
Cuando la Fundación Formentor me anunció que el tema de las Conversaciones de este año sería «Cíborgs, androides y humanoides», me puse a buscar en casa qué libros se acercaban a esta temática. Tenía clásicos como Fahrenheit 451, una edición de bolsillo de la Guía del autoestopista galáctico; Un mundo feliz, de Huxley, o La mano izquierda de la oscuridad, de Ursula K. Le Guin. Casi había escogido, cuando un amigo periodista me mandó un whatsapp con un texto que acababa de escribir para el periódico utilizando ChatGPT. En el mensaje me puso: «Somos sustituibles». Entonces decidí que necesitaba un libro distinto, algo contemporáneo.
Las problemáticas de nuestro tiempo requieren una mirada nueva, virtuosa e imaginativa, y pensé que la ciencia ficción, que siempre nos mira desde el espejo retrovisor, me daría la respuesta. Así que me fui a mi librería de Santander y le pregunté a mi librera, y como si fuera mi médico de cabecera, le conté lo que me pasaba. Ella empezó a enumerar autores, y tras citarme algunos títulos que no reconocía, salió el nombre de Ishiguro. «Es de un robot que cuida niños», me dijo. Y ya saben esa sensación cuando estás en una librería y de repente das con un libro: que das con EL LIBRO: Klara y el Sol. Como dicen en Lost in Traslation, todo el mundo necesita ser encontrado, pues a mí ese día me encontró Klara. Soy madre de dos niños de doce y ocho años; si algo me ocupa espacio mental es el tiempo que pasan delante de una pantalla y sus consecuencias, y en qué momento le dimos a la tecnología ese papel de cuidador, de domador.
Meses más tarde aquí estoy, en las Conversaciones de Formentor, en Canfranc, compartiendo mesa con escritores que admiro, y hablando de una novela que ha ido más allá del titular, porque decir que Klara es un robot que cuida niños es como decir que el fútbol son once tipos chutando un balón: es obviamente el punto de partida, la base sobre la que el Nobel británico de origen japonés construye un escenario, pero va más allá, porque en realidad lo que hace Ishiguro es ponernos ante la pregunta de qué estaríamos dispuestos a hacer para evitar la desaparición de un ser querido.
La protagonista de esta novela es Klara, un robot tipo AA, es decir, una Amiga Artificial, que está programado para cuidar niños. Es ella misma quien cuenta la historia en primera persona, y lo hace recordando cómo empezó todo en la tienda donde se vendían robots de acompañamiento. Mientras espera que un niño la escoja, Klara observa y analiza lo que hay al otro lado del escaparate; las riñas entre humanos, las miradas, el humo de una máquina que le impide ver el sol, fuente de sus nutrientes y por tanto su referencia de lo bueno. En la tienda hay modelos más nuevos que ella, pero Klara tiene algo que la hace única: su conciencia artificial le permite comprender el comportamiento humano al identificar las emociones, los resortes que las activan y su finalidad, es decir, tiene la capacidad de introspección de un poeta, es capaz de ver las cosas en las que nadie se fija, pero carece de experiencia y de contexto para interpretarlo.
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