Sibil Pektorosoğlu: avanzar sin olvidar, y crecer

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Sibil Pektorosoğlu.
Sibil Pektorosoğlu. Fotografía: Mkhitar Serobyan.

Su presencia se hace notar en cuan­to entra en el café de Estambul donde nos hemos citado. Sibil Pektorosoğlu tiene una larga melena de color miel que le cae sobre los hombros, una sonrisa tan dulce como enigmática y una edad imposible de discernir sin buscarla en su página web. También se guarda una victoria en el bolso: ha entrado en los hogares de Turquía como cantante en lengua armenia nacida en Estambul.

Con sus manos alrededor de una primera taza de té, Sibil cuenta que, de niña, el armenio era una lengua que solo escuchaba de puertas adentro: en casa, en la escuela, en el templo… Podía jugar en la calle con sus amigos en turco para hilar después oraciones en su lengua en la iglesia Surp Vartatants, donde su padre era miembro del coro. Solía llevarla los domingos. La historia sigue el patrón de la de otros músicos turco-armenios, como el compositor Onno Tunç o el cantante de metal Hayko Cepkin: todos empezaron a estimular su creatividad musical en iglesias armenias de la ciudad. En Estambul hay veinticuatro, y casi la mitad se concentran aquí, en Kurtuluş. Es un distrito atravesado por cuestas y calles peatonales de adoquines que presume de una zona comercial y residencial con edificios de color pastel de tres y cuatro plantas. Atendiendo a sus iglesias y cementerios, es fácil adivinar quién vivía antes en Kurtuluş. Antiguamente era Tatavla, un barrio de mayoría griega que durante los últimos años del Imperio otomano contaba con una pequeña población armenia que llevaba allí desde hacía generaciones. Fueron las matanzas de armenios a finales del XIX, luego los pogromos y más tarde el genocidio de 1915 los que empujaron a miles de supervivientes de varias regiones de Anatolia hacia Estambul. Salvo por una minúscula comunidad que se instaló en Kumkapı, cerca del Patriarcado armenio de Constantinopla, y otra en Kınalıada, una de las islas de la ciudad, la inmensa mayoría se instaló en Kurtuluş («salvación», en turco). Hoy en día, este barrio concentra gran parte de los sesenta mil armenios que viven en Turquía.

Desde entonces han nacido ya cerca de cuatro generaciones de turco-armenios de Estambul, entre ellos Sibil, cuyos abuelos se instalaron aquí en 1919. En Kurtuluş han florecido los comercios, restaurantes y centros culturales con nombres armenios; también varias escuelas, un par de periódicos y una editorial. Sus calles tienen un carácter más abierto y cosmopolita que otros barrios de Estambul y, con los años, han acogido a refugiados sirios, miembros del colectivo LGBTI e incluso erasmus.

«Si los armenios están seguros aquí, debe ser seguro para ellos también», señaló con ironía Yetvart Tomasyán, uno de los fundadores de la editorial Aras. Creada por intelectuales turco-armenios, Aras ha publicado más de doscientos libros para dar a conocer autores armenios en turco e internacionales en armenio.

Pero, según a quién se pregunte, el oasis de Kurtuluş es solo un espejismo. En las últimas décadas, los armenios del barrio se han visto constantemente sacudidos por la situación política del país. Fueron las tasas arbitrarias del gobierno nacionalista de Şükrü Saraçoğlu en 1942, los pogromos de 1955 contra la población griega, los ataques de ultranacionalistas turcos, el asesinato de Hrant Dink, periodista del diario Agos… La última agresión tuvo lugar en 2020 con la irrupción de un convoy de ultranacionalistas turcos ondeando banderas de Azerbaiyán para mostrar el apoyo turco a Bakú en la guerra en Nagorno Karabaj. En Kurtuluş, el miedo se ha transmitido de madres a hijas como una canción de cuna.

«Aunque nuestra generación no haya vivido lo que les tocó a las anteriores, he crecido en un ambiente en el que siempre me han dicho que vaya con cuidado, que no hable armenio en la calle», cuenta Sibil. «No me llames mama (en armenio) fuera de casa, llámame anne (en turco)», le decía su madre. Ha sido en la calle, fuera de los brazos de la comunidad, donde muchos armenios han descubierto que hay diferencias entre ellos y los turcos. Es también la experiencia de Arto Tunçboyacıyan (1957), vocal y percusionista turco-armenio de referencia en el mundo del folk y el jazz fusión. Ahora vive entre Estados Unidos y Armenia, donde ha creado bandas como la Armenian Navy Band o Project Serart junto con algunos miembros de System of a Down.

«Fue de pequeño, jugando en la calle con otros niños, cuando descubrí que yo era armenio, que era distinto», nos cuenta por teléfono el músico turco-armenio más reconocido. Para evitar sorpresas desagradables, muchos turco-armenios han optado por tener un nombre turco y uno armenio. Como el fotógrafo Ara Derderyán, conocido como Ara Güler, o el músico Majak Tosikyán, también llamado Cenk Taşkan.

A menudo, es la propia familia la que esconde a los hijos el pasado de sus abuelos para que crezcan sin el peso de su historia. Sibil, sin ir más lejos, dice que se enteró de adulta de lo que le ocurrió a su abuela Arsenuhí cuando ya había muerto. En casa nunca se hablaba de 1915. La abuela Arsenuhí se quedó huérfana con catorce años; solo sobrevivieron ella y su hermana mayor. Vivían en Tokat, en el centro de Anatolia, cerca del mar Negro. Ambas fueron acogidas por dos familias a cambio de convertirse en esposas de los propietarios de las fincas, que ya tenían esposa e hijos. Cuatro años más tarde, y gracias a una red informal de otros supervivientes, consiguieron llegar a la costa de Samsun y de ahí en barco hasta Estambul. Por otro lado, su abuelo Toros era de Sivas, en Anatolia central. En 1915 viajó por negocios a Estambul y al regresar a casa se enteró de que su mujer y sus hijos habían muerto. Sin nada que lo atara a esas tierras, se mudó a Estambul, donde conoció a Arsenuhí y formó de nuevo una familia. Sibil sintió mucha rabia cuando se enteró de lo que le ocurrió a su abuela. «Perder la familia a los catorce y tener que convertirte en una mujer cuando no eres más que una niña… Es muy triste».

Tunçboyacıyan cree que la historia deja a los armenios nacidos en Turquía tres alternativas: «Una es encerrarte en tu comunidad, ajeno al exterior y compartir la música solo con otros armenios. Otra es vivir siempre con odio y rencor, y hay una tercera opción, que es no olvidar lo que ha ocurrido, pero ir hacia adelante y crecer».

Hace doce años Sibil escogió la tercera vía y sacó un primer álbum en armenio producido en Estambul. Acompañada por músicos turco-armenios conocidos a nivel internacional como Mercan Dede y Majak Tosikyán, publicó doce canciones y se convirtió entonces en la única solista turco-armenia que canta en su propia lengua. Son baladas para armenios y turcos sobre el amor, la esperanza y la infancia, aunque su primer álbum también está marcado por su identidad. Ahí le dedica un tema a Ani, la ciudad medieval armenia que actualmente pertenece a la provincia turca de Kars. «Quiero ver a Ani y morir después / Es el anhelo de mi vida. / Abrazo las murallas de la ciudad / sin importarme el silencio y las ruinas. / Déjame ver mi ciudad levantarse solo una vez y luego cerraré los ojos», dice la letra.

Contra todo pronóstico, aquel álbum tuvo mucho éxito entre el público turco, y el rostro de Sibil, cálido y de mirada brillante, apareció en todos los canales de televisión. La prensa también aplaudió su iniciativa de cantar en su lengua materna en Turquía. «Para mí es importante que también se me escuche en Turquía, donde he nacido y crecido. Muchos turcos se han acercado a mí para decirme que les gustaba mi música. Aunque no entiendan la letra, dicen que les remueve algo por dentro», cuenta la solista.

La calurosa acogida en Turquía fue acompañada de un gran éxito entre el público armenio en otros países. Sibil ha cantado en una veintena de festivales o eventos deportivos como los Juegos Panarmenios y otros de carácter más inclusivo como el Pray for Harmony, un intento de acercar a Turquía y Armenia a través de la música. En 2014 sacó un segundo álbum que también tuvo mucho éxito entre los armenios, pero no fue recibido de la misma forma en Turquía. Los medios turcos que la habían llamado en varias ocasiones le decían ahora que no podían entrevistarla. «Si fuera por mí, te llamábamos de nuevo, Sibil, pero ahora los de arriba no nos dejan», le soltó el director de un conocido canal de televisión. Una vez más, tocaba capear los embates de la actualidad política del país.

El vecino armenio

Los últimos años han sido especialmente convulsos. Tras las protestas antigubernamentales de Gezi en 2013, la campaña de represión contra los kurdos iniciada en 2015 y el estado de emergencia, impuesto tras el intento de golpe de Estado un año más tarde, se han cerrado decenas de medios de comunicación opositores y canales en lenguas que no fueran la turca. Ha sido una década marcada por un giro nacionalista y autoritario del gobierno de Recep Tayyip Erdogan (ex primer ministro y ahora presidente) en la que se ha atacado y silenciado a cualquier voz opositora. Erdogan pasó de abrir la puerta a un acercamiento con Armenia y permitir el desarrollo de una industria cultural en armenio en Turquía a reprimir los actos de conmemoración del 24 de abril y crear graves conflictos diplomáticos con todo país que reconozca el genocidio, como Italia, Estados Unidos y la República Checa. En 2019, Turquía convocó al embajador francés en Ankara después de que el presidente francés, Emmanuel Macron, fijara el 24 de abril como día oficial de la conmemoración del genocidio armenio. Ankara criticó a Francia por «ensuciar la historia» de Turquía y le conminó a preocuparse por su propio pasado «en Ruanda y Argelia».

«Lo que ya era peligroso contar en 2015 no se puede decir sin arriesgarse al ostracismo y a una posible persecución. Es una pena, porque podría haber sido diferente», escribía, en 2015, el lingüista y escritor turco-armenio Sevan Nişanyan. El intelectual habla de «la negativa del Gobierno a escuchar las demandas de los kurdos, la erosión del Estado de derecho, las detenciones de activistas por la paz y la incapacidad de reconocer el genocidio armenio». Dice que todos estos problemas democráticos están conectados entre sí. Hoy en día, la mayoría de los medios de comunicación de Turquía están en manos de empresas cercanas al gobierno turco y reproducen constantemente las posturas políticas de Ankara. El último estudio sobre discursos de odio en los medios (2019) del observatorio de la Fundación Hrant Dink asegura que los armenios son el mayor objetivo (ochocientas denuncias de insultos, amenazas y falsas acusaciones). Este tipo de mensajes también afectan a la percepción de la población turca. Según una encuesta realizada por la Universidad Kadir Has de Estambul, más de la mitad de los turcos no quiere tener «a armenios como vecinos».

La propia pregunta sobre los «vecinos armenios» incide en la idea de algo ajeno a lo local. Ya lo decía el malogrado Hrant Dink en una de sus columnas: «Aquellos que muestran su identidad armenia en Estambul no pueden escapar del abrumador hecho de que no se les considere iguales que un turco en la Turquía actual». Por su parte, Arno Kalaycı, un abogado turco-armenio de veintiséis años, admite que le duele que la sociedad turca haya olvidado que los armenios han vivido en Anatolia desde hace miles de años. Kalaycı es miembro de Nor Zartonk, una asociación que lucha por la igualdad y la visibilidad de la comunidad turcoarmenia. «O se les ha olvidado, o se les ha hecho olvidar: el aparato estatal no solo eliminó la existencia física de los armenios en 1915; también borró su existencia cultural en la geografía de Turquía», resume el activista.

Volviendo a la música, está claro que se trata de un espacio en el que las minorías del país se han podido expresar mucho antes que en otros campos, como el de gobernar o escribir. Se ha dado voz a personas de otros pueblos, pero, más allá de esas melodías, generaciones enteras de armenios se enfrentan a las mismas preguntas: «¿Cuándo vas a volver a Armenia? ¿Cuándo llegaron tus abuelos a Turquía?». Sibil siempre lo resuelve así: «No vengo de ninguna parte, mis raíces son anatolias».

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3 Comentarios

  1. Es que la idea no era encontrar a la más conocida (solo hablaríamos de Cher) sino hablar con alguien que nos ayudara a entender la cuestión de la identidad armenia en Turquía. Y Sibil lo consigue.

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