‘Dopesick’: la epidemia estadounidense de la droga legal

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Dopesick
Dopesick. Imagen: Hulu.

Las entregas de premios cinematográficos o televisivos, convertidas en espectáculos autocomplacientes, suelen ser algo ridículo, tanto más cuanto más ricos y famosos son los receptores de dichos premios. El mundo ha avanzado, pero esas galas han quedado obsoletas. Basta con contemplar, si es usted del género masoquista, las cada vez más irrecuperables galas de los Goya.

Por eso mismo Ricky Gervais tuvo tanto éxito cuando presentó los Globos de Oro en 2010, haciendo mofa de aquello que nadie en Hollywood osaba cuestionar: el ego de los actores y actrices. Resultó ser justo lo que el público de la era internet estaba deseando ver, y Gervais no solo obtuvo feroces críticas de, por así decir, la Cámara de los Lores, sino aplausos de la Cámara de los Comunes y buenas audiencias. Repitió en otras cuatro ocasiones. Norm Macdonald había hecho lo mismo en 1998, cuando decidió bombardear los premios deportivos ESPN. En aquella época, sin embargo, nadie estaba preparado para ver algo así, y la voz del populacho tampoco se escuchaba gracias a un internet masivo. En 1998 resultaba fácil ver en las caras y oír en algunos tensos silencios el pasmo del público presente. Los premios ESPN, por descontado, no volvieron a contar con Macdonald, que ese mismo año sería despedido del noticiario satírico de Saturday Night Live porque todas las semanas llamaba asesino a O. J. Simpson, amigo íntimo de un jefazo de la cadena NBC. Incomprendido entonces, hoy queda como un histórico precedente en el ámbito deportivo de lo que Gervais haría doce años después.

Pero son raros los casos en que los presentadores merecen la pena, y las entregas de premios solamente pueden ser entretenidas por la misma razón que Eurovisión o los debates electorales: sirven para masticar palomitas mientras se comenta el desastre. De los Óscar ya solo se habla de verdad cuando Will Smith abofetea a Chris Rock, lo que, en la práctica, equivale a haber convertido los Óscar en un reality show.

Por todo esto me resulta casi imposible esperar algo de una gala semejante, pero en los premios del Sindicato de Actores estadounidense de este año vi algo impactante, un momento auténtico y humano. El premio a mejor actor en una miniserie o telefilm se lo llevó, muy merecidamente, Michael Keaton por su extraordinario trabajo en la serie Dopesick, que trata el enorme problema que tienen los Estados Unidos con los opiáceos legales que se venden en las farmacias y llevan años creando millones de adictos. Cuando subió a recoger el premio, el carismático Keaton parecía muy contento; hasta dio una voltereta. Empezó lo que parecía un mensaje político, haciendo una alusión velada precisamente a Ricky Gervais y su idea de que los actores no deben opinar de asuntos políticos y sociales. Mencionó las desigualdades del mundo y hasta tuvo unas palabras de apoyo al presidente ucraniano Volodimir Zelenski. Todo esto, insisto, sonaba a discurso habitual de estos premios, pero era un tipo distinto de fachada al que estamos acostumbrados.

La percepción cambió en el momento clave en que pudimos ver que el actor, en realidad, había estado dando rodeos y reuniendo fuerzas para llegar al punto más delicado de su discurso: la dedicatoria. La serie Dopesick es un proyecto muy, muy personal para Keaton. Es como una cruzada del actor contra las empresas farmacéuticas que comercializan opiáceos. El motivo (que yo desconocía en el momento de verlo) es que su propio sobrino, el hijo de su hermana, llamado Michael como él, había muerto por una sobredosis de fentanilo, un medicamento opiáceo mucho más potente que la morfina y que se usa como analgésico (es, de hecho, el mismo medicamento que mató a Prince). Llegado a este punto, Keaton no pudo mantener la fachada festiva con la que se había presentado a recoger el premio, y se vino completamente abajo. Casi incapaz incapaz de seguir hablando, apenas le dieron las fuerzas para, entre largas pausas, dedicarles el premio a su sobrino y su hermana, y marcharse precipitadamente.

El instante es emotivo. En estas galas hay muchas lágrimas de cocodrilo y mucha superficialidad, lo cual, por contraste, acentúa el efecto de ver a un rostro tan conocido como Michael Keaton descomponiéndose en directo, con la mirada perdida, tratando de pronunciar las palabras justo después de haberse mostrado locuaz, simpático y en aparente dominio de sí mismo. Es imposible ver esto y no sentir una inmediata conmiseración por el actor. Y, créanme, rara vez siento conmiseración por los actores que recogen un premio, pero en los últimos instantes del discurso se hizo muy evidente que este hombre estaba sufriendo:

Este momento les resonará mucho más a quienes ya hayan visto Dopesick, y hayan contemplado el cariño y cuidado con el que Keaton ha tratado a su personaje en la serie, un médico rural que trabaja en un pueblo de mineros. Dopesick describe los tétricos manejos de la empresa Purdue Pharma para convertir en legal la prescripción y venta de un analgésico, el OxyContin, que es básicamente, y por decirlo de manera simple, heroína en forma de pastillas. Engañado por los agentes de Purdue y sus agresivas tácticas comerciales, el médico empieza a recetar un analgésico milagroso llamado OxyContin. Poco después, atónito, contempla los estragos que esas nuevas pastillas han creado en la comunidad local. Para horror del pobre tipo, hombres y mujeres que habían tenido una vida completamente normal se ven repentinamente convertidos en adictos que recurrirán a cualquier cosa —manipulación, delincuencia, prostitución— con tal de comprar dosis cada vez mayores de ese analgésico que se les había vendido como «inofensivo».

Entre las muchas facetas indignantes del asunto, Purdue Pharma empezó a probar la comercialización del OxyContin en regiones rurales habitadas sobre todo por trabajadores. El sistema sanitario estadounidense es terrible, y quienes enferman necesitan dinero, o un seguro privado, aunque ya sabemos que los seguros privados (también en España) viven de intentar no pagar aquello que se habían comprometido a pagar. Dado que en aquel país enfermar puede equivaler a la ruina o la deuda, la otra opción es automedicarse.

Hasta hace ya un tiempo, incluso en aquel país de cowboys, existían ciertas regulaciones en torno a la venta de opiáceos fuertes, que son los medicamentos más adictivos que existen. Cuando Purdue Pharma y otras empresas consiguieron aprovechar vacíos legales, o sencillamente manipular el sistema, los Estados Unidos empezaron a tener un serio problema. Si en Europa y otros lugares no existe una similar epidemia de adicción a los opiáceos es porque los opiáceos legales fuertes, como la morfina, solamente se administran bajo estricta supervisión en un entorno hospitalario, y siempre para tratar temporalmente dolores que sería difícil paliar de otro modo.

Los opiáceos ilegales, como la heroína, llevan acarreados un fuerte estigma social. La gente suele pensar que la adicción a la heroína es propia de entonos marginales y delictivos, o de familias completamente desestructuradas. Eso solamente es verdad en parte, porque siempre ha habido adictos a la heroína que procedían de entornos no problemáticos. Aun así, este prejuicio es positivo porque mantiene a mucha gente alejada de esa sustancia. Con las drogas legales (alcohol, tabaco) o las ilegales pero aceptadas socialmente en muchos entornos (cannabis, cocaína) no existen tantos reparos a la hora de consumir. Todas estas drogas pueden causar serios daños, está claro, pero suele ser a largo plazo. La adicción al alcohol es muy destructiva, y el alcohol es legal y fácil de obtener, pero la adicción se desarrolla con cierta lentitud. Nadie se convierte en alcohólico después de haber bebido unas pocas veces.

Dopesick
Dopesick. Imagen: Hulu.

Hay otro problema. Es innegable que los opiáceos pueden destruir la vida social, familiar y laboral de una persona (en el caso de que no la maten por una sobredosis), pero realmente funcionan como medicina a corto plazo. Son sustancias que alivian muchos males tanto del cuerpo como de la mente, y a muy corto plazo no son tan disruptivas como el alcohol. Después, sin embargo, la persona ha de pagar el fáustico precio de acostumbrarse a vivir anestesiada, cayendo en una adicción esclavista que con el tiempo irá cada vez a peor. Poner estas sustancias en manos del ciudadano no es buena idea. La prohibición de la venta libre de opiáceos potentes no es un capricho de los gobiernos.

Por eso resulta tan cabreante ver en Dopesick los turbios manejos de Purdue Pharma, incluyendo una campaña de desinformación para convencer a las autoridades y a los médicos de que el OxyContin no era adictivo, que habían encontrado una solución para el gran problema de los opiáceos: generan adicción al cabo de muy, muy poco tiempo. Pueden ser días. Bastan unas pocas consumiciones para que el organismo se acostumbre a los efectos de estas sustancias y empiece a echarlas de menos, generando un fuerte síndrome de abstinencia. Los opiáceos, además, desarrollan tolerancia: el organismo cada vez necesita más cantidad para conseguir el mismo efecto, así que los pacientes que toman opiáceos en pastillas llegan a necesitar muchas más de las inicialmente recetadas. Purdue Pharma respondió a esta «demanda» fabricando pastillas con dosis cada vez mayores. Dopesick describe los siniestros manejos de Purdue y de los psicópatas que la dirigían, pero también baja al nivel de la calle y relata de manera bastante realista los efectos de la adicción en personas que simplemente querían tratarse un dolor y terminaron, sin pretenderlo, convertidas en junkies.

Las facetas de este asunto son mostradas desde los puntos de vista de diferentes personajes. Como decía, Michael Keaton encarna de manera magistral a un médico rural llamado Samuel Finnix que empieza a recetar OxyContin y queda abrumado contemplando cómo sus pacientes terminan completamente fuera de control. Sabiendo lo que esta miniserie significa para Keaton, es admirable que no se haya dejado llevar por la sobreactuación o el melodrama. Al contrario, desarrolla su personaje con la sutileza que ya es habitual en su estilo, pero consiguiendo el efecto contrario que por ejemplo conseguía encarnando al inefable Ray Kroc, «fundador» de McDonald’s, en la muy recomendable The Founder. La marca de un gran actor es poder despertar simpatía cuando interpreta a una buena persona, pero parecer un auténtico desaprensivo cuando no.

Loretta McCready, a quien algunos recordarán como la chiquilla de Justified (bueno, yo no la recordaba hasta que leí que era ella), interpreta a una joven llamada Betsy que trabaja en una mina y que, tras una lesión de espalda, empieza a tomar OxyContin por prescripción del doctor Finnix. Sabiendo la tragedia que Michael Keaton ha sufrido en su propia familia por culpa de los opiáceos legales, es muy interesante ver cómo su personaje desarrolla un doloroso sentimiento de responsabilidad ante esta paciente.

Michael Stuhlberg, a quien tantas veces vemos haciendo de villano, encarna con su precisión habitual al hijo de puta de Richard Sackler, presidente de Purdue durante el lanzamiento del OxyContin. Will Poulter, a quien por ejemplo vimos en Midsommar, interpreta a unos de los comerciales a los que Purdue adoctrina con métodos casi sectarios para que extiendan el uso de la medicina supuestamente milagrosa. Rosario Dawson, a quien muchos conocerán por Men in Black II, Sin City o varias apariciones en series de Marvel y Star Wars, encarna a una agente de la agencia antidroga que sospecha las malas prácticas de Purdue y que, como es habitual en estos casos, se encuentra con una muralla de obstáculos administrativos para desarrollar su investigación.

Dopesick trata el asunto de la adicción a los opiáceos desde una óptica inhabitual en el cine o la televisión. Estamos más acostumbrados a ver el estereotipo del heroinómano como alguien que procede de un entorno marginal donde la heroína está en todas partes. Eso existe en la realidad, y la ficción lo ha tratado de manera muy realista en varias ocasiones: en The Wire, por ejemplo, había algunos personajes magníficos (como Bubbles o Dukie) que representaban a los adictos que lo son porque han crecido en ese entorno y tienen fácil acceso a la heroína. Personajes que habiendo conseguido resistir otras malas influencias como la violencia o el crimen, no han podido evitar sucumbir a la droga, y ven sus vidas arruinadas en consecuencia.

En Dopesick se habla de otra epidemia que está arrasando desde hace ya tiempo entre estadounidenses que en la mayor parte de los casos, de no haberse legalizado allí los opiáceos, no serían adictos. El problema es narrado de manera directa, sin embellecimientos innecesarios, para que cualquier espectador entienda cómo es posible que algunas de las sustancias más adictivas del mundo estén en las tiendas de los Estados Unidos, y que años después continúen matando a miles de personas, y arruinando las vidas de millones. Desde el viejo continente podemos sentirnos afortunados de que Purdue Pharma no consiguiera introducir su producto estrella en Europa. Porque lo intentaron. En resumen: una miniserie muy recomendable que cuenta una pesadilla que por momentos parece irreal, pero que continúa sucediendo ahora mismo.

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Dopesick. Imagen: Hulu.

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15 Comentarios

  1. Oxycontin si está introducido en España. Bajo estricto control medico y con receta de estupefacientes se utiliza para el tratamiento de dolores en oncologia.

  2. “La prohibición de la venta libre de opiáceos potentes no es un capricho de los gobiernos.”

    Que se lo digan a Podemos o a escritores como Don Winslow, que creen que la solución al tráfico de drogas es hacer que la droga (todas las drogas) sea legal. Porque como todo el mundo sabe desde que el tabaco y el alcohol son legales y fácilmente accesibles ya nadie muere de cirrosis o cáncer de pulmón, ¿verdad?

    • Posiblemente no sea una solución al problema de la drogadicción a corto ni a medio plazo, pero quizá podría ayudar en otras facetas: por ejemplo el control del producto (es decir, por un lado que no se corte con mierda; y por otro quitar buena parte del control al narcotráfico), y de esta forma disminuir en parte las muertes y la delincuencia asociadas a las drogas.

      El alcohol es legal y sigue habiendo gente que muere de cirrosis, efectivamente. Pero me atrevo a creer (sin datos que lo avalen, evidentemente) que si el alcohol fuese ilegal habría tráfico ilegal de alcohol, además de alcohol adulterado circulando por ahí y matando más gente.

      No defiendo que se legalicen las drogas, ni lo contrario. Pero si defiendo que se debata con seriedad donde se tenga que debatir, se comparen las legislaciones al respecto de otros países, y, llegado el caso, se tome una decisión.

      Todo eso, claro, si aceptamos que hay un problema con las drogas. Si no es así, pues que se quede todo como está.

    • Si las legalizas y las vendes con receta (y control de los que manejan los talonarios) en farmacias con sello del Estado y pagando impuestos terminas con el mercado negro, las mafias y el trapicheo. La ventaja es sustancial. Porque la gente lleva colocándose desde que el mundo es mundo, y va a seguir haciéndolo.

      • Ya puestos, legalicemos también los homicidios violentos. Porque la gente lleva asesinando desde que el mundo es mundo, y va a seguir haciéndolo. Instauremos la noche de La Purga, entonces. ¡Qué demonios: Purga todo el año!

        • Céntrate un poquito. Drogarse, en un principio, no implica matar a nadie. Normalmente lo que acarrea violencia es todo el mercado negro que rodea a la droga cuando es ilegal. Para muestar el botón de la Ley seca en Estados Unidos, o sin ir más lejos la situación actual de las drogas. Y si lo que hay ahora no funciona, igual probar un cambio de enfoque no era mala idea.
          Claro que la situación actual genera mucha pasta y engrasa muchos, muchos engranajes……

    • Se le da muy bien mezclar churros con merinas.

      El articulo habla del poder casi omnipotente de las farmacéuticas y la epidemia de adicción que ha desatado en EEUU.

      Pero usted, en una asombrosa cabriola, mezcla tabaco, alcohol, trafico de drogas y legalización.

      Seamos serios y llamemos a las cosas por su nombre: la guerra contra las drogas solo ha logrado muerte, violencia impune y ganancias astronómicas a sus promotores.

      Una sociedad avanzada debería permitir una discusión científica y social sobre el uso adulto y responsable de drogas recreativas y recortar,como afortunadamente lo ha hecho Europa, las ansias nauseabundas del cartel farmacéutico de los opiaceos.

      • Hablo de que Purdue Pharma ha hecho realidad el sueño de todos los partidarios de la legalización: drogas duras accesibles para todos, con control médico y pagando sus impuestos correspondientes. Y el resultado (pásmense) ha sido un aumento espectacular del número de adictos. Por algún extraño motivo, hacer las drogas más baratas y más fáciles de obtener provoca que la gente se drogue más. No sé, es como si hacer que cualquier tarado pueda comprar un arma sólo mostrando el carnet de conducir provocase que haya más tiroteos… Pero probablemente será un fallo estadístico: no dejemos que la realidad estropee una buena teoría. Seguramente ha habido momentos en la historia en los que acceder más fácilmente a la droga ha conducido a una sociedad más feliz y productiva. Como cuando los británicos inundaron Hong-Kong con toneladas de opio en el siglo XIX. En cuestión de meses hubo un espectacular descenso en el número de delitos violentos, parejo a una caída descomunal en la productividad en las fábricas y en los campos. Debido a alguna razón desconocida para la ciencia, parece que el hecho de que casi toda la masa laboral de un país esté o bien enganchada al opio o bien cultivándolo y distribuyéndolo provoca un súbito empobrecimiento de la población. Pero eso sí, la corona británica se forró a base de cobrar impuestos a los comerciantes de opio. Desafortunadamente, el emperador chino (un enemigo de la empresa privada como todos los comunistas) no veía con buenos ojos que sus compatriotas se convirtieran en una masa embrutecida de yonquis explotados por Occidente que sólo pensaban en cómo conseguir su próxima dosis. Así que ordenó ejecutar a todos los traficantes, quemar las plantaciones de droga y expulsar a los comerciantes de opio extranjeros. Obviamente, semejante atentado contra la libertad de empresa y al derecho del pueblo chino al uso adulto y responsable de drogas recreativas fue contestado por el Imperio Británico con el envío de una potente armada y la anexión por la fuerza del puerto de Hong-Kong. Y así fue como empezó la primera Guerra del Opio…

        • Pues… yo tambien era partidario de la legalizacion con todo control y garantía, pero sus argumentos no me parecen descabellados… Pasó con el tabaco: la industria apenas tuvo cortapisas mientras generó cantidades enormes de dinero para sostener su aparato propagandístico y para pagar impuestos al Estado. Fue cuando la ola de enfermos de tabaquismo empezó a salirle carisima al Estado via sistema de Salud -y productividad en la empresa- que se empezó a poner un límite…

          • Fue incluso peor: cuando la industria del tabaco descubrió que su producto causaba dependencia decidieron incorporar aditivos químicos y aumentar los niveles de nicotina de cada cigarrillo para hacerlo aún más adictivo. En la magistral película “El dilema” el científico interpretado por Russell Crowe explica en una entrevista cómo las tabacaleras gastaban miles de millones buscando nuevas formas de que los jóvenes se engancharan antes, con anuncios específicamente dirigidos a niños. Creer que la legalización es la varita mágica que hará que los yonquis dejen de pincharse en las esquinas es de una ingenuidad aplastante. Los cárteles mejicanos de la droga tienen a los mejores químicos del mundo buscando la nueva droga que deje atrás a la competencia. Cuando descubrieron que podían ganar más dinero con la heroína que con el cannabis, se pasaron a la heroína. Después al crack, luego a las anfetaminas, y de ahí a la bomba nuclear de todas las drogas: el fentanilo. ¿Y creéis que las grandes farmacéuticas van a tener más escrúpulos que una banda de mafiosos? Hacer la droga legal sólo contribuirá a aumentar el número de actores en el mercado que buscarán mil maneras distintas de hacerla más potente y adictiva para aumentar su margen de beneficios, sin importar los que caigan por el camino. Igual que con los cigarrillos.

        • Matización: me da la sensación de que las personas que se engancharon a ese medicamento no eran conscientes de estar tomando una droga extremadamente adictiva, que además era recetada por su médico de confianza. Así que quizá son dos ejemplos no comparables. Quiero creer que si se legalizaran las drogas recreativas, estas llevarían por todas partes carteles avisando de sus peligros, como pasa con el tabaco, que, no en vano, cada vez es menos consumida, si no estoy mal informado.

  3. Agente Smith. Cite la referencia donde Podemos, como partido, proponga la legalización de los opiáceos. Si no la encuentra rectifique y pida disculpas por su afirmación sin contrastar.

  4. Creo importante distinguir varios temas mezclados.
    Lo del Purdue no ha sido una legalización a secas, sino un permiso manipulado de venta y un impresionante ejército de comerciales que se forraban vendiendo el Oxycontin a médicos engañados, entre otro por la propia FDA.
    Siempre va a haber adictos a algo. Eso es imposible de controlar al 100%. Se trata de establecer que estatus legal produce menos perjuicio a la sociedad en su conjunto.
    Ilegalizar no ha supuesto nunca restringir el acceso. Si las propias cárceles, todas, están llenas de droga, ¿como vas a controlar eso en el mundo entero?
    Produce muchas más muertes el narcotrafico que la adicción a las drogas.
    La legalización debe ir acompañada de un riguroso control estatal que permita evitar adúltera ion peligrosa. Tampoco significa libre acceso a niños, por ejemplo

  5. Emilio, en esta ocasión has escrito un artículo muy pobre, con análisis muy desacertado en mi opinion.

    La oxicodona es una medicación opioide potente, indicada para el dolor severo (como el dolor oncológico). Se utiliza hoy en día para paliar síntomas en muchos pacientes con cáncer, como la morfina o el fentanilo, con beneficio demostrado en indicaciones precisas.

    Por ello comentarios como “es heroína en pastillas” son una burrada descomunal. Hay que tener cuidado con no estigmatizar este tipo de medicaciones; tener un paciente delante con cáncer avanzado en últimas semanas de vida, y un dolor severo, que rechaza tomar opioides por el estigma, es una situación muy triste que ocasiona sufrimiento innecesario.

    La serie es muy entretenida, pero no deja de ser ficción; los malos son malísimos y los buenos son buenísimos.

    El verdadero debate, que has pasado por alto, es la necesidad de regular a la industria farmacéutica. Hacen falta organismos independientes que velen por la seguridad del paciente, sin puertas giratorias ni conflictos de intereses. La farmacéuticas, como cualquier empresa en este mundo capitalista, quiere vender más y obtener beneficios; pero la salud está en juego y hay que tener cuidado.

    La FDA americana está podrida, los supuestos reguladores tienen conflictos de intereses y muchas veces acaban trabajando en las empresas que han regulado; se aprueban fármacos con muy poquito beneficio, con ensayos clínicos de dudosa validez y metodología pobre o brazos comparadores inaceptables. Hay médicos que van invitados a cenas cada mes, pagadas por la industria, que aunque uno crea que mantiene la independencia, algo queda. Afortunadamente últimamente hay más transparencia y regulación en el tema; y la Agencia Europea del Medicamento (EMA) es más seria y rigurosa a la hora de aprobar fármacos.

    Eso a grandes rasgos es lo que muestra la serie y el debate sobre la legalización de las drogas es secundario; aunque es una buena muestra de que cuando una droga es accesible, se consume más y aumentan los accidentes / crímenes / muertes .

  6. Falso. Lo que demuestra la serie es que se vendían opiáceos legalmente pero sin la correspondiente supervisión médica, pues en lugar de advertir de su altísima adicción se recetaba la medicina contra un simple dolor de muelas, incluso se ve como en las “clínicas del dolor” los médicos recetaban sistemáticamente a cualquiera que llegara sin tomarse la molestia de entrevistarse con el paciente, simplemente la enfermera o recepcionista iba repartiendo a los clientes lo que pedían y el doctor ni salía de despacho firmando recetas a tutiplén.
    Eso es lo mismo que vender heroína por las esquinas.
    La legalización de las drogas debe ser algo más serio.

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