
Nos gusta pensar que dentro de la cabeza hay alguien al mando, un funcionario serio de la conciencia, quizá un capitán con ojeras, pero todavía digno, que revisa mapas, calcula riesgos y decide, con admirable sobriedad cartesiana, si hoy conviene pedir una ensalada, abandonar un matrimonio, votar a un imbécil o mirar durante cuarenta y cinco minutos vídeos de gatitos que se asustan con pepinos. La idea resulta tranquilizadora, que para eso la inventamos. Una no sobrevive demasiado bien a la sospecha de que su libre albedrío pueda parecerse menos a un palacio ilustrado que a una pensión barata donde duermen, mezclados y con mal aliento, la dopamina, el hambre, el miedo, la costumbre, la flora intestinal, la infancia y un montón de impulsos que ni siquiera han tenido la delicadeza de presentarse. Pero resulta que existen parásitos capaces de alterar la conducta de sus huéspedes para reproducirse, y lo inquietante no es solo que lo consigan, sino que nos obligan a preguntarnos cuánto controlamos nosotros nuestras propias decisiones. Aparece una hormiga que abandona la colonia, trepa por una planta, se agarra con las mandíbulas a una hoja y muere allí, obedeciendo a un hongo que necesitaba exactamente ese gesto final para esparcir sus esporas. Y entonces el pequeño capitán racional, tan tieso él, carraspea un poco.
Conviene empezar por la hormiga porque su destino tiene algo de teatro isabelino montado en una maceta, con su criatura pequeña, laboriosa y perfectamente vulgar avanzando hacia la muerte bajo una orden que no le pertenece. Las especies del complejo Ophiocordyceps unilateralis infectan hormigas, se extienden por su organismo, alteran sus ritmos y su conducta y acaban empujándolas a abandonar el circuito sensato de la colonia para buscar una altura y una orientación que favorezcan al hongo. La escena final la conocemos: la hormiga muerde una hoja o una vena vegetal, queda fijada allí como quien parece cumplir una promesa, muere, y del cadáver brota después la estructura reproductiva del hongo, que lanzará esporas sobre el suelo donde otras hormigas seguirán trabajando como si la tragedia fuera solo una parte de la vida. Durante mucho tiempo se contó esto como una especie de secuestro cerebral directo, un piloto invasor sentado en la cabina del insecto, pero la ciencia reciente tiende a preferir una imagen más inquietante y menos limpia. El hongo puede actuar mediante metabolitos, señales químicas, alteraciones musculares y cambios de ritmo, quizá sin necesitar instalarse como un demonio diminuto en el centro exacto de la voluntad. La posesión, al final, resulta más sofisticada cuando ni siquiera necesita ocupar el trono. Una espera que la naturaleza, cuando decide ponerse monstruosa, haga ruido, enseñe colmillos, salpique paredes, contrate a un compositor del romanticismo alemán. Sin embargo, muchas de sus mayores obscenidades funcionan con una contabilidad impecable. El parásito no odia a la hormiga, ni la castiga, ni la corrompe como un villano de folletín. El hongo solo ha encontrado una manera muy buena de estar mañana donde hoy todavía no está. A la selección natural, que es una señora sin conversación pero con una paciencia admirable, le basta con eso. Si una mutación permite que el huésped muera en un lugar más conveniente esa mutación tendrá más papeletas para continuar. Si otra consigue que el insecto infectado abandone a tiempo el hormiguero, trepe a la altura justa y apriete las mandíbulas con fe terminal, pues enhorabuena, tenemos argumento, tenemos iconografía y tenemos un recordatorio desagradable de que la eficacia no necesita parecer inteligente para resultar devastadora.
Las avispas parasitoides añaden a este museo de pequeñas indignidades una variante más precisa. La avispa esmeralda, Ampulex compressa, ataca a cucarachas con una economía de medios que debería avergonzar a varias escuelas de guion. Primero las incapacita, después introduce veneno en zonas concretas del sistema nervioso, entre ellas circuitos relacionados con la iniciación del movimiento, y logra una cosa más rara que la parálisis, porque la cucaracha no queda convertida en un mueble sino en un animal disponible. Puede caminar, pero ya no parece tener ganas propias de hacerlo. La avispa la conduce por una antena, como quien lleva a un perro grotesco con correa, la encierra en una madriguera, deposita un huevo y deja allí a su futura despensa infantil, viva y razonablemente fresca, que es una expresión muy útil en carnicería y bastante menos agradable en maternidad. La larva comerá luego con ganas. Tampoco aquí conviene recurrir al vocabulario teatral del mal. La avispa no es una sádica con alas metálicas. Es, si acaso, una ingeniera minuciosa del aprovechamiento ajeno, una notaria con aguijón de esa verdad evolutiva que tanto incomoda a los mamíferos con biblioteca, según la cual la vida no avanza hacia la bondad ni hacia la belleza, aunque a veces las use de paso, igual que un asesino puede tener buena letra.
Luego están los gusanos nematomorfos, llamados gusanos crin de caballo, que crecen dentro de grillos y saltamontes hasta necesitar regresar al agua para reproducirse. El huésped terrestre, que en condiciones normales no tendría ningún interés razonable en lanzarse a una charca como un poeta rechazado, acaba aproximándose al agua y cayendo en ella, momento en que el gusano sale de su cuerpo con una longitud indecente para el tamaño de la víctima. Los estudios han matizado el viejo relato del suicidio inducido, que sonaba estupendamente para un documental, y apuntan a una manipulación más sutil de la orientación, la respuesta a la luz y la conducta de búsqueda. Importa el matiz porque la biología suele ser más interesante cuando no la disfrazamos de cuento moral. El grillo no se suicida, porque el suicidio exige una arquitectura mental que aquí no toca. El grillo hace algo que aumenta las probabilidades reproductivas de otro. Ya es bastante.
Con los caracoles infectados por Leucochloridium conviene caminar todavía con más cuidado, aunque cueste, porque pocas imágenes piden tan a gritos una metáfora como esos tentáculos oculares ocupados por sacos palpitantes, verdes y rayados, que se agitan como gusanos de gominola en una pesadilla infantil. El parásito necesita llegar a un ave, y el caracol, convertido en escaparate ambulante, ofrece una tentación cromática que puede atraer picotazos. Se ha repetido muchas veces que además manipula la conducta del caracol para exponerlo más a la luz y a los depredadores, pero ahí la literatura científica pide prudencia, esa aguafiestas necesaria que entra en la habitación justo cuando la leyenda estaba empezando a quedar preciosa. A veces no sabemos si el parásito dirige al huésped o si nos basta con verlo horriblemente decorado para atribuirle también una coreografía completa. La diferencia es importante, porque la ciencia no pierde encanto por reconocer sus huecos. Al contrario, gana una clase de belleza más adulta, menos propensa a ponerse purpurina en los colmillos.
Podríamos seguir con peces, crustáceos, toxoplasmas y ratas que dejan de comportarse con la discreción que les conviene ante la cercanía de un gato. Podríamos llenar una vitrina entera con criaturas que convierten el cuerpo ajeno en vehículo, criadero, megáfono, guardería o coche fúnebre. Pero la acumulación de casos no debería hacernos perder de vista lo esencial, que no es el catálogo de horrores, aunque el catálogo sea estupendo y dé para arruinar varias sobremesas familiares, sino la lección de fondo. La conducta también es un campo de batalla evolutivo. No solo compiten dientes, caparazones, toxinas o velocidades. Compiten decisiones. Compite el lugar donde un animal se posa, la hora a la que sale, la luz que busca, el miedo que pierde, el apetito que cambia, la prudencia que se afloja como un tornillo pasado de rosca. Un parásito capaz de modificar una conducta útil para su transmisión ha encontrado una puerta trasera en la biografía de otro ser vivo.
Y entonces entramos los seres humanos, tan repeinados, tan convencidos de que esto va de bichos feos en hojas tropicales, tan dispuestos a mirar la escena desde la grada superior de la evolución. Pero más vale no pasarse con la analogía, porque nada envejece peor que el divulgador que descubre un hongo zombi y corre a explicar en un reel el capitalismo tardío, la pornografía, las elecciones municipales y la mala educación de los adolescentes mediante una misma metáfora. Los seres humanos no somos hormigas infectadas por Ophiocordyceps, por mucho que algunas mañanas en el trabajo inviten a la sospecha. Tenemos lenguaje, memoria autobiográfica, instituciones, frenos, imaginación moral y esa capacidad tan nuestra de saber que hacemos el ridículo mientras seguimos haciéndolo. Aun así, los parásitos manipuladores incomodan porque arañan el barniz heroico de la decisión. Nos recuerdan que querer algo no siempre significa haberlo querido desde un centro puro y soberano. A veces quiere el cansancio. A veces quiere la glucosa. A veces quiere una bacteria intestinal, una infancia mal digerida, una recompensa diseñada por alguien en una oficina, una notificación, un hábito, una promesa hormonal, el miedo a quedarse fuera de la tribu, la simple pereza de romper el surco y sobre todo, hoy, quien quiere por nosotras es el algoritmo.
La ciencia de estos parásitos no demuestra que la libertad sea una superstición, aunque a muchos les encantaría poder usarla para eso. Demuestra algo más raro y, por tanto, más fértil. La voluntad existe dentro de un ecosistema. No flota por encima del cuerpo como un globo metafísico. Se mezcla con señales, ritmos, tejidos, microbios, presiones sociales y tecnologías diseñadas para pellizcar zonas muy antiguas de nuestra atención. La hormiga de la hoja no somos nosotras, de acuerdo. Pero tampoco somos el capitán impecable del primer párrafo. Estamos en algún lugar menos halagador y más interesante, en una zona intermedia donde la conciencia puede mirar sus propios hilos, reconocer algunos, cortar unos pocos y equivocarse con los demás.






