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Un tesoro de leyenda para el capitán Nemo

tesoro capitán nemo
20 000 leguas de viaje submarino, 1954. Imagen: Walt Disney Productions.

Desde hace más de trescientos años, muchas personas afirman que en la ría de Vigo, en el puente de Rande, hay un gran tesoro hundido. Los más atrevidos defensores de esta leyenda han dicho que se trataba del cargamento entero de una flota de Indias hundida en 1702. Esta historia inspiró a Verne en uno de los pasajes de Veinte mil leguas de viaje submarino

Conviene situarse en el capítulo VIII de la segunda parte de Veinte mil leguas de viaje submarino, el profesor Aronnax comprueba con sorpresa que tras dejar atrás el Mediterráneo, el Nautilus se ha posado en el lecho marino. En este momento, el capitán Nemo le muestra cómo sus hombres utilizan unas escafandras para recuperar oro y plata de entre unos antiguos pecios. 

El misterioso marinero pronto revela que se trata del tesoro de una flota franco-española hundida por ingleses y holandeses en una batalla en la ría de Vigo. Nemo sitúa los hechos en 1702 en plena guerra de sucesión española (1701-1713). También cuenta que esas riquezas eran el cargamento completo de oro y plata de una flota de Indias (los convoyes que anualmente transportaban a la península el cargamento de metales preciosos de la minas de América). 

Los hechos que narra Nemo en estos pasajes de la novela son ciertos. El 23 de octubre de 1702 se produjo la batalla de Rande, más o menos como la explica Julio Verne. La cuestión que ha levantado pasiones estos más de trescientos diez años es qué hay de cierto tras la leyenda del tesoro que se fue a pique junto a aquellos barcos. 

El mar en llamas

Independientemente de que Julio Verne la eligiera como inspiración para su novela, la batalla de Rande tiene un gran interés por sí misma. Para entenderla, conviene remontarse a la convulsa Europa de principios del siglo XVIII. El 1 de noviembre de 1700 moría sin descendencia Carlos II el Hechizado, el último monarca de la dinastía Habsburgo en el trono español. A partir de ahí comienza una trama de movimientos diplomáticos e intrigas palaciegas entre las potencias europeas dignas del propio George R. R. Martin

Según el testamento del fallecido soberano, el trono debía corresponder a Felipe d’Anjou (que gobernaría como Felipe V), miembro de la casa de Borbón y nieto de Luis XIV y de Ana de Austria, una de las hermanas de Carlos II. Pero Inglaterra, Austria y Holanda no aceptaron estas disposiciones porque temían una poderosa alianza entre Francia y España o que incluso ambas coronas fueran a parar a d’Anjou. 

Cuando Felipe V fue coronado como rey de España y al mantener sus derechos sucesorios en Francia, los ingleses y sus aliados declararon la guerra a las dos potencias borbónicas en 1701. Los austríacos además presentaron a su propio candidato, Carlos, que también era hijo de una de las hermanas del difunto rey de España. 

Mientras se ponía en marcha la maquinaria bélica de las potencias, toda una flota de Indias española se disponía a regresar de las colonias americanas. En abril de 1701 este convoy recibe el aviso de que la guerra ha estallado y de que una escuadra inglesa planea atacarles. Ante la falta de una protección adecuada, el almirante español, Manuel de Velasco y Tejada, decide esperar en La Habana la llegada de más barcos franceses y españoles para retomar el regreso a Europa. 

Hasta julio de 1702 no se reúne la totalidad de la flota combinada hispano-francesa en el puerto de La Habana. El mando absoluto recae en el francés conde de Château-Renault, y la escuadra estará compuesta por cincuenta barcos (treinta y un franceses y diecinueve españoles). 

Los agentes de Luis XIV eran extremadamente eficaces y averiguaron los detalles de los planes de Inglaterra. El objetivo de la Royal Navy era atacar a la flota de Indias en las inmediaciones de Cádiz y hacerse con su tesoro; además luego asaltarían el puerto andaluz, ya que era el punto de llegada del comercio con América. Se trataba de dar un golpe letal a la principal fuente de ingresos de Felipe V. 

Pero el recién estrenado monarca borbón tenía sus propios planes. El cuantioso tesoro (que equivaldría hoy en día a doce mil millones de euros) era fundamental para que Felipe d’Anjou pudiera financiar la larga guerra que se avecinaba. Pero, más allá de la temida flota inglesa, el rey también tenía otra amenaza para su riqueza americana. 

La corrupción ya era una lacra terrible en la España de principios del siglo XVIII. Los funcionarios que controlaban la aduana en los puertos de Cádiz y en Sevilla eran cómplices de diversas redes de contrabandistas, por lo que muchas veces solo se acababa declarando una parte de las mercancías que llegaban de América. Ante este panorama, Felipe V decidió que la flota de Indias debía arribar al puerto de Pasajes en Guipúzcoa, así evitaba a las naves enemigas y a los burócratas con excesivas ganas de enriquecerse. 

La travesía de la flota de Indias por el Atlántico se desarrolla con tranquilidad. De hecho, el conde Château-Renault ordena que algunos navíos de escolta regresen a Francia ante la aparente inexistencia de una amenaza. Pero cuando se acercaban a las costas gallegas, fueron advertidos por otros barcos de la presencia de una escuadra de cuarenta naves inglesas que operaban cerca de Finisterre. 

Château-Renault tomó la decisión de refugiarse en Vigo, donde arribaron el 25 de septiembre. Las rías estaban protegidas por el estrecho de Rande. Para mejorar la defensa, las naves francesas descargaron algunos cañones que reforzaron dos fuertes en la entrada del puerto gallego. 

Si pasamos a ver al otro bando, al mando de la flota inglesa estaba el almirante sir George Rooke, que además contaba con la presencia de naves holandesas aliadas. Los cuarenta barcos frente a Finisterre, solo eran una parte del total. Como bien habían dicho los agentes galos, otros ciento ochenta navíos habían intentado atacar Cádiz pero sin éxito. Tras este fiasco, la máxima prioridad fue encontrar a la escuadra que venía con el tesoro de América. 

Rooke tenía poca información como demuestra la orden de enviar treinta barcos al Caribe para intentar encontrar allí a la flota de Indias. Pero tuvo un golpe de suerte. Se dirigió a las costas portuguesas para reaprovisionar a sus fuerzas, y allí se enteró de la presencia de la escuadra hispano-francesa en Vigo, anclada en las rías sin posibilidad de escape. Sin dudarlo un momento, puso rumbo hacía allí. El 22 de octubre ingleses y holandeses anclaban su imponente escuadra frente a las islas Cíes, preparados para la batalla. 

Al día siguiente se produjo el decisivo combate. Por un lado, los franceses y españoles contaban finalmente con treinta y cuatro barcos (dieciocho y dieciséis, respectivamente). Los galos eran mucho mejores, ya que los de sus aliados contaban con poca artillería y debían intentar desembarcar la carga. Frente a ellos tenían una temible flota de ciento cincuenta naves de las dos potencias marítimas más poderosas de Europa.

Los ingleses y holandeses atacaron paralelamente con sus navíos de línea (los barcos con más artillería en esa época) y con un desembarco de infantería para capturar los fuertes. Los franceses constituían la primera línea de defensa y opusieron una dura resistencia en los primeros compases de la batalla. Pero la potencia y calidad anglo-holandesa terminaron por imponerse, y rompieron la formación enemiga. 

En ese momento, Château-Renault y el almirante Velasco Tejada dieron la orden de quemar los barcos para evitar que fueran apresados por el enemigo. En total, ese día murieron mil ochocientos marineros franceses y españoles, y unos doscientos ingleses y holandeses. Los combates duraron unos días más, ya que los invasores saquearon el litoral vigués. Hasta aquí la historia; ahora comenzaba la leyenda. 

La leyenda del tesoro

Justo después de la batalla comenzaron los rumores sobre el tesoro que transportaba aquella flota. Básicamente hay dos interpretaciones. Aquellos que desde hace trescientos años han defendido que en la bodega de los barcos quedaba una parte importante del tesoro pese a que se procediera a su descarga. Luego están los que consideran que el tesoro fue desembarcado antes de la batalla y solo quedarían unas pocas piezas. Una interpretación que cuenta con la bendición de los arqueólogos marítimos y otros investigadores. 

Lo cierto es que los cuatro países participantes en la batalla de Rande se vieron interesados en mantener el mito. Yago Abilleira, que es uno de los máximos expertos en Rande y ha escrito Los galeones de Vigo (RP Ediciones, 2006), considera que «todos [los países] mintieron porque tenían algo que ganar». 

Por un lado, los ingleses y los holandeses tenían que justificar que habían dejado al enemigo sin una importante fuente de ingresos, por lo que aseguraron que habían hundido aquella fortuna. Los súbditos de su majestad alimentaron el mito del Santo Cristo de Maracaibo, un galeón que iba sobrecargado y que al final se hundió cerca de las islas Cíes con un tesoro que hoy podría valer tres mil quinientos millones de euros, según algunos cálculos. 

Los franceses también afirmaron que sus naves se fueron a pique con las bodegas llenas (habían aprovechado el viaje a América para traer valiosas mercancías como vainilla y maderas nobles), y así recibir una mayor indemnización de las autoridades españolas. 

Por su parte, Felipe V también alimentó que se había hundido casi todo para así quedarse los bienes y no tener que dar su parte a los mercaderes. Aquí conviene reconstruir los hechos, y repasar las opiniones de los académicos e investigadores que han estudiado con detenimiento los hechos y no se han dejado llevar por la leyenda. 

Si recordamos la secuencia de los hechos que se ha descrito antes, la flota de Indias llegó a Vigo el 25 de septiembre y la batalla fue prácticamente un mes después (el 23 de octubre). Por lo que parece lógico pensar que hubo tiempo suficiente como para desembarcar la carga de los galeones. Pero es cierto que al llegar la flota anglo-holandesa aún quedaban naves con carga en sus bodegas. 

Para entender este retraso hay que fijarse en la burocracia que ya dificultaba las gestiones en la España de hace trescientos años. El monopolio de Cádiz impedía descargar directamente en cualquier puerto. Así que hacía falta esperar a un permiso del complejo sistema administrativo español. Aunque esto se supo tiempo después de la batalla en la ría de Vigo. 

Aunque hoy en día se acepta que la carga oficial fue desembarcada, los defensores del mito creen que aún pueden quedar cantidades importantes de metales preciosos de contrabando. Algunos recuerdan el caso del galeón Nuestra Señora de Atocha, hundido frente a las costas de Florida en 1622; el célebre cazatesoros Mel Fisher encontró el pecio en 1985. Más allá de su carga declarada se encontró un buen número de esmeraldas, alguna de ellas se llegó a valorar en trescientos cincuenta mil euros. 

Por cierto, las piezas son propiedad de los descendientes de Fisher tras una larga batalla legal contra el gobierno español. Otras riquezas halladas fueron subastadas en Nueva York por un valor total de cuatrocientos millones. Para los defensores del tesoro vigués, su Atocha sería el Santo Cristo de Maracaibo. Su descubrimiento fue anunciado a bombo y platillo en 2010 cerca de las Cíes, pero finalmente varios arqueólogos lo descartaron por falta de pruebas.

Pero en el caso de Rande, los expertos han estudiado minuciosamente lo sucedido y descartan sorpresas de este tipo. Yago Abilleira ha seguido el rastro del tesoro, y apunta que «oficialmente llegaron al Alcázar de Segovia más de catorce millones de pesos de plata (doce mil millones de euros); de esa cantidad, Felipe V se acaba quedando con diez millones de pesos». Lo que sin duda le permitió financiar la guerra. Estas cifras incluyen las trescientas mil monedas que recuperaron los españoles justo después de la batalla, y las dos toneladas que pudieron saquear los ingleses. 

Pero las investigaciones serias como la de Abilleira son muy contemporáneas. Como hemos visto el mito nació justo cuando callaron los cañones. Así que la idea de que hay algún tipo de tesoro en la ría de Vigo ha calado en el imaginario popular, primero como que aún quedaba gran parte de él; y también, ante el peso de las pruebas más científicas, por los recodos misteriosos que deja la historia, como el destino del Santo Cristo de Maracaibo.

Cazatesoros Verne

¿Por qué Verne optó por escoger Rande para situar el tesoro de Nemo? A simple vista, la explicación parece sencilla. En los ambientes literarios del siglo XIX no era extraño que una antigua batalla con tesoro incorporado excitara la imaginación de cualquier escritor. Pero Verne podría haber tenido alguna motivación más, vinculada con la supuesta valiosa carga que reposaba en el fondo del mar.

Si volvemos al texto de Veinte mil leguas de viaje submarino, Aronnax recuerda al capitán Nemo que al hacerse con las riquezas de Rande se ha adelantado a una sociedad que ha obtenido permisos del Gobierno español para buscar el tesoro de los galeones hundidos. 

En este fragmento aparentemente más secundario en el capítulo VIII, Verne no está fantaseando, sino que hablaba de unos hechos reales que conocía muy bien. Hacia 1867, dos años antes de la publicación de la novela, el historiador y compatriota de Verne, Hippolyte Magen, había estado buscando inversores para formar una sociedad que intentara recuperar los supuestos tesoros de Rande. Tras una pugna legal con otra empresa de capital inglés, el francés consigue los derechos del Gobierno español para intentar el rescate.

Todo el proceso de formación de la sociedad y de concesión de la licencia para encontrar el tesoro tuvo un amplio seguimiento en la prensa francesa. Por lo que no es nada extraño que Verne lo conociera. Además, según explica Abilleira, «tampoco se descarta que él mismo fuera uno de los accionistas de la sociedad, dinero no le faltaba». Los trabajos de Magen duraron hasta 1870 y consiguió recuperar cuarenta kilogramos de plata y piezas de los buques como cañones. Tres años después publicó la relación de su trabajo en el libro Les galions de Vigo

El propio Julio Verne visitó Vigo nueve años después de haber publicado su novela. Lo hizo durante un viaje de su espectacular yate, el Saint Michel III. Su llegada a la ciudad fue todo un acontecimiento, al fin y al cabo era un escritor de fama mundial, que llegaba en su propio barco. Una puesta en escena de una auténtica estrella. La ciudad lo acogió con total hospitalidad, ya que el autor era el mejor propagandista de la región, pero no se hicieron menciones aparentes a su implicación en aquella búsqueda del tesoro. 

Hippolyte Magen no había sido ni el primer ni el último cazatesoros. Según los expertos, desde la misma batalla se han producido unos treinta intentos de recuperar el tesoro por parte de cazatesoros. Su perfil ha variado desde aventureros hasta consorcios internacionales.

Entre los más cercanos encontramos en 2005 al consorcio ruso-alemán San Simón Gmbhi Gr. Presentó a la Xunta de Galicia un proyecto con un presupuesto de trescientos diez millones de euros para recuperar los galeones, pero finalmente las autoridades descartaron la propuesta. Dos años después, y en un caso que recuerda al de Odyssey, la Guardia Civil abordó el buque John Lethbridge. El barco era de la compañía británica Subsea Resources. Teóricamente recuperaba cobre de un naufragio contemporáneo, pero se sospechaba que intentaba encontrar los galeones de la batalla. 

De hecho, y volviendo a la obra de Verne, el propio capitán Nemo se comporta como un cazatesoros. Pero no como una pérfida compañía con ánimo de lucro. Él mismo reconoce sin problemas que coge esos tesoros de los naufragios de Rande y de otros que hay por los océanos. Eso sí, el ácrata marino se ampara en su espíritu anticolonialista. En su conversación con Aronnax, justifica quedarse con esos metales preciosos porque fueron expoliados por el Imperio español a los indígenas americanos, y ahora los utiliza para ayudar a otros pueblos oprimidos. 

Pese a la creencia que ha imperado estos trescientos años, en Rande no hay tesoro. O mejor dicho, no hay una gran cantidad de oro y plata esperando a un audaz buscador. Pero todos los arqueólogos coinciden en que la verdadera riqueza que hay debajo de aquellas aguas (y en cualquier lugar donde haya un pecio) son los datos que puede ofrecer toda una flota de Indias hundida. Para Yago Abilleira es un gran yacimiento, único desde el punto de vista de la construcción naval ya que «a principios del siglo XVIII se produce la transición del galeón al navío de línea». Además también se pueden obtener otros datos como la vida a bordo, o la logística de una gran escuadra naval. En definitiva, joyas de conocimiento. 

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6 Comentarios

  1. Ta BUENO PERO 1702… NEMO.
    JULIO VERNE ..
    HOMBRES CON OXIGENO BAJO EL AGUA .
    BUENA IMAGINACION.
    DONDE ESTA LA REAL ESCRITURA???? O ES COMO ET?? IMAGINATEEE?????

  2. Gran artículo. Graciñas!

  3. Mi suegra se encontró en la finca una bala de cañon, pequeña pero muy pesada. Artículo muy interesante, gracias!!

  4. Lareon Falken

    El Santo Cristo de Maracaibo es una invención y de las malas para justificar que si bien Rande fue una victoria bélica indiscutible, supuso un fiasco económico por la falta de botín procedente del saco. Los galeones estuvieron días fondeados más que de sobra para descargar las mercancías más valiosas (esto no es más que tradición oral, pero mi padre cuenta que ya le contaba mi abuelo, que a su vez su abuelo le contaba de cómo le habían requisado a mi familia el carro para poder usarlo en la descarga de los galeones), y decir que usas un galeón destrozado por el combate, lo cargas por encima de lo recomendable y además para dirigirte a Inglaterra lo haces ir por la bocana sur de la ría atenta contra la más mínima lógica marítima y logística. Pero los ingleses siempre han sido unos fenómenos en convertir las derrotas en victorias (como Vernon, verbigracia).
    Buen artículo en todo caso.

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