Música

Le Parolier: «I’m a Woman», de Christine Kittrell

I'm a Woman Christine Kittrell
Christine Kittrell. (DP)

Cerca de mi casa hubo durante años cuatro viejos anuncios publicitarios. El anunciante tenía tanta fe en sus productos que había elegido reproducir sus carteles en mosaicos de azulejos, indestructibles excepto para el martillo. Y allí seguían, año tras año, recordando al viandante las virtudes de Norit, Tintes Iberia, Nitrato de Chile. Y, a lo que vamos: del detergente concentrado Raky. Una figurita femenina vestida a la moda de cuando se elaboró el anuncio cuyas tres cabezas y seis brazos invitaban a las posibles consumidoras a limpiar, fregar y dar esplendor con Raky. 

Otras diosas Kali del hogar aparecen a menudo en internet tanto para protestar por la explotación de las mujeres, como para reivindicar sus múltiples capacidades. Esta idea del multitasking femenino está en la canción de Le Parolier de marzo: «I’m a Woman» de Jerry Leiber y Mike Stoller, dependiente de una tienda de discos uno, pianista el otro y ambos amantes del rhythm & blues. Juntos compusieron un montón de canciones históricas: «Kansas City», «Hound Dog», «Searchin’», «On Broadway», «Tell Him», «Love Potion #9», «Leader of the Pack», «Chapel of Love» y «I’m a Woman», éxito en 1962 por la blanca y rubia Peggy Lee, compuesta unos meses antes para Christine Kittrell

Nacida en Nashville, Kittrell, había cantado junto a Big Joe Turner, con quien comparte muchas influencias musicales y estilísticas. Colaboró con Little Richard, Johnny Otis, Louis Armstrong, B. B. King, John Coltrane y una larga lista de nombres deslumbrantes del r&b y la música afroamericana en general. Pasó varios años en Vietnam cantando para las tropas hasta que resultó herida. Por su parte, Peggy Lee había sido cantante de la orquesta de Benny Goodman y llegó a ser muy popular e influyente por su suave estilo vocal, su glamour y su repertorio ecléctico. También fue la compositora de muchas de sus canciones. 

El musicólogo y productor Robert Palmer definía al rhythm & blues como «término comodín que se refiere a cualquier música hecha por y para estadounidenses negros», exceptuando el jazz, el góspel y la música clásica. A pesar de ser una de las músicas más influyentes de la historia (recordemos su alcance camuflado bajo la etiqueta de rock & roll), el r&b fue eliminado por los comentaristas y críticos que en los 70 establecieron los códigos de la difusión de las músicas anglosajonas en nuestro país. Aquí sigue llamándose r&b exclusivamente a los músicos ingleses imitadores de los negros (John Mayall, Yardbirds, Rolling Stones, etc.) y, actualmente, a las músicas urbanas negras provenientes del hip hop.

«I’m a Woman» es típica del r&b de esos últimos cincuenta y primeros sesenta, contemporánea tardía de los clásicos de Coasters, Frankie Lymon, Shirley & Lee, Cleftones, Spaniels o Flamingos. Este pequeño recordatorio histórico es más o menos necesario antes de señalar algunas de las características de las letras del r&b patentes en «I’m a Woman»: costumbrismo, humorismo, sublimación de la diversión, dobles sentidos y metáforas sexuales más algunos de los hándicaps de las sociedades pobres e ineducadas, como el machismo.

En el Mes de la Historia de la Mujer es ineludible revisar una canción sobre la memoria devaluada de las amas de casa, trabajadoras del hogar y cuidadoras que, con su labor siempre invisibilizada, han mantenido y posibilitado la supervivencia familiar lo mismo que los papeles prominentes de los hombres. Y también de las mujeres más ambiciosas que ellas. Una historia femenina de imprescindible reivindicación. La he elegido frente al «I Am Woman» de Helen Reddy, más conocida y menos sutil, por culpa de la fea frase «Escúchame rugir» o el victimismo de «Soy sabia pero es sabiduría nacida del dolor».

La descripción costumbrista de esa cotidianeidad femenina obligatoria durante siglos se convierte en «I’m a Woman» en una exageración caricaturesca y encomiástica a la vez: reconocemos la valía y los méritos del ama de casa pero nos burlamos de todo. Sin embargo, la primera frase es un «Well, I can», que directamente reconoce las capacidades que detenta la protagonista. Enseguida descubrimos que lo que puede hacer es algo tan prosaico como lavar calcetines. Jerry Leiber, el letrista del tándem, elige una prenda de poco significado simbólico como un modo burlesco de rebajar la importancia que las labores de limpieza tienen para la higiene y la salud y su valor metafórico sobre renovación y renacimiento. 

Seguimos escuchando una retahíla de trabajos teóricamente mecánicos, intranscendentes y serviles, tareas femeninas despreciables en su misma esencia. Pero los calcetines alcanzan la cantidad absurdamente desproporcionada de cuarenta y cuatro pares. No hay que olvidar que nuestra superheroína doméstica ya los ha colgado en el tendedero y además ha planchado y almidonado dos docenas de camisas (otra cantidad inverosímil) «antes de que tú acabes de contar de uno a nueve», le dice a su hombre: primera vez que se reconoce la superioridad de la persona que canta por medio de una representación divertida y exagerada pero esclarecedora de lo que en aquella época se llamaba «guerra de los sexos» y ahora «dominación patriarcal». Mientras ella hace cosas útiles y necesarias, él se dedica a contar… ¿Para qué cuenta? ¿Para controlar lo que ella hace y cuánto le cuesta? ¿Acaso cuenta las muescas de su fusil asesino? Muescas que le harán pasar a la historia a él y no a la que se dedica sólo a las tareas de cuidados condenadas al más cruel olvido.

Los autores reconocen el gran esfuerzo que lleva a cabo el ama de casa, pero lo hacen por medio de una exageración imposible en la vida real. Hablan de magia en vez de reconocer el esfuerzo y la habilidad. Pasamos a la alimentación y la cocina, imprescindibles para la supervivencia: «Soy capaz de coger un cazo enorme lleno de manteca, echarlo en la sartén, hacer la compra y volver antes de que se haya derretido». En inglés dice «great big dipper full of lard»: una acumulación de aumentativos que denota poder y fuerza, la misma con la que lanza la manteca en la sartén. No dice «lo pongo» (I put it) o «lo dejo» (I leave it), sino «lo echo» (I throw it). He dejado sin traducir «drippins can», el cacharro donde, ahorradora y a la vez hábil cocinera, esta superheroína del hogar reserva la manteca de los fritos y asados. Para insistir en la vulgaridad de las tareas femeninas hablamos de la grasa, nutriente hiperenergético, poco refinado y poco saludable, que ensucia, cuesta de eliminar y es propio de las cocinas populares como el soul food

En el siguiente verso, que constituye el estribillo, nos revela quién está hablando y por qué puede hacer todo esto: «Cause «I’m a Woman», W-O-M-A-N», deletrea para que no quede duda alguna. «I’ll say it again» repite con orgullo. La descripción de las tareas del hogar continúa en la segunda estrofa. «I can rub and scrub till this house shines just like a dime»: la obsesión por la limpieza de las buenas amas de casa elevada al grado superlativo. El método es «frotar y restregar», actividades que exigen fuerza y constancia y así el resultado de su esfuerzo va a ser un brillo como el de una moneda reluciente, quizás de oro. Está claro que considera que la limpieza es una verdadera fortuna.

La canción sigue hablando de que nuestra súper W-O-M-A-N es capaz de «alimentar al bebé, engrasar el auto y empolvarme la cara», una sucesión de tareas femeninas y masculinas que van desde lo sublime de la maternidad y de una actividad de la que depende la vida de un ser humano («Feed the baby) a una tarea supuestamente masculina relacionada con la mecánica («grease the car») para terminar con la cosmética y los artificios femeninos («Powder my nose» y «get all dressed up»): esas estrategias de mujer. ¡Atención! Que ella no abandona sus obligaciones por algo frívolo sino que lo hace todo «at the same time». Exigencias maternales, el símbolo de masculinidad que es el coche, y todo sin dejar de cumplir con la obligación de la belleza: una dominación doble o triple que, sin embargo, le hace jactarse de su capacidad de asumirla. Llegó el momento del ocio y la diversión y nuestra hada del hogar se niega a descansar: «Go out and swing till four a.m.». Es la doble vida de una mujer libre y divertida que, a la vez, es esclava y garante de la supervivencia. No conoce el cansancio para trabajar y tampoco para divertirse. «Me acuesto a las cinco, me levanto a las seis y empiezo otra vez. Cause «I’m a Woman!»: infatigable, está segura de si misma porque sabe divertirse y trabajar como nadie.

La siguiente estrofa habla de los cuidados y posiblemente tiene un doble sentido sexual. Nuestra superwoman de 1962 asegura que tiene capacidad de sanar («Si llegas enfermo, ya sabes que yo te curaré») pero también domina lo sobrenatural y la magia («Si llegas hechizado, yo romperé el maleficio»). Y volvemos a las cosas de la supervivencia («Si llegas con hambre, yo te saciaré con mis gachas de maíz» («grits» en inglés, una comida tradicional del sur de Estados Unidos, desayuno de trabajadores). ¿Seguimos en el plano material? ¿Hablamos de hambre o de deseo sexual? Una línea más y nos dirá explícitamente lo que intuimos: «Si lo que te gusta es el amor, yo te besaré hasta que den un ataque de escalofríos». Hemos entrado en el plano sensual y la que antes era capaz de dar salud y alimento, ahora es capaz de perturbar «porque soy una M-U-J-E-R», razona.

Un pareado definitivo para terminar: «tengo una moneda de oro de veinte dólares» que, en sentido literal, se refiere a la economía doméstica y a la capacidad de ahorrar y aprovechar recursos de nuestra protagonista. Y, en sentido figurado, nos habla de la mística femenina, la intuición, la biología e incluso el poder del sexo y el erotismo. «No hay nada que no pueda hacer», añade. Pero ¿está hablando de realidad o de brujería? ¿De dinero o de sexo? «Soy capaz de hacer un vestido con un morral», es decir, uno de los sacos con pienso que se atan a la cabeza de los caballos para que coman: algo feo y sin valor que ella convierte en útil y quizás bonito. Es una mujer industriosa y su habilidad le permite aprovechar y reciclar como era imprescindible reciclar antes de que existiera la moda pronta. 

La canción concluye con una amenaza, quizás con una provocación: «(Puedo) hacer de ti un hombre» termina refiriéndose al cherchez la femme francés o a esa otra frase hecha que asegura que detrás de cada gran hombre hay una gran mujer. Quizás ha vuelto a hablar de sexo y del niño que descubre las artes amatorias gracias a nuestra súper M-U-J-E-R que sabe que es de oro porque es capaz de despertar ese deseo que lo cambia todo. Limpiar, cuidar y seducir: la existencia de las mujeres durante siglos.

Otros tiempos, otras ideas y una escala de valores con perspectiva masculina. Hoy día, seguramente también entonces (muy poco antes de que Betty Friedan publicase La mística de la feminidad), podría resultar chocante esta reivindicación de la esencia femenina en relación a las tareas tradicionales, serviles y rutinarias de la mujer en el hogar. Una canción que tal vez solo pretende ser divertida y sexi pero que nos hace recordar a nuestras abuelas, bisabuelas y tatarabuelas, su generosidad, su aguante y todo lo que les debemos. Pero no dejemos de reflexionar sobre la consideración que se merecen aunque no fueran investigadoras, juezas o programadoras. 

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