos instalados en ese progreso a diario podamos visitar lugares todavía no tocados por él en vacaciones. Después, pasado el primer susto, y con menos literatura encima, descubrimos la buena vida que nos rodeaba y el encanto de cada lugar. 

Creo que en el fondo más que la ruta de Don Quijote uno seguía la ruta de Azorín tras los pasos de Don Quijote y Sancho Panza. La Argamasilla del Alba que visitábamos, y en la que dormimos la primera noche, no era tanto la Argamasilla de Cervantes como la de Azorín. Claro que eso en ese momento no lo sabía; uno se deja llevar por su inconsciente, exista o no, y el inconsciente trabaja en silencio. 

Me hubiera gustado consignar la ruta aproximada que seguimos, y ateniéndonos a ciertos principios que integran interés cultural y economía de kilómetros, pero no la recuerdo. Y es imposible recordarla porque no hubo ruta; nos dejamos guiar por el capricho y por un mapa de carreteras viejo del Ministerio de Fomento, sobre el que fuimos dejando un sinfín de huellas dactilares entintadas en sudor, porquería y restos de uvas que nos servían los mares de viñedos que había por allí. Sé qué pueblos visitamos, pero no si llegamos a ellos sin hacer ochos y extraños en el mapa. 

Argamasilla del Alba ha sido considerado durante mucho tiempo ese lugar de La Mancha de cuyo nombre no se quería acordar Cervantes. Sea o no sea es lo de menos. Y hay otros pueblos candidatos a tal honor. No voy a meterme en berenjenales de cervantista. Tienen en Argamasilla la restaurada cueva de Medrano en la que estuvo preso Cervantes. Se entiende perfectamente que Cervantes no quisiera acordarse del nombre del pueblo. Se vende en el pueblo también otro recuerdo cervantino: la casa del bachiller Sansón Carrasco, en estado ruinoso. 

Como en sueños se me aparece después una gran poza. Ha ido uno como en sueños por esas tierras. Pudiera ser el embalse de Peñarroya o más adelante las lagunas de Ruidera. No recuerdo en cambio la cueva de Montesinos, que según Cervantes está en el corazón de La Mancha y en la que Don Quijote se interna atado a una cuerda con la ayuda de Sancho y el primo humanista. Es posible que nos acercásemos, que parásemos a ver la famosa cueva. Dejémoslo ahí.  Me veo volviendo a la región, pero no perdería mucho tiempo en esa cueva. Azorín se interna en la cueva, y para contarlo encuentra su poesía en esta cueva. Azorín no necesita mucho para encontrar su poesía. Exceptuando esa poesía no ve gran cosa allá abajo. 

Del viaje aquel no ha quedado mucho. Por lo visto me dediqué a fotografiar tierra, mucha tierra, alguna ruina y al amigo posando con unos molinos de fondo. Esos molinos. Cómo hacer la ruta de Don Quijote sin fichar en esos molinos. Un viaje sin escenarios tópicos no acaba de ser un viaje.  

Y no solo hay molinos en Campo de Criptana. Nosotros visitamos estos. Pongamos otros nombres: hay molinos también en Mota del Cuervo y Consuegra. Puede que haya molinos en otros lugares de La Mancha. Los famosos son los de Campo de Criptana. De vez en cuando asoman en lo alto de una loma tres o cuatro molinos y los señalamos como esperando que muevan una aspa, ya que no un brazo. En Campo de Criptana se sube con el coche casi hasta los pies de estos molinos blancos, como flanes fosilizados. Es evidente que estos molinos tienen «un buen lejos», que decía alguien de alguna señora. Pero se acerca uno y es otra cosa. El buen lejos ahora, desde ese monte de la Paz, está en la lejanía. Kilómetros de llanura; todo un mar. Debía impresionar cuando en lugar de diez estaban los treinta o cuarenta molinos de los que habla Cervantes. Azorín cuenta que los molinos se implantaron en La Mancha en 1575: «¿Os extrañará que don Alonso Quijano el Bueno tomara por gigantes los molinos? Los molinos de viento eran, precisamente cuando vivía Don Quijote, una novedad estupenda».

Precisamente, si algo no tuvo este viaje eran novedades estupendas. Había estupendos páramos, estupendas lomas y lomazos, estupendos pueblos viejos, como olvidados al sol y al viento y al paso de los siglos. Es imposible no toparse con un castillo en lo alto de un cerro, también estupendo. O una torre o una iglesia o un monasterio o unas encinas, unos chopos o unos pinos, coronando el horizonte. Si ya el sol se nos perdía tras esos pinos, chopos o encinas entonces nos parábamos a fumar y a comer uvas, con el ocaso acentuando la psicodelia de esa tierra azafranada. Más que novedades encontrábamos, por suerte, todo eso que el hombre moderno no ha tocado o ha dejado a la buena de Dios. 

Azorín acaba en El Toboso. Nosotros no, pero no nos perdimos el pueblo. Por supuesto llegamos a deshora y todas las Dulcineas permanecían encerradas en sus casas, con las persianas bajadas. Está allí la casa de la oficial y primera Dulcinea, la inspiradora, y no sabemos si era tan burda y zafia debido a un encantamiento o no, pero la casa la han reconstruido como un pequeño museo agrícola, con todos los aperos de labranza que usaba el paisano manchego. 

En la mitología cervantina suena también Esquivias, donde se casa Cervantes el 12 de diciembre de 1584 con Catalina Salazar y Palacios. Pudo haber sido quizá este el pueblo de cuyo nombre no se quiso acordar Cervantes. Es una hipótesis que apunta a la suegra, que también es una buena razón. Podríamos citar una docena de pueblos más. Algunos con nombres asombrosos: Buendía, Ajofrín, Uña, Buenasbodas, Cañaveruelas, El Horcajo, Sienes, Tembleque, Casas Colgadas, Fuencaliente, Tragacete, Cantalojas, Fuerteescusa, Cabezarrubias del Puerto, Lagartera, Membrilla, Piedraescrita. En el Quijote se citan, además de Argamasilla, El Toboso y la Cueva de Montesinos, Miguelturra y Tirteafuera. Solo por esos nombres ya valdría la pena visitarlos. Recuerdo Almagro, con una bonita plaza Mayor y famoso por sus festivales de teatro clásico y sus corralas, y otros pueblos muy dignos de ver como Alcázar de San Juan, Tembleque, Villanueva de los Infantes, Tomelloso. 

Nos acercamos a las Tablas de Daimiel en mal momento. Más que un humedal era un secarral, pues hacía tiempo que no llovía. Fue sin duda la visita más penosa de aquel viaje. Por lo que he leído las lluvias de este invierno lo mantienen en mucho mejor estado. 

Volvimos un par de semanas más viejos y yo al menos sin acabar de casar la novela de Cervantes con los lugares que había visto. Craso error. Habíamos actuado a la inversa que los buscadores de localizaciones para el cine. Nosotros, las localizaciones las buscábamos cuatrocientos años después. La Mancha, sin duda, es un paisaje en cinemascope, o el recuerdo al menos parece grabado en cinemascope. El Quijote es todo lo contrario. En Cervantes el paisaje está y no está. No necesita describirlo. Pero La Mancha es mucho más que ese fondo de novela, en parte además imaginario. La Mancha es una maravillosa alucinación. Quizá por ahí vayan los tiros. Concluye Azorín: «Decidme, ¿No comprendéis en estas tierras los ensueños, los desvaríos, las imaginaciones desatadas del grande loco?».

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4 Comentarios

  1. Escriben poquísimo de Alcázar de San Juan, patria de Don Miguel , mal que les pese a escritores estipendiarios, y los molinos que aparecen ilustrando el artículo, son, me parece, los de su patria cervantina. Un saludo manchego

  2. Benito Pérez Galdós hizo una descripción magistral —al menos para algunos que no somos de allí— de La Mancha y su relación con el Quijote: https://sperezm.wordpress.com/2021/10/30/las-veredas-del-acaso-de-la-aventura/

  3. Como curiosidad, curiosidad, en mi pueblo, Consuegra, hubo una inundación en 1891. El periódico del El Imparcial promovió una recogida de donaciones para reconstruirlo y a día de hoy las casa que se construyeron entonces aún se conocen como el barrio de El Imparcial.

  4. La Mancha del Quijote no es sólo La Mancha geográfica conocida. ¿Acaso no es La Mancha la patria chica de Cervantes, Alcalá del Henares, los Monteros del Aragón, el Despeñaderos andaluz, y apurando, la misma Barcelona varias veces visitada por nuestro héroe?

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