
Históricamente, las brujas conforman uno de los colectivos más vilipendiados, humillados y denostados de los universos fantásticos. Nacieron afeadas en las historias populares y condenadas a ser villanas de cuento, fueron utilizadas como combustible para hogueras por gente muy poco tolerante y, a la altura de los años sesenta, acabaron convirtiéndose en material erótico para onanistas gracias a un fenómeno muy curioso gestado en el mundo del entretenimiento: la witchploitation. O la era en la que la brujería invadió los kioscos, las salas de cine y la industria discográfica para ofrecer BDSM underground, destape en celuloide de medianoche y grabaciones de rituales arcanos en los surcos de los discos de vinilo.
Pero el camino entre el origen mágico del mito y la transformación en objeto de paja para esa gente que va en gabardina al cine supuso una senda larga, angosta, enrevesada y de lo más extraña. Una ruta en la que se absorbió el ocultismo en la sociedad como hobby llamativo, se trituró para comercializarlo en forma de pornografía barata, y, finalmente, se abandonó a su suerte al considerarlo temible.
The VVitch
Es una tarea complicada concretar aquí el momento exacto en el que nace la figura de la bruja. Porque, por un lado, es muy probable que siempre hayan estado ahí. Y, por otra parte, el título de este artículo anuncia pornografía a modo de gancho rastrero. Con lo que quizás las clases de historia y los debates entre los términos «bruja», «hechicera» y «ocultista» no son tan importantes ahora mismo como repasar la apropiación pop de las magas libertinas aficionadas a cabalgar escobas y/o varones despistados. Así que el repaso histórico va a limitarse en este texto a unas meras pinceladas superficiales. Las fotos de brujas en cueros, y de brujas forradas con cueros, llegarán unos cuantos párrafos más adelante.

En la Odisea redactada por Homero en el 800 a. C. la hechicera Circe, hija de Helios (el titán, no la mermelada) y Perseis, era descrita como una bruja por su afición a juguetear con varitas mágicas, transformar a gente en animales, y fabricar pociones. Plinio el Viejo ya hablaba de sortilegios perpetrados por señoras con pinta de ser poco de fiar allá por el 450 a. C. Y ya en el siglo IX, Alfredo el Grande, rey de Wessex, redactó un compendio de leyes titulado El código legal de Ælfred el Grande, conocido también por el mucho más molón nombre de Doom Book. Una colección de reglas, basadas en enseñanzas bíblicas y en lo que le salía de las gónadas al bueno de Alfredo, en donde se recomendaba aniquilar a todas las «encantadoras, hechiceras y brujas».
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Oculista, no ocultista. Tiene gracia el chiste de TBO, pero la mención en el artículo no tiene sentido.
La errata a cuenta del chiste del TBO ha tenido gracia, sí señor….
A mí no puede importarme menos la condición de bruja o no bruja de una señora. Si está superbuena, ya me puede empotrar el felpudo en los morros y lo demás son tonterías.
Pingback: Brujería y pornografía fría (y 2) - Jot Down Cultural Magazine
Pingback: Jot Down News #2 2024 - Jot Down Cultural Magazine
Fantástico artículo Diego. Mi enhorabuena.
Aprovecho y te hago un corta-pega de un fragmento de mi libro «El narval perdido» (Amazon) en el que expongo un fascinante descubrimiento que hice sobre las brujas. Espero que estés de acuerdo:
“..He descubierto que las brujas que fueron quemadas en la hoguera eran todas unas gordas. Como lo oyen.
No se sorprendan, porque el asunto es bien serio. A ver cómo les resumo yo mi investigación.
Es bien conocido que las brujas tenían algunas características que delataban su condición de tales; y no me estoy refiriendo a la escoba que usaban como medio de transporte y otras cosas singulares que algunas culturas han descrito. Quiero explicarles que las diversas sociedades han mostrado consenso solo en algunos de estos signos. Son varios, pero les recordaré cuatro de ellos por ser los más conocidos.
Habrán leído que las brujas no pueden llorar; también que si les pinchan no sangran; tampoco se reflejan en el espejo y por último –y ahí voy yo- que si las tiras al agua flotan.
Pues bien; sepan Vds. que muchos de los tribunales e instituciones europeas que se dedicaron a la caza de brujas, decidieron que la prueba más fiable para descubrir a una bruja era comprobar su flotabilidad. Con tal motivo, durante bastante tiempo se les ocurrió atar de pies y manos a las sospechosas y tirarlas al agua; como lo oyen.
Si se hundían, obviamente se ahogaban instantáneamente y entonces el inquisidor de turno alegaba que habían muerto inocentes de pecado y todo era felicidad porque estaban ya disfrutando de la gracia eterna. Pero si flotaban por unos momentos, se apresuraban entonces a sacarlas del agua para quemarlas vivas. Suena heavy de cojones, pero les puedo jurar por mi perro que era así.
Y por un principio físico simplísimo, podemos deducir que la bruja flaca se hunde mucho mejor que la bruja gorda; porque esta última tiene más sebo que compensa la gran densidad de sus huesos, con lo que su flotabilidad es bastante mayor.
No cabe sino concluir que los puertos europeos están llenos con los esqueletos de sospechosas flacas, mientras que a las pobres desgraciadas gorditas las asaron a todas.
Habrán reparado ya en el hecho de que cualquier sospechosa de brujería lo tenía bastante jodido con independencia de que fuese gorda o flaca. Reflexionen un momento y hagan el cálculo conmigo: si era flaca y bruja, moría ya solo por flaca. Si era flaca inocente, se ahogaba también. Si era gorda y bruja, la freían por ambas cosas; y a la pobre rellenita inocente la abrasaban también, aunque en este caso, solo por gorda.
Ya ven lo importante que es esto del peso en la brujería. Me hubiese encantado tomar unas cervezas con el grandísimo Caro Baroja y poder contarle este hallazgo, seguro que se habría sorprendido…”
sobre el chiste del TBO…
«Padre, padre… quiero un Renault 5 !!!»
«Esto es un confesionario, hijo. No un concesionario!»
(fin)
Respecto al tema del Oculista, no es una errata, es que el oculista era ocultista en sus ratos libres… PVI