
Primeros días de diciembre, año 1930. En el congreso de Tübingen, en Alemania, los científicos allí reunidos debaten apasionadamente sobre el misterio de la desintegración beta. Ciertos núcleos radioactivos emiten partículas beta (electrones), cuya energía es siempre inferior a la que se espera (es decir la diferencia de masas entre el núcleo padre y el núcleo hijo). Los resultados de numerosos experimentos confirman que, lejos de mostrar el valor constante que estipulan las leyes de la física, los electrones emitidos en la desintegración exhiben un continuo de energía, sin llegar nunca a la que deberían tener. Se diría que la energía no se conserva, lo cual, para los físicos es una blasfemia inaceptable.
Tanto es así, que un joven catedrático alemán, Wolfang Pauli (tiene apenas 30 años, pero ya es famoso por sus trabajos en mecánica cuántica) se atreve a proponer una «solución desesperada», en sus propias palabras. No lo hace en persona, sino a través de una carta que envía al congreso y lee un asistente. El encabezamiento de la carta es tan famoso en el gremio como su atrevida hipótesis: Liebe und Radioaktive Damen und Herren.
¿Qué es ese remedio desesperado? Pauli se atreva a postular la existencia de un fantasma. Puesto que las energías de los electrones muestran un amplio espectro que nunca llega al máximo en el que deberían concentrarse, el joven científico propone la existencia de una partícula adicional en la reacción que se lleva la energía que le falta al electrón. La hipótesis permite rescatar el principio de conservación de la energía, pero a cambio introduce una partícula neutral (sin carga eléctrica), que escapa toda detección (no se ve en los experimentos y por tanto no parece interaccionar con la materia ordinaria) y, finalmente, tampoco parece tener masa, ya que algunos electrones de la desintegración se miden con prácticamente toda la energía disponible, lo cual no deja espacio para la masa de ese «neutrón», que Pauli propone con arrojo y no sin apuro.
La idea causa enorme revuelo. Por una parte, se trata de una solución obvia y elegante. Por otra, inventa una partícula sin masa, ni carga, ni interacciones, que son, precisamente, las características que deberían definirla. Nadie se toma al «neutrón» en serio del todo, hasta el punto de que, cuando Chadwick descubre la partícula que hoy conocemos como tal en los rayos cósmicos, el pobre fantasma se ve despojado hasta de su nombre original, quedándose con el apelativo de “pequeño neutrón”, o neutrino, que le da el gran Enrico Fermi.
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Hola, no es Wolfang Pauli, es Wofgang Pauli y no era alemán sino austriaco
No. Es Wolfgang Pauli.