Juegos de azar

El azar y la probabilidad: dados analógicos frente a algoritmos digitales

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En la sede de Cloudflare, en San Francisco, una cámara apunta día y noche a una pared cubierta, como si fuera papel pintado, por un centenar de lámparas de lava. Los ingenieros de la empresa necesitaban generar azar de verdad para sus claves criptográficas y lo encontraron en la cera que sube y baja, formando burbujas completamente imprevisibles. Según contó la propia compañía en su blog, el sistema al que han denominado LavaRand sustituye los números pseudoaleatorios que producen las computadoras por azar real, lo que implica que la seguridad de millones de conexiones depende de que la cera siga haciendo cosas raras.

La lógica del azar certificado ha llegado también a las apuestas con criptomonedas. Cada tirada sale de un generador auditado y llega acompañada de un hash que el usuario puede comprobar. Casi nadie comprueba nada, claro. El ritual del lanzamiento —el cubilete junto a la oreja, el soplido a los dados, el vaso apartado de la trayectoria— se ha vuelto invisible, y nadie lo echa de menos, o no lo bastante. El interés por el desenlace incierto sigue intacto. El teatro, al parecer, era prescindible; la esperanza, no.

Viajemos al pasado para hablar del astrágalo, ese huesecillo del tobillo de las ovejas que puede caer de cuatro maneras distintas. En seguida podemos intuir que esa naturaleza, más compleja que los palitos egipcios, fue origen de los primeros dados. Durante milenios, lanzar estos huesos sirvió para hablar con los dioses, repartir herencias y zanjar batallas, también para jugarse los sestercios. Roma prohibió el juego fuera de las Saturnales. La prohibición se cumplió con la disciplina que suelen despertar estas cosas: ninguna. El cubo pasó del hueso al marfil y del marfil al plástico, pasando de cuatro resultados a seis.

Los estoicos miraban el dado y veían al hado, algo ya escrito que la caída se limitaba a revelar. El tahúr de la taberna veía lo contrario, una rendija para torcer lo escrito con un golpe de muñeca. De esa ambigüedad, entre lo que está escrito y lo que aún puede cambiarse, salieron los refranes con los que todavía hablamos de la suerte. En 1971, Luke Rhinehart publicó El hombre del dado: un psiquiatra empieza a tomar todas sus decisiones arrojando un dado, y la broma intelectual acaba en desastre y en liberación a la vez. Entregar la voluntad al azar también es una manera de no hacerse responsable. Quizá la más elegante.

La matemática del azar nació de una discusión sobre dinero. En 1654, Antoine Gombaud, caballero de Méré, cortesano y jugador empedernido, llevó a Blaise Pascal un problema de taberna: si una partida se interrumpe a mitad, ¿cómo repartir el bote con justicia? Pascal lo consultó por carta con Pierre de Fermat, consejero del parlamento de Toulouse que hacía matemáticas en sus ratos libres, con más talento que casi todos los profesionales. De aquel intercambio salieron las fracciones y las combinatorias que hoy sostienen los seguros, la medicina y media física. Todo por un bote sin repartir.

En 1814, Pierre-Simon Laplace publicó su Ensayo filosófico sobre las probabilidades y formuló el sueño determinista definitivo. Si una inteligencia conociera la posición y la fuerza de cada átomo, podría calcular el pasado y el futuro enteros: el azar no existiría, sería el nombre que damos a nuestra ignorancia. Laplace no creía en la suerte. Creía en la ignorancia medida con precisión, una postura menos reconfortante y mucho más difícil de rebatir.

La pregunta sigue abierta: ¿describe la probabilidad el mundo o solo nuestro conocimiento limitado de él? El portal académico de la UNAM dedica un texto a la historia de la interpretación probabilística, y basta recorrerla para comprobar que la disputa tiene dos bandos estables. Los frecuentistas sitúan el azar en las cosas: un dado cae de un lado con cierta proporción si lo lanzas diez mil veces. Los subjetivistas lo sitúan en la cabeza: un cincuenta por ciento es un grado de creencia, no una propiedad de la materia. Yo he pasado temporadas pensando lo primero y otras tantas lo segundo. De momento, mi única conclusión honesta es que jugar al parchís no exige suscribir ninguna de las dos escuelas.

La ingeniería, en cambio, sí necesita una respuesta práctica. Los ordenadores fabrican azar de dos maneras. La primera son los algoritmos pseudoaleatorios, recetas deterministas disfrazadas de caos. La segunda consiste en tomar ruido del mundo físico —la estática electrónica, el decaimiento radiactivo, la cera de San Francisco— y destilarlo en números. Las claves que salen de ahí cambian sin parar; para quien intenta interceptarlas, es como perseguir una cerradura que no deja de transformarse. El asunto es tan serio que se ha vuelto burocrático: la Guía de mecanismos criptográficos del CCN-CERT fija qué generadores están autorizados en España, físicos y deterministas. Que el Estado defina por escrito qué es aleatorio tiene algo admirable. Y algo de chiste: el caos, regularizado por orden ministerial.

A la física le costó aceptarlo, y todavía le cuesta. En 1926, Albert Einstein escribió a Max Born que Dios no juega a los dados, convencido de que el azar cuántico era un parche provisional. Niels Bohr le contestó con cortesía de guante blanco: «deje de decirle a Dios qué hacer con sus dados». Los físicos citan esa frase cuando no quieren discutir más. Y ahí está la ironía: el único azar certificado del universo, el cuántico, funciona sin auditoría, sin lámparas de lava y sin permiso del CCN-CERT.

En algún salón, en este preciso instante, un dado que se escapó de la mesa rueda hasta quedar quieto bajo un sofá. Nadie anota el resultado. Nadie pide el certificado. Es el generador de azar más antiguo del mundo, y todavía no ha pasado una sola auditoría.

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