Ciencias

Dojo Yaburi, o cómo se reparten las plazas en la universidad española

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Imagen promocional de Seppuku, 1962

Desde mis muy humildes fuerzas siempre he intentado predicar con el ejemplo y, entre otras acciones, denunciar públicamente lo que considero arbitrario, llevándolo ante los tribunales en aquellos casos donde la injusticia de la ley no es tan extrema que ampare la tropelía en cuestión. Así, me expulsaron de la Universidad de Murcia cuando era alumno por escribir artículos incendiarios contra el rector de la época —expulsión revocada judicialmente— y, en un ámbito tan generalizadamente conservador como el de mi Facultad, soy bastante rechazado por considerárseme un loco antisistema, apreciación que se ha incrementado con los años debido a los múltiples litigios judiciales que he mantenido contra ella, esencialmente por plazas que consideraba se habían otorgado a dedo y otras postergaciones padecidas. Aun así, logré ocupar la plaza que actualmente disfruto y, si otro pleito que tengo entre manos sale bien, acabaré siendo profesor permanente laboral de la institución, y con ello trabajador fijo.

Pero aparte de mis batallas en la Universidad de Murcia, hace años decidí convertirme en guerrero errante de los que practican el Dojo Yaburi, y así presentarme en las puertas de múltiples universidades españolas desafiando a los departamentos que habían decidido otorgar una plaza de profesorado pagada por todos los ciudadanos al primo, hermano, cuñado, amante, lacayo… del catedrático de turno mediante un concurso amañado. Así gané una plaza de profesor ayudante doctor en Derecho Constitucional en la Universidad de Salamanca, pero no pude ocuparla porque, al ser un contrato temporal, su duración máxima estaba a dos meses de expirar cuando logré mi sentencia firme en el TSJ.

Fue en esta tesitura cuando decidí llamar a la puerta de la Universidad Autónoma de Madrid y desafiar al área de Filosofía del Derecho. Habían convocado una plaza de profesor permanente laboral y, cómo no, se presentaba el candidato que llevaba más de una década vinculado al área. Lo normal en estas plazas es que no concurra nadie más, pues los baremos —por llamarlos así— suelen ser tan dúctiles y etéreos que la comisión de selección goza de una libertad prácticamente absoluta para otorgarla a dedo. Pero a mí me encantan las causas perdidas y nunca me pierdo una.

Como era previsible, solo concurrimos a la convocatoria el candidato de la casa y yo. Si no fuese perro viejo, este hecho me habría ilusionado profundamente. Porque, si comparamos sus publicaciones y citas https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=4635247 con las mías https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=2963612, la diferencia parece clara. Pero yo sabía desde el primer momento que la plaza iba a ser suya, porque endogamia universitaria y plazas con nombre y apellidos son eternos y sinónimos. Por eso empecé a investigar a los miembros de la comisión de selección, descubriendo que el secretario era su director de tesis, aparte de haber compartido un proyecto de investigación con él, y que otros tres miembros de la comisión, provenientes de universidades distintas de la UAM, curiosamente también habían compartido ese proyecto. Por eso les recusé.

Hoy la UAM me ha notificado que acepta la recusación del secretario pero no la de los otros tres, aduciendo para ello que, aunque compartieron proyecto con el candidato, fue en 2019 y ya ha pasado mucho tiempo de aquello, aparte de que estaban en subproyectos distintos del proyecto. Y eso que la normativa aplicable no habla de límites temporales ni de que la ubicación en diferentes subproyectos afecte a la causa de recusación que, como digo, se identifica con haber compartido un proyecto con el candidato. Ello aparte de lo escandalosa que resulta la «coincidencia» de que los tres recusados, cada uno de una universidad distinta, casualmente converjan en la comisión de la plaza de su compañero. Cuando me toque ir a juicio impugnando las puntuaciones volveré a alegarlo.

Digo esto porque estoy absolutamente convencido de que los restantes miembros de la comisión de selección le darán la plaza a él, pese a que su director de tesis haya sido apartado. Para ello cuentan con dos poderosas armas. La primera es que el reglamento de concursos de la UAM les habilita para, si así lo acuerdan, no valorar los méritos de los candidatos anteriores a la fecha que libremente decidan. Pueden no aplicar esa restricción o aplicarla, según les convenga. Y si la aplican, pueden decidir que no se valoren los méritos anteriores a 2024, o 2025, o 2023… dependiendo de cuál sea el año en que comenzó la incipiente carrera investigadora de su candidato. Así pueden, de un plumazo, borrar lustros de publicaciones científicas de sus rivales. Obviamente, si su candidato tiene una dilatada carrera investigadora, no aplicarán la restricción. Pero no es el caso.

Otra arma de inmenso poder es que en la UAM no hay baremo. Habéis leído bien. El baremo lo elabora la comisión de selección una vez conoce las identidades de los candidatos. Solo tiene el deber de otorgar «hasta 40 puntos» por méritos docentes, «hasta 40 puntos» por méritos de investigación, y los 20 restantes por otros méritos y por el resultado de la entrevista que cada candidato debe mantener con la comisión de selección para defender su currículum. Así, si el candidato amigo tiene 2 publicaciones científicas y 3 proyectos de investigación, y su rival tiene más de 40 publicaciones pero ningún proyecto, pueden otorgar 30 de los 40 puntos a los proyectos y los 10 restantes a las publicaciones. Es decir, pueden sobrepuntuar e infrapuntuar del modo más irracional y abusivo las distintas categorías de méritos en atención de los currículums de los candidatos en liza.

Con estos mimbres, solo me queda participar en el teatro del proceso selectivo e impugnar el resultado. Ya tengo impugnadas judicialmente las bases por estas y otras irregularidades, porque como digo soy experto en estas farsas y conozco de antemano el resultado. Espero que la sentencia tumbe el baremo —o más bien la inexistencia de baremo— y ello anime a la gente foránea a participar en unos concursos donde, como digo, prácticamente solo participan los candidatos vinculados a la UAM, porque con las cartas trucadas es imposible ganar.

Parece inverosímil que, en pleno siglo XXI, haya que seguir peleando para conseguir garantías tan elementales como una comisión de selección sin vínculos con los candidatos y, sobre todo, un baremo objetivo y riguroso, que puntúe cada categoría de méritos razonablemente y sea preexistente al momento en que la comisión de selección conoce la identidad de los candidatos. Yo me siento orgulloso de cruzar la puerta de este nuevo dojo, teniendo en mi conciencia a todos los ciudadanos que, no llegando a fin de mes, pagan con lo que les falta un sistema universitario que, principalmente por eso, no puede ser el coto endogámico, la suma de reinos de taifas, el enmohecido mosaico feudal, que hoy pudre en gran medida una institución tan insustituible para el crecimiento intelectual, cultural y moral de nuestra sociedad.

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