España 82, el fútbol tal como era

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Naranjito, mascota del Mundial España 82.

A las ocho de la tarde del domingo 13 de junio de 1982, en el centro del campo de juego del Camp Nou, en Barcelona, tras oír el silbatazo del árbitro, Mario Alberto Kempes tocó el balón. A unos centímetros de él, lo controló Diego Armando Maradona. Con ese movimiento inicial se puso en marcha el partido entre Argentina —vigente campeona— y Bélgica, y también el Mundial de España 82. Fue un acontecimiento que excedió lo meramente deportivo: fue el primer gran evento internacional celebrado por la España democrática.

De algún modo, el torneo en esa España que aún procuraba afianzar su nuevo estilo de gobierno y de vida (habían pasado apenas dieciséis meses desde el 23-F de Tejero) fue, además, la contracara de su predecesor: en 1978, el Mundial había ayudado a la dictadura cívico-militar que gobernaba la Argentina a afirmarse en el poder, en la línea de lo que habían sido el Mundial de 1934 en Italia y los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936 para Mussolini y Hitler, respectivamente.

Tras recibir el pase inicial de Kempes, Maradona, en ese momento de veintidós años y recién fichado por el Barça, corrió unos metros con el balón y enseguida se la entregó a Ramón Díaz, quien tenía veintidós. Al mismo tiempo, a doce mil kilómetros de distancia, en las Malvinas —unas islas demasiado famosas, al decir de Borges—, miles de compatriotas suyos, más jóvenes que ellos y que el resto de los miembros del plantel, peleaban cuerpo a cuerpo contra soldados británicos. Así de absurdo es el mundo; así de locos estamos, podríamos decir.

Argentina perdió ese partido inaugural y, al día siguiente, se rindió en la guerra. El Mundial lo ganó Italia. Para España, la organización del torneo sentó las bases de lo que serían, una década después, eventos como la Expo de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona. Aprovechemos que se cumplen cuarenta años de aquel Mundial para recordar algunas de sus particularidades.

* * *

Acaso los dos mundiales de los años 80 (el de España y, cuatro años más tarde, el de México) hayan sido los últimos del fútbol premoderno. Italia 90 tuvo ya un glamur, una difusión televisiva, un aroma a globalización propiciado quizá por la caída —siete meses antes— del Muro de Berlín, que lo configuran como la transición hacia el espíritu comercial que se impuso sin dudas a partir del siguiente: el de Estados Unidos, uno de los países con menor tradición futbolística en todo el planeta, un Mundial jugado en estadios de otro deporte.

Soy consciente de que estas sensaciones pueden estar influenciadas por la edad: para quienes tenemos cuarenta y pico, España 82 y México 86 son los mundiales de nuestra infancia más tierna. Pero parece innegable el cierto aire de amateurismo que todavía rezumaban aquellos torneos, con tanto menos dinero en juego, sus indumentarias sencillas, los jugadores por completo ajenos a si las cámaras captaban tal o cual gesto o la celebración de un gol.

Sin embargo, ya en aquel entonces había lamentos que, desde nuestra perspectiva, suenan casi naífs. «En nuestros días, la agilidad está siendo sustituida por la fuerza», decía Miguel Delibes en un artículo de 1980 con el que sorprendió a muchos de sus lectores, quienes desconocían su afición futbolera. «Un buen futbolista ya no es un malabarista, sino un atleta», afirma el escritor vallisoletano, al tiempo que se quejaba del «antifútbol»: «Hoy, antes que jugar más, se procura que el contrincante juegue menos». Cuatro décadas después, si algo nos llama la atención al ver partidos de aquella época es la menor intensidad del juego, las marcas menos férreas, los grandes espacios con que contaban los equipos a la hora de atacar.

Y también hay que señalar que, en un sentido, el Mundial de España ya formó parte de una transición. Por primera vez, el cupo de participantes se amplió de dieciséis a veinticuatro selecciones y estuvieron representados los cinco continentes. Se jugaron cincuenta y dos partidos, catorce más que en las ediciones anteriores. Esto propició la multiplicación de las sedes: mientras en Argentina, cuatro años antes, el torneo se había jugado en seis estadios (distribuidos en cinco ciudades), en España los estadios fueron diecisiete (en catorce ciudades). Esa marca sigue siendo récord, aun cuando —desde 1998— cada torneo cuenta con treinta y dos participantes y un total de sesenta y cuatro partidos.

El Mundial de España también fue único por el formato utilizado, que nunca se repitió. Hubo una primera fase con seis grupos de cuatro equipos cada uno; los dos primeros clasificaban a la siguiente ronda. Esa segunda instancia constó de cuatro grupos, cada uno con tres equipos. El ganador de cada triangular pasaba a las semifinales. En una de esas semifinales se disputó la primera tanda de penaltis de la historia del torneo: Alemania Federal eliminó a Francia. Por cierto, cuatro de las veinticuatro selecciones participantes correspondían a países que ya no existen: Alemania Occidental, la Unión Soviética, Checoslovaquia y Yugoslavia. En Elche, el 15 de junio, Hungría propinó a El Salvador la mayor goleada registrada en un mundial: 10 a 1. Otras curiosidades merecen párrafo aparte.

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El lunes 21 de junio, en el José Zorrilla de Valladolid —el único estadio construido específicamente para este Mundial—, se produjo una de las escenas más surrealistas y bizarras en la historia del torneo. Se enfrentaban Francia y Kuwait (fue la única ocasión en que la selección de este país clasificó a un mundial). A los 37 minutos del segundo tiempo, el equipo europeo ganaba 3 a 1. Y convirtió su cuarto gol. Sin embargo, mientras sus jugadores lo celebraban, algo extraño comenzó a ocurrir en la grada.

El jeque Fahd Al-Ahmad, hermano del emir de Kuwait y presidente del comité olímpico de su país, se quejaba. Decía que, como justo antes se había oído un silbatazo proveniente de las tribunas que supuestamente distrajo a los defensores kuwaitíes, el gol debía ser anulado. Comenzó a hacer gestos instando a los jugadores de su selección a abandonar la cancha en señal de protesta; enseguida decidió pasar a la acción de un modo mucho más protagónico (y bizarro): bajó él mismo al campo de juego, ante la mirada atónita de jugadores y espectadores y la pasividad de la policía nacional. Lo más extraño de todo no fue eso, sino que el árbitro, el ucraniano (por entonces, soviético) Miroslav Stupar, tras un breve diálogo, accedió al pedido de Fahd —quién sabe qué argumentos habrá usado el jeque para convencerlo— e invalidó el tanto.

No sirvió de mucho: otro gol de Francia, sobre el final, llevó el resultado definitivo de 4 a 1, un marcador que la transmisión televisiva ya había mostrado un rato antes y luego se había visto obligada a corregir. Al día siguiente, la FIFA corroboró la validez del partido, multó con veinticinco mil francos suizos a la federación kuwaití por «conducta antideportiva» y le quitó a Stupar, de por vida, la licencia para arbitrar partidos internacionales. Al jeque lo esperaba un destino trágico: murió en combate durante la invasión de Irak a Kuwait en 1990, acción militar que originó la primera guerra del Golfo.

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Cuatro días después, el viernes 25 de junio, tuvo lugar otro episodio ignominioso, aunque en esta ocasión protagonizado por los propios jugadores. Por la última jornada del grupo 2 de la fase inicial, Alemania Federal y Austria se enfrentaban en Gijón. El día anterior, Argelia había vencido a Chile, lo que obligaba a los teutones —vigentes campeones de Europa— a ganar sí o sí para clasificar a la siguiente instancia. Con una particularidad: Austria también avanzaría si perdía por una diferencia de uno o hasta dos goles. Si eso sucedía, la selección eliminada sería Argelia.

¿Qué pasó? Pues que Alemania marcó a los once minutos y luego los dos equipos dejaron de atacarse. «Los jugadores alemanes y austríacos, dando una muestra de poca vergüenza y nula deportividad, se dedicaron a pasarse el balón unos a otros, consumiendo poco a poco los ochenta minutos que faltaban para acabar el partido», describió al día siguiente el periódico Mundo Deportivo, que lo calificó de «triste espectáculo». Los espectadores gritaban: «¡Fuera, fuera!», «¡Que se besen!», «¡Tongo!»; cuando faltaban veinte minutos para el final del juego, un grupo de hinchas argelinos —tal vez animados por la reciente acción del jeque kuwaití— quiso irrumpir en el campo de juego para protestar, pero esta vez sí la guardia civil y la policía lo impidieron. Otros espectadores se marcharon, decepcionados por el bochorno que estaban perpetrando ambas selecciones europeas.

«Si bien los dos equipos se esforzaron en un principio por mostrar que seguirían jugando con interés —añade la crónica de Mundo Deportivo—, poco a poco fueron cediendo y al final se mostró de una forma ostensible que, si bien tal vez el partido no había sido amañado de antemano, sí que ambos estaban de acuerdo con el resultado, que les clasificaba a los dos, y no pensaban mover un dedo por hacer que cambiase el marcador».

A partir de ese hecho, la FIFA determinó que los partidos de la última jornada de un mismo grupo se jugaran a la misma hora, para evitar otra colusión, término jurídico para referirse a un «pacto ilícito en daño de un tercero». Ya había, no obstante, un antecedente: en 1954, debido a un absurdo formato de torneo (fase de grupos de cuatro equipos pero con solo dos jornadas), Brasil y Yugoslavia jugaron «a empatar», pues sabían que ese resultado los depositaba en los cuartos de final, sin importar el marcador del otro partido.

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Argentina fue una de las mayores decepciones de la Copa del Mundo. La albiceleste mantenía la base del equipo campeón cuatro años antes y lo había reforzado nada menos que con Maradona. Aunque, claro, las circunstancias del país no eran las más apropiadas para el disfrute de un Mundial de Fútbol. Un mes antes del comienzo del Mundial, el 9 de mayo, todavía en Buenos Aires, Maradona y otros tres miembros de la selección argentina —el capitán Daniel Passarella, Patricio Hernández y Osvaldo Ardiles, ídolo del Tottenham Hotspur, uno de los primeros latinoamericanos en jugar en la liga inglesa— habían visitado el plató donde se realizaba 24 horas por Malvinas, un especial de televisión cuyo objetivo fue recaudar fondos para la guerra y levantar la moral de la población. El Diego expresó en ese momento su deseo de jugar un partido en las Malvinas.

El debut con derrota en la víspera del final de la guerra fue una suerte de presagio de lo que iba a venir. Si bien Argentina ganó los otros dos partidos de la fase inicial (4-1 a Hungría y 2-0 a El Salvador), la segunda ronda le deparó dos duras derrotas. Primero, 1-2 contra Italia, con el recordado y feroz marcaje de Claudio Gentile contra Maradona («ahora no podría hacerlo», admitió el exdefensor en 2011). Y luego, 1-3 contra Brasil, partido en el que Maradona, harto del rigor recibido, terminó paradójicamente expulsado por una patada cuando al partido le restaban cinco minutos.

En una entrevista hace un par de años, Kempes dio su versión del porqué del fracaso argentino en este Mundial. Dijo que «no tuvieron nada que ver las lesiones ni la guerra de Malvinas». ¿Entonces qué pasó? «España, Mediterráneo, pleno verano… ¿Hace falta explicar más cosas?». El Matador apuntó las diferencias con el Mundial anterior: «En Argentina teníamos dos habitaciones y acá (en España) todos los lujos que podíamos tener. Yo no estaba acostumbrado a eso y creo que nos equivocamos todos. No nos concentramos de la misma manera, nos fuimos de nuestro hábitat natural». 

Vista en perspectiva, la actuación argentina quedó como un hueco entre sus dos títulos, el único mundial en que no fue finalista entre 1978 y 1990, la primera gran tristeza de Maradona en su vida deportiva. Nos dejó, en cualquier caso, una de las postales más bellas de la historia de la competición: esa en la que el 10 argentino se enfrenta solo a seis jugadores belgas que parecen encolumnarse en su afán de quitarle el balón, una imagen digna de las aventuras de Oliver y Benji. Y quedó también el espíritu de revancha. Argentina se consagró en México, cuatro años después; y si bien nunca pudo jugar en las Malvinas, el 22 de junio de 1986, con la mano de Dios y el barrilete cósmico contra Inglaterra, el Diego se ganó un lugar en el panteón eterno de los superhéroes argentinos.

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La otra gran frustración, sin dudas, fue la de España. Llegó al torneo con mucha ilusión, pero tuvo una actuación muy floja. En la primera ronda, en Mestalla, igualó 1-1 ante la humilde Honduras, venció 2-1 a Yugoslavia y cayó 0-1 contra Irlanda del Norte. En la segunda fase perdió 1-2 ante Alemania Federal y se despidió con un empate en cero versus Inglaterra, en ambos casos en el Bernabéu. Así, con más pena que gloria, acabó la andadura del equipo entrenado por José Santamaría.

«Nunca vimos a nuestra selección tan indefensa, y clorótica, tan horra de imaginación, tan agarrotada», escribió Miguel Delibes días después de terminado el Mundial. Ofuscado, afirmaba que España «no pasó a la segunda fase», sino que «la pasaron» las ayudas arbitrales. Y encontraba las culpas en el extremo opuesto a donde ahora las halla Kempes: en la demasiada concentración, en «olvidarse de que el jugador de fútbol tiene veinte años. Y si un muchacho a los veinte años no puede estar un rato con su mujer o tomarse una copa con los amigos dos días antes de un partido decisivo, lo mejor es que se dedique a otra cosa».

También resultan llamativos los «viejos y crónicos defectos» de la selección española destacados por Delibes: «La cabriola, el regate en corto, el pasecito horizontal, la triangulación del juego en el centro del terreno […] como si en fútbol la retención del balón fuera un mérito». Acciones que, según el autor de Cinco horas con Mario, «no conducen a nada práctico». Tres décadas después, tales supuestos defectos constituirían el ADN de una Roja brillante, cuyo juego hizo época y le permitió coronarse, en un lapso de cuatro años, en dos Eurocopas y un Mundial.

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Toda la gloria fue para Italia, que no desplegó el juego más vistoso (atributo que les correspondió a Brasil y Francia) pero sí el más sólido y efectivo. De hecho, en la primera fase la Azzurra no ganó ningún partido: empató los tres —en cero contra Polonia y en uno versus Perú y Camerún— y se clasificó gracias a haber convertido un tanto más que los africanos. El primer triunfo fue el ya citado 2-1 sobre Argentina. Y luego llegaron los días en llamas de Paolo Rossi.

Rossi tenía por entonces veinticinco años, pero llevaba dos sin jugar debido una suspensión por haber estado implicado en el escándalo Totonero, una trama de apuestas ilegales que involucraba a dirigentes, entrenadores y jugadores del fútbol italiano. Había sido figura y convertido tres goles en el Mundial anterior, y por eso, aunque la prensa de su país lo veía fuera de forma y llegó a decir que parecía un «fantasma» en el campo de juego, el seleccionador italiano, Enzo Bearzot, confió en él. Una confianza recompensada de la mejor forma posible. Y cuando más valía: en la última semana del Mundial. 

El lunes 5 de julio Italia y Brasil jugaron un partidazo, uno de los más recordados de la historia de los mundiales. Tres goles de Rossi (3-2) mandaron a casa a Zico, Sócrates, Falcao y compañía. El jueves 8, la Azzurra batió a Polonia 2-0, con otros dos tantos del delantero nacido en la Toscana. Y el domingo 11, en la final, un gol del mismo Rossi abrió el camino para el 3-1 con que Italia se impuso a Alemania para convertirse en tricampeona del mundo, alcanzando en el palmarés a Brasil (los otros campeones hasta aquel momento habían sido Alemania y Uruguay, dos veces cada uno, y Argentina e Inglaterra, en una ocasión).

La imagen más icónica de esa final, sin embargo, no es de Rossi sino de Marco Tardelli: la celebración de su gol, el segundo de Italia en ese partido. En un primer momento su rostro parece revelar incredulidad, pero muy pronto es ganado por la pasión y la emoción. «Era felicidad, conmoción, un volcán que explota», lo describía Tardelli en una entrevista veinticinco años después. Su carrera por el césped, sus puños apretados, su boca bien abierta, el éxtasis, constituyen una de las postales más recordadas no solo de los mundiales sino de toda la historia del fútbol.

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Después de España 82, torneo en el que por primera vez una clasificación se dirimió por penaltis, Italia llegó a otras dos finales y definió por penaltis las dos: perdió una, contra Brasil en 1994, y ganó la otra, a Francia en 2006. Luego, la noche: dos eliminaciones en primera ronda y dos mundiales a los que ni siquiera ha logrado clasificar. Con cuánta nostalgia recordarán los tifosi los años ochenta. Y no solo por el lugar de élite que ocupaba su selección, sino también por el brillo de su liga. Con Maradona en el Napoli, Platini en la Juventus, Gullit y Van Basten en el Milan y Matthäus en el Inter —por nombrar solo a algunos—, el Calcio tenía, con diferencia, el mejor fútbol de clubes del mundo.

A España, su Mundial le dejó lo ya mencionado: la experiencia para organizar grandes eventos algunos años después. Y unos recuerdos indelebles para quienes añoran un fútbol menos comercial. Y entre esos recuerdos, Naranjito, un personaje que vive bien cerca del corazón de quienes vivieron aquellos tiempos con alegría e ilusión, más allá de los resultados deportivos.

Ha corrido mucha agua bajo los puentes. En este año de Mundial, los líderes del fútbol moderno han dispuesto que se juegue en Catar, otro país carente de toda tradición futbolística. Y con varios agravantes. Por un lado, los atropellos contra los derechos de las mujeres —todas ellas viven bajo la tutela de un varón— y la comunidad LGBTI, pues la diversidad sexual está prohibida por la ley. Por el otro, la explotación laboral. Según reiteradas denuncias de organizaciones de derechos humanos, los trabajadores migrantes se vieron expuestos a condiciones de esclavitud y hasta diez mil habrían muerto durante las obras de infraestructura realizadas para el Mundial. Así de absurdo es el mundo.

Y, para colmo, el calor. Por eso se jugará por primera vez hacia fin de año y no en la mitad, como ha sucedido en las veintiuna ediciones disputadas hasta aquí. Por eso no estamos ahora mismo en los albores de un nuevo torneo, sino que tenemos todavía por delante cinco largos meses. Cinco meses para prepararnos, en todo caso. Y para hacer nuestras propias quinielas acerca de si Messi, Cristiano o alguno de los otros que parecen jugarse en Medio Oriente su última carta mundialista podrán acceder al olimpo habitado por Paolo Rossi, Maradona, Pelé, Zidane, Matthäus e Iniesta, entre otros, o si tendrán que conformarse con ese curioso penúltimo escalón habitado por cracs como Cruyff, Platini, Puskas o Di Stéfano. En diciembre, una semana antes de Navidad, tendremos respuesta.

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11 Comentarios

  1. Que recuerdos … llegar corriendo a casa, encender el televisor en blanco y negro que teníamos y … ver a Honduras marcarnos un gol. Madre mía. No se me quita de la cabeza. Que tristeza de Mundial. Menos mal que un año despues le metimos 12 a Malta y aquello me dio gasolina para muchos años

  2. 14 años tenia. Me trague el mundial enterito y mi padre me regaló un abono para ver los tres partidos que se jugaron en El Molinón. El pufo de Alemania y Austria fue flipante y los argelinos que habia en la grada metian miedo de lo cabreados a que estaban; la policia nacional los molió a palos cuando intentaron saltar las vallas. Fue uno de los veranos de mi vida, adolescente y futbolero, que mas pedir. El futbol era distinto, eran 11 hombres jugando, hoy suelen ser 11 mamarrachos endiosados todos cortados por el mismo patrón.
    Un saludo

  3. Me hice aficionado al fútbol gracias al Mundial 82, a los 10 años: aquellas pintas, los calzones ajustados, los cuellos de pico, los bigotes y el pelo rizado, las selecciones de relleno, Camerún y su buen juego, el gol de Graziani en Balaídos, el cabezazo de Zamora que vi en un bar, la camiseta de la selección de la URSS en la que ponía CCCP y que intentábamos averiguar que significaba…
    No solo eso, el año de Blade Runner, de La Cosa, de Conan, de ET, de Acorralado, de Firefox… comparen con el cine actual que es penoso. Recuerdo la música que sonaba en mi panda de verano: Barón Rojo, ACDC, Iron Maiden, yo flipaba, me daban un miedo… Yo en bici y los mayores en las motos Montesa, Puig una amarilla…

  4. Ha sido ver al naranjito ese, y me ha venido el recuerdo triste de lo cutre y deprimente que era España en 1982. Creo que es el personaje de “ficción” al que más manía he tenido nunca. Incluso echaban unos dibujos animados horribles durante el mundial ese que consistían en mezclar esa naranja amarga con trozos de partidos de futbol (lo cual me ayudó desde bien pequeño a dejar de ver la TV). Y la verdad es que 10 años después, cuando el sonoro y falso 92, las mascotas de turno (el curro y el cobi) fueron igual de deprimentes. Nunca comprenderé como es posible vanagloriarse en tanta mediocridad.

  5. Y la hostia tremenda de Schumacher a Battiston en las semis Francia-Alemania. En Francia aún les duele ese partido. Francia jugaba de ensueño.

  6. Mira que no nombrar a Roger Milla, delantero de Camerún, selección que practicó uno de los mejores fútbol del torneo, que se fue invicta y empató con los a posteriori campeones a los que tuvo contra las cuerdas. Que entonces un equipo africano era una absoluta anomalía, no como ahora, era exotismo puro, pero jugaban con una alegría… Milla tenía treinta años en el 82 y el tío jugó la friolera de tres mundiales más.

  7. Pues yo tengo un gran recuerdo del mundial. Creo que nos puso en el mapa para muy bien. Dimos impresión de país alegre y caluroso con los demás. Deportivamente para nosotros fue un desastre. Gracias a todos los que hacéis y leéis esta revista

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