
Javier Rebollo (Madrid, 1969) ha estado doce años sin estrenar un largometraje, pero no ha parado de hacer, pensar y respirar cine. Hace cine cuando filma cortos, y hace cine cuando da clases, ya sea en la ECAM madrileña o en San Antonio de los Baños, en Cuba. Pero también hace cine cuando conversa (y es un gran conversador). Por eso, cuando habla de su cuarto largometraje, En la alcoba del sultán (2024), se cuelan en todo momento reflexiones teóricas disfrazadas de referencias lúdicas. O quizá sea al revés. Pero es lógico hablar sobre cine en términos casi filosóficos ante una película que retrata un episodio real de la historia del séptimo arte. En la alcoba del sultán fabula la vida real de un operador de cámara de los hermanos Lumière: uno de esos pioneros que llevaron el cinematógrafo por todos los rincones del mundo, cuando el cine acababa de nacer pero estaba aún por inventar. Gabriel Veyre fue convocado por el sultán de Marruecos para que le mostrase los milagros del nuevo artilugio, y Rebollo, más de un siglo después, se lanzó al desierto a filmar aquella historia (u otra muy parecida). Solo que, cosas del destino, en lugar de los suntuosos palacios marroquíes acabó rodando en los decorados tunecinos de La guerra de las galaxias, con Veyre interpretado por Félix Moati, y su amada Jeanne Girel por Pilar López de Ayala.
En Mapa (León Siminiani, 2012), hay un momento en el que los protagonistas se van juntos a, según sus palabras, «jugar a las películas». Salen a la calle a filmar, a filmarse, y a ver qué va surgiendo ante la cámara. Es una frase que me venía a la cabeza viendo En la alcoba del Sultán, porque parece que en todo momento estáis jugando a hacer cine. Es una actitud lúdica: director, equipo y actores estáis probando cosas, experimentando, mostrando además claramente que todo es una escenificación, y no algún tipo de ventana a la realidad de la historia. En varias escenas se menciona en voz alta esta idea, se habla del «juego serio del cine»…
Esa frase es de Pepe Sacristán. Porque el cine es un juego, pero serio. Y también es que, ¿cómo se dice interpretar en inglés? Play. Y en francés es jouer. Pero en español es in-ter-pre-tar. Demasiado serio, ¿no? Para mí, en todo lo que hago tiene que haber algo de juego, algo de recuperar la infancia. «El genio es la infancia recuperada cada instante», que decía Unamuno, que era tan serio. Orson Welles decía que el cine es el tren eléctrico más grande de nuestra infancia, jugando de adultos. Mi hermano [Miguel Ángel Rebollo], con el que he jugado tanto de niño, y que ahora es director de arte, cuando hacemos películas, me dice: «seguimos jugando». Yo intento, en todo lo que hago, ponerme en el lugar del niño que fui. Los adultos son demasiado serios, llevan corbata. Fernando Trueba dice que todos los grandes cineastas han sido amateurs, que es una palabra que viene de amor. Orson Welles, Flaherty, Rossellini, Renoir… han sido amateurs. En cambio, profesionales, los chaperos y las putas. Yo me considero un amateur, como tú: un entusiasta que no disimula su entusiasmo. Como los niños. Es muy importante convocar la infancia en cada instante. Pero además es que estos pioneros del cine como Gabriel Veyre hacían todo por primera vez. Tenían esa inocencia, esa pureza que les iguala a los niños. Los hermanos Lumière no eran gente aburrida y burguesa, como parece viendo sus fotos. Les encantaban las fiestas, las mesas largas. Y las canciones, la petanca y los juegos de magia. Para ellos el juego era muy importante. Y los personajes de mi película se comportan como niños.
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