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La isla de los mirtos y los mares: un paseo por Córcega

córcega

Un aeropuerto vacío tiene algo de monstruo que duerme.

No.

Un aeropuerto vacío tiene algo de monstruo que acecha. 

El aeropuerto de Figari está vacío en las madrugadas. Es pequeñuco, apartado, de esos sitios que pareces abarcar con un solo golpe de tu mirada. Será, posiblemente, la última vez que tengamos esa sensación en la isla.

Bienvenidos a Córcega.

Huele a maquis al borde del mar

En Córcega, a veces, hace viento. Solo que allí, como todo es más dulce, le han puesto nombres pintorescos a los aires, como si fuesen poetas galos a fines del XIX. Tienen, por ejemplo, el gregal, sopla desde Tirreno. O el lebeche, que llega desde poniente y reseca los extremos norte y sur de la isla. El maestral, céfiro de Francia. O tramontana, o levante. Hasta hay un siroco de sur y dolor de cabeza, un mezzogiorno mañanero y un terrane que solo asoma cuando el sol empieza a esconderse, tímido, más allá de las aguas.

Ese viento es el que trae lo primero que sientes en Córcega. El olor, el olor… Ya no te abandona hasta que dejas la isla, y entonces lo echas en falta, como haría un niño con ese juguete que tanto le gusta. Es olor a maquis, muy intenso. Enebro, orégano, salvia, alcornoques, también unos arbolillos chicos que se llaman mirtos y con cuyos frutos, pequeñas canicas rojas, hacen licor espeso y delicioso. Pero a los alcoholes llegaremos más tarde.

(Llegarán ustedes, que yo estoy trabajando y servidor es muy serio). 

Hay más. Aparte del maquis, digo. Bosques, bosques inmensos. Castaños y pinos. 

Los castaños dieron sustento a corsos y corsas durante siglos. Tanto que hasta una región, la Castagniccia, toma nombre de este árbol. Tanto que en 1584 el gobernador genovés firmó un decreto obligando a plantar cada año cuatro ejemplares a cada granjero o propietario de la isla. Así que eso… muchísimos. Castañas pequeñitas, con erizos verdes como esmeraldas, mucho más brillantes que en otros sitios. A veces ves cunetas espolvoreadas a semicírculos llenos de púas, y parece como si fueran las moquetas menos simpáticas del mundo. Pero dan de comer a los cerditos, y ellos sí que son simpáticos.

Lo de los pinos es curioso. Allí, en el centro de Córcega, crece el laricio, que es un árbol grande, señorial, con troncos rectos como si estuvieran dibujados por un niño que saca mucho la lengua por la comisura del labio. Visualicen… ¿ya? Seguimos. Eso, que grandes bosques con el suelo cubierto de polen naranja, acículas secas que alfombran tierra tierna y hongos pequeñajos asomando aquí y allá. Los ves a montones más arriba de Evisa, camino a Bocca di Verghju (también puedes decirle Vergio, pero allá el tema de los nombres siempre lleva connotación), o en el Col de Bavella.

La gracia de este laricio es que tiene madera imputrescible. Vamos, que años y años a la intemperie, chupando agua y humedad… pues nada, como nueva. Así que los corsos lo usaban en ebanistería. Cosas importantes, bien chulas. Algo caro, de gran valor. Y en Córcega eso, históricamente, es sinónimo de expolio. Primero los genoveses se hicieron mástiles de barco con estos pinos tan chulos. Luego fueron los enfants de la Patrie quienes quisieron enseñorear mares llevándose un cachito de isla con ellos. Y, por último, los ingleses importaron laricios para construir traviesas. Sí, la primera red de ferrocarril europea digna de tal nombre rodaba sobre madera corsa. Pegas de haber palmado en Waterloo, supongo.

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Licor de mirto y playas negras 

Por Córcega te encuentras, a ratitos, el mismísimo mar Caribe. En Palombaggio, por ejemplo, que es playa escondida con rocas blancas de bordes suaves y agua transparente. Turquesa, mil toques entre el azul y el verde. Glauco, que le dicen. A un hijo del Cantábrico incluso le asusta un poco, por extraño. 

Llegar no es fácil, porque tienes que aparcar bastante lejos y bajar por una pendiente endemoniada, bordeando muros que esconden villas. Pero villas de verdad, de las que cuestan millones de euros y alquilan, por meses, Brad Pitt, Julio Iglesias o Bigote Arrocet, esa gente. Pasas, también, por un pequeño bosque, mil ramas que crujen el suelo, un arroyo tranquilo (en Córcega es todo muy tranquilo), lagartijas de color verde esmeralda (mucho más verdes que las de mi tierra) vigilando con pereza, casi por pura obligación de especie. Ah, también hay caballucos del diablo enormes justo al borde del océano, y zumban con sabor a sal metálica y olas pequeñitas. 

Casi a mitad de camino entre Córcega y Cerdeña (casi a mitad de camino entre Francia e Italia) están las islas Lavezzi. Aquí, cuentan, hacían intercambios de malhechores ambos países. Extradiciones en el paraíso, oiga, déjeme usted un ratito más, ¿no ve que me estoy bañando? Las Lavezzi son un puzle de piedras arrugadas en marrones y ocres, cuervos muy negros graznando en playas y ancianas con bañadores de ese mismo color entrando despacito a un agua que hace mil piscinas. A veces las rocas juegan a disfrazarse ante los ojos, y puedes ver allí un tiburón al que atacan gallinas y calamares, perritos, gatos, tres o cuatro ratones y hasta la pista para encontrar el tesoro de Willie el Tuerto

Algunos ya lo encontraron, y por eso tienen yate. En Córcega se ven muchos. Muchísimos. Los suficientes para, también, establecer jerarquías entre ellos. Porque tienes más o menos pasta dependiendo del color de tu quilla, colega, eso está claro. Yate blanco… rico, pero meh. Yate marrón… vas mejorando. Yate negro… subidísimo en el euro. Y, ay, si calzas un yate de color grafito… joder, entonces tienes gritones de dólares en el banco. O el banco, directamente, como Bruce Wayne, ya saben.

Vista desde el aire la orografía de Córcega es como una inmensa espina de pez. Hay montañas altísimas en la parte central (altísimas significa por encima de los dos mil metros… si tienen en cuenta que están a unos pocos kilómetros desde el mar pues parecen todavía más imponentes) y hay multitud de pequeños valles que las hunden mientras sus ríos buscan la costa. Más o menos eso, en pequeñito, se reproduce en Cap Corse, el dedito norte de la isla que apunta hacia Francia.

(Cap Corse es, también, una bebida alcohólica amarga y fuerte, que se sirve muy fría y resulta perfecta para el vermú. Bueno, eso me lo han dicho. Yo soy serio, ya saben). 

Y eso, que Cap Corse es Córcega en pequeñito. Hay cien ghesgia (que es como llaman allá a las iglesias, porque el idioma es una forma de sentir), hay casas enormes volcadas sobre los acantilados como si fuesen dragones dormidos, con su poco de pintura descascarillada, con sus ladrillos que asoman, con su madera imperfecta. Todo parece, aquí, escenario de película,  hasta las pequeñas fallas es como si las hubiese puesto allí el guionista. En Erbalunga, por ejemplo, que es ese tipo de pueblos donde solo hay artistas, y poetas, y escritores de novelas que pasean con foulard alrededor del cuello. Luego llegas y también encuentras turistas (entre otras cosas porque eres uno de ellos), pero parecen mimetizados en el paisaje de calles estrechas que siempre caen al muelle, y las terrazas se asoman a un mar de sosiego, y las casas son de mil colores, con fachadas rojas, y naranjas, y verdes, y azules, y hasta las manchas en algunos muros parecen manchas de tinta, como si alguien hubiese dejado aquí la historia para continuar escribiéndola mañana…  También hay un pescador cebando el agua, que hierve por un momento, y él sonríe, la espalda apoyada contra un muro, la pierna encogida, todo el tiempo del mundo por delante, agarrando una caña enorme que parece no pesarle entre manos morosas.

Al otro lado de Erbalunga, en la costa occidental de Cap Corse, está Nonza. En Nonza las calles son empedradas y peatonales, porque ningún coche ha hecho suficiente régimen como para entrar por estos sitios. Hay esquinas que surgen aquí y allá y te impiden ver a dónde te diriges. Vista desde el aire debe parecer una orgia de ángulos agudos (solo que Angulosagudus es de otro álbum, en Córcega sale Ocatarinetabelapumplum… No… Ocatarinetabelachitchix, sí, ese, Ocatarinetabelachitchix, cuya familia tuvo problemas desde antiguo con los Figatelix y… pero bueno, eso ustedes ya lo saben, ¿no?). Puertas con gateras, y otras de madero viejo que parecen abrirse al vacío. Decoradas, todas. Una, marrón, con áncora enorme haciendo arabescos por toda la superficie. La de más allá, tonos azules, lleva flores y jarrones. Todos los tejados son de pizarra.

Huele a mar. Y a maquis

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Chonucos en libertad, jirafas con cuerpos no normativos

Toda la costa de Córcega está erizada con torres defensivas. A ver, son muchos siglos siendo pasto de piratas, ladrones y otras cosas aún más feas, como franceses o habitantes de Génova. Ya saben. Así que surgen por doquier. Son redondas, de piedra, y cuentan que podían comunicarse entre sí mediante humos y luces. Vamos, que nunca pierdes referencia visual respecto a la anterior.

Hay muchas por el Cap Corse, y también cerquita de Patrimonio, que es la zona donde hacen el vino más conocido de Córcega. Patrimonio está en pleno camino hacia Teghime, un puerto que se asoma, travieso, a dos mares. Justo en la cima hay una casita donde venden queso casero. A pocos metros está la cueva donde curan el (muy oloroso) producto de aquí. La señora me sonríe. Igual ni se da cuenta, pero tiene la tienda con mejores vistas que yo haya conocido.

Tampoco son malas en Patrimonio. Hectáreas y hectáreas de viñedos, bebida espesa y áspera, que calienta inicialmente y alegra más tarde. Paro en una bodega que hay al borde del asfalto, refugiada bajo la sombra de dos o tres olivos enormes. Dentro hace fresco, y aquello parece la cueva de Ali-Babá. Hay fotos antiguas, recuerdos de fiestas pasadas, dos peleles colgados del techo que parecen reproducir a los dueños. Ellos, los de verdad, los de carne y hueso, se acodan sobre el mantel de hule. La mesa está frente a una ventana, así que miran, casi inmóviles, la mejor tele del mundo. Allá, al fondo, mar. Huele a maquia y el hombre, muy sonriente, me ofrece un pequeño vaso. Licor de mirto. De lejos parece sangre, pero huele dulce, así que, como mucho, será sangre de alguien aficionado a la Nutella. Parece delicioso, pero tengo que negarme, porque estoy trabajando, ya saben. Estaba muy bueno, pero no, lo siento, debo decir no. Riquísimo.

En Córcega ni siquiera los desiertos son… en fin, demasiado desiertos. Miren Agriates, por ejemplo. Vale, allí no vive en nadie en muchos kilómetros a la redonda, pero es que hay restos de molinos, y granjas, y más variedad de vegetación que en media península ibérica. Vamos, que menudo desierto más chulo.

Para llegar a Agriates puedes chuparte caminata muy, muy seria… o coger un barquito desde Saint-Floriant. Tampoco hace falta decir qué opción pillé corriendo, ¿no? A mí es que me encantan los barcos, porque soy auténtico lobo de mar. Bueno, un poco de mareo si hubo, pero vaya, mejor eso que patear. Y, además, ves cosas. Un nadador demasiado lejos de la playa (pero demasiado, demasiado). Dos turistas, chico y chica, en kayak. También a mucha distancia de donde deberían estar. Y quemados. Desde lejos parecían boyas luminosas, oigan. Estos ingleses, que no miden fuerzas. En fin. El barco les pitó así, meeeec, con esa sirena profunda que tienen los barcos, y seguimos viaje.

En la costa nos saludan un par de urbanizaciones que se escalonan, diagonales, por los acantilados. Parece como si la tierra tuviera cejas alzadas. Vamos, que nos pasa dúplex, los universitarios sabrán a qué me refiero. Ah, llevábamos un Popeye dibujado en la quilla, porque siempre hay que hacer cosas con estilo. Espinaca va, espinaca viene, se llega a Saleccia, que es una de las playas donde el desierto se da besitos con la mar. Semicírculo de arena blanquita, blanquita, aguas transparentes, peces pintorescos. Casi te dan ganas de tirar un trozo de chorizo para que vengan todos aquí, y verlos mejor. Pero no. Estoy trabajando. Además, igual ni les gusta el chorizo tanto como a mí. 

El interior también tiene su punto. El de Córcega, digo. Nosotros empezamos nuestra senda en Porto (semicírculo alrededor de un muelle de piedra negra, torre defensiva en ruinas, cinco boyas verdes que marcan la entrada al puerto). Desde allí hay casi treinta y cinco kilómetros hasta Bocca à Verghju, el alto que da entrada al corazón de la isla. Ah, también lo pueden encontrar como Col de Vergio, pero ya les expliqué lo de los nombres. Toda una experiencia, subir. Sobre todo por los chonucos en libertad. Sí, cerdos semisalvajes que hozan por bosques sin nadie que los moleste. A ver, nadie… turistas imbéciles. Algunos, incluso, reporteros infantiloides que intentan abrazar cerditos chicos. Pero es que había tantos… Y de mil colores, que uno a los cochinos solos los vio de lejos, y se sorprende por todo. Había cerditos rosas, y negros, y de color marrón, y uno que era de chocolate y crema, y con topos, como en 101 dálmatas. También había cartuchos por el suelo. Y pitas, chumberas, alces, incluso alguna palmera despistada. 

También castaños, claro. Casi arriba del puerto, allá donde la niebla empezaba a enseñorear el paisaje. Una vaca ramonea hojas de castaño, tirando de ellas con su lengua. Larguísima, la lengua. Es como los documentales de La 2, solo que las jirafas se han abandonado un poco y tienen cuerpos más robustos. El bicho nos mira, como diciendo que no le toquemos mucho los cojones, por favor. Todo eso sé leer en los ojos del bóvido, amigas y amigos.

Y eso, que cimeamos. Casi arriba hay un parque de aventura con tirolinas, cuerdas para trepas, espacios de escalada. Los cerdos, tranquilos, roncan encima de todas esas atracciones. 

Supongo que hay alguna enseñanza en ello.

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Napoleón Bonaparte. Starring Andy Warhol

Ajaccio es el Bonaparte. Y ya. No le den más vueltas. Aunque al tipo le gustase poco, aunque el recuerdo que quede allí de él sea… bueno, peculiar. No creo que le fuese a gustar mucho al artillero pequeñajo (ojito, más alto que Wellesley, no me toquen mucho los cojones). Veremos.

Y eso que los alrededores tienen muchas cosas para ver. Interesantes. Muy estéticas. Pasear por Córcega es un continuo «oh». A veces hasta te sientes abrumado (pero en plan bien, no como cuando empezaban los exámenes). Allí está la playa de Capo di Feno, que tiene surfistas, y olas, y unas corrientes la mar de puñeteras. También hay, por fortuna, vigilantes. Que, a ver, no es Mitch Buchannon ni Pamela Anderson, sino un italiano cincuentón y bastante gordinflas, pero no vean ustedes que efectividad. En vez de lanzarse al mar cuando ya la cosa está jodida nuestro héroe, mucho más previsor, avisa con sirenas extravagantes a quienes se están alejando demasiado. Digamos que todos salen del agua, aunque sea para acabar con el bochorno.

Justo enfrente de Ajaccio están las Ìles Sanguinaires, nombre sin relación alguna, que se sepa, con Bonaparte. Digamos que son otra de las estampas clásicas del lugar. Unas islitas con su torre, su faro, su atardecer en tonos naranjas. Justo donde acaba la carretera hay bar con vistazas y un café buenísimo. Vivir bien debe ser esto. Ah, por allí había mucha gente paseando sus perritos. Todos encantadores, claro. Vamos, que inmejorable.

Ajaccio… pues eso, recuerda mucho a su natural más famoso. Pero lo hace de aquella manera. Vamos, que Napoleón bajo tamiz de Warhol. Así, como lo oyen. Asusta, ¿eh? Tampoco es para tanto, advertimos, aunque tiene su punto. El cardenal aquel que era de su pueblo, tiendas que venden levitas o sombreros, bebidas alcohólicas, helados, camisetas. A ver, tampoco es demasiado cuqui Bonaparte, pero el merchandising manda.

Y la pasta. Sobre todo la pasta. 

En cuanto sales de la gran ciudad vuelve a oler a maquis. Y las carreteras son estrechas, y quieres volver a los Calanques anaranjados, y perderte entre con piñas en el suelo que parecen armadillos asustados. Es así.

Qué delicia.

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