Arte y Letras Historia

En busca de yetis y bigfoots: huellas, actores de Hollywood y cacas en la mochila

yetis y bigfoots
Detalle de mural tibetano que muestra un ‘migo’ o yeti, finales del siglo XIX. (DP)

Hay hasta pelis de dibujos animados. Sobre el yeti, digo. Y merchandising, muñequitos, canciones, pósteres. Vamos, que no debo explicarles de qué vamos a hablar, porque este bicho alto, bípedo y maloliente (me refiero al yeti, no a ese en quién todos ustedes piensan) ya forma parte de la cultura popular. En calidad de mito pop, de leyenda colorista, de material para sueños y relatos. Pero hay gente que cree en estas cosas. Gente. Sí, gente. Y, algunos, con más pasta y menos sesera, incluso fueron a buscar yetis. Ya ven, como quien sale a cazar perdices. Con resultados pobres, añadimos (los del yeti, las perdices ya tal).

Acompáñennos, lectoras y lectores, por esta senda de happyflowerismo y cacas fosilizadas. Y vigilen a lo lejos, no vaya a asomarse un bigfoot…

La ventana indiscreta del Himalaya

Leyendas, susurros, relatos. Vamos, como en todos los lugares habidos y por haber. Solo que aquello era tan grande. Los Himalayas, nada menos, si es que allí entran yetis, bigfoots, los Detroit Pistons de 1990 (a hostias con los yetis acaban, y les canean) y hasta la nave de Thanos, miren lo grande que es todo aquello. Ah, también tenemos huellas, unas huellas misteriosísimas, unas huellas que descubrió Eric Shipton en 1951. Como Shipton era británico y como aquello fue expedición de reconocimiento en toda regla pues… se dio credibilidad al asunto. A ver, diversos museos dijeron que podían ser osos y nieve derretida, pero es tan fuerte la potencia del mito… Edmund Hillary, por su parte (si no les suena Edmund Hillary deberían leer menos sobre yetis) tenía el asunto meridianamente claro: es que Shipton es un cabrón chistoso, hombre de Dios, que habrá hecho eso con un piolet para echar las risas…

Bueno, de una forma u otra se acaban organizando cruzadas en busca del yeti en aquel tiempo. Hasta tres, por concretarles. Todo esto lo cuenta divinamente Ignacio Cabria en Así creamos monstruos. Las leyendas del yeti, el chupacabras y otros seres de la criptozoología (Luciérnaga, 2023), que es un viaje divertidísimo (y a ratos lisérgico) por la inocencia y las ganas de creer que tiene el género humano. Seguimos a Cabria aquí, igual que Ralph Izzard seguía al yeti (solo que Cabria sabe de lo que está hablando).

Este Izzard fue director en la primera gran intentona para encontrar al abominable. Año 1954, pasta del Daily Mail y más de trescientos porteadores. Al frente iba nuestro amigo Ralph, que era periodista, y yo no sé quién pudo creer que un periodista era lo más adecuado para rastrear huellas de homínidos. Tanto trabajo para nada…

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