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Elena Anaya: «Tener delante actuando a Julianne Moore es uno de los placeres más grandes que he vivido»

Elena Anaya

Esta entrevista encuentra disponible en papel en nuestra trimestral nº7.

Ya se ha escrito mucho sobre Elena Anaya (Palencia, 1975), pero pocas veces se ha destacado su «obrerismo» como actriz. Empezó con diecinueve años y ha seguido en el tajo sin pausa, tocando todos los palos y sin encasillarse en un arquetipo de personaje. Tan solo el Goya por su papel protagonista en La piel que habito de Pedro Almodóvar sirvió para que levantara el pie del acelerador. Nos encontramos con ella en el verano de 2014, cuando había vuelto al tajo. En una producción argentina, por un lado, Pensé que iba a haber fiesta, de Victoria Galardi, de una calidad tan extraordinaria y con un discreto paso por la cartelera española, y en Todos están muertos, otro triple mortal sin red, el debut de Beatriz Sanchís, una película inclasificable donde la Movida y el cine fantástico iban la mano. Hablamos en un rincón de una librería en el centro de Madrid. Explicaba al detalle cómo se había metido en cada personaje y cómo eso le había afectado. Cada trabajo era una vivencia.

Es sorprendente que todo el mundo destaque en todas las entrevistas y crónicas que eres de Palencia, ¿qué pasa, tan raro es que los castellanos salgan de su tierra?

Sí, yo también lo he pensado muchas veces. Tengo amigos aquí que son actores y actrices y no sé de dónde son, sin embargo, yo soy la actriz palentina. Y me parece fantástico, pero claro… Parece como que soy una extraterrestre, de un lugar que no sale en los mapas. Palencia es una ciudad con cierto misticismo, cuando la gente escucha su nombre lo primero que piensa es: «¿Dónde está?». Segundo: «Nunca he estado allí». Y tercero: «Creo que tiene una catedral preciosa». 

¿Cómo fue tu infancia allí?

He sido profundamente feliz. He tenido unos padres que me han educado en el cariño y la libertad. Palencia era una ciudad perfecta para sentirme muy segura y a salvo, con una vida muy sencilla, fácil y sana, con muchas oportunidades dentro de lo poco que había. Por ejemplo, si teníamos que ir a pescar, mi madre nos compraba unas botas de agua, pero la talla más pequeña que había era un treinta y nueve y yo a lo mejor tenía un veintisiete, así que teníamos que cortar la caña porque si no mi pierna no llegaba, y luego nos metía en mitad del río a pescar como nadie lo hacía en el pueblo. También teníamos una canoa canadiense con la que íbamos toda la familia por el canal de Castilla a comprar el pan y la leche. La gente cuando nos veía lo flipaba: «Allí viene la señora de la trenza con los tres niños». Tampoco olvido la casita de verano que teníamos en Villamuriel de Cerrato, un pueblo que hay al lado. Palencia es una ciudad que nos ha permitido, sobre todo a mi madre, criarnos en un entorno con una gran variedad, al que podías sacarle el máximo provecho.

De niña tuviste que llevar un parche en el ojo y tengo entendido que tu madre te lo decoraba para que te gustara llevarlo

Sí, era muy guay. Tengo un ojo de cada color y el día que fui consciente de eso, mi madre me dijo que no me preocupara, que como había nacido con uno que estaba mal me habían puesto el ojo de un niño muerto. Y yo, claro, al día siguiente llegué al colegio, lo conté e inmediatamente las monjas llamaron a mi casa diciendo que me inventaba historias de miedo que provocaban cierta… mmm… catarsis emocional en el resto de las niñas. Mi madre tenía una imaginación tan salvaje… [risas].

Tenía un ojo que tendía a ser vago, sí, no recuerdo ya ni cuál era, y tuve que llevar el parche. Así que mi madre me ayudó a soportarlo contándome historias como que el parche me daba poderes [risas]. Mi madre me enseñó a creer en la magia y eso es parte del tesoro que tengo de mi infancia. 

Tu debut en África hizo que no pudieras compatibilizar tu carrera con tus estudios de actriz.

La Escuela Superior de Arte Dramático es incompatible con tener un trabajo que te quite horas de clase. La preparación es muy intensa, maravillosa y necesaria, y la escuela funciona así. Muchos días tienes clase de nueve de la mañana a ocho de la tarde con una hora y media para comer y eso no te permite irte a un rodaje y estar tres meses rodando. Cuando yo llegué a la RESAD, durante la semana de las pruebas de acceso también había hecho un casting y resulta que me dieron el papel protagonista. Primer casting, primera película. Así fue. Ya entré en la escuela, el último día de examen, diciéndole a los profesores que me habían dado un papel. Y me contestaron que me olvidara, que nunca iba a poder hacer una película y entrar en la escuela. Una profesora de Danza y Cuerpo muy mayor, Marta Schinca, a la que tengo especial cariño, me dijo que había sacado una nota extraordinaria, que era muy difícil entrar en la escuela y que esa plaza tenía que ser mía, que fuera a matricularme, después me marchase a hacer la película y volviera más adelante. Porque si perdía ese año me podía volver a matricular al siguiente, pero entrar en la escuela era muy difícil y yo me lo había ganado. 

Lo gracioso es que, efectivamente, me matriculé y después de hacer esa primera película, me llamó Fernando León de Aranoa para rodar Familia. También me dijeron que me olvidara, pero para entonces ya tenía dinero y podía irme a una escuela privada, cosa que hice. Empecé a estudiar en la escuela de Juan Carlos Corazza y ahí he seguido. 

¿Qué significó para ti debutar tan pronto?

Fue muy flipante. Un sueño hecho realidad. Tenía diecinueve años, venía de vender pulseras y hacer trenzas a los hippies en la isla de Tavira, una isla maravillosa en el Algarve. Fueron unas vacaciones sin pasta con tres amigos, como hemos tenido todos. Vendíamos también pasadores de pelo horrorosos, era un plan totalmente salvaje, durmiendo en la playa… Y llegué a Madrid, hice un casting y mi representante, Katrina Bayonas, me advirtió que tenía que mentir, que lo que buscaban era una chica de quince años. Mentí y me dieron el papel. 

Antes de hacer esa prueba mi abuelo, mi madre y su mejor amiga me hicieron una entrevista con una cámara de vídeo como si fuera famosa, como si ya estuviera trabajando. Y después de esto, que había sido muy friki y raro, la entrevista me resultó muy fácil. Recuerdo que cuando llegué el director Alfonso Ungría, que era un amor de hombre, lo primero me que me dijo fue: «Por aquí han pasado trescientas cincuenta chicas y muchas mentían, te recomiendo que no mientas, si lo haces saldrá una luz roja en mi cabeza y te irás sin hacer la prueba». 

Me preguntó cuántos años tenía y le dije que quince. Por supuesto no salió ninguna luz roja de ninguna parte, me hizo la prueba, la preparé con Manuel Morón, mi profe del seminario, y tras cuatro o cinco castings con Alfonso y Zoe Berriatúa, el actor protagonista, me dieron el papel. Mi madre, para felicitarme, me esperó en la estación de autobuses de Palencia con una tarta casera de moras. 

Y a partir de ahí, desde los diecinueve años, siempre has estado trabajando.

He tenido una carrera bastante constante, creo que el paréntesis más grande que he tenido ha sido después de la película de Pedro Almodóvar. Yo quería trabajar, pero no me parecía que los proyectos que encontraba fueran muy apetecibles y yo tengo que creer en lo que hago. Quizá algún día me tenga que poner a rodar películas en las que no creo, pero el problema no solo es hacerlas, sino que después hay que contarle a la gente que vaya a verlas y yo respeto muchísimo al público. Tengo que creer absolutamente en el proyecto. Ese tiempo sin rodar después de La piel que habito estuve tranquila, tenía dos proyectos que preparar, como Todos están muertos, que lo he tenido entre manos desde un año antes de rodarlo. Es un personaje que vive encerrado en casa haciendo tartas de manzana, así que durante ese año me especialicé en cocinarlas [risas]. Pero sí, he tenido una carrera constante. 

Muy pronto también rechazaste papeles. ¿Por qué?

Rechacé el que iba a ser mi segundo personaje porque me pasó una cosa un poco heavy. Pensaba que iba a hacer una película, me llamaron y me dijeron que tenía que ir a Barcelona. Estaba en clase de acrobacia, que se me daba fatal, y entró Katrina a buscarme para irnos a Barcelona. Le dije: «¡Pero si está a seiscientos kilómetros!». Y me contestó que cogiera un avión. Y yo: «¿un avión?». Me superaba todo aquello. Esa misma tarde cogí un avión a Barcelona, conocí al director y, sin embargo, no me gustó. Ni lo que querían hacer con la peli, ni cómo me trató, ni algo que sentí con él. Me encontré incómoda y me fui. Y creo que fue un acierto porque a la semana me llamó Fernando para Familia

Coincidiste con Alfredo Landa en El árbol del penitente, en 1998. ¿Cómo era este hombre en la distancia corta?

Maravilloso. Era un tipo extraordinario y adicto al ajo. De hecho, me obligó a tomarme varios ajos en ayunas, cosa que él hacía todos los días. Como Alfredo estaba como una rosa me dijo: «Toma ajos, niña, que estás muy flaca». Y yo fui y le hice caso, pero al tercer día de estar en el desierto con los Backstreet Boys, que eran unos peces que yo llevaba en un tupper, una cosa muy surrealista lo de esa peli, y de eructar ajo, dije que nunca más. Pero Alfredo era muy interesante, un  pedazo de actor y un gran compañero.

Todo el mundo tiene su década, los sesenta, los setenta, ahora mismo casi se nos martillea con los ochenta, la tuya yo diría que fue los noventa en Madrid. ¿Cómo viviste aquellos tiempos?

Cuando llegué a Madrid no conocía a nadie, mi único amigo era un ciego de un pueblo de Palencia, Iñaki, que vivía en Vallecas vendiendo cupones. Le llamé y le dije que estaba en Madrid, que vivía en Sol. Él me dijo que cogiera el metro y fuera a verle. Llegué a su casa y salimos juntos a que me enseñara la ciudad. No te puedes ni imaginar cómo fue la experiencia de llegar a Madrid y que me la enseñara una persona que nunca había visto la ciudad con sus propios ojos, pero que la conocía mejor que nadie. La noche, el día y los barrios más locos… 

Luego, poco a poco, empecé a tener más amigos. Aunque la verdad era que llegué muy joven y no me gustaba demasiado Madrid, quizá porque la veía muy grande e inhóspita, no se veían las estrellas, me parecía muy ruidosa… y ahora, no obstante, creo que es la ciudad donde quiero vivir el resto de mi vida, es la que más me gusta y me parece sobre todo muy amable. En los noventa recibí ese calor y una acogida que en otras ciudades no sientes, donde notas que llegas de fuera, que estás ahí de prestado, que nunca vas a ser parte de la ciudad. Yo aquí enseguida me sentí muy bien recibida, cuidada y atendida. En Madrid no importa de dónde seas, puedes sentirte parte de la ciudad. 

Y la década para mí fue genial. No me dio mucho tiempo a hacer el gamberro por ahí porque trabajé mucho, pero llegaba con la energía de los diecinueve años. Recuerdo que me pasó una cosa curiosa durante el rodaje de África. Después de una escapada a Salamanca con unos amigos a una fiesta en el Auto-Res, ese autobús terrible, y pasarnos un fin de semana de fiesta, dormí muy poco y no paró de llover. Al volver, vino a buscarme un conductor maravilloso, que siempre me recordaba que era el chófer de Victoria Abril, y yo pensando que ojalá la pudiera conocer algún día. Pues este hombre, el lunes cuando vino a por mí me preguntó cómo me había ido. Le dije que había estado en casa porque no había parado de llover y me contestó muy serio mirándome por el espejo retrovisor: «Primero, no ha llovido, en Madrid ha hecho un sol divino; segundo, tienes cara de muy cansada, y tercero, no vuelvas a irte de fiesta antes de un rodaje». No me costó hacerle caso porque, aunque solo tuviera diecinueve años, ya había salido mucho y ya había hecho mucho el gamberro. 

Elena Anaya

David Trueba nos contó que Madrid actualmente está atravesando una etapa de decadencia.

Precisamente hoy estaba pensando en el carril bici del que he sido defensora. De hecho, tuve una comida en La Moncloa en los tiempos de Aznar y aproveché para pedírselo. 

¿Y qué dijo?

Nada, se hizo un silencio como de «hija de puta, cállate, no digas nada». 

¿Por esa tontería?

Realmente lo que dije fue un chiste, pero tengo bici y me gustaría que hubiera un carril bici. No uso lo que hay en Madrid porque algunos tramos me parecen muy peligrosos. Madrid necesita un empuje. Lo que te dijo David Trueba es mucho más interesante de lo que yo te pueda contar porque él es un gran conocedor de la ciudad, y estoy absolutamente de acuerdo con él en que antes Madrid tenía recuerdos de la época de Tierno Galván y todo el mundo hablaba de él como «aquel alcalde que tuvo Madrid». 

Estuviste en Etiopía con ACNUR. ¿Cómo fue la experiencia?

Ese viaje me pareció un regalo, un privilegio. Siempre he tenido ganas y la necesidad de poder ayudar, poder utilizar eso de ser un personaje público, la parte que menos me gusta de mi carrera, para hacer que mi voz consiga que haya visibilidad para gente que no tiene tanto hueco en el mundo mediático o no se les hace tanto caso. Todo comenzó con una de mis compañeras de clase de yoga, que había sido representante de ACNUR en España durante veinticinco años. Me invitaron a este viaje y acudí con Fernando León de Aranoa para grabar una pieza que contase qué es un refugiado y cuál es la situación terrible que vive cada día. 

Impresiona mucho el trabajo de ACNUR, como agencia de la ONU y el de las personas que dedican su vida de una manera honesta, generosa y valiente, como yo no he conocido nunca a nadie, para ayudar a los refugiados de todo el mundo. Ahora con Siria están completamente desbordados y es una situación insufrible, absolutamente injusta y terrible. 

En cuanto a los refugiados que me encontré yo en Etiopía, me parece que nunca he conocido a gente más honrada, valiente y con una mirada más íntegra. Necesitan que se les escuche y recuperar la paz en su vida, poder dar a sus hijos una educación, evitar que no haya alimentos una de cada cuatro semanas, dejar de vestir harapos, poder comprar unos zapatos porque el día que huyeron de su casa lo hicieron descalzos y un año y medio después siguen igual. Me impresionó mucho la fortaleza de estas personas.

Fue fascinante. Todavía me impresiona recordar cada instante de ese viaje, todos los vuelos que tuvimos que coger para llegar a los tres campamentos que visitamos. Fue una semana en la que dormimos tres o cuatro horas al día porque queríamos aprovechar el tiempo al máximo, incluso saltándonos las medidas de seguridad, que son muy estrictas, no puedes salir ni volver de noche pero ni dos minutos. 

Solo me pasó que en un campamento casi me asfixio, pero por paranoica. Mi choza era un cuarto pequeño con una luz azul colgando, no se veía absolutamente nada y había unos bichos enormes. Nos dijeron que teníamos que rociar  con el spray, con un matacucarachas o un matainsectos, y yo me pasé un poco. Se me fue la mano y casi me asfixio. Me empecé a ahogar y tuve que salir fuera a respirar, que por cuestiones de seguridad no me dejaban, en fin [risas].

En total, estuvimos en dos zonas, en los campos de refugiados somalíes en el sureste y en los de Sudán de la zona del Nilo Azul, en el noroeste. Y también hicimos tres paradas en Addis Abeba que me pareció impresionante. Estábamos en un hotel de los buenos, pero en una calle que estaba llena de agujeros tremendos. Recuerdo que había una boda con una limusina que yo no podía entender cómo circulaba en esa calle, que parecía que se iba a caer por el socavón que tenía al lado. 

Hiciste una obra de teatro llamada Homebody Kabul en la que tuviste que actuar con burka. ¿Qué me puedes comentar de esa experiencia?

Si alguna vez tienes la oportunidad de probarte un burka, hazlo. No es que te cubran, es que cuesta hasta abrir los ojos porque la rejilla está pegada a las pestañas. Incluso tienes que aprender a respirar a través de la tela, es realmente asfixiante. Y no se ve. Con esta luz todavía, pero en un escenario… Yo me lo tenía que poner todos los días para acostumbrarme. Esta obra, concretamente, me pareció un regalo; un regalo que me hizo Mario Gas. Poder trabajar con actores de la talla de Vicky Peña me supuso todo un aprendizaje en lo profesional y también en lo personal. Me encantó. El texto de Tony Kushner, además, me fascinó. Me la leí despacio, porque las lecturas me gusta tomármelas con calma, pero era una obra de tres horas y media y no sé si tardé siete horas en leerla. Es una obra impresionante.

Julia Otero dijo en estas páginas que había que prohibir los burkas por ley. ¿Estás de acuerdo?

Me parece un tema complicado, y no creo tener el conocimiento como para poder emitir una sentencia. La libertad de cada individuo es fundamental y necesaria, así como respetar otras culturas, pero a mí personalmente pensar en un burka me provoca asfixia y mucho repudio. No por las mujeres que deciden llevarlo, que a lo mejor son ellas quienes lo deciden por su propia comodidad y seguridad, pero me parece terrible y creo que no deberían existir. Ni las religiones ni los burkas. 

Cuando estabas rodando Van Helsing en Praga coincidió con los disturbios de Irak y tengo entendido que no podíais opinar del tema.

Sí, era mejor estar callados, pero yo no lo hice. El ambiente era muy perturbador, porque su país estaba declarando una guerra y ellos se encontraban en Europa rodando una película y pensaban que les iban a destruir el set e íbamos a morir todos. Yo era un poco anti-Bush y llevaba una chapa, me pidieron que me la quitara y me tuve que quitar la chaqueta, porque mi chapa va siempre en mi chaqueta. Me lo decían por política de trabajo, pero me da igual. 

Luego en Madrid saliste a la calle los días posteriores al 11M.

Sí, salí a la calle porque estaba enfurecida. Escuchábamos la radio, todavía nadie tenía smartphones, tirábamos de SMS. Estuve junto a tantísimos miles de personas enloquecida pidiendo que nos contasen la verdad. Recibí llamadas en casa de amigos de Los Ángeles o de otras producciones interesándose por lo que pasaba, yo les decía que aquí nos contaban que había sido ETA y no se lo podían creer. El mundo entero lo sabía y nosotros todavía no. Fue muy fuerte. Leyendo ahora un poco, veo que hay gente que todavía sigue… [silencio]. Fue muy vergonzoso. Salí a la calle como tantas otras personas a perseguir la verdad, fui a votar a las nueve de la mañana y esperé en la calle, ansiosa, hasta que todo dio un poco la vuelta. 

Has vivido ya unas cuantas galas de los Premios Goya, y has visto cómo ha ido aumentando el desprestigio de los actores, supongo que de forma interesada: gente insultando a Julio Médem por su documental sobre el País Vasco, gente lanzándole huevos a Leonor Watling cuando estaba embarazada por el tema de los derechos de autor…

Lo he vivido. Aquella vez acompañaba a Julio y a mí me arrancaron un trozo de vestido. Yo ya estaba dentro porque presentaba un premio y Julio tuvo que llamar diciendo que le daba miedo entrar. Entonces salimos unos cuantos amigos —entre ellos Isabel Coixet y Gustavo Salmerón— y entramos juntos. Nos dijeron de todo, a él y a los que le acompañábamos, como que éramos terroristas. ¿Qué se le va a hacer? Pues nada, seguir tu carrera con mucha elegancia y profesionalidad, elegir tus proyectos con el máximo respeto al público, seguir amando tu trabajo y dar lo mejor de ti. Si haces esto tiene que llegar algo bueno. No entiendo que a una compañera embarazada le tiren un huevo, que te insulten… por eso creo que lo mejor es dedicarme a mi trabajo, seguir preparándome y tomarme mi carrera como un privilegio, porque todo eso pertenece a un ruido contra el que no puedo hacer nada. 

¿Qué opinas del prestigio que tienen Penélope Cruz y Javier Bardem en el extranjero y de que aquí haya sectores en los que están tan mal vistos?

Me parece patético. Son grandísimas personas y grandes artistas que han hecho mucho por los actores de este país, pero también por el país en sí. Es triste, es deprimente, es vergonzoso. Pero de nuevo ¿qué vas a hacer? Pues nada, saberlo, intentar no formar parte de esa dinámica y esa cosa oscura y cateta que tenemos los españoles de menospreciar lo nuestro. Durante un breve período viví en Francia porque hice allí dos películas y comprobé cómo los franceses quieren a los artistas. Yo misma sentí un cariño y un respeto brutales. Y mientras, en mi país no se respeta a dos compañeros de su nivel. Tengo la suerte de conocerlos y poderlos disfrutar y los defiendo con uñas y dientes. Es vergonzoso.

¿Cómo fue tu experiencia en Los Ángeles?

Estaba haciendo una película en España que me gustó mucho, llamada Dos tipos duros, con Jordi Vilches y con Juan Martínez como director. Entonces me llamó Katrina para decirme que tenía que ir a Londres. En esta producción no me dejaron, porque tenían miedo de que no volviera a tiempo, pero a Antonio Resines le dio un lumbago terrible y pararon el rodaje. Así que pude ir a Londres y allí me encontré con Stephen Sommers. Yo había visto La Momia y me había horrorizado, no me había gustado nada y no quería hacer una película así. Por eso me hice una cresta y me fui para allá muy punk. Le dije al director que entraría volando por la ventana y se debió pensar que estaba loca, pero yo no quería que me eligiera. Sin embargo, cuando me vio me dijo que era yo, que incluso iba a reescribir el personaje, que moría en la página veintiuna para que lo hiciera en la penúltima. Y así lo hizo. 

Mientras tanto, me llamaron para hacer Stage Kiss en Los Ángeles, una cinta con un guion que estaba muy bien. La productora de Van Helsing, Universal, me pagó un billete de primera clase y como no podía decir que me iba a hacer otra película sin que me pagasen, me dijeron que si en la aduana me preguntaban, respondiera que me iba a hacer las pruebas de maquillaje, de colmillos, orejas, pelucas y eso para Van Helsing. De hecho, conmigo hicieron todo tipo de pruebas que luego no se atrevieron a llevar a la película porque eran muy salvajes. Y eran muy buenas, como una rata supervampira y supermala, no la cosa esa como de travelo cutre que es lo que quedó al final. No me gusta nada cómo salgo, había otras cosas más arriesgadas, más artísticas y curradas, menos comerciales. El caso es que en la aduana me preguntaron dónde iba, porque como digo no tenía visado todavía, y cuando contesté que iba a probar mi maquillaje, a buscar mis colmillos, me quitaron el pasaporte en el acto y ya sabes lo que me dijeron: «siga la línea amarilla». Me tuvieron siete horas en la sala de inmigración y tuve que pasar un cuestionario… Al final recuperé mi maleta de milagro, el conductor que me estaba esperando se fue porque pensaba que había perdido el vuelo…

Y encima después, en la peli que fui a hacer, Stage Kiss, no es que  no tuvieran dinero, es que aquello fue una pesadilla. Al final no se terminó, hubo muchos problemas, ¡los tres actores acabamos haciendo de todo, hasta iluminar! Hicimos un sacrificio enorme porque el guion nos parecía muy interesante a todos, pero nada. Acabamos todos…

Por esas fechas grabaste un videoclip con Justin Timberlake.

Le llamo Miguel Ángel porque en el rodaje había tanto secretismo y tanta gente alrededor que decíamos que estábamos rodando el videoclip de «Miguel Ángel». Es un currante muy profesional. Tiene mucho sentido del humor y una energía que le permitía rodar durante cinco días diecisiete horas diarias bailando, sonriendo a todo el mundo y  animando a todo el equipo. No se quejaba, no se cansaba. Ni se quitaba los zapatos y decía que le estaban sangrado los pies de tanto bailar.

Y tiempo después de estas experiencias tuviste la oportunidad de trabajar con Julianne Moore. 

Es una leona, un pedazo de actriz. Tenerla delante actuando es uno de los placeres más grandes que he vivido. Tenía que esforzarme en concentrarme en el personaje. Recuerdo que ella debía perseguirme insultándome y llamándome «hija de puta» por todo un aeropuerto, y el director en cada toma le estaba pidiendo más y más. Cuando acabamos, me dio un abrazo y me dio las gracias porque la había ayudado mucho. También recuerdo que venía con media cabeza llena de rulos a algún ensayo, pero nos dejaba a todos boquiabiertos. Luego el siguiente ensayo todavía lo hacía mejor. Y ya la toma, espectacular. Es una profesional valiente y arriesgada, que ahí hizo un pedazo de personaje. Es encantadora, divertidísima, sanota. Muy maja.

También coincidiste con Geraldine Chaplin.

Es una de las personas a las que más cariño tengo de todas las con las que me he encontrado en mi vida. Es una gamberra, la admiro y la quiero. Es como un rayo de luz, tiene mucha vitalidad y un gran respeto por el oficio y la disciplina. No importa si le duele la espalda, hay tres grados bajo cero y tiene los calcetines empapados. No va a decir ni mu, va a estar en su marca y va a hacer perfecto su personaje. Y si luego se tiene que cagar en alguien, lo hace bajito y sin que nadie la oiga. Y es muy práctica. Había días en que decía: «Mi hija se está estudiando la carrera en Londres y con este pellizquito que voy a conseguir la voy a ayudar a acabar de pagarla». 

Elena Anaya

Las críticas de algunas películas que has hecho eran muy generosas en adjetivos para describir tu sensualidad, pero con los hombres no suele ocurrir. Por ejemplo, si Matthew McConaughey se quita la camiseta raro es leer a algún crítico alabando sus abdominales en términos apasionados. O casos como el de Carlos Boyero, crítico de El País, que llegó a titular una reseña «La desnudez de Scarlett Johansson no compensa», o dijo de ti en un encuentro digital de su diario «aunque Elena Anaya me pusiera muy cachondo en Lucía y el Sexo…». ¿Encuentras todo esto machista, o, por el contrario, algo natural?

Hay machismo alrededor de casi todo. Y en concreto, con el cine y conmigo, sí. No entiendo que un comentario sea sobre si una actriz te ha puesto cachondo, porque afortunadamente cada vez que elijo un trabajo no puedo pensar si va a poner cachondo al señor que va al cine. Lo que pretendo es que disfruten de la película, que les aporte algo y que se conviertan en mejores personas, que es lo que me pasa a mí cuando veo una gran película, porque me enseña, es un aprendizaje, me infla el alma. 

Sí, todo esto que comentas me parece terrible, pero la mayoría de las personas que escriben son hombres y la mayoría de los trabajos están hechos por hombres. No siempre, pero… El otro día me encantó Cate Blanchett recogiendo el Óscar, que dijo que también puede haber películas protagonizadas por mujeres que vayan bien en taquilla, que el hecho de que una mujer cumpla una determinada edad no tiene por qué apartarla de la profesión. Afortunadamente, se siguen haciendo películas con personajes femeninos que siguen teniendo prestigio e importancia y que aportan a la historia algo más aparte de ser la parte tórrida, desnuda o vulnerable por ser la chica. 

Hay muchísimo machismo, al que hago frente. Mi manera de combatirlo es no participar de eso, no me considero una sex-symbol. Para nada. Cero. No me identifico con ese rol, quien quiera entenderlo así, fenomenal para su vida, pero yo elijo mis trabajos por la historia y por lo que le puedo aportar a los personajes. Por lo que pienso que esa historia le puede aportar al público. 

¿Te afectan los papeles que representas?

No trabajo desde el artificio, sino que entro y establezco una especie de vínculo con la realidad del personaje, que no tiene nada que ver con la mía. A veces me dicen que algún personaje se parece un poco a mí, pero no, nada. Aunque le pase algo parecido, es otra persona que siente de otra manera. Si hiciera de mí misma creo que no le interesaría a nadie, mejor hacer personajes que ha escrito un autor o un guionista. Y me costó años de entrenamiento el poder separarlo, pero no se consigue del todo. Mi vida, mi experiencia y mi bagaje no serían iguales si no participase de las vidas de los personajes que son los que yo vivo, que te enseñan, que te ayudan a entender mejor el mundo.

¿Te documentas? ¿Cómo es ese trabajo para introducirte del que hablas?

Cada vez es distinto, me encantaría tener una guía, quizás con los años lo consiga. Pero me sorprendo a mí misma al ver cómo cada personaje nace de un lugar distinto. Siempre hay una bolsita de semillas con la que empiezas, cada una con su propio fruto, de ahí va a salir, pero me sorprendo porque no siempre sigo el mismo sistema de creación. Intento hacer personajes que sean muy reales, y más que buscar vínculos con otros personajes reales, ya que casi todos los que he hecho son personajes de ficción, pregunto mucho al director. Soy muy pesada, me gusta saber qué hay en su cabeza. Yo leo un guion y lo interpreto, pero acaba de formularse en los pensamientos del guionista, y ahí es donde intento bucear a lo más profundo para ver cómo huele ese personaje, quién es y de dónde le viene lo que siente. 

Años atrás reconociste que te ibas al metro a fijarte en la gente.

Me flipa el metro. Pero me fijo en la gente siempre, da igual donde vaya, me interesan mucho las personas. A veces, si pienso que alguien me puede inspirar para hacer un personaje, empiezo a visitarla, a llevarle un bizcocho si está enferma, detalles así. Por supuesto, nunca digo que me estoy inspirando porque me pueden matar, pero observo.

¿En quién o en qué te fijaste para tus personajes en las películas de Julio Medem?

Julio me definió ese personaje como la parte más sucia del sexo. Lucía es un rayo de luz y tú eres el sexo, la parte oscura, llena de barro, en la profundidad de ese lugar que está oculto, me dijo. En ese personaje fui muy valiente porque era muy difícil de hacer, pero siempre he admirado mucho el cine de Julio y él me ayudó mucho. Lo hicimos juntos. Y también, durante esos dos o tres meses de preparación, me construí el personaje llevándome a Belén a todos los sitios. En todos los seminarios con mis profesores me ofrecía yo para salir a hacer algo, pero no salía yo, salía el personaje. Abría mi bolso y sacaba tres pollas de plástico… 

Hubo un famoso casting de consoladores en ese rodaje.

Hubo un día que llenaron de consoladores la mesa del café y Julio eligió el que quería. Entonces le dije a Montse, la directora de arte, que fuera a por otro, porque íbamos a rodar las dos actrices, la que hacía de mi madre y yo, y no lo íbamos a compartir. Al final la otra actriz no rodó y solo lo hice yo.

Y tú para prepararlo te ibas por ahí con el bolso lleno de dildos.

Sí, era el personaje. Hombre, me moría de la vergüenza. El personaje hablaba de su madre, que  era actriz porno, como si fuese lo mejor que le ha pasado en la vida y con mucho orgullo. Yo no estaba muy cerca de ese personaje, le eché mucha valentía, como digo, porque a mis compañeros de clase no les podía contar que estaba preparando esta película y tuvieron que pensar que yo era un caso aparte porque… Tocaba improvisación y salía yo a explicar que estaba en mi casa masturbándome. Y mis compañeros de veinte años me miraban pensando que estaba fatal. Así lo hice en todas las improvisaciones y en todos los trabajos. Me preparé a saco. Yo fui ese personaje, conviví con él y luego llegué y lo rodé entendiéndome perfectamente con Julio. Mis compañeros actores también me lo pusieron muy fácil. Esa peli no me resultó tan difícil como la siguiente. 

¿Qué pasó en Habitación en Roma?

Me costó mucho. Si el rodaje dura una semana más desaparezco, iba adelgazando por instantes. Me costó porque era una película complicada: dos actrices sin ropa, en una habitación… tan solo el planteamiento ya es muy complicado. Además, Natasha tenía menos experiencia y, a pesar de ser una compañera fantástica y con quien me he reído como con nadie rodando, fue muy difícil y me desgastó mucho. 

Hay que tener en cuenta que actuar ya de por sí es un ejercicio de desnudez, de mostrar aspectos de tu vida, de tu fragilidad, de tu mirada tímida o de tu parte más vulnerable. Solo eso para mí ya es desnudarte. Y si encima no tienes ropa, es más complicado. El día que llegas y te quitas la bata te mueres de la vergüenza, porque vas a estar así doce horas al día. Pero luego ves que trabajas con gente muy profesional que está a lo que tiene que estar y tú a lo tuyo. Lo difícil fue que era un guion que Julio modificó muchas veces, rodamos una película mucho más larga de lo que luego se montó. Cuando estás rodando lo sabes, porque o la película va a durar dos horas y media o se va a cortar un 35 % de lo que se está rodando. También la filmamos a un ritmo frenético, sin cuidar aspectos de los tiempos de un rodaje que para mí son muy importantes. 

A mí lo que más me costó fue verla doblada.

La rodamos en inglés, es que una española y una rusa que se encuentran en Roma no van a hablar en castellano, no tiene ningún sentido. Pero sacaron solo seis o siete copias en versión original y el resto dobladas. Si algún día dentro de muchos años tienes ganas mírala en versión original, aunque mucha gente me ha dicho que es muy difícil de encontrar en inglés.

Hubo un rodaje en el que participaste que fue muy particular, que daría para una película de cine dentro del cine, me refiero a Lágrimas negras, de Ricardo Franco, que desgraciadamente falleció a mitad de rodaje. 

Fue durísimo porque nos quedamos todos como sin padre. Ricardo tenía muchísimas ganas de hacer esa película, se había recuperado después de haber estado muy malito y se encontraba cada vez más fuerte. Pero los rodajes son duros, se puso malo y, de un día para otro, se murió. Me acuerdo de que Fernando Bauluz, que era el ayudante de dirección y luego también murió, dijo que Ricardo quería que siguiese la película, y todos estuvimos de acuerdo. Mi personaje era pequeñito, allí quien tiró del carro fueron Ariadna Gil y Fele Martínez, que se hicieron fuertes y siguieron la película sin Ricardo, que tocaba a un nivel muy personal porque toda la película es Ricardo. 

¿Es cierto que te llamó Almodóvar disculpándose porque el papel que tenía para ti en Hable con ella era muy pequeñito?

Yo estaba rodando Rencor, de Miguel Albaladejo, en Cullera, con Lolita y Perugorría. Un rodaje increíble, divertido a más no poder y con Miguel, un director que me gusta mucho. En el sector, cada vez que Pedro acaba de escribir y empieza la producción, hay un cierto alboroto a ver a quién le cae algo. Durante esos días, me llamaban amigos muy emocionados diciendo que Pedro iba a contar con ellos, y yo llegué a pensar que ya estaban todos los personajes dados. Pero estando en Cullera me dijeron que me habían llamado del Deseo para un personaje muy pequeño. En cuanto tuve un día libre cogí un tren a Madrid, fui a la productora y Pedro me dijo que el papel que me iba ofrecer me iba a parecer ridículo y que entendería que le dijese que no. ¿Pero cómo le iba a decir que no? Yo encantada. Y luego me flipó trabajar con él y preparar ese personaje, que era muy pequeñito, pero me dirigió, nos entendimos y pudimos trabajar juntos. Así me llegó la otra gran oportunidad que fue La piel que habito.

Pedro es un director apasionado como pocos y con una disciplina para el trabajo consigo mismo brutal. Pero en el buen sentido, no como otros que se vuelven locos. Es un tipo absolutamente entregado a lo que hace y pide lo mismo a los demás. La manera en que me llamó para hacer La piel que habito y cómo me contó el argumento durante cuatro horas, cómo hablamos de la historia, del personaje, del conflicto, de lo que quería contar, de lo que se había inventado, ese plan de traición tan salvaje, ese padre que se queda sin mujer ni hija y decide castigar al supuesto responsable de todo aquello… Me pareció un regalo de la vida solamente el pasar esas horas con él y que me pudiese contar su película, igual que poder hacer ese personaje para él y con él. 

Almodóvar domina la psicología del ser humano de una forma muy peculiar, conoce muy bien a sus personajes, convive mucho con ellos. Incluso deja de vivir con los demás para vivir con sus personajes. Es un seductor, es muy apasionado y hace que te enamores cada día de poder estar a su lado y poder sentir el privilegio de poder aprender cada instante de todo lo que suelta por esa boca. Aparte, es una de las personas más divertidas que me he encontrado en la vida. Es alguien a quien considero un amigo, a quien quiero, que me cuida y de quien me gusta estar cerca. 

Tu trabajo con la directora Victoria Galardi, en Pensé que iba a haber fiesta, es francamente muy recomendable. Manuel Piñón, de Cinemanía, la comparó con Interiores de Woody Allen nada menos.

Es un pedazo de piropo, seguro que a ella le ha encantado. Esta directora tiene una mirada muy peculiar. Me gustaron mucho sus dos primeras películas, Amorosa soledad y Cerro Bayo, y creo que tiene un talento especial para hablar de todo eso que no está escrito en el guion pero que de repente empieza a aflorar. En este caso era esa cosa mezquina y engañosa de esa gente que tiene la vida resuelta, pero que están aburridos y vacíos. Era un guion que me interesaba, no solo por la historia en sí, sino por lo que yo pensaba que se podía sacar de esa película. 

¿Crees que abunda ese tipo de gente bien llena de hastío y frustración?

La película transcurre en una zona de Buenos Aires donde quizá abunde un poco más que aquí. Pero yo aquí no tengo amigos de ese tipo, así que no sé si se aburren o no. Algo que hay que destacar de esa película en cualquier caso es eso de observar la privacidad, que se te olvide que estás viendo una película, que la cámara sigue rodando cuando otro cineasta quizá ya hubiese cortado el plano.

¿Qué tal en Todos están muertos, de Beatriz Sanchís? En el corto anterior de esta directora, Mi otra mitad, ya se notaba que le gusta la extravagancia, los guiones atrevidos, con mucha imaginación. 

Sí, es muy peculiar. Es una película muy cuidada, y pese a ese título tan fatal  era una alegoría de la vida. Hablaba de la dificultad de vivir. El personaje que interpreté era una exestrella del rock que vivía escondida en su casa y se le apareció su hermano, que llevaba catorce años muerto, el tiempo que llevaba ella en casa y la edad que tenía su hijo, que era un niño no muy deseado y que le recordaba que era una mierda de madre. 

Elena Anaya

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Un comentario

  1. Gondisalvo

    Muy larga la entrevista y pelin aburrida.

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