Vísteme despacio, que tengo gira

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ramones gira
The Ramones. gira

El escenario. Ahí es donde se encuentra el límite que separa a las estrellas de la música de los meros mortales. Sobre las tablas y bajo los focos se traza la frontera entre lo normal y lo extraordinario. Tradicionalmente, la diferencia entre ambos mundos no solo implica ciertas dosis de talento, sino también una mayor cantidad de tachuelas, gorros imposibles, pantalones de cuero, vestidos sin género, y complementos disparatados. Atrevimientos que son extremos porque sobre el escenario todo vale y nadie está dispuesto a cuestionarle nada a alguien que es capaz de tocar un solo de guitarra como si hubiese acabado de aterrizar del cielo, o trepado desde del mismísimo centro del infierno. El pueblo llano suele acicalarse vistiendo de manera cómoda y a juego con la sociedad, pero los músicos llevan desde el inicio de los tiempos apostando por cubrirse, en mayor o menor medida, con las últimas temporadas de Lo Que Les Viene En Gana. De este modo, el rock y los seres que lo habitan se han dedicado a existir marcando tendencias entre sus seguidores, admiradores devotos que tan pronto los convierten en iconos pop inmortales como intentan imitarlos.

En los primeros 60, las bandas vestían traje sobre el escenario casi por obligación, luciendo una sofisticación que tenía algo de impostada. La rebeldía llegaría tímida, presumiendo de pelos largos y botines modernos con rancio abolengo victoriano. Mediada la década, Jimi Hendrix, Janis Joplin, The Doors y Jefferson Airplane animaron al mundo a abrazar la psicodelia y la contracultura hippie entre pantalones acampanados, pañuelos, flecos, joyería asequible y coronas de flores. Los 70 convirtieron a los skinny jeans en los principales representantes de la actitud rockera. Los vaquero en realidad siempre gozaron de un carácter atemporal, Elvis ya los calzaba un par de décadas antes, pero aquellos años los afianzarían como la ropa del rock por excelencia, convirtiéndolos en sinónimo de chico/as malos/as y prenda habitual en los roperos de The Ramones, The Rolling Stones, The Clash o The Sex Pistols. El punk le daría vueltas a las convenciones apostando por el hazlo-tú-mismo a golpe de parche, peinados alquitranados e imperdibles.

Los 80 fagocitaron las décadas previas y las transformaron en su propia imagen pop, una que sigue siendo plagiada en nuestros días, mientras veían nacer a esa bola de demolición satánica que sería el heavy metal con sus cueros, sus pinchos y sus cuernos. Los 90 fueron más acomodados y se dedicaron a berrear con lo que tenían: la furia adolescente del grunge, las camisas a cuadros, las mangas largas asomando atrevidas sobre mangas cortas y la presencia forzada de dejadez. Los dosmiles llegaron indecisos, como una ensalada de todo lo anterior y con grupos de rock que se contentaban con apariencias casuales, e incluso sacando el chándal a pasear, mientras otros imitaban estilos pretéritos y Alex Turner comenzaba a peinarse un tupé pasado de moda. En lo relativo a lo ocurrido en los 2010  todavía estamos intentando comprender qué es lo que ha pasado. Los skinny jeans siguen de moda, eso sí.

Vestirse despacio para ir de gira no es sencillo cuando eres una estrella de la música. Y las preferencias de atuendos durante un concierto son caprichosas, juguetonas e inabarcables. A pesar de ello, a continuación vamos a agarrar una pequeña parte de ellos, concretamente tres piezas (calzado, vestido y sombreo) pertenecientes a tres épocas distintas, a modo de ejemplo de lo que puede significar ataviarse con ellos bajo el foco: crear una moda, dinamitar los estándares clásicos o convertir en icono un complemento excéntrico que irónicamente fue adoptado para esconderse ante el público.

These Beatle boots are made for dancing

La historia tras las botas bautizadas como un cuarteto de Liverpool no podría ser más británica ni incluyendo té durante la tarde y balconing de madrugada: a mediados del siglo XIX, la reina Victoria I de Inglaterra andaba a la búsqueda de un calzado adecuado con el que gozar como era debido de sus paseos por el prado montada a caballo. El problema con las botas de lazo clásicas radicaba en que los cordones de aquellas tendían a enredarse en los estribos, enmarañando el trote real y convirtiendo la cabalgada en algo demasiado incómodo.

Hasta que, en 1937, el hábil zapatero real Joseph Sparkes-Hall colocó en las pezuñas de Victoria un par de zapatos de su propia invención. Dos botines hasta los tobillos con inserciones elásticas (de alambre y algodón) a los lados y ningún tipo de cierre, botones o cordones. Una novedosa y flexible ocurrencia que facilitaba poner y quitar dicho calzado cómodamente, con rapidez y sin inclinarse demasiado. Las botas gustaron tanto a la reina Victoria como para comenzar a usarlas durante su vida diaria, y no solo cuando estaba espoleando jamelgos o paseando por las cuadras.

Años después, cuando la industria logró dominar el caucho y resultó más sencillo obtener material elástico, Sparkes-Hall perfeccionó el diseño y legalizó oficialmente un nuevo modelo de sus botas, utilizando como gancho la aprobación real: «La reina Victoria camina con ellas todos los días, y eso es la prueba más convincente del valor que le concede al invento», escribió el zapatero en una patente firmada en 1851. Lo cierto es que tampoco requería de demasiado bombo publicitario, porque en aquella época sus botas ya gozaban de bastante éxito, gracias a una población que las utilizaba como calzado cotidiano, aunque en el mercado también abundaban las copias cosidas por los fabricantes de calzado rivales. La popularidad de aquellos zapatos se extendió hasta la llegada de la Primera Guerra Mundial, una fecha en la que todo el mundo dejó de prestar atención a la moda y se concentró en otros asuntos que normalmente implicaban recibir el menor número de disparos posible.

En los años 50, tras dos grandes guerras, los ingleses comenzaron a interesarse de nuevo por los armarios y recuperaron del olvido las botas favoritas de la reina Victoria. El conveniente calzado no tardó en ponerse de moda sobre los adoquines de la histórica King’s Road del barrio de Chelsea, una calle donde se reunían los bohemios, los pintores, las ovejas negras de la familia, los revolucionarios, los diseñadores, los escritores, los vividores, los directores de cine, los músicos y en general la gente más colorida y divertida del país. Una tropa de excéntricos que no siempre se vestía por los pies, pero a menudo lo hacían con los botines sin cordones y con costados elásticos de Sparkes-Hall.

La popularidad de aquellos zapatos en la zona de King’s Road, considerada por medio planeta como un huerto de modas, llegaría a ser tan elevada como para que los botines se rebautizaran universalmente como las «Chelsea boots». En 1961, tres jóvenes músicos desconocidos, que respondían a los nombres de John Lennon, Paul McCartney y George Harrison, asistieron en Hamburgo al concierto de una banda londinense y se quedaron prendados de las Chelsea boots que calzaban los integrantes del grupo. De vuelta en Londres, John y compañía se plantaron en la zapatería Anello & Davide para encargar la creación de una variante de las botitas victorianas: unos nuevos zapatos que añadirían a la bota de Chelsea un tacón cubano, una puntera más puntiaguda y una costura central del tobillo a la punta. O lo que ellos consideraban el complemento perfecto para los trajes con los que salían a tocar sobre el escenario.

Un puñado de meses más tarde, aquellos muchachos, junto a Ringo Starr, se convertirían en un descomunal fenómeno y de paso en cabecillas de tendencias que los jóvenes adoptaban mientras los adultos refunfuñaban. The Beatles pusieron de moda el pelo largo cortado al estilo tazón (un estilismo que los periódicos denominaron mop-top y del cual se burlaron los más talluditos), las blazers sin cuello y también aquellas botas de herencia victoriana, tacón folclórico y espíritu de Chelsea. La banda tuvo tanta culpa en el renacer de aquel modelo como para que los botines fuesen popularmente rebautizados con un nuevo apodo que ha perdurado hasta hoy: las Beatle boots.

El traje de otra reina

En 1974, la diseñadora de moda Zandra Rhodes ya había vestido a divas como Lauren Bacall o Elizabeth Taylor cuando recibió la llamada de otro tipo de reina, más pop y guitarrera, de la que nunca había oído hablar. Al rememorar la anécdota, Rhodes no recuerda con exactitud si habló por teléfono con Freddie Mercury o con Brian May, pero sí que sintió mucha curiosidad por aquella banda de rock llamada Queen que se mostraba tan genderfluid como para interesarse por su colección de ropa femenina.

«Yo nunca fui una groupie de la música. La gente lo da por hecho porque llevo el pelo de color rosa chillón, pero lo cierto es que yo era bastante aburrida, todavía lo soy, y solo me dedicaba a trabajar durante todo el día». Rhodes realmente no tenía ni idea de qué tipo de música confeccionaba Queen «Creía que se trataba de una banda de pop para adolescentes», por lo que demandó a sus empleadas que le pinchasen algún disco del grupo para darle una escucha.

Tras un repaso rápido a Sheer Heart Attack, el tercer disco de estudio de la banda, la diseñadora citó a Queen en su pequeño taller londinense después de la hora del cierre. «Los invité a venir y cuando se presentaron les dije que eligieran lo que les gustara y se lo probaran. Quería que corrieran por la habitación y saltaran para ver cómo se sentían, cómo se sentirían en el escenario». Mercury agarró rápidamente una camisa tipo capa elaborada en seda color marfil que tenía un corpiño bordado y mangas de mariposa con pliegues gigantes, una pieza que inicialmente había sido ideada para un bodorrio. «Fue una gran idea que tuve para un vestido de novia», apuntaba Rhodes, «se creó con una falda a juego y yo había diseñado ambas piezas durante lo que me gusta llamar mi período de “Campo de lirios”. La apariencia estaba inspirada por mi modelo en aquel momento, Tina Chow, y los lirios se basaban en dibujos que yo había realizado de aquellas flores durante una visita a Japón».

A partir de la idea original del vestido se realizó una versión personalizada para Mercury, una nueva pieza elaborada en un satén crema espeso que exhibía un acolchado en el pecho en lugar de un bordado. El bueno de Freddie no había sido el primer hombre para el que Rhodes había tejido algo, ese honor lo tenía Marc Bolan de T. Rex, pero sí el primer caballero al que le importaba muy poco el género de la ropa. «Yo no ideé aquella prenda como un elemento unisex, él simplemente se lo probó y se sintió a gusto en ella».

Mercury estrenó el vestido durante un concierto, al que Rhodes asistió como público, en el Earl’s Court y su imagen ataviado con la capa de novia de diseño se convirtió en una de las estampas más icónicas de su carrera. Muchos años más tarde, en 2018, ante el estreno de un film biográfico sobre el cantante, la cinta Bohemian Rhapsody protagonizada por Rami Malek, la diseñadora recibió el encargo de crear de nuevo la capa para que desfilase por la gran pantalla. «Rehicimos la parte superior para la película. Aparece muy brevemente en pantalla, pero resulta ser uno de esos conjuntos por los que todo el mundo parece recordar a la estrella».

Érase un hombre pegado a un sombrero

La alineación clásica de Guns N’ Roses estaba formada por cinco muchachotes: Axl Rose, Slash, Izzy Stradlin, Duff McKagan y Steven Adler. Pero durante sus años de gloria, en los 80 más tardíos y durante los primeros 90, fueron Rose y Slash las caras más visibles del espíritu del grupo, y por extensión los dos miembros cuyos estilismos más llamaban la atención entre unos fans que los idolatraban e imitaban.

El outfit de Rose para los conciertos lucía un elemento inalterable: el pañuelo, habitualmente rojo, amarrado a la testa a la altura de la frente. Pero el resto de su vestuario variaba según tuviese la tarde y dependiendo del baúl de ropa en el que se hubiera caído antes de salir a actuar. El chaval tan pronto se presentaba en escena enfundado en una chaqueta india con flecos, como embutido en unos pantalones de ciclista con la bandera de Estados unidos, o luciendo abrigos de pelo, camisetas con la cara de Charles Manson estampada, sombreros de alguacil, botas de cuero condenadas a coexistir con calcetines blancos, camisas de leñador amarradas a la cintura, chupas de motero tuneadas con banderas británicas, bañadores demasiado ceñidos, minúsculas camisetas deportivas, blazers de colores chillones o blusas con transparencias.

En la esquina opuesta, Slash subsistía con chulería agarrado a una guitarra y bajo unas pintas de malote que no han sufrido cambios en treinta y cinco años: una enorme chistera, unas gafas de sol para interiores, una melena frondosa donde se encuentra enterrado el rostro, un pitillo en la boca y una colección de simpáticas camisetas acompañadas de chalecos, chaquetas de cuero y pantalones vaqueros. En la práctica el inmovilismo estético era lógico: ¿para qué vas a cambiar algo que nunca deja de molar?

La llamativa chistera no tardó en convertirse en el elemento más característico del guitarrista, algo que permitía identificarlo rápidamente. Lo simpático es que aquel estilismo nació precisamente como un método para ocultarse de la audiencia, un modo de enmascararse ante el pánico escénico. El propio Slash lo explicó durante una entrevista en 2010 para la agencia Associated Press: «Puedes encajar el sombrero tirando de él hacía abajo, colocar el pelo por encima de la cara y simplemente esconderte detrás de eso. Yo siempre me he sentido un poco nervioso al colocarme delante de una multitud, y ocultarme de ese modo me hacía sentir más cómodo». El origen de la chistera resulta tan elegante como era de esperar del Slash de 1985: el músico lo encontró en una tienda de Melrose Place en Los Ángeles, mientras buscaba algo con lo que engalanarse para un concierto que tenía esa misma tarde. Decidió que aquel complemento «parecía guay» y se las apañó para sisarlo con arte del establecimiento sin pasar por caja. El toque definitivo se lo daría al customizarlo personalmente, decorándolo con piezas cortadas de un cinturón de conchas. Un cinturón que, para sorpresa de nadie, había robado en otra tienda cercana.

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2 Comentarios

  1. Dicen que escribir sobre música es como bailar sobre arquitectura… ahora podemos añadir otro término más a la comparativa: “o como escribir sobre moda sin poner fotos”.

    Dicho esto, el artículo es muy ameno e interesante.

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