
Resulta difícil escribir sobre un autor que apenas ha sido publicado en España. Y en este caso el «apenas» es literal, pues se circunscribe a una sola novela, rodeada de cierto culto y que dio lugar a una famosa película. Pero la edición de Falling Angel (1978) que nos trajo la editorial Valdemar en 2009, con traducción de Eduardo Goligorsky, tampoco es un volumen muy presente en nuestro imaginario colectivo, tal vez porque no aprovecha el título con que se estrenó en este país la exitosa versión cinematográfica: El corazón del ángel (Angel Heart, 1987), magnífico filme de Alan Parker que ha sabido llegar a varias generaciones y resistir magnética el paso del tiempo, pese a la encarnizada repulsa con que la recibió la miope crítica nacional. Así que debo apelar a la paciencia de los lectores ante la falta de asideros reconocibles debido a la exigua bibliografía en castellano de la persona aquí retratada: tal vez, ojalá, encuentren en el recorrido de esta semblanza una recompensa placentera en sí misma, deseablemente incluso un aliciente que los mueva a perseguir las obras de William Hjortsberg con el entusiasmo con que a mí me llevó a perseguirlas la simple lectura de Falling Angel.
Solo puedo alegar que, desde mi punto de vista, el de un modesto especialista en rastrear narradores condenados a los márgenes o injustamente ignorados por el canon académico, merece mucho la pena seguirle la pista a Hjortsberg (el apellido, cierto es, no ayuda a popularizarle en nuestro país: tampoco en el suyo, donde sus conocidos se dirigían a él como «Gatz»). Quizá su mayor virtud, o una en la que me reconozco como amante de la cultura popular, es que «para él, todo era literatura: desde Krazy Kat y Little Nemo a Chandler y Fitzgerald, sabía ver la belleza en toda esa creación». Sirva este artículo como primera piedra en la empresa desinteresada de traer a España más obras surgidas de su considerable talento, una veta creativa casi siempre a medio camino entre la tiniebla y la chanza. O, como mínimo, para que se edite en lengua castellana la formidable secuela literaria de El corazón del ángel, continuación escrita casi cuatro décadas más tarde y que viera la luz en su idioma original en 2020, tres años después de la muerte de su autor.
Su vida a vuelapluma
William Hjortsberg nació en Nueva York el 23 de febrero de 1941. Su padre era un marino mercante sueco que podía presumir de bisabuelo célebre, el actor de teatro Lars Hjortsberg (1772-1843); y su madre una hija de granjeros en Suiza. Si la Wikipedia estadounidense proporciona escasa información sobre Gatz y sus progenitores, él mismo es un poquito más generoso en su propia web personal: Helge Hjortsberg e Ida Welti se conocieron en un baile y ninguno hablaba la lengua del otro. Se casaron en 1930 y pasaban todos los veranos en una casa en las montañas de Catskill, al sureste del estado. Allí, su hijo único aprendió a pescar trucha y a los ocho años recibió de regalo su primer rifle calibre .22. Confiesa que los momentos más felices de su infancia están ligados a ese lugar. Esa felicidad se rompería pronto, con el fallecimiento de su padre cuando Gatz solo contaba diez años.
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Ayer vi a una señora de peso meterse en el mar y pude oír en mi cabeza: ‘No sea idiota, amigo. Margaret Krusemark es Madame Zora!’.