Sociedad

Catorce apuntes contra la domesticación

Mark Twain con uno de sus gatos. (DP) domesticación
Mark Twain con uno de sus gatos. (DP)

I

Hubo una época en la que los bares llevaban un cartel con el símbolo de un perro tachado. Era una época diferente, en la que ingresar en un establecimiento gastronómico con una mascota era de mala educación. Ese momento histórico no era mejor que este. No hay que ser nostálgicos. Pero tampoco se puede decir que era peor, no hay que ser negadores. Lo que sí se puede establecer es que algo pasó entre una sociedad que invitaba a dejar a tu mascota en la casa y una que te invita a que la lleves al bar. Se puede dejar claro que, en el caso particular de España, la entrada general de mascotas en comercios y locales comenzó a flexibilizarse a nivel nacional el 29 de septiembre de 2023, con la entrada en vigor de la Ley de Bienestar Animal (Ley 7/2023).

II

Aunque no tengan la última palabra, casi siempre los números tienen algo que decir, porque, aunque no haya una estadística fidedigna, al cierre de 2024 se contabilizaron 1600696 gatos y 9300337 perros en todo el reino. Una cifra que da una suma de más de diez millones de mascotas. Esta cifra fue construida por trabajadores del diario El País, que se dedicaron a llamar a todos los consejos de colegios veterinarios para reconstruir del modo más preciso posible el número, que no es del todo cierto porque hay una variable que poco se tiene en cuenta, y es que la gran mayoría de las personas no notifica la defunción de su mascota y eso altera las cifras. Es llamativo que, aunque se adopten varias conductas y tendencias del nuevo enfoque animalista, lo más primitivo, es decir, el no registro de la muerte de las mascotas, no se discuta. Y sí se discuta poner un día de duelo en las empresas o que haya empresas que ya lo hacen por su cuenta. La gente no registra la defunción animal como sí lo hace con las personas. Puede aparentar hacerlo, realizar un posteo en Instagram, ir hacia el dolor políticamente correcto, pero frente a la muerte, al final, no todo es igual.

III

El crecimiento de la cantidad de mascotas en la población europea en su conjunto y en la española en particular da tendencia de crecimiento exponencial con otras cifras comparativas. El lugar común viene a decir que hay cada vez más collares y menos cunas. Es decir, más mascotas, menos hijos e hijas. El Instituto Nacional de Estadística cuenta con un registro de 8025186 menores de edad en el último año. Al día de hoy, si se realiza una tabla brutal, hay más mascotas que menores de edad. Pero eso puede transformarse en una posición maniquea, porque el inconveniente no está ahí. Existen muchas familias numerosas con mascotas. El problema, si es que lo hay, y no es solo una invención de este texto, es que los animales, mediante la operación pet friendly, han perdido casi todo su componente de animalidad.

IV

Según un artículo de la revista Forbes, basado en un estudio de mercado de la EAE Business School, el sector de las mascotas facturó 5770 millones de euros en 2023, con un crecimiento anual del 8,3 %, generando 75000 empleos directos a través de más de 12300 empresas. Ese mismo informe apunta a cambios sociales profundos que dicen que el 45 % de los encuestados de la Gen Z y el 40 % de los encuestados millennials afirman que su mascota es «lo más importante» en sus vidas. En este mismo sentido, tener una mascota sigue siendo muy barato: el gasto medio ronda entre 500 y 1000 euros anuales, diversificándose según la especie, el tamaño y el «grado de humanización» del consumo.

V

Para que lo pet friendly emerja, lo pet friendly tiene que tener lugar. Y ese lugar era el lugar de lo animal. Y el costo de este cambio de posición está relacionado con la vida misma. Antropomorfia. El afán del sujeto occidental de domesticar hasta el último rasgo de la realidad también está relacionado con encubrir un deseo de posesión extremo donde la clave de lectura está relacionada con el control. Estas lógicas agigantan el valor del negocio. Todo lo cuantificable es capitalizable. Los animales terminaron volviéndose objetos de consumo y producción, prosumidores, atravesados también por los estándares publicitarios y transformándose en otro quiste epocal. El sujeto posmoderno es obsesivo a niveles tiranos. Ya no solo busca tener su día a día bajo control, transformándolo todo en cifras y Excel, entendiendo todo lo externo a su consciencia como peligro. A la par de lo pet friendly, el mindfulness y los diagnósticos prefabricados arman una capa rugosa y difícil de dilucidar. Destituir lo animal de las mascotas es también negar lo animal en lo humano. Así, aparecen, por ejemplo, a la par de los caniches con ropita para el invierno o los gatitos con mamadera, los ataques de pánico o las personas tóxicas. El ataque, es decir, algo que viene de afuera, es lo que perturba la tranquilidad, el eje cartesiano que lleva al sujeto por la senda del bien. El otro, es decir, alguien que no soy yo, es quien intoxica el estado ideal, es el que desarma la fantasía higiénica. El mal, lo incontrolable, lo animal, siempre está por fuera. Es la gente, no soy yo, la que viene a atacar, la que intoxica como un agente externo.

VI

Se pueden situar las estadísticas y las leyes como hitos que conversan con este paradigma. Pero lo pet friendly huele a astroturfing (algo que parece espontáneo, que emerge de la sociedad, pero en realidad es un gran negocio para determinados intereses específicos, es decir, personas que se benefician con este clima). De algún modo, la concepción urbana de pensar las ciudades para los animales domésticos o de compañía (que ya dejan de ser mascotas) está relacionada con un tipo de ciudades específicas. Un proyecto de economía de servicios, sobre todo turística, donde lo importante es el buen rollo para que los «seres sintientes» se sientan parte de la humanidad. Es imposible estar en contra de estas tendencias: ¿quién no quiere pasarla bien?, ¿quién no quiere que un animal no sufra?, ¿quién no tiene ganas de beber su batido proteico después del gimnasio e irse a dormir una siesta con su fiel amigo de cuatro patas? Pero la gran mayoría de los sitios que tienen logos pet friendly, bebederos para perros sedientos, espacios para que estos se recuesten, ya no piensan en tener lugares seguros de lactancia para las mujeres o cambiadores para recién nacidos. Si en el siglo fordista las mascotas pasaron de la calle a ser parte de las casas y los entornos privados por cuestiones de seguridad, en el siglo posfordista las mascotas pasaron a ser parte de la unidad familiar y, de algún modo, a disputar un sentido intenso con la reproducción humana.

VII

Estar contra lo pet friendly te transforma en alguien horroroso: conservador y anticuado, ¿cómo vas a estar en contra de que un perro entre en un bar?, ¿por qué vas a sospechar de esa carita tierna?, ¿de ese animalillo que mueve la cola y sonríe?, ¿cómo puedes vivir la vida tan amargado? La violencia positiva de esta época funciona así. Aísla. Y, aunque ames a los animales por su condición de animales, es probable que te tilden de facha por querer que los perros estén en las plazas o en sus casas, que no hace falta llevarlos al bar, que tampoco hay necesidad alguna de llevarlos al trabajo o meterlos en el tren, el metro, el tranvía o el bus si no es para una visita con el veterinario o alguna emergencia. Sobre estas tendencias pueden rastrearse algunos de los intereses de la cultura pet friendly, también de dónde provienen y cómo quieren cambiar la forma de pensar de ciertas culturas y sociedades. Globalizar la tendencia animalista es ir contra las tradiciones de ciertos países y regiones. Un impuesto emocional para ingresar o no en la senda del bien liberal. Porque también, a la par de las correas para animales, en el último tiempo, hay correas para infancias, es decir, todo lo que se mueve, lo que se escapa, es un indicio de sospecha.

VIII

¿A cuántos les resuena la sustitución y el eslogan animalista que plantea que mejor que estar con otro ser humano es estar con una mascota porque las mascotas nunca te traicionan? El animal que no traiciona es el animal que ha dejado de serlo. Ergo, el animal que pasó a ser la extensión de la vida de una persona. Este texto no está contra los animales. Los animales son hermosos, preciosos en su condición de libertad. Este texto va contra la domesticación obsesiva, contra la necesidad de transformar a los animales y a la relación con ellos en una identidad, en detrimento de las relaciones personales. Sobre todo, porque las tensiones entre personas y personas están a la orden del día, y profundizar ahí es proponer un mundo desolador. Es sospechoso que las tendencias animalistas aparezcan de forma inocente y no resuene la idea de que sean un proyecto de algo más grande, chivos expiatorios del individualismo no future de estos tiempos. La demagogia es una invención que va más allá de la historia, y los animales como símbolos pueden ser utilizados para fines crueles o cobardes. Es ahí donde la domesticación ingresa en una concepción más amplia.

IX

La domesticación que este texto cree que achica al mundo es esa que se basa en gastar un dineral en tu mascota todos los meses, pero que luego digas que no puedes ir a la comida con los colegas del curro porque no tienes treinta pavos para salir. También la que se basa en subir fotos de tu mascota a Instagram y poner que es tu única compañía fiel, a pesar de tener una pareja con la que vives hace años. O tener un perro que ladra, es inquieto y la pasa mal en público, pero igualmente necesitas llevarlo al café del barrio a que interrumpa la tranquilidad y el servicio de un local porque es una forma guay de mostrarte en público. Y la que ya es el colmo es la idea de domesticación que hace a las personas llevar a su perro de gran tamaño a dar una vuelta en la plaza en el horario de recreación, sin bozal y sin correa, espantando y dándoles temor a las personas que se acercan a tener un rato de dispersión después de horas de trabajo y obligaciones. Mayormente los ejemplos son de perros, sin ninguna cizaña contra ellos, porque tal vez sean los animales más sumisos y dependientes. En este sentido, los gatos todavía conservan un cierto valor, una resistencia a la captura total del sistema. Los felinos resisten porque hay algo en ellos que es imposible de atrapar, ¿será porque son animales que tienen una dieta carnívora por naturaleza?

X

Lo animal podría traducirse como lo siniestro, lo ominoso, lo incontrolable, das Unheimliche sería en el alemán freudiano, o l’inquiétante étrangeté sería en el francés lacaniano. Lo pet friendly está relacionado con una forma de ver el mundo que va contra lo siniestro que compone a todo ser, toda dualidad. Pero lo cierto es que un perro nunca es un amigo. Un perro es un perro. Ingresará en el lenguaje, te acompañará en momentos de la vida, habrá de raza, mestizos, mil leches, alterados genéticamente. Pero sostener la fantasía de que una mascota es una amistad o que una mascota es una hija habla de la intolerancia de esta época. En esa domesticación ingresa el peligro de creer que un animal puede ser un ser humano. Y que un humano sea un animal. La diferencia abismal está en el lenguaje. Un animal no tiene inconsciente. Tarde o temprano, obedece, y obedece para siempre. Por eso los mecanismos pavlovianos funcionan en los perros, pero no en las personas. Tal vez el conflicto no sean los animales, sino la forma en que la humanidad los objetiva. La domesticación ha cambiado y, dentro de la escala de valores animales, los perros y los gatos se han infantilizado, al mismo tiempo, también las infancias han sido sobrecargadas en este auge de sobreprotección. Tendencias singulares que, sumadas, dan constantes globales, construyen nuevas relaciones: ni mejores ni peores, distintas y escalofriantes.

XI

Si viajar ya no te vuelve mejor persona —analizando los cambios epocales y las tendencias siniestras del turismo de masas—, hoy en día tener una mascota tampoco. La clave del debate moral está relacionada con la relación de distintas culturas con los animales. Ya en el último tiempo, una serie de tendencias anglosajonas ha logrado bastante repercusión en el debate público del valor de los animales para la sociedad actual. En el libro Zoópolis, una revolución animalista, editado por Errata Naturae, se puede rastrear de dónde nacen las intenciones e intervenciones de este tipo de prácticas que buscan, de algún modo, disciplinar, mediante la recategorización de las relaciones de las personas con los animales, algunos territorios específicos. La crueldad humana está, estuvo y estará, siempre, a la orden del día. Y grandes cambios, límites, se vieron reflejados gracias a las luchas de los movimientos animalistas. Eso no se discute. El mundo era mucho más salvaje en el siglo veinte, también en el siglo diecinueve. Los investigadores canadienses Sue Donaldson y Will Kymlicka así lo relatan en ese libro que deja ciertas puntas abiertas y, de algún modo, historiza y pone como eje, por ejemplo, la lucha de la Society for the Prevention of Cruelty to Animals, nacida en Inglaterra en 1824, contra la utilización de caballos para la tracción a sangre. Esta lucha invita a una pregunta: ¿cuántas colonias tenía Gran Bretaña en 1824? Se podría decir que la Corona o el territorio administrado por la Compañía de las Indias Orientales hasta 1824 tenía aproximadamente entre cuarenta y cincuenta países o proyectos de países bajo su dominio. Entonces, ¿por qué los caballos eran tan importantes en ese territorio, y no, por ejemplo, la libertad de todos esos pueblos subyugados? En otro capítulo del mismo libro hay un apartado de casos de tipificación que en sus lógicas comparativas muestra la hilacha: plantea que un gato tiene que tener los derechos de un ciudadano pleno por su acercamiento y aceptación social, pero un zorro silvestre tiene que tener los derechos de un inmigrante, por todo lo contrario. Ese estilo de nomenclatura, que busca analizar las latitudes en beneficio de una óptica, solo tiene un destino, aunque no sea su propósito: la colonización territorial, mental y emocional de poblaciones con otros valores que los establecidos del posimperialismo utilitarista.

XII

Gran Bretaña, Estados Unidos, Canadá y la UE, el enfoque protestante del espíritu del capitalismo, el Acuerdo de París, la Agenda 2030 para el desarrollo sostenible, la trama oculta que une a las ONG animalistas con la domesticación animal y el disciplinamiento de los pueblos, sigue en pie, sobre todo en marcha. Hay que recordar que en China hay lugares donde los perros se comen, sí, pero que Occidente está en un proceso de obsolescencia programada vía los medios pacíficos de tolerancia y buenos modales, también. Todo proyecto civilizatorio que se base en saquear otros países no puede garantizar un trato digno hacia ningún animal. Aunque le pongan pañales a un perro, sigue siendo un perro. Y aunque Inglaterra sea un país hermoso, sigue siendo Inglaterra, la que invadía otros países por el principio de la Corona, y aunque Francia sea impactante, sigue siendo Francia, la que invadía por el principio de la razón iluminista, y aunque Estados Unidos sea monstruoso, sigue siendo Estados Unidos, un país que invade por la conjunción de ambos delirios (su Dios y su razón). Pero en los subtes de Nueva York, por ejemplo, se puede ver el fondo de la olla: publicidades empapelan los túneles con imágenes de las nuevas familias que les propone este tardío capitalismo de guetos unicelulares: un ser humano, una laptop, un apartamento de una habitación y un rincón para una mascota.

XIII

El conflicto sucede cuando se utilizan los lentes de unas sociedades para leer a otras, se podría simplificar y nombrar este esquema de pensamiento que ve con malos ojos la explotación de animales o recursos naturales en países en vías de desarrollo, pero que no hace una revisión histórica sobre cómo estos impedimentos europeizantes condenan a los países sin recursos a no poder comenzar un proceso de fortalecimiento a nivel interno y global. La domesticación y el fenómeno pet friendly son imposibles de pensar en países sin recursos económicos. En Animales de compañía, por ejemplo, libro de ficción de la argentina Sonia Budassi, los cuentos dan a conocer cuál es el valor que determinadas sociedades le dan a cada tipo de animal. Del mismo modo que las campañas de Greenpeace les dan valor a tipos específicos de animales, como cuando ponen en sus folletos ballenas australes, o buscan generar identificación con algún tipo de animal salvaje, apto desde el punto de vista estético para generar conmoción humana. Es preocupante que las elecciones morales se universalicen. No es lo mismo hablar de tauromaquia en España que en la India. No es lo mismo una ballena para un argentino que para un británico. Todo animal está atravesado por la cultura, por una región específica, por sus tradiciones y herencias simbólicas. Las lógicas higiénicas de la razón utilitaria no tienen en cuenta este tipo de diferencias que rigen a las sociedades y eso intensifica la domesticación.

XIV

La crueldad es intrínseca a la humanidad. Eso no quiere decir que esté bien, que sea valorable o festejable. No. Pero hay destellos de lucidez en el mundo occidental que dan espacio en la literatura para entablar relaciones no utilitarias, no maníacas y menos obsesivas con los animales. La escena de Perros de caza, la novela del escritor valenciano Borja Navarro, que no trata de perros sino de personas y pueblos abandonados a la suerte de Dios (que muchas veces es poca), tiene una escena preciosa donde el personaje principal, que está roto, va a adoptar un perro a una perrera, y en ese momento elige adoptar al perro roto, que ya no sirve para cazar, que ya no sirve para nada. Al descartado. Las tendencias que buscan emparentar a los animales con los seres humanos lo hacen desde las lógicas de la productividad, y eso solo deja mal parados a los seres humanos y a los animales. Otro ejemplo bellísimo es la película Black Dog, ambientada en un pueblo cercano a Beijing en el año 2008, donde el Estado chino planifica una matanza masiva de perros salvajes (como si no lo fueran siempre), y un hombre solitario que vuelve de la cárcel y tiene una relación compleja con su padre alcohólico se termina espejando con uno de esos perros, al cual quiere proteger y al mismo tiempo salvar del crimen en masa perpetrado por verdugos contratados en busca de cabezas de animales. En esta relación se ve cómo lo animal, en el amplio espectro de la palabra, es decir, lo que no se puede controlar, es lo que perturba al Estado. La urgencia de mostrar a China como potencia. Para no dejar tan mal parado a Occidente, aunque los Juegos Olímpicos sean de su invención, este texto apunta a que no hay por qué ir contra lo animal, sino que hay que aprender a habitarlo, a hacerse cargo de esa condición que compone y define. Como en El oso, de Marian Engel, una novela incómoda que no ofrece una explicación psicológica realista del tipo «La protagonista se enamora de un oso por estas razones concretas», sino que describe una situación límite como una alegoría literaria, donde el oso funciona más como símbolo de fuerza instintiva y una forma de relación no mediada por las convenciones sociales. Tal vez la cura a lo pet friendly, a la domesticación, al imperialismo emocional, esté en la literatura, ese resto que contempla a los animales desde su belleza, ese lugar donde las correas son sinónimo de mal gusto.

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*