
Las cartas de los combatientes y prisioneros de la Primera Guerra Mundial fueron en su momento un boom comunicacional. Nunca se había escrito en cantidad semejante, ni en volumen ni en frecuencia. Según la investigación histórica, circularon en ese periodo cuatro mil millones de cartas solo en Italia; en Francia, diez mil millones, y en Alemania, treinta mil millones. El Imperio austrohúngaro tomaba nota del fenómeno.
En septiembre de 1915, el joven lingüista austríaco Leo Spitzer fue asignado a la oficina central de la censura postal del ejército imperial. Como él mismo explica, su tarea consistía en revisar y «subsanar», es decir, «volver irreconocibles», ciertas alusiones en las cartas que los prisioneros italianos hacían llegar a sus familiares, o devolverlas al remitente, que comprendía así muy pronto la prohibición fundamental: decir «tengo hambre». «Podían solicitar envíos de alimentos, pero no se les permitían las expresiones exageradas de hambre». Las razones eran de defensa militar; el régimen de los Habsburgo no quería ser acusado de violar las convenciones internacionales sobre el trato debido a los prisioneros de guerra.
Al escritorio de Spitzer llegan hasta cien mil cartas en un día, escritas en su mayor parte por personas con un ínfimo entrenamiento en lectoescritura que alternan el italiano con alguna forma dialectal o con otras lenguas (el alemán en su variante austríaca, húngaro, español) y que proponen ortografías insondables. Durante dos meses, al término de su trabajo, Spitzer copia cientos de cartas, enteras o en fragmentos. De ese material nace el ensayo Die Umschreibungen des Begriffes «Hunger» im Italienischen (Las paráfrasis del término «hambre» en italiano), publicado en 1920 como suplemento del Zeitschrift für Romanische Philologie, y reeditado por De Gruyter al cumplirse el centenario de la primera edición.
A diferencia de otras colecciones epistolares, de soldados franceses o alemanes, aparecidas en décadas posteriores, las cartas italianas que estudia Spitzer conforman un conjunto más homogéneo porque provienen de prisioneros de guerra e «internados» que son en su mayoría campesinos. Así los describe el historiador Antonio Gibelli: «No son analfabetos, pero tampoco dominan la lengua italiana estándar. Escriben sin estar acostumbrados; la propia guerra los impulsa: necesitan comunicarse por escrito para dar señales de vida, para dar tranquilidad sobre su estado de salud, superar la distancia, pedir ayuda, vencer el hambre, conjurar el olvido, sobrevivir en medio de la privación. Muchos de ellos tienen que hacer un esfuerzo especial para escribir, enfrentarse a dificultades insólitas; producen textos irregulares, a veces sorprendentes, a veces torpes, a veces geniales».
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Muy bueno.
Excelente texto. Felicidades a la autora.
Lo único claro que a costa de censurar el hambre de los demás, el censor jamás pasó hambre.
Hay personajes que como mejor están es olvidados.