Arte y Letras Literatura

Tan intensa como el amor: la amistad asimétrica entre Naipaul y Theroux (de genios, Boswells y Salieris)

Naipaul y Theroux
Paul Theroux, 1993. Fotografía: Christopher Pillitz / Getty

Las amistades literarias no son inusuales. Borges y Bioy Casares, Henry James y Edith Wharton, Melville y Hawthorne, Capote y Harper Lee, Kerouac, Ginsberg y todos los beatniks, el trinomio Carver, Richard Ford y Tobias Wolff.

Están también las relaciones que se rompieron en mil pedazos, que no aguantaron las veleidades del ambiente literario, los altibajos de la vida o, lo que es más frecuente, el éxito ajeno. Mark Twain y Bret Harte, Hemingway y Francis Scott Fitzgerald, Nabokov y Edmund Wilson, García Márquez y Vargas Llosa. 

Acaso la ruptura más célebre de las últimas décadas haya sido la de Paul Theroux y V. S. Naipaul, ventilada por Theroux en La sombra de Naipaul, un extenso y despechado libro.

Esa amistad —por llamarla de alguna manera— que se destrozó por un puñado de libros de segunda mano autografiados.

***

Se conocieron en Kampala, Uganda, en 1966. Paul Theroux daba clases en una universidad. Vidia Naipaul ya era un escritor de cierto renombre y tenía detrás varias obras importantes. En uno de los primeros encuentros, Naipaul mostró las cartas. Paul le quiso pasar unos poemas suyos. Vidia lo miró e hizo silencio durante unos segundos. Mientras el otro extendía las hojas hacia él, lo detuvo con un gesto, le dio una última oportunidad: 

—¿Seguro que quiere que los lea? Le voy a dar mi opinión sin tapujos. Mire que soy muy cruel.

***

En esos meses que compartieron en África la relación fue estrecha. Por un lado, la admiración de Theroux, su avidez por aprender, el deslumbramiento ante un escritor de verdad, la necesidad de absorber cada lección para él también convertirse en uno. Por el otro, la curiosidad de Naipaul ante lo nuevo, lo desconocido, la desesperación por entender, por mirar, por saber: la sed del escritor, del que reconoce material para su trabajo en el mundo que lo rodea. Y, por supuesto, la necesidad de tener asistencia y compañía en un lugar inhóspito, desconocido y hasta hostil. Necesitaba un guía, un baqueano, un intérprete, un ayudante, un lacayo ilustrado. 

En su caso había más pragmatismo que afecto. 

***

Paul, además de cumplir todas esas funciones para Vidia, se sentía su alumno. La diferencia de edad no era tanta, aunque Naipaul pareciera mayor. Se llevaban nueve años. De todas maneras, los roles estaban claros. Theroux aportaba sus ganas por saber, la sumisión, la docilidad del discípulo.  

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3 comentarios

  1. Estoy en tratamiento para superar el rechazo que me produce la lectura de libros de autores impresentables por su ideología o por su narcisismo como en este caso. Podría algún comentarista aconsejarme un libro de este nobel que por su interés y calidad me sirva de medicina?
    Gracias.

  2. hola, «Miguel Street» es un libro tan ameno y simpático que es difícil imaginar que su autor sea el cretino narcisista al que se le pega una lapa masoquista durante décadas según cuentan aquí.
    «Entre creyentes» también ayuda a obtener una perspectiva sobre los países islámicos antes de que los azuzaran los tóxicos terroristas que conocemos hoy. Precisamente ese «antes del desastre» vale la pena. «Una casa para Ms. Biswas» es la que le dio a conocer, si no me equivoco.
    Pero por llevarle la contraria a Naipaul sobre africanos, te recomiendo, entre otros, «Esperando el voto de las fieras», de Ahmadou Kourouma, francófono de Costa de Marfil, que se hizo famoso por «Alá no está obligado».

    • Coincido en que Miguel Street es una verdadera joya, el primero que leí de este autor y el que más me ha gustado. O casi podría decir que el único… el resto apenas si recuerdo de qué iban.

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