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Tragedias, bochornos y el rey de los plot twist: Roglič gana el Giro olvidable del final inolvidable

Primož Roglič, ganador del Giro de Italia 2023.
Primož Roglič, ganador del Giro de Italia 2023. Foto: Cordon.

¿Saben esas películas que las ves y dices, joder, menuda puta mierda, pero luego tienen un final molón, un final que te obliga a revisionar todo el metraje, un final que te vuela la mente? Un plot twist, vaya…

Bueno, pues eso fue el Giro. Cien horas (bueno, ochenta y cinco horas) de coñazo para cinco minutos con intensidad máxima. ¿Justifica la espera? Pues miren, no. ¿Se disfruta el momento? Pues miren, sí. Ambas cosas son compatibles. Pero vuelvan a leerlo. Cien horas, cinco minutos. 

Si alguno identifica esta Corsa Rosa con su vida sexual es que tiene un problema, amigos. 

Dos favoritos, muchos bostezos

Tú al Giro siempre llegas con ganas, porque el Giro viene después de las clásicas (y las clásicas lo molan todo, las clásicas son ciclismo del bueno, las clásicas son eso por lo que seguimos mirando este deporte) y montas películas gordísimas en tu cabeza, arrancadas siderales, más épica que un Ikki vs Saga. Y luego meh, y luego ejem, y luego mus. 

Y, luego, la realidad.

Sí, colegas, el Giro de Italia lleva un par de años disfrazándose de metáfora sobre la vida. 

Pero antes, pues eso: ansiedad. Elucubraciones. Favoritos. Este año dos, solo dos, nada más que dos. Pero qué dos. El primero es esloveno (ser esloveno tiene mucha cosa en esto de las bicis), se llama Primož Roglič, era saltador de esquí, luego ganó tres Vueltas, pudo ganar un Tour, lo perdió en la última cronoescalada (ojito), tiene en su mismo conjunto a otro ciclista mejor que él (a día de hoy). Vamos, que sonaba esto de Primož como un último baile, una oportunidad postrera, un homenajear al gran campeón. Sobre todo teniendo en cuenta quién era su oponente…

Porque Remco Evenepoel llegaba para confirmarse, para decir que guay, que puede con las tres semanas (la Vuelta es símil, pero solo símil), que en catorce meses vamos a la Grande Boucle y nos cascamos con Tadej y Jonas. Recién había ganado Lieja, recién (aunque menos recién) fue campeón del mundo. Credenciales bien chulas, porque el último belga que escaló Lavaredo vestido de arcoíris pues… Esperanzas. Que haya un cróner (un cróner inmenso, un cróner monstruoso) disputando grandes garantiza leña, porque los escaladores tienen que recuperar. Y Remco es, encima, tío que bascula entre ofensivo (sobre la bici) y orgulloso (orgulloso tipo Calderón de la Barca, tipo dar una hostia con el guante, mañana al amanecer, Playa de Covachos). Vamos, que responde, se crece por encima de sus posibilidades, tiene comportamientos de Merckx aunque no tenga las piernas de Merckx. Megalomanía, y eso siempre es bueno.

(Spoiler: no despejó dudas Evenepoel. En crono ya sabíamos de lo que es capaz, en montaña… no llegó a la montaña. A la montaña auténtica, a la montaña gorda. Una de las grandes tristezas de este Giro es desconocer el techo actual de Evenepoel).

Presentados los dos favoritos (y, realmente, solo hubo dos favoritos) pues… poco más durante la primera semana. Humillaron los ciclistas Lago Laceno, ciscándose en la memoria del Giro 98 (y esto me jodió). Humillaron los ciclistas el Gran Sasso d´Italia, ciscándose en la memoria de Otto Skorzeny (y esto me encantó). Atacó Primož Roglič en Il Capuccino (no hay país igual para los nombres que molan, joder), y solo pudieron seguirle Tao y Geraint… solo pudieron seguirle Tao (se retiró por caída cuando tenía pinta excelente) y Thomas, no llegó Evenepoel, igual le pasa algo, a Evenepoel, igual es que…

Ah, Evenepoel ganó la(s) crono(s), se vistió de rosa. No pegó el meneuco que todos esperaban, pero se vistió de rosa. Lejos de sentenciar el Giro, lejos de echarse a dormir. 

Toca defender, aunque tenga todo de cara.

Esa misma tarde… abandono. 

Positivo en covid. 

Nombre propios y bochornos

A ver, empecemos por el principio… lo de Remco. Bueno, lo de Remco y lo de treinta paisanos más, que se ha cebado el covid con este Giro, que hemos tenido escuadras acabando con el cocinero, el que limpia las bicis y un salao que conocieron ayer en los billares. 

Serán pocas palabras, porque yo no tengo la carrera de Medicina. Pum, hala, desmontadete el argumentario de (casi) todos. Quiero decir, si a mí alguien con la suficiente preparación me cuenta sobre la necesidad de abandonar, sobre dolores, sobre posibles secuelas… pues nada que añadir, porque yo de eso ni papa. Siendo sinceros, y poniéndonos en la circunstancia más favorable (que lo de Remco fuese virulencia bajuca, rollo «sologripismo»), seguiría estando justificao el abandono. Que esto es deporte de alto nivel queridos, y que quedan dos semanas con (muchas de) las montañas más duras que se suben en bici. Que ya no es lo que te pueda restar el rollo, es que si ni descansas en condiciones cada día… caput. Y que cada vez peor, hasta que petas del todo. Lo hemos visto con peña que se cae (y no duerme por las abrasiones), con peña que tiene dolor de muelas (y no duerme por la agonía) o con peña que coge un pequeño catarro (y no duerme por toser). Seguir era comprar billetes para sufrimiento y petada gorda. Y, sobre todo… miren cómo empieza el párrafo.

(Tema distinto es preguntarnos si en otros deportes ya no existe el covid, porque otros deportes ya no tienen casos, eh, de covid. A mí me extraña, pero no quiero ser malpensado. ¿Se imaginan ustedes disfrazar un positivo en covid con, no sé… molestias musculares? Perderse el partido semanal de este ejemplo aleatorio y volver tranquilamente. O retirarte de tu torneo, o lo que se les ocurra. Nah, en el deporte de élite todo es sinceridad y transparencia).

Sea como fuere… empezar de cero. Casi al pie de la letra, porque apenas hay distancia entre los favoritos. Mira, pensábamos entonces, segunda semana y apenas tiempos. Y todos en plan «qué sorpresa». Fuimos inocentes, fuimos felices…

Vale, pongámonos positivos. Bueno, vale, cambien expresión, porque Evenepoel se puso positivo y fatal. Y en esto de las bicis lo de los positivos mejor ni meneallo…

Así que pongámonos alegres. Que también ha tenido cosas alegres, este Giro. Que se acabó, la principal, pero no vinimos aquí en plan cinismo noventero (sobre todo porque en los noventa las Grandes molaban, y nadie quería que acabasen). 

Alegre es Ben Healy. Ben Healy es mi mayor entusiasmo en la Corsa Rosa, mi ciclista preferido desde hoy y la persona que más quiero conocer junto a Stephen King y el inventor del calimocho. En una época donde la aerodinámica está medida al milímetro (incluidos cascos en las cronos que asustarían a Ágata Ruíz de la Prada), Ben Healy tiene greñas, va sin afeitar, gasta pendientes y trae cara de lunes-justo-después-del-DerrameRock-qué-buenos-los-Barri. Ben Healy es ese amigo suyo con el que queda para tomar un café y llega dos horas tarde, y no te vayas aún, y acaban ambos en el karaoke que hay al lado del bingo, cantando Camilo Sesto junto a un tío con pinta de mafioso, el séptimo cubata en la mano y un paquete de camel asomando por el pantalón. Ese es Ben Healy. Sucede que él, encima, anda. Anda mucho, anda mogollón, anda todo lo que quiere. Ganó etapa en Fossombrone, quedó segundo en Bérgamo, estuvo tocando gónadas a los amarrateguis por toda la península itálica. Ben Healy (con sus ojos de dormir lo justo, con su aire de oler como el profesor de Plástica) atacó y atacó. Atacó aunque no sirviese para otra cosa que el mero gusto del ataque (esto igual les suena, de cuando eran críos). Camino de Lavaredo, perdida fuga, sin opciones. Y, pum, va y ataca. Un par de T-800 con culote y maillot hasta lo riñeron, y él los miró así, los miró como se mira al delegado de la clase, como se mira a los jóvenes que aplauden en un mitin, como se mira al cayetano antes de robarle veinte duros. Él los miró así, y yo caí in lof para siempre con Ben Healy. Te queremos, Ben, no cambies nunca.

(El descacharrante outfit de la última crono, con ese casco más torcido que Paco Mancebo subiendo el Mont Ventoux, fue guinda perfecta). 

Vale, ¿recuerdan esa arrancada inútil, pero hermosísima, de Healy subiendo Campolongo? Sí, sí, la del día de Lavaredo. Vale, pues para marcar sale… Thibaut Pinot. Que, oye, no tendría nada de anómalo, salvo porque era absolutamente imposible que Healy metiera mano a nada de Pinot, y porque Pinot no tenía esperanza alguna en el parcial, y había asegurado la maglia azzurra montañera (me gustaba más la verde) y si lo de Healy fue loquísimo lo de Pinot fue para decir que está loquísimo…

Pinot ha tenido un Giro… raro. Era su despedida, en el año de su despedida, y parecía estar muy de despedida. Luego no, luego bien metiduco en carrera, peleando la montaña, algunas veces cerca de ganar. Pero… el mismo Pinot de siempre. Si acaso más chiflao, porque Pinot ha sido su propia versión dos punto cero este mes. Vamos, que no calzó una hostia al «Chalequito» Cepeda de milagro (hostia la merece quien puso eso de «Chalequito»), y de ahí en adelante se le vio al francés crispao. Pero crispao de narices. Cómo decirle… para Campolongo, cuando arranca a por Healy (aunque Healy le preocupa lo mismo que a mí la boda de Tamara Falcó)… para entonces la psique de Pinot es una peli de David Lynch. Sí, arranca Ben y a Pinot se le aparece un enano bailando, y alguien encuentra orejas mientras corta el césped, y una mujer canta dentro del radiador. Aproximado, ojo, seguro que era algo más. De cualquier forma aplauso, también, a Pinot, que se marcha del Giro con un botín apreciable. Pena que no acabase de decidirse por setas o rólex.

Por las escapadas andaba también muy activo la tercera buena noticia. Que se llama Jonathan Milan, tiene veintidós años y gasta la misma talla de maillot que John Cena en Tour de Pharmacy (sí, amigos… John Cena hizo un mockumentary insinuando que en el ciclismo hay doping. John Cena. El del pressing catch. Haciendo chistes sobre doping. John Cena. Ejem). Vamos, que destaca Milan por su tamaño, que le entra el Duomo entre tríceps y tríceps. Pero, además, sube. Bueno, o no se arrastra, no tiene que remolcarse en coches como Cavendish (luego hablamos de Cavendish). Jonathan ganó etapita, peleó la ciclamina jornada tras jornada (entraba en fuga, sufría más que Houllebecq en una playa de Benidorm, llegaba al intermedio, luego se descolgaba con la lengua fuera y el corpachón grandote) y perdió varios esprints por empezar colocado entre Alberto Leanizbarrutia y Luis Pasamontes. Cuando aprenda a ser más efectivo antes del último trescientos… Terror. Pinta a esprínter de época.  

Y, ahora,al lío. Porque menudo lío, porque menuda traca, porque menuda vergüenza. Yo les cuento antes lo chulo para después meterles el zas, meterles la hostia, meterles la decepción. Es una estrategia clásica, es algo que hacemos todos, desde los guionistas de Marvel hasta su sobrino Jesús Antonio. A mí no me miren, está inventao.

Sucedió en la etapa con final en Suiza. Que era una de las reinas, la etapa con final en Suiza. Tres puertazos, la etapa con final en Suiza, y la Cima Coppi, esta etapa con final en Suiza. Gran San Bernardo. Allí ganó un Giro Gaul, allí casi pierde un Tour Bahamontes. Ninguno de ellos hubiese podido hacer nada hoy. 

Porque los ciclistas dijeron que nanai, dijeron que hacía malísimo, dijeron que habían visto almas, y yetis, y tuunbaqs, y hasta dos o tres perros de los Tíndalos. Dijeron, los ciclistas, que llovía, y que había nieve, y que estaba eso imposible, y que por qué no sube usted, escritorzuelo gordo, que siempre se queja pero nunca sube usted. Para resumirles… que eran doscientos kilómetros y terminaron por hacerse setenta y cinco. Setenta y cinco con temperatura agradable, con el sol que asoma, con paisanos en maillot y culote corto. Antes, para llegar a esos setenta y cinco, los abstencionistas fueron grabando tiktoks en sus autobuses, tiktoks donde podías ver aficionados que sí iban con sus bicis. La risión. Guinda con declaraciones de algunos cuyo nombre omitimos, porque aquí se habla del puro desempeño atlético.

Un apunte. Este bendito deporte se ha venido fabricando con épica e historias. Con épica e historias que no entraban en directos de Instagram o poses cuquis para las fotos. Con épica e historias que se mueven entre lo imaginado y lo visto, entre lo real y aquello que se modifica al recordarlo julio tras julio. Este bendito deporte, sí, se ha venido fabricando con todo aquello que la actual generación no solamente omite, sino que se enorgullece en despreciar. Todo aquello que justifica sus contratos, sus patrocinadores, estas mismas líneas. Todo aquello que está desapareciendo. Jamás vi un colectivo tan orgulloso de romper con lo que dicen amar. Dentro de unos añucos, cuando nadie vea esto, vendrán lloros, y alguno buscará un sueldito donde caiga.

(Afortunadamente nos quedan Pogačar y van der Poel, nos quedan las clásicas, nos queda Evenepoel. Nos quedan otros, diferentes a los que siempre andan quejando. Y mucho mejores que ellos, por si quieren añadir curiosidad al asunto). 

Ah, los favoritos ni se mueven en toda la semana. Así que fundido en negro y elipsis. 

Igualdad, tragedias y Mitja Mežnar

Vale, vuelta a empezar. Todo por hacerse, última semana apasionante. Solo que no, solo que ni de coña. Menudo tostonazo, colegas. Este Giro ha sido durísimo, durísimo. Sobre todo para el espectador. 

Última semana de exigencia superlativa, como es habitual en Italia. Tres etapas para que se retire Mathieu Hermans, una cronoescalada que da miedo al miedo. Diferencias de minutos, ataques que pasan a la historia, trilogía de candidatos que parecen Coppi, Merckx y Ocaña

El primero era Almeida. João Pedro Gonçalves Almeida, que es el nombre más luso desde Libro del desasosiego. Almeida tenía bigote a lo Ricardo Reis (bigote de esos que calzan quienes aún no empezaron a afeitarse, pelusilla, hormigas sobre el labio superior), una postura rara sobre la bici y tendencia a sufrir cual Sacher-Masoch (escritor, no tarta). Vamos, que se descuelga y persigue. Almeida no es de los mejores en crono, no es de los mejores cuesta arriba, baja fatal y tiene menos reprís que la silla de Stephen Hawking. Ganó en el Monte Bondone, de acuerdo, pero que Almeida llegase hasta esta última semana contando dice mucho…

Después de Trento… volata. Otra cosa que podríamos comentar. Lo de los esprints. Que vaya caos, en este Giro, los esprints. Nadie repite victoria, todos acaban mojando (salvo Gaviria). Sin trenos dignos de tal nombre, sin planificación, sin control. Ojo, tenían interés, pero se te quedaba un poco la caruca de quien pensaba verse el Kárpov vs Kaspárov y le acaban poniendo una partida de damas…

Segundo gran aspirante… el que llegó de rosa hasta la cronoescalada final… Geraint Thomas. Geraint Thomas, que tiene pinta de escuchar Oasis (los discos noventeros), que calza años como para estar tranquilamente en su casa con labores de bricolaje o un huerto ecológico. Pero, miren, sigue aquí. Con ese corpachón, con esa forma de subir que parece no subir, con ese cambio de ritmo tipo diésel entre los diésel. Eso es Geraint Thomas. Pareció el más poderoso en Coi y Lavaredo, pareció que dejaba pasar oportunidades. Quién sabe, pero la decisión final no le fue positiva, así que, imagino, ahora alguien en su chalecito de Cardiff andará pensando «y sis»…

Porque tampoco atacó ninguno en esta semana final. Bueno, seamos sinceros… aceleró Almeida en Bondone (e hizo daño), aceleró Thomas en Coi (e hizo daño, y Vine demostró que baja peor que John Lee Augustin), y esprintó (ni de acelerar merece nombre) Primož Roglič con Auronzo a final de recta, después de haberse fumao todos los Dolomitas buenos. ¿Conclusión? Empate. A ver, empate no, veinte segundines entre primero y segundo, veinte segundines entre segundo y tercero, pero… empate. Todo para la cronoescalada.

Ay.

Que menuda cronoescalada. Crono mixta, en realidad. Once kilómetros llanos, siete por una cuesta de cabras hormigonada, pendientes imposibles, bosque espesísimo. Monte Lussari, se llama el lugar. Muy cerca de Eslovenia. Y esto tiene su importancia.

Porque, amigos, estamos ante uno de los clímax más intensos en la historia de este deporte.

Vale, quedan dos kilometrucos para terminar el asunto. Todo entre Thomas y Roglič. Almeida descartado, el resto ni me acuerdo de cómo se llaman. Va Primož en plan recorte, va metiendo tiempo, va con más pedaladas por minuto que Lance Armstrong en una clase de spinning. Va, también, sobre una bici asombrosa, galáctica, una bici comprada en Mos Eisley, una bici que diseñó Emmet Brown. Solo un platuco, imposible que se salga la cadena, piñones atrás como para cubrir el sol y sacar más pasta de tu central nuclear. Hasta que llega el drama. La comedia. El drama.

Bache, y cadena fuera a Roglič. Bastante hace con no caerse, dos o tres pedaladas al aire. Bastante hace con no caerse, con no blasfemar, con no arrojar la bici pinar abajo. Otra vez, otra vez, quousque tandem abutere, mecagonlaputa, otra vez, me ha mirao un tuerto, otra vez. Imposible recuperar, el Giro es de Geraint. 

Y, entonces, sucede. La sucesión de acontecimientos más irreal que yo jamás haya visto.

Allí, en la recta, hay un paisano. Un espectador. Un espectador que ve lo que pasa, que esprinta hasta donde está Roglič. Un espectador que baja derrapando (derrapando), que casi se hostia, que ayuda, sube aquí, ese pie en esa cala, coge el manillar, venga, vamos. Un espectador que empuja a Roglič, que pone sus manos sobre los riñones de Roglič, que hace el mayor esfuerzo de su vida en esos quince o veinte metros, esos quince o veinte metros al quince o veinte por ciento, ese lugar donde Roglič no hubiese podido arrancar solo, donde estaba clavado, ese no sitio, ese recuerdo disfrazado de vaguada. Se deja el aliento, empuja al ciclista, queda después jadeante, viendo cómo se pierde por la senda. Luego se sabrá que este tío, este tío a quien Roglič debe su victoria (porque ya imaginan el final), se llama Mitja Mežnar, y Mitja Mežnar era antiguo compañero suyo, antiguo colega, uno que compartía selección nacional eslovena cuando ambos eran jóvenes. Selección nacional eslovena en saltos de esquí. Y estaba en ese sitio, en ese sitio preciso, en ese instante adecuado, como si lo hubiese puesto allí un novelista, como si lo hubiese puesto allí Tadej, otra vez no, no te lo mereces, otra vez no. 

Menudo plot twist.

El mundo es un lugar maravilloso. 

Ah, Roglič recuperó, subió alucinantemente el último tramo, ganó su Giro de Italia por solo catorce segundos. Solo catorce segundos, pero una escena de las que nadie va a olvidar nunca. Tres semanas para esto, vale… Pero menudo «esto».

Y final en Roma, arrivederci, Roma, Roma città aperta, Roma, la ciudad del Papa y las mamme. Y, bueno, en Roma, último cachondeo, último bochorno, con Geraint ayudando a Cavendish, Geraint lanzando a Cavendish, Geraint que pasaba por allí y dijo, oye, mira, voy a inmiscuirme en algo que no afecta a mi equipo, que no me toca en nada, que no debería ir conmigo. En fin. Contentísimos los demás, imagino. Justo colofón.

Enhorabuena, pues, a Roglič. También a Thomas, que llegó hasta donde pudo, y a Almeida, que espesó su bigote en estas tres semanas. Y enhorabuena, también, a Mitja Mežnar. 

Él es, sin duda, el protagonista más inesperado de nunca en esto de las bicis…

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8 Comentarios

  1. Un artículo a la altura del Giro que describe.

  2. Bastante insufrible como el giro, por favor recuperad a Guillermo Ortiz para hablar de ciclismo.

  3. El Giro no lo he visto – y no me he perdido nada, según parece – pero el artículo descacharrante. :D :D :D

  4. Marcos no puedo creer que te hayas olvidado por completo de Derek Gee, una pena : ,,,, (

  5. Pues yo no he visto ni medio minuto de Giro (estoy de acuerdo en que se están cargando este deporte y que como sigan así va a perder cualquier tipo de interés), pero la crónica es genial.

  6. Se ha exagerado, por un casual, la epica del momento del problema de la cadena?

  7. Cuando se busca poner el mayor número de chorradas por palabra se acaba obviando a Derek Gee, una de las revelaciones del Giro…

  8. Paré de leer. Este artículo no está al nivel adecuado. Si a cada chorrada que dices tengo que pasar un tiempo buscándole la gracia (perdón, a lo mejor soy lento) no mola.
    Una de vez en cuando, entre párrafo y párrafo, vale, pero 3 por línea… no.
    En fin, si quieres parecerte a Pérez Reverte, vas bien. No digo que eso sea malo.
    Un saludo

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