Libertinaje en Wall Street

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Cate Blanchett y Alec Baldwin en Blue Jasmine. Imagen MovieStillsDB. wall street
Cate Blanchett y Alec Baldwin en Blue Jasmine. Imagen: MovieStillsDB.

En el Blue Smoke de Battery Park sirven una de las mejores costillas al estilo Kansas de todo Nueva York. La pared está decorada con troncos de madera cortados; parecen dispuestos para una hoguera. No sé si se trata de un sarcasmo o es una propuesta para acabar con la crisis. Enfrente se extiende una enorme barra de bar sobre la que al caer la tarde se acodan hombres (apenas se ven mujeres) embutidos en trajes con corbata y mochila al hombro. Muchos trabajan en empresas de nombre pomposo, de esos que al pronunciarlos uno escucha una especie de traducción inconsciente: «No sabe con quién está hablando, cucaracha». Su área de caza es Wall Street. Llevan a cuestas los aperos del gimnasio, donde se desfogan tras una jornada de estrés y riesgo: compro, vendo, compro, vendo y gano; porque yo siempre gano. Son los golden boys del Casino universal, como lo llamó el periódico británico Financial Times, una de las Biblias de la prensa económica. No hay rostros conocidos, solo tics de personajes que aparecen en el documental Inside Job y en las películas Margin Call y Too Big to Fall

A la vuelta de la esquina de la calle Vesey, donde está el Blue Smoke, se yergue la gran sede de Goldman Sachs en la ciudad de los rascacielos. Algunos de los empleados llevan el nombre de la empresa en sus morrales. Parecen orgullosos de sentirse actores del Gran Juego. 

Cuando el huracán Sandy dejó Nueva York a oscuras, solo la torre imperial de Goldman Sachs y algunos de los edificios de alrededor conservaron la luz. Algunos decían que venía del mismo infierno. La realidad era menos literaria: esa zona del sur de Manhattan recibe la electricidad que consume de Brooklyn, al otro lado del río. 

Los beneficios masivos no se obtienen apostando por un valor cuando baja porque se tiene la confianza de que va a subir; ese es un juego de aficionados, de apostantes de caballos. Los grandes pelotazos proceden a menudo de soplos, de informaciones privilegiadas, que permiten invertir sobre seguro, obtener una ventaja ilegal sobre los competidores. Los mercados, sean de valores, futuros, materias primas, divisas o derivados se basan en la ley de la oferta y la demanda, también en la especulación que vive de la guerra entre el miedo y la avidez. Una vez le preguntaron a John Rockefeller, fundador de la petrolera Standard Oil y de la saga familiar, cuál era su secreto para ser multimillonario. Respondió: «Siempre dejo el 5 % para el que viene detrás».

La película Margin Call trata del hundimiento de Lehman Brothers, en septiembre de 2008, que marcó el inicio de aquella crisis. Lehman era unas de las encarnaciones de libertinaje financiero extremo, de las hipotecas basura, las subprime. El jefe de la firma que en el filme va a hacer saltar el mercado por los aires para sobrevivir, el personaje que interpreta Jeremy Irons, le dice al analista que ha descubierto que el juego está a punto de explotar: «Por favor, hábleme como si fuera un niño. No es mi cerebro el que me colocó en este puesto, puedo asegurárselo. Mi especialidad es saber cuándo va a parar la música».

La mejor explicación del estallido de Lehman Brothers en septiembre de 2008 sigue siendo la de John Bird y John Fortune, dos cómicos británicos en The Last Laugh: todo se hundió porque alguien preguntó qué había dentro de la caja de las subprime. En la caja no había nada, solo aire viciado, basura.

La música paró de golpe, como si alguien hubiera dado un puñetazo sobre el vinilo. Y pararon las economías, entramos en una doble recesión, se perdieron millones de puestos de trabajo, hubo recortes masivos en salarios y de derechos sociales, sanidad, educación. El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, prometió aprovechar lo ocurrido en Lehman para refundar el capitalismo ayudado por sus socios del llamado G20, otros libertinos. 

No se persiguieron las prácticas que condujeron al desastre —solo los excesos más notorios—, se consintió el cobro de bonus escandalosos y se refinanció el sistema en vez de refundarlo: los mismos perros con los mismos collares, las mismas zorras para guardar el gallinero. La música volvió a sonar poco a poco, primero en Estados Unidos, luego en Europa. La pista siguió ocupada por los mismos bailarines, las mismas sonrisas, las viejas costumbres: compro, vendo, compro, vendo; yo siempre gano, como si nada hubiera pasado. Lo explicaba Jake Zamansky en la revista Forbes: «La canción sigue siendo la misma en Wall Street: la avaricia es la buena».

El segundo Blue es el de Woody Allen. En su película Jasmine Blue retrata el mundo libertino del dinero a espuertas: fiestas, vestidos caros, joyas, bolsos de marca, coches de lujo, fines de semana y veraneos en los Hamptons y estafas multimillonarias. Todo a lo grande. Con algunas libertades narrativas en el guion, Allen reproduce el mundo de Bernard Madoff, el gran timador, condenado en junio de 2009 a ciento cincuenta años de cárcel. El filme es la radiografía precisa de ese ambiente de corrupción consentido, de inmoralidad superlativa. La cámara es un bisturí que abre en canal a esa parte de la sociedad.

Madoff era el banquero de confianza de las estrellas, de la jet set, de los judíos acaudalados, de organizaciones caritativas. Durante veinte años mantuvo un sistema piramidal que otorgaba beneficios por encima del mercado que se nutrían de las nuevas aportaciones, no de la buena gestión del dinero. Cuando los dólares dejaron de fluir surgieron los problemas. Se calcula que estafó cerca de 70 000 millones de dólares, unos 52.000 millones de euros al cambio del momento.

El negocio de Madoff era sospechoso, pero nadie investigó lo suficiente. Los policías bursátiles, la Securities and Exchange Commission (SEC), los que deben velar por la transparencia y legalidad de las transacciones van por detrás de la ingeniería financiera; faltan medios y leyes que fueron suprimidas en la época de barra libre de Reagan y Thatcher

Alec Baldwin interpretaba al odioso Madoff aprovechándose de lo odioso que resulta él como actor. Su mujer en la película, Cate Blanchett, borda un personaje superlativo que se mueve entre la locura de tenerlo todo y la locura de perderlo todo. 

Uno de los momentos más psicológicamente reveladores de esta casta de intocables se produce cuando le preguntan a Cate de dónde es y ella responde: «De Nueva York, de Park Avenue».

Tercer Blue: una de las canciones recurrentes de la película: «Blue Moon», un salvacorduras del personaje de Blanchett, capaz de pasar de la comicidad al drama y del drama a la comicidad.

Jasmine Blue es tal vez la película más cruel de Allen desde Balas sobre Broadway, desnuda ese libertinaje financiero que consigue luz eléctrica desde el infierno en medio de los huracanes y que siempre lograr salir impune, inmaculado, sin apenas bajas: los Madoff y compañía son la simulación de que el sistema funciona: vigila, persigue y castiga. 

El documental Inside Job, que retrata el estallido de la crisis financiera de 2008, es otra pieza necesaria para no perder la memoria, aunque dijeron que llegaban los brotes verdes acompañados de una amnesia sobre lo que sucedió para que todo volviera a su cauce y el dinero corriera como si fuera champán francés. Mientras, las víctimas podemos cenar una vez en la vida en el Blue Smoke, devorar unas buenas costillas al estilo Kansas y vigilar que nadie nos robe los troncos de madera cortados dispuestos para una hoguera. Son la última esperanza.

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One Comment

  1. Si solo se quedase en Wall Street o en cualquier casino financiero, pues para ellos. No soy moralista. Pero las consecuencias son palpables en todo el planeta para una gran mayoría que es ajena a eso. El reduccionismo económico, la religión neoliberal, tiene consecuencias nefastas, aunque sea el relato hegemónico auspiciado por los que más se benefician y sus lacayos. Ahora hay variantes en criptomonedas y NTFS. La verdad es que el cuento es muy antiguo aunque los que caen se crean muy modernos.

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